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Francis Pisani. Periodista, corresponsal en México de varios medios francófonos.

«No hay un más allá posible para nosotros desde este submundo, submoderno, subdesarrollado, subalimentado y subconocido en el que sobrevivimos», escribe el joven historiador Iván de la Nuez en el ensayo «Más allá del bien y del mal».(1)

El estado de ánimo de los intelectuales cubanos es ahora taciturno. Y es algo comprensible. En ese país en donde no hay más que dos problemas, según uno de los últimos chistes que están de moda la comida y la cena, los intelectuales se enfrentan a múltiples dificultades.

En primer lugar, materiales. En este «periodo especial en tiempos de paz», de penuria máxima que anuncia la «opción cero», las imprentas no tienen tinta ni papel; no se trata de importar pintura, cera para grabar discos o película para poder filmar; los arquitectos no pueden construir; la ausencia de transportes impide que la gente vaya al teatro o a un concierto. Y todo el mundo empieza a tener hambre, aun los intelectuales.(2)

La crisis se acompaña de una mentalidad de ciudadela sitiada que pone nerviosos a los dirigentes. La disciplina está a la orden del día después de algunos años de relativa glasnost y la libertad de expresión viene al final en la lista de las reivindicaciones de la mayor parte de la población. En semejantes condiciones es difícil resistirse a la tentación de amordazar a la crítica.

Eso fue lo que se intentó hacer a finales del mes de mayo con el Instituto Cubano del Arte y de la Industria Cinematográfica (ICAIC), la institución cultural más prestigiada de la Revolución. Un centro de creación que le ha permitido al cine cubano figurar en el escenario internacional y que ha ayudado a la prosperidad de las artes plásticas (los carteles de los primeros años, los jóvenes pintores de hoy), de la música (La Nueva Trova, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y el nuevo artista predilecto de los jóvenes, Carlos Varela) y aun de la literatura (Jesús Díaz, Zoe Valdés).

Fue leyendo el único periódico disponible en la capital como los primeros se enteraron de la decisión tomada el 14 de mayo,(3) de agrupar «los Estudios de Filmación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los Estudios Cinematográficos de la Televisión y del Ministerio de Cultura», con el fin de «lograr un uso más racional de los medios materiales disponibles». Ni siquiera se imprimió el nombre del ICAIC. «Esta es la despedida para un combatiente cubierto de medallas a quien se intenta enterrar en la fosa común», estima uno de los responsables de la institución. Paralelamente, fueron a anunciarles que el director se convertía en consejero del ministro, mientras que uno de sus subordinados representaba al instituto en la comisión encargada de componer esa salsa que subió demasiado rápido.

Nadie lo ha dicho nunca oficialmente pero parece que la decisión fue tomada gracias a la película Alicia en el pueblo de las maravillas de Daniel Díaz Torres, con un argumento en el que participó Jesús Díaz. Una sátira de la vida cotidiana en Cuba, formulada con las palabras y las imágenes del humor popular, en la que Alicia llega a un pueblo en donde las «maravillas» del sistema están reproducidas con un fin terapéutico para reeducar a aquellos que han cometido faltas. «Una película feroz», estima Pablo Antonio Paranagua,(4) «que lanza indirectas en todas direcciones». Para el Granma, «en vez de contribuir en el proceso de renovación y de rectificación que está en curso en nuestro país, esta obra no es más que una fábula aburrida… llena de vulgaridad y de lugares comunes».

Sorpresa. El conjunto del ICAIC reaccionó como una familia siciliana. «Se equivocaron», estima un apasionado cineasta. «Es la primera vez que una decisión de arriba se enfrenta a una reacción tan fuerte en contra de la injusticia. Ser revolucionario no siempre es obedecer de manera disciplinada. Nosotros creemos en nuestro proyecto cultural. Somos la revolución. ICAIC o la muerte».

La ira no siempre hace que uno pierda el sentido de la realidad; los debates ininterrumpidos, la proyección de la película a todos los trabajadores, llevaron a la adopción de un documento que aceptaba poner en común los recursos materiales pero que reivindicaba la autonomía y el proyecto cultural. Una vez que se obtuvo el consenso en el interior, el texto fue llevado al Ministro de Cultura quien, según dicen, lo apoya en sus declaraciones generales. Elemento clave: todo se hizo en secreto para no poner al poder frente a una insurrección pública que lo impulsaría a reaccionar a lo macho.

Para demostrar que no tienen miedo de nada, las autoridades proyectaron la película… cuatro días en ocho cines de La Habana en donde batió todos los records de asistencia. Pero las malas lenguas dicen que la mitad de los lugares estaban ocupados por miembros de la policía o del partido, movilizados para identificar a los que hubieran querido aprovechar la ocasión para hacer un escándalo.

Es probable que Alicia no llegue a ser una «obra de arte», pero plantea la cuestión de un arte crítico, polémico, insumiso. Ahora bien, el Granma asignó unos ejes de trabajo rectilíneos a la comisión encargada de volver a organizar el mundo del cine tales como «informar y movilizar al pueblo de manera consciente». Volvemos a la vieja frase de Fidel: «Dentro de la Revolución, todo. Fuera de la Revolución, nada». Pero en este periodo de crisis en donde el territorio de la revolución se encoge, uno vuelve a encontrarse fácilmente afuera, sin haberlo deseado y aun cuando uno quisiera salvarla aunque fuera a costa de un lifting y de algunas críticas.

De aplicarse, esta decisión pone en peligro un auténtico proyecto cultural «revolucionario», estima José Horta, uno de los miembros dirigentes del ICAIC. Por esto, tal vez, la cuestión sigue sin resolverse. Lo que está en juego interesa al mundo de los intelectuales y de los creadores, no sólo debido a la importancia de la institución -si la rompen, ya no resistirá nada-, sino por el ambiente que reina en la «profesión». Veamos esto por sectores.

«Las artes plásticas se han convertido en el termómetro del clima cultural», escribe la oficialista Graziela Pogoloti en la revista Revolución y Cultura de febrero de 1991. Algunos piensan que los pintores son los talentos más grandes producidos por la revolución. Cincuenta de ellos viven en el extranjero con la bendición del gobierno y muchos de ellos con becas.

Después de la muerte de los grandes (Lam, Portocarrero), han surgido varios grupos, de los cuales el más conocido es Arte Calle, promotor de una «desacralización de los símbolos» y de un acercamiento entre los artistas y el pueblo, nueva invención del happening con una inspiración lúdica que recuerda al dadaísmo. Por ejemplo, hace dos años invadieron los jardines de la muy respetable Unión Nacional de los Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) para plantar allí decenas de páneles que decían «prohibido». En otra ocasión, pintaron en la calle «Reviva la Revo…» y detuvieron a los transéuntes para pedirles que los ayudaran a terminar la frase. No les salió muy bien.

Hoy día, mientras el más interesante de los jóvenes pintores demuestra lo adecuado de sus tesis en Venezuela, con unas comunidades indígenas, los dos más conocidos, Arturo Cuenca y Tomás Esson, están en Miami en donde venden muy bien sus obras. Entre las que dejaron en Cuba, se encuentran un retrato del Che frente a dos monstruos que están fornicando y el de un gigante, de espaldas, que pronuncia un discurso frente a 100,000 cabezas de Fidel Castro. Cuenca se había hecho notar durante unas discusiones que en 1988 reunieron a los dirigentes y a los intelectuales y artistas, al atacar violentamente a Carlos Aldana, entonces secretario del Buró Político y responsable de ese sector que acusaba a la juventud de ser contrarrevolucionaria. «Falso», había gritado Cuenca. «Nosotros no criticamos la revolución, sino sus errores, su burocracia y su retórica».(5)

Los músicos también se van al norte. El trompetista de jazz Arturo Sandoval, adepto a Gillespie, considerado como uno de los grandes, escogió pedir asilo a los Estados Unidos hace algunos meses a pesar de la vida ultraprivilegiada que tenía. En fechas más recientes, el Miami Herald cabeceó así a propósito de una nueva deserción: «La orquesta de los desertores cubanos por fin tiene violinista».

En la misma Cuba, el mundo de la canción rumía su mal humor. Los «antiguos» de la Nueva Trova lo hacen con discreción. Los jóvenes tienen a Carlos Varela. Su estilo, incluyendo la indumentaria, no tiene nada de oficial aunque su música no está muy alejada de la Nueva Trova y está obligado a refugiarse en hipérboles toleradas. Pero la juventud lo entiende con medias palabras. Ataca la corrupción, la doble moral de los burócratas, el turismo que aporta divisas a costa de la dignidad, etcétera. Su canción más conocida no precisa comentarios: «Guillermo Tell no comprendió a su hijo/ que un día se aburrió de la manzana en la cabeza […] Guillermo Tell, tu hijo creció,/quiere tirar la flecha./Le toca a él probar su valor usando tu ballesta […] Ahora le toca al padre la manzana en la cabeza». Y el cartel de uno de sus conciertos mostraba a Varela asiendo el arma mientras que la manzana estaba en la mano de… Marx.

El 23 de abril, un incidente en un concierto de rock degeneró en un violento enfrentamiento entre los jóvenes y la policía, que algunos llamaron, tal vez abusivamente, la «batalla de la quinta avenida». Pero de un suceso como éste puede surgir el primer incidente grave en el país.

El mundo de la literatura esta marcado por dos libros y por dos autores cuyo pasado revolucionario es indiscutible. Lisandro Otero acaba de publicar en México El árbol de la vida, la historia «del fracaso personal de un hombre que toma parte en la revolución y que, al cabo de unos cuantos años, se encuentra sin mujer, sin trabajo, sin partido, sin ideología. Los otros no fracasan», nos dijo Otero, «porque hacen concesiones». Junto a esta historia, el autor recuerda las luchas a lo largo de siglos pasados, en busca de más independencia y justicia social, por héroes que también terminan por traicionar o acomodarse.

La cualidad principal de esta obra sobre el «desamor» es su tono preciso. Cornudo y nada contento, el héroe no tiene una sola palabra contra Fidel Castro ni contra la Revolución. Se las guarda todas para hacernos sentir la desilusión dolorosa, el desaliento frente al hundimiento. Consejero cultural en Moscú, presidente de la UNEAC, Lisandro Otero ocupó todos los puestos posibles en el seno de la burocracia cultural cubana antes de ser reducido al status de no-ser. Se le ignora como se ignora este libro doloroso pero que lo engrandece como autor.

Jesús Díaz es tal vez el escritor más importante de Cuba en este momento. Participó en la fundación de una revista de filosofía revolucionaria, Pensamiento crítico, luego en la creación de la revista humorística cultural Caimán Barbudo con la ambición de dotar a la Revolución de un pensamiento autónomo. No lo dejaron seguir adelante. Ganó el premio «Casa de las Américas» y ya publicó una novela excelente sobre la Revolución, Las iniciales de la tierra.

Las palabras perdidas (su última novela, todavía inédita) es la reconstrucción onírica de esa aventura de juventud en la que se mezclan la búsqueda ideológica y política y el diálogo con los más grandes escritores cubanos de la generación anterior a la suya, Alejo Carpentier y Lezama Lima, entre otros. Es una novela con una real calidad literaria, en donde la ira se enmascara con humor, y se refuerza con cultura. Beneficiario de una beca, Jesús Díaz reside por ahora en Berlín.

Estos dos escritores, nacidos antes de la Revolución pero demasiado jóvenes como para hacerla, creyeron en ella y participaron de todo corazón. Hoy tienen la sensación de haber sido engañados. Como Norberto Fuentes, uno de los más prometedores de esta generación de las «apuestas perdidas» y uno de los más comprometidos en la lucha revolucionaria, que vuelve a su primer amor. Resume su vida en unas cuantas frases que dan en el blanco: «Fuimos revolucionarios. Y cuando me dijeron que no escribiera, dejé de hacerlo para dedicarme a criar ganado. Lo acepté alegremente, militantemente, hasta que me di cuenta de que era una estupidez. Esta historia nos ha dado vidas muy intensas y a pesar de todo eso yo no la cambiaría por nada del mundo. He tenido suficientes experiencias como para repartirlas entre tres o cuatro escritores. Hemos sido fieles, enamorados, soberbios en detrimento de nuestros intereses personales. Se acabó el querer. No se debe acabar. No hay queja ni resignación. El partido sigue. Hoy tengo 48 años y tengo que darme prisa si quiero dejar una obra verdadera. Trato de empezar una nueva vida, me consagro a la ficción, intento olvidar la política sin amargura y sin optimismo». El pensamiento creador en Cuba nunca ha decidido nada. Norberto Fuentes era uno de los hombres allegados a Tony La Guardia, el coronel del Ministerio del Interior que fue fusilado al mismo tiempo que el general Ochoa en julio de 1989.

Tal vez el error sería abordar esta situación en términos de disidencia. También se trata, sobre todo se trata, de un debate, de una multitud de discusiones, de enfrentamientos que atraviesan el país, el partido y aun lo que pudorosamente se llama «la dirección de la revolución». Y ella ha hecho frente al problema desde 1987 con la campaña de rectificación. En varias ocasiones, Fidel Castro, Armando Hart, el Ministro de Cultura, y Carlos Aldana, el ideólogo del PCC, discutieron con los intelectuales y los artistas para convencerlos de que su rechazo a la perestroika estaba bien fundado, a reserva de cederles un poco de glasnost.

En 1990, las discusiones dentro de la preparación del 4o. Congreso del PCC, que se celebró en octubre de 1991, estuvieron muy animadas, tanto en la UNEAC como en el ICAIC y, de manera general, en los centros de trabajo en donde se encuentran los intelectuales. Es notable -y poco sabido- el hecho de que los más orgánicos de ellos, los de los centros de investigación sobre América Latina, Africa, los Estados Unidos, la economía mundial, etcétera, se hayan pronunciado a favor de modificaciones económicas y políticas sustanciales.

El régimen ha ignorado durante mucho tiempo a las ciencias sociales. Este es un error que hoy le cuesta dos veces más caro en la medida en que esta decisión impide conocer la realidad del país (uno de ellos nos decía: «En los Estados Unidos son racistas pero estudian la cuestión negra mientras que nosotros eliminamos la discriminación, pero no sabemos lo que pasa después. Nos quedamos en los eslogans»), lo cual no evita encontrarse, treinta años más tarde, con que hay sociólogos y politólogos muy críticos.

Durante el debate de marzo de 1988, en el que el pintor Cuenca atacó a Carlos Aldana, él había planteado ya lo que sigue siendo una de las principales fuentes de conflicto entre la comunidad de los intelectuales y los artistas y las autoridades. «Cuando empezó la Revolución, el arte era ideología», había dicho, «y eso era algo normal porque el pueblo era analfabeta. Pero el tiempo ha pasado, muchas personas se han formado y, sin embargo, el partido sigue midiendo el arte en función de su eficacia ideológica. Seguimos repitiendo unas consignas que hacen que la gente apague el televisor».

«El arte es revolucionario en sí y no en razón de su contenido», declaró poco después en el Congreso de la UNEAC. Y, según un testigo que nos lo contó entonces, Fidel Castro había declarado, para concluir la reunión de marzo, lo siguiente: «vamos a dar libertad formal, pero también la libertad de contenido. Es preferible que nos equivoquemos dando la libertad que negándola. Con una juventud semejante, podemos. Lo único que he sentido durante esta discusión es el amor por la Revolución».

Es el momento de gloria de la Brigada Hermanos Saiz, una agrupación de jóvenes artistas y de intelectuales algo turbulentos a quienes se les dio muchos medios en esa época, lo que era una de sus principales aspiraciones. Entonces, se podían contar 400 grupos que rechazaban toda relación con las instituciones, pero la Brigada absorbía a mucha gente. En una entrevista de mayo de 1988, Alex Pausil y Vladimir Zamora nos declararon lo siguiente a propósito de uno de esos encuentros con Fidel: «Nuestro encuentro fue una especie de laboratorio en donde pusimos a prueba cierto número de criterios. El reflexiona, escucha nuestra visión, la de nuestra generación que irrumpe con una fuerza increíble. Lo esencial es que hay un verdadero debate estético en el país. Es por eso que debemos participar, intensificar la presencia de los jóvenes. Por ejemplo, en provincia, salvo alguna excepción los jóvenes son los protagonistas del proceso cultural. No es que me dejen hablar. Esa cosa [la revolución] es mía. Puedo equivocarme, pero tengo derecho a hablar. Se amplía la manera que tiene la revolución de ver el arte. Eso es necesario porque dicen que vivimos en una época de epopeya y producimos un canto coral apologético».

Un grave incidente haría pasar a ese coqueteo por una dura prueba. El 8 de diciembre de 1988, durante una sesión de lectura de poesía en la ciudad de Matanzas, un iluminado acusó a los que estaban presentes de albergar un «desviacionismo ideológico» y, justo al final de su intervención, un grupo de karatecas de la policía irrumpió en la sala en donde dejaron a varios heridos, entre otros a la poetisa Carilda Oliver Labra, una especie de gloria nacional. La UNEAC protestó; Hart, el Ministro de Cultura, también lo hizo y el asunto llegó hasta el entonces Ministro del Interior, José Abrantes, quien sancionó al general responsable de la policía en la provincia. Nunca se había visto nada semejante.

En abril de 1990, Carlos Aldana nos dijo que algunos sectores del partido habían atribuido el error de lo que pasaba con los jóvenes al mismo diálogo. Pero concluyó: «hemos logrado mantenerlo sin mandar callar a los más intrépidos».

Tres años después, la intelligentsia cubana está convencida de ser un grupo despreciable. «Los intelectuales ya no cuentan», nos dice un muchacho. Por su parte, Reynaldo González, director de la cineteca, cree que «el pensamiento intelectual y artístico está alejado de las decisiones. Nosotros tenemos ideas pero no sabemos si serán escuchadas». El problema radica en saber lo que la revolución espera de ellos… lo cual nos remite a la difícil relación arte/ideología. Lo que los jóvenes filósofos de allá llaman «el estatus del saber».

En su excelente ensayo titulado «Más allá del bien y del mal. El espejo cubano de la posmodernidad», Iván de la Nuez estima que en un proyecto de emancipación de carácter socialista, el papel de los intelectuales consiste, en el interior del triángulo poder-intelectuales-pueblo, en transferir el saber hacia las masas para que éstas se conviertan en el sujeto de su propia emancipación. En realidad, no es así como suceden las cosas. Partiendo de la ruptura política que trajo la revolución, se ha caído «paradójicamente», dice él, en un «neoconservadurismo tropical». «Decir menos de lo que pensamos, escribir menos de lo que decimos, publicar menos de lo que escribimos. Esta es nuestra condición». Entonces hace falta una doble transferencia: del poder para legitimar a los intelectuales y de éstos para contribuir a una «distribución directa del conocimiento en dirección de las masas no intelectuales como instrumento de autoconciencia». Y De la Nuez llama en respuesta a «un desafío creciente del sujeto cultural frente a la institución». Esto también es lo que quisieron hacer grupos como «Arte Calle» y es por esta que las artes plásticas están en este momento en la vanguardia.

En el transcurso de los tres últimos años, varios grupos de jóvenes más radicales que sus antecesores han tratado de definir auténticos proyectos culturales, en paralelo a su propia práctica creadora. Junto a «Arte Calle», lo más logrado en el campo de las artes plásticas, se encontraban «Castillo de la Fuerza» y «Hacer». El primero se proponía llevar a cabo la reforma de las instituciones y el segundo una «ruptura negociada».

Entre los filósofos y los historiadores, el grupo más importante ha sido «Paideia» que ambicionaba plantear los problemas «de la cultura, la sociedad, el Estado y la política desde la perspectiva de un pensamiento que, por ser crítico, se entiende como revolucionario y que quiere ser contemporáneo sin dejar de ser utópico».(6) «Una posición, más que un proyecto, que planteaba el problema de la necesidad de cambios sociales vistos dentro de una perspectiva cultural que abriría la puerta a algunos cambios políticos», nos explicó Ernesto Hernández, uno de sus fundadores.

Además, en sus Tesis de mayo hablan de «democratización de toda la vida social», de la necesaria redefinición de la estructura y de las funciones del poder político y, en primera instancia, del partido único, de la «irrevocable dimensión antiimperialista» así como de la «cultura como pluralidad de saberes participativos», para concluir que la «función crítica que se niega a la intelligentsia no es inmanente a ninguna instancia social específica», comenzando por el partido.

Todos estos grupos fueron calificados por las autoridades con las cuales todos buscaron el diálogo de «proyecto político alternativo» e ignorado. Se les prohibió toda manifestación pública. «Ustedes no existen y no pueden existir», les dijo un dirigente de alto nivel. Y la producción de estos grupos es sistemáticamente rechazada. «Si nuestra tentativa ha servido de algo», estima uno de estos jóvenes, «es demostrar que no hay alternativas en las instituciones».

Al final de todos esos debates, Iván de la Nuez concluye que «la institución cubana no reconoce la alteridad» y Ernesto Hernández está obligado a constatar que «Paideia ha muerto en tanto que movimiento intelectual». Los dos están, momentáneamente, fuera de Cuba.

Pero el año de 1990 estuvo marcado por la preparación del 4o. Congreso que dio lugar en todo el país -y por lo tanto, en la intelligentsia- a discusiones interminables. En el momento de lanzar el asunto, Aldana nos declaraba esto al llamar a una participación tan franca como fuera posible: «el debate abrirá una perspectiva de cambios y de renovación. Queremos estudiar todas las propuestas. Esto será una especie de termómetro».

Lo complacieron. La evolución de los países del Este, la corrupción, el reconocimiento de la economía subterránea, la liberación de la iniciativa individual, el turismo, la libertad para viajar, la crítica del aspecto formal de las instancias, el poder popular, la demanda de sufragio universal en todos los niveles, la diversidad política (que no es el multipartidismo)… se habló de todo. «Un programa articulado de reformas que significarían una dinámica de apertura y de relajación cuando la isla ha vivido bajo el síndrome de la fortaleza sitiada», así es como Paulo Antonio Paranagua resume estos debates, en su estudio «Nuevos desafíos del cine cubano».

Pero estas propuestas sólo serán de peso si son retomadas por los otros intelectuales, aquellos que tienen prioridad ante los ojos del partido: los científicos, los ingenieros, los técnicos, los ayudantes de laboratorio, los médicos, cuyo número se ha multiplicado a lo largo de treinta años gracias a la revolución. Menos conocidos, menos visibles y sin duda menos críticos que los artistas o los escritores, también ellos se van, como lo indica la deserción reciente de dos ingenieros de la central nuclear de Cienfuegos. Aun entre los médicos, los consentidos del régimen, hubo dos que intentaron asesinar a Fidel Castro.(7) Y uno de sus galenos personales acaba de «quedarse» en Miami.

«Algunos todavía tienen medios para operar que nosotros ya no tenemos», observa Iván de la Nuez, «pero en este espacio de realización más amplio, la gran mayoría no toma más decisiones que nosotros respecto de su acción y de su parcela de saber. Están subordinados a los aparatos». Y allí el conflicto generacional es grave pues los jóvenes, llenos de diplomas, con demasiada frecuencia son víctimas de aparatchiks menos competentes que ellos. Peor aún, estos jóvenes son la expresión de uno de los dramas más angustiantes de la revolución: su capacidad, en nombre de la justicia, de producir un gran número de ingenieros y su incapacidad para emplearlos como tales. El Granma Internacional del 23 de junio se preguntaba: «¿para qué seguir formando miles de universitarios si ya hay 380,000?»

Ningún régimen de América Latina hizo tanto por aumentar el número de intelectuales y de artistas ni por darles medios de acción. Pero el drama de estos años de debates de una gran riqueza, de los que Fidel Castro había tenido razón en decir en 1988 que eran algo impensable en cualquier otro país que fuera o bien comunista o bien capitalista, es que parecen desembocar en rupturas crecientes. Como lo indican los sucesos de mayo a junio de 1991: el asunto del ICAIC y la «Carta de los Diez».

Impulsado por María Elena Cruz Varela, laureada con un premio literario en 1990, expulsada de la UNEAC a principios de año después de haber escrito una carta que Fidel Castro juzgó inadmisible, un grupo de intelectuales que viven en Cuba publicó en la prensa extranjera un texto conocido con el nombre de «Declaración de los Diez» que pide elecciones libres, un debate nacional sin restricciones acerca de la situación en la isla, la amnistía para los últimos prisioneros de conciencia y «la ayuda de las Naciones Unidas para resolver la falta de alimentos y de medicinas que aqueja a nuestra patria».

Granma publicó el 15 de junio un artículo que acusaba a los firmantes de haber sido manipulados por la CIA y que daba las pruebas de sus contactos con la «Plataforma Democrática Cubana», un grupo dirigido desde Madrid por Carlos Alberto Montaner. La evolución era previsible. A la lista de los intelectuales y artistas que se marchan, hay que añadir a aquellos que están en contacto con la sección de los intereses estadounidenses en La Habana y los oponentes del exterior.

Desde entonces, todos han sido marginados o excluidos. Dos han perdido sus trabajos (pero no sus salarios). Las sanciones fueron menos duras que de costumbre, y la portavoz del grupo, María Elena Cruz Varela atribuyó esto a la organización de los Juegos Panamericanos que se desarrollaron en La Habana a principios de agosto. Fenómeno nuevo, María Elena Cruz no se califica como disidente sino como opositora. La política se vuelve a imponer.

Quienes critican la revolución corren el riesgo de ser desplazados por quienes la rechazan. De allí su decisión de firmar, en respuesta a la «Carta de los Diez», una carta de apoyo a Fidel Castro y a la revolución, que no corresponde al estado de ánimo del momento.

Las consideraciones tácticas jugaron un papel muy importante pues la «Carta de los Diez» salió en pleno debate sobre la cuestión del ICAIC. Pero, en el fondo, lo que se plantea es la identidad nacional. «Si la revolución cae, no tengo la menor duda de que la soberanía desaparecerá con ella», estima Lisandro Otero, quien se pregunta: «¿por qué no elaboramos un proyecto mejor que éste para tener buenas razones para resistir?»

Un fenómeno curioso: durante el Congreso de la Caribbean Studies Association, que tuvo lugar en La Habana del 21 al 24 de mayo y en el cual 25 cubano-estadounidenses fueron a discutir con los intelectuales del partido acerca de la situación de la isla, se pudo constatar que por una parte los revolucionarios estaban mejor formados para el debate de lo que uno hubiera creído y que, por la otra, los exiliados eran más sensibles a la cuestión de la nación cubana de lo que uno hubiera imaginado. Muchos de ellos reconocieron, de manera más o menos explícita, el aporte esencial de la revolución en ese campo.

Con el 4o. Congreso del Partido Comunista que tuvo lugar del 10 al 14 de octubre en Santiago de Cuba, una vez más Fidel Castro y la dirección de la revolución tuvieron la palabra. Al igual que para otros sectores de la población, ese congreso fue para los intelectuales un «no-acontecimiento». No pasó nada, o pasó tan poco en relación a tantos problemas, que no vale la pena hablar de él, afirman algunos.

De cultura, de arte, no se habló mucho, pero tres nombramientos y la exclusión del Buró Político obligan a cierta reflexión. La exclusión fue la de Armando Hart, compañero de siempre de Castro y Ministro de Cultura. Era esperada por el desgaste y por razones de salud. No son muchos los que lo lloran entre los intelectuales porque después de un trabajo real de apertura terminó por decepcionar frente a las embestidas de los ideólogos.

En cuanto a los ascensos, el de Carlos Aldana era esperado y corresponde más a sus avances en el aparato político que a su éxito con la intelligentsia. El caso ICAIC, en el cual dice no tener responsabilidad (lo que nadie cree), no le ha servido entre la gente del gremio que reconoce su capacidad pero no confía mucho en él.

También se ascendió a Abel Prieto, presidente de la UNEAC, lo que constituye una innovación y una sorpresa. Pero según un historiador crítico, «le dan poder político cuando ya ha perdido su credibilidad». Las esperanzas suscitadas en el momento de su elección a la cabeza de la UNEAC se han esfumado y ningún discurso crítico en privado puede hacer olvidar su conformismo oficial.

Otro ascenso relevante es el de la microbióloga Concepción Campa que demuestra el papel cada vez más importante de los técnicos e ingenieros.

Fidel Castro no puede conformarse eternamente con hacer el llamado en torno al amplio acuerdo que existe para defender la soberanía y la identidad nacional. Pero abrirse a las demandas de los artistas y de los intelectuales es aceptar la abundancia de la crítica y, por lo tanto, aceptar que se ponga en duda el proyecto, en todo caso en sus modalidades.

El discurso de clausura del 4o. Congreso en el que Fidel Castro ofreció morir con todo el pueblo no es de los que pueden entusiasmar. El último libro de moda entre intelectuales y artistas, aunque muy difícil de conseguir, se llama La isla que se repite: El Caribe y la perspectiva posmoderna. Según el autor Antonio Benítez Rojo, que salió de Cuba en los ochenta, «El Caribe no es un mundo apocalíptico. La noción de apocalipsis no ocupa un espacio importante de su cultura. Las opciones de crimen y castigo, de todo o nada, de patria o muerte, de a favor o en contra, de querer es poder, de honor o sangre, tienen poco que ver con la cultura del Caribe».

Su característica más importante es una «cierta manera» de ver las cosas que él plantea como «algo remoto que se reproduce y que porta el deseo de conjurar el apocalipsis y la violencia». Una cuestión «de actuación y de ritmo».

Es también la cuestión de los intelectuales cubanos.(*)

Traducción de Katia Rheault

(*) Ya pasados los Juegos Panamericanos, la represión se endureció en las últimas semanas de 1991 en el caso de María Elena Cruz Varela. Primero fue agredida durante tres días consecutivos por manifestantes progubernamentales aparentemente miembros de las Brigadas de Intervención Rápida que irrumpieron en su departamento de Alamar al este de La Habana. Según agencias, los paramilitares la golpearon, la bajaron a la fuerza y le llenaron la boca con material escrito por ella.

El 21 de noviembre fue arrestada y el 27 fue condenada a dos años de cárcel por haber organizado reuniones ilegales y difamado a las instituciones de la Revolución. Junto con ella, tres miembros de su grupo «Criterio alternativo» fueron condenados a penas de entre uno y dos años de cárcel. El 4 de diciembre diplomáticos y periodistas extranjeros trataron sin éxito de asistir a la sesión del tribunal que debía escuchar su pedido de apelación. Como si alguien quisiera contribuir a que la escritora tuviera una carrera política fulgurante.

(1) Plural, julio de 1991.

(2) En un artículo publicado el 7 de julio de 1991 por La Jornada, el periodista de Prensa Latina Andrés Escobar revela que según el Banco Nacional de Cuba, el embargo criminal impuesto por Estados Unidos el 3 de febrero de 1962 ha costado, hasta fines de 1988, 12 mil millones de dólares a Cuba, o sea 450 millones de dólares por año. Desde su inicio la tendencia ha sido apretarlo cada vez más y, a pesar de los cambios en el mundo, Washington sigue esforzándose por volverlo cada vez más rígido.

(3) Texto tomado de la edición internacional del Granma del 26 de mayo de 1991.

(4) En un ensayo notablemente documentado titulado «Cultura y política en Cuba, los cineastas en la punta de la contestación».

(5) Citado por Liz Balmaceda en Tropic, suplemento cultural del Miami Herald del 14 de abril de 1991.

(6) Tesis de mayo.

(7) Prensa Latina del 22 de junio de 1991, retomado por la agencia AP.