La Habana, a los treinta años de la revolución y del bloqueo norteamericano. David, que pertenece a la Unión de Jóvenes Comunistas, conoce, gracias a una “casualidad inducida”, a Diego, un homosexual casi extraído de Brideshead Revisited: culto irónico, creyente contagiado del ateísmo, un esteta incapaz de adaptarse a la revolución que -por lo demás- no lo admite. A Diego, “lezamiano y patriótico”, le obsesionan la cubanía y el amor a la ciudad donde vivió Lezama y en donde Alicia Alonso se retira de la danza cada viernes. Diego, en El lobo, él bosque y el hombre nuevo (Ediciones Era, 1991), del cubano Senel Paz (1951) representa la vitalidad inerte, el tono viperino y el ánimo de invencibilidad en la derrota que las burocracias no extinguen aunque arrinconen y expulsen: “Yo sé que la Revolución tiene cosas buenas, pero a mí me han pasado otras muy malas, y además, sobre algunas tengo ideas propias”.

David, el narrador, dispone de la identidad fundamental que aporta la historia contemporánea de su país. (En un momento se dice a si mismo: “¿Quién eres realmente tú, muchachito? ¿Ya se te va a olvidar que no eres más que un guajirito de mierda que la Revolución sacó del fango y trajo a estudiar a La Habana?”). Pero el conocimiento de David, su maestro voluntario e involuntario, le descubre zonas inexploradas de su sensibilidad y lo lleva a reemprender su educación sentimental y política, esta vez guiado por un concepto fundamental: el aprendizaje de la tolerancia. Entender la legitima diversidad del comportamiento es un proceso que se facilita más en las urbes de la sociedad de consumo, cruzadas por los avances y los retrocesos de la cultura mundial, y secularizada a fondo. Pero en Cuba, la revolución significó, entre otras muchas cosas, la presencia de un temperamento religioso marcado por la insistencia del Che Guevara en el Hombre Nuevo, el viejo invento de San Pablo de consecuencias tan funestas a lo largo de los siglos que aquí se traduce como la exigencia de una “moral de hierro” y una “conducta probada”. Y ese temperamento religioso, al que David se adhiere, opuesto a cualquier permisividad, potencia sus argumentos y sus prohibiciones porque se da en un país bloqueado, sujeto a presiones económicas y militares y a la interiorización del dogmatismo. (“Eso, con mi Espirítu, porque con mi conciencia la cosa no es tan fácil. Y antes de llegar a la esquina pedía que le explicara, pero despacio y bien, David Alvarez, por qué si era hombre, había ido a casa de un homosexual, si era revolucionario, había ido a casa de un contrarrevolucionario; y si era ateo, había ido a casa de un creyente”).

En su breve e intenso relato, David no deja lugar a dudas: en las condiciones actuales, la tolerancia no es ni puede ser un encogerse de hombros ante “las conductas despreciables”. Es ir a fondo en la crítica a los prejuicios y en la autocrítica del ser enormemente prejuiciado que es uno mismo. Y los “métodos didácticos” con que se cuenta no son ni muy conscientes ni sistemáticos. En El lobo…, el autoaprendizaje se mezcla con el impulso de las pasiones literarias, y la recreación, como por espejo, de atmósferas y devociones habaneras, para empezar la obra y la persona de José Lezama Lima, un escritor que representa la gran alternativa de lo inimitable, un “delirio barroco” enmarcado por el apetito y la erudita y regocijada lascivia. Diego y David viven La Habana de los helados Coppelia, de los ritos del gusto y la reiteración, del gozo del arte, de la escasez en la que se deambula como por entre los respiraderos de la Historia, del lenguaje omnipresente y monopólico de la Revolución que la ironía cotidiana aprovecha y redistribuye: “y después, de que ella podría guiarnos con mano segura en Casa de muñecas, una obra que, si bien extranjera, pero ya lo dijo Martí, compañero director, insértese el mundo en nuestra República, estaba libre de ponzoñas ideológicas y figuraba en el programa de estudios revisado por el Ministerio en el año pasado”.

Quizá lo que más interesa en una primera lectura de El lobo, el bosque y el hombre nuevo es el cuidadoso equilibrio entre la crítica a la burocratización de la vida y el pensamiento, y la solidaridad con la sociedad acosada por fuera y regimentada por dentro. Sin teorizar, sin abandonar ni por un instante las anotaciones críticas, con la fluidez de quien recaptura de golpe toda su nueva formación sentimental, Senel Paz ejercita su derecho a narrar, la primera y la última de sus obligaciones. El ya no quiere definirse frente a la Revolución, sino frente a la literatura y, desde luego, ante la vida cotidiana. Al fin y al cabo, él pertenece a “una generación que está totalmente harta de definiciones y aburrida de análisis históricos… En cuanto a los temas tabú, aún hay en Cuba quienes insisten en señalar temas, títulos, personajes correctos o no. También coexiste con esa actitud contraria. Pero puedo afirmar que una corriente, la más fuerte e importante de escritores dentro de Cuba, no hace caso ya de esos tabúes”. (Entrevista con Arturo García Hernández, La Jornada, 15 de noviembre de 1991).

Aprender la tolerancia es, en el ámbito de El lobo… vencer a la homofobia, a las sensaciones de agresión y rechazo contra los homosexuales. Al conocer a Diego la respuesta de David parece instintiva: “Sentí como si una vaca me lamiera el rostro. Era la mirada libidinosa del recién llegado, lo sabía, esta gente es así, y se me trancó la boca del estómago. En los pueblos pequeños los afeminados no tienen defensa, son el hazmerreir de todos y evitan exhibirse en público; pero en La Habana, había oído decir, son otra cosa, tienen sus trucos” … (La respuesta parece instintiva. No lo es, como lo desplegará el relato). Y la homofobia también afecta la idea que el homosexual tiene de sí mismo. Diego le explica a David por qué sale de Cuba: “Es injusto, lo sé, la ley está de mi parte y al final tendrían que darme la razón e indemnizarme. Pero, ¿qué voy a hacer? ¿Luchar? No. Soy débil, y el mundo de ustedes no es para los débiles. Al contrario, ustedes actúan como si no existiéramos, como si fuéramos así sólo para mortificarlos y ponernos de acuerdo con la gusanera”. Diego ha probado que no es débil, pero las visiones de la homofobia lo sobredeterminan.

El amor/la amistad. La revolución/la vida cotidiana. La cultura/la militancia. El hombre sensual y sus proclividades/el Hombre Nuevo. El lobo… gira en torno de estas parejas pares y su apuesta, explícita, es por la tolerancia, que exige la crítica y afirma la amplitud de criterio, la que se necesita para apreciar plenamente las novelas y las amistades.

MÍNIMO CONTEXTO INFORMATIVO: LA HOMOFOBIA EN CUBA

En Cuba han coexistido tradicionalmente la cultura homofóbica y la muy vasta vida homosexual. En un principio, los dirigentes de la revolución utilizan el punto de vista heredado, e igualan a los homosexuales con la debilidad, la ineptitud, la proclividad a la traición. Muchos abandonan Cuba entre 1959 y 1961. En 1962, entrevistado por Lee Lockwood, el comandante Fidel Castro expresa su desconfianza hacia los homosexuales. Pronto se califica a la homosexualidad: es un “delito ideológico” y en función de esto se crea en 1965 la UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), en rigor campos de trabajo forzados donde se recluye a “lacras sociales”, fruto de las continuas redadas de “antisociales”, de homosexuales, de católicos recalcitrantes, de Testigos de Jehová. En su insospechable alegato revolucionario, En Cuba, Ernesto Cardenal transcribe la declaración del obispo de La Habana, Francisco Oves, a propósito de unos seminaristas que en isla de Pinos trabajan en una unidad de lacra social, en canteras de mármol: “Son prácticamente trabajos forzados -dice Oves-. En condiciones muy duras. Es muy molesto para ellos estar con homosexuales, rateros y otros tipos antisociales”. Cardenal también recoge el testimonio de un católico y un marxista a este respecto:

Empezaron a llevar gente para el UMAP. En aquellos tiempos no había cerveza. Y ponían un sifón de cerveza en una esquina, y allí recogían a tipos raros, no integrados a la Revolución. Especialmente homosexuales. Los homosexuales estaban más bien felices en los campos de concentración, pues un lugar donde ellos estén concentrados será como paraíso para ellos. Allí los homosexuales se volvían más homosexuales; algunos se pintaban… Se vieron cuadros horribles. Muertes, por ejemplo. Porque se suicidaban. Yo una vez vi ahorcado a un homosexual. El trabajo era duro. Trabajábamos de 12 a 16 horas diarias. El domingo el trabajo era sólo de 12 horas. Estábamos rodeados de una alambrada de dos metros y medio de alto.

-En el 65 me asombró la gran cantidad de homosexuales frente al Habana Libre- dice el marxista-. Los dejaban reunirse. Entonces fue cuando los recogieron. Empezaron también las depuraciones masivas en la Universidad. Los métodos eran fascistas. Los acusaban de cualquier cosa, y ellos no podían defenderse. Presentaban una serie de cargos contra ellos. Los condenaban. Y el público aprobaba las condenas masivamente (Ernesto Cardenal, En Cuba Ediciones ERA, pp. 365 y 366).

En las asambleas condenatorias donde resulta sospechoso quien se atreve a defender a alguien acusado de homosexual, se prueba lo evidente: según la dirigencia revolucionaria, y la sociedad que vitorea sus decisiones, el homosexual no es ni puede ser ciudadano de la República, es por esencia un extraño, y ese criterio se mantiene no obstante el número comparativamente alto de creadores homosexuales (entre ellos Lezama Lima, Emilio Ballagas, Virgilio Piñera, René Portacarrero, Raúl Miliá). Y sólo la crítica de los intelectuales europeos logra la liquidación de la UMAP a fines de 1967, sin autocrítica de por medio. En 1971, el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura de Cuba reitera la tesis: la homosexualidad es “delito ideológico”. De paso, el Congreso pide -como “principio militante”- la represión activa de la homosexualidad en todas sus “formas y manifestaciones”. La comisión encargada propone diversas pruebas para la identificación del homosexual, el estudio de su “grado de deterioro” y el “saneamiento de focos”. Para evitar que “por medio de su calidad artística reconocidos homosexuales ganen influencia… en nuestra juventud” e impedir “que ostenten una representación artística de nuestro país en el extranjero personas cuya moral no responde al prestigio de nuestra Revolución”.

Hay avances en la legislación de las fortalezas del sexismo, pero el Código Familiar de 1976 se atiene en lo básico a ideas tradicionalistas. En el episodio del Mariel (1980) son numerosos los homosexuales que deciden irse o son expulsados. (Entre los últimos, el escritor Reinaldo Arenas). Luego, la tragedia del sida exacerba en algunos sectores oficiales la homofobia, y lleva a la creación de sidatorios, lugares de confinamiento absoluto, de cuyo funcionamiento muy poco se sabe.