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· John Mason Hart

El México revolucionario.

Gestación y proceso de la

Revolución Mexicana

Alianza Editorial

México, 1990

. Ian Jacobs

La Revolución mexicana en

Guerrero. Una Revuelta de

Rancheros

Era

México, 1990.

Cuando teorías, paradigmas y sistemas políticos se encuentran en entredicho en el final del siglo XX, resulta increíble que la Revolución mexicana mantenga un aliento renovado como para provocar todavía el interés de investigadores nacionales y extranjeros en la búsqueda de hechos desconocidos y de interpretaciones novedosas. A principios de los sesenta, cuando oficialmente se celebró su cincuentenario, se pensó que lo sabíamos todo; pero al final de esa década nuevas investigaciones con enfoques diferentes mostraron escenarios y procesos poco conocidos o de plano olvidados.

El boom que se produjo a partir de las obras ya clásicas de John Womack, Luis González y Arnaldo Córdova, continúa dando frutos y ampliando la panorámica de la historia de la primera Revolución de la época contemporánea. La nueva historiografía pudo diversificar las interpretaciones pasando por los trabajos de Friedrich Katz para llegar a Francois Xavier Guerra y Alan Knight; y abundar en los casos regionales para enriquecer las historias generales, en particular con las investigaciones de Romana Falcón, Heather Fowler Salamini, Thomas Benjamin, Antonio García de León y muchos más.

Estas dos vertientes, la de la historia regional y la de la historia general, se encuentran entreveradas en las tres revoluciones que con gran intuición descubre Carlos Fuentes en el imaginativo prólogo al libro de John Mason Hart, El México revolucionario. Gestación y proceso de la Revolución mexicana. Tanto la revolución agraria como la proletaria y radical fueron desplazadas por la centralizadora y modernizante.

Resulta sintomática la atracción que aún ejerce la Revolución mexicana en los numerosos títulos aparecidos el año pasado, entre ellos también el de Ian Jacobs, La Revolución mexicana en Guerrero. Una revuelta de rancheros, aunque fue publicado por University of Texas Press desde 1982. Aunque con retraso, el público interesado tiene acceso finalmente, después de casi una década, a un trabajo que resultaba inaplazable dados los conocimientos escasos sobre la región y, por lo tanto, del movimiento que estudia. Había, no obstante, los avances de los estudios de Paco Ignacio Taibo II y de Renato Ravelo Lecuona.

Tanto el libro de Hart como el de Jacobs resultan de la disyuntiva de la nueva historiografía que opta por la historia general o por la historia regional. Sin ser completamente antagónicos, los enfoques son diferentes. El primero busca hacer una interpretación general apoyándose en el dato específico que abarca todos los elementos y niveles de la sociedad. El segundo entiende que la profundización de esos mismos elementos y niveles en el marco de una región pueden incidir igualmente en el devenir de una sociedad, limitándose igualmente a un determinado momento histórico. Cualquiera que sea el punto de partida puede hacer aportaciones significativas para entender y revalorar la historia de nuestro país.

El interés de Hart es el de mostrar la continuidad de la lucha social en México desde los lejanos tiempos de la Colonia para explicar la caída del ancien régime y finalmente el estallido revolucionario. El autor no sólo se detiene para contar el abanico de problemas del país durante el siglo XIX, sino que en el apartado sobre «El campesinado» recupera algunos de los trasos de la época colonial. Al respecto, Fuentes afirma: «Nada parece estar totaltalmente cancelado por el futuro en la experiencia mexicana: formas de vida y reclamos legales que datan de la época de los aztecas o de los siglos coloniales son aún relevantes en nuestros tiempos». No obstante, en los otros apartados sobre los sujetos sociales, «Artesanos y obreros urbanos», «La pequeña burguesía y las élites provincianas», el autor no tiene que ir tan atrás y se limita a ubicarlos en la lógica de la crisis del siglo XIX que desemboca en el Porfiriato y en la avalancha social que lo hace caer.

Si la Ley Lerdo, traducida en las leyes de manos muertas, permitiera entender el descontento que llevaría a los campesinos a sumarse a las fuerzas revolucionarias, resulta más osado decir que «… El descontento del artesanado y obrerismo urbano, arraigado en las luchas laborales de la época colonial y la independiente, desempeñó un papel capital en la preparación y proceso de la Revolución mexicana. En cambio, los desacuerdos políticos de las élites se inician propiamente con las rivalidades de los liberales que más adelante permitirán explicar el desacato a la autoridad de Díaz. Si bien es cierto, como ya lo explicó Katz, la Revolución fue ante todo producto del desacuerdo de los grupos políticos con escasa o nula participación política ante las decisiones de un reducido y cerrado grupo gobernante que orientaba unilateralmente el destino del país, desde una posición centralista para gobernar con efectividad un territorio disperso y desagregado por la ausencia de comunicaciones. Así, la creciente disparidad entre la ciudad de México y el resto del país, fue el motivo de la rebelión de la Noria en 1872-1873 que alentaría la rebelión de Tuxtepec en 1876.

Cuando Hart entra a explicar el Porfiriato está en un terreno más seguro, reforzado por su enorme conocimiento del tema. «La durabilidad del sistema de Díaz, con base en alianzas políticas y con las élites provincianas subordinadas y los elementos moderados del movimiento obrero, corrió pareja con el vigor del desarrollo económico, en su mayoría financiado desde el exterior. La supervivencia del régimen se cimentó en la continuada alianza de las élites provincianas, aunque requirió que la economía nacional no dejara de prosperar».

Por su parte, Ian Jacobs, partiendo del supuesto de la centralización política durante el Porfiriato, descubre uno de los tres componentes del estallido de la Revolución mexicana en Guerrero; el segundo fue la fragmentación del proceso, lo cual le permite afirmar que no fue una sola sino muchas revoluciones. El tercero «fue el papel de los sectores medios, y en particular de un grupo tristemente desdeñado de la historiografía mexicana: el ranchero o pequeño propietario».

Díaz tuvo que enfrentarse al poderoso cacicazgo de los Alvarez en la Costa Grande cimentado en la larga historia de la familia y de su influencia en Guerrero. Díaz, al igual que Juárez, recurrió a todos los dispositivos de la intervención federal para dar juego a las facciones beligerantes como las de Arce, Neri y Jiménez para debilitar a Alvarez. Sin embargo, cuando terminó el longevo cacicazgo de más de sesenta años de los Alvarez, la oposición a Díaz se desplazó hacia las clases medias a quienes había dado tantas alas.

Las fuertes tendencias centralizadoras del caudillaje de Díaz provocaron una serie de agravios entre los diferentes sectores guerrerenses desplazados por políticos fuereños. Fueron, sin embargo, los rancheros, nuevo producto del cambio social en el campo mexicano, quienes enarbolaron la bandera antiporfirista volviéndose contra el régimen que les dio vida. La revolución estalló en Guerrero como producto de «la resistencia local a la centralización progresiva y al surgimiento de un estado nacional que trataba de pisotear la autonomía del estado».

Los rancheros en Guerrero, a diferencia de otros estados, no hubieran alcanzado tan rápido crecimiento sin la desamortización que les trajo la prosperidad que se reforzó durante el Porfiriato. Aunque no cesaron los conflictos por terrenos comunales, los ranchos pudieron convivir con las haciendas. Los hermanos Figueroa que iniciaron la revolución en Guerrero procedían de una sociedad ranchera, heredera, además, de una tradición liberal, incluso no creyeron que el problema agrario fuera «causa seria» de la Revolución. Para Francisco Figueroa «los principales objetivos de la revolución eran establecer una efectiva democracia y la autonomía municipal, suprimir el cargo de prefecto político, abolir ciertos impuestos que se consideraban injustos y reducir el nivel general de los impuestos. En particular era importante que la gente de Guerrero recuperara su debido lugar en el gobierno de su estado».

Coincidentes con el programa de Madero, los revolucionarios guerrerenses se levantaron contra el autoritarismo y la imposición del centro y por el sufragio efectivo. Coincidentes con los postulados del maderismo, consideraron la defensa de la democracia y de la autonomía municipal: «Guerrero para los guerrerenses, ha dicho con orgullo la revolución», clamaba Francisco Figueroa el 15 de noviembre de 1911. Fue ese prioritario interés en la política y no en la solución del problema agrario lo que hizo inevitable la ruptura entre los revolucionarios guerrerenses y el zapatismo.

La tensión entre Figueroa y Zapata fue utilizada por los grupos más poderosos del estado de Morelos que veían en la llegada a la gubernatura de Ambrosio el medio de neutralizar a las fuerzas agraristas del zapatismo. No obstante, Zapata y sus aliados locales en Guerrero lograron notables éxitos en 1914 cuando la estrella de los Figueroa y de los rancheros de herencia liberal se apagaba. Si bien el zapatismo logró el control en ese estado, «la fragmentación y el faccionalismo» del movimiento revolucionario motivaron su pérdida.

Hart reconoce, por su parte, que los intereses de los revolucionarios no coincidían y esto en cierta forma se explica por la concepción capitalista y provinciana de Madero, resumida en el choque de intereses de clase entre lo que su padre consideró «nuestros 18 partidarios millonarios» y los mineros norteños, rancheros, campesinos y agraristas.

Así, aunque existen coincidencias entre los dos autores, las diferencias son importantes de considerar.

Para Hart la Revolución mexicana es producto de la continuidad de la lucha social en el país desde los lejanos tiempos de la Colonia, teniendo en la problemática agraria uno de sus pivotes. La concibe, además, como una movilización de masas coincidentes con los intereses de las élites provincianas revolucionarias.

Para Jacobs la Revolución obedeció al descontento político y al clamor por la democracia de sectores como los rancheros, fortalecidos en el Porfiriato, y no precisamente a la acción de los grupos más desposeídos o los más explotados. Tanto Guerrero, como Chihuahua o Tabasco, para citar otros ejemplos, muestran las evidencias de revolucionarios que no siempre coincidieron con la Revolución agraria de Zapata.

La participación extranjera tiene un papel decisivo en Hart. El grueso de las inversiones estadunidenses y la venta de armas inclinaron la balanza hacia alguno de los bandos en pugna. La cantidad de archivos consultados, y los datos no mienten, le ayudan a demostrar sus hipótesis, pero esto no sólo sucedió en la Revolución mexicana. ¿Acaso otras revoluciones no tuvieron también la presencia indiscutible de los países más poderosos definiendo los bloques y campos de influencia? Su carácter universal, por otra parte, no se encuentra solamente en las coincidencias con las revoluciones de Irán, China y Rusia -que él mismo ejemplifica- sino en aquellos postulados orientados a cambiar el orden establecido que se agotó durante el siglo XIX.

La presencia extranjera para Katz adquiere una mayor interrelación con el complejo juego de intereses «nacionales». Hart exagera al considerar que la mexicana fue la primera revolución antimperialista porque había un descontento generalizado respecto a la intervención de Estados Unidos tanto en la economía como en la política. Para él las revueltas orozquista, huertista, villista y finalmente la de Adolfo de la Huerta fueron definidas por lo «crucial» de la participación de Estados Unidos.

En el caso de Jacobs, la Revolución mexicana tuvo un carácter definitivamente endógeno y aunque no ignora la participación de los capitales extranjeros y en particular el estadunidense en la región de Guerrero y Morelos, considera que no tuvieron un peso tan definitivo en las razones del descontento y se une con equilibrio a las condicionantes internas definidas principalmente por el juego de intereses nacionales y locales. La explicación se encuentra en las raíces mismas del proceso de desarrollo interno y por los cambios producidos en el país y en la región de Guerrero en los últimos años del siglo XIX.

Tanto para Hart como para Jacobs los cambios políticos hacia el gobierno constituido después de 1917, contaron con la presencia indiscutible del reformismo del general Alvaro Obregón que logró limar las asperezas surgidas al calor de la batalla, haciendo lo que Carranza estaba imposibilitado a hacer. Sin embargo, al referirse a Calles, Hart califica en lugar de analizar, debido probablemente a su pasado como estudioso del movimiento obrero; retoma las tesis de la escuela soviética de historia para considerar que «el estilo de gobierno de Calles parecía derivado de su experiencia como jefe de la policía de una ciudad fronteriza con una ‘zona de tolerancia'». Un análisis más objetivo y no por ello menos crítico, le permitirían considerar algunas de las realizaciones del gobierno callista que abrieron brecha al nacionalismo cardenista.

El libro de Jacobs se ubica en la corriente de la historiografía regional para dar un paso más en el conocimiento de la especificidad de la Revolución en Guerrero, añadiendo un mosaico más al gran mural de la historia de la Revolución mexicana. El de Hart es un libro indispensable para la consulta por su inagotable información procedente de numerosos archivos y para reconocer, una vez más, la importante dependencia de México hacia Estados Unidos aunque su propuesta general se mantiene en medio de las tensiones entre la vieja y la nueva historiografía.