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Lo demás es literatura

Augusto Monterroso

en Ediciones ERA

México, 1959-1987.

Parece fácil. En primer lugar porque se sabe breve, proverbialmente breve; en segundo, porque se supone humorística, esto es divertida, ligera, graciosa; finalmente porque, si bien culta y abigarrada de referencias literarias y aun de locuciones latinas, no se considera erudita ni petulante, antes bien: sencilla, modesta, accesible, capaz de infiltrarse con legitimidad en los libros de texto de primaria y clandestinamente en los cuadernos de composición donde los alumnos deberían escribir sus propios textos y no plagiar, por ejemplo, la fábula de «La mosca que soñaba que era un águila».

Parece fácil leer la obra completa de Augusto Monterroso. Parecería fácil, por tanto, escribir algo sobre ella ahora que la Editorial ERA ha renovado, con el doble gusto de Vicente Rojo -el buen gusto y el entusiasmo- la edición de los siete volúmenes que, sin tomar en cuenta préstamos y duplicaciones, constituyen hasta ahora (porque ya habrá otros cuentos) las obras completas de Monterroso, a saber:

· Obras completas (y otros cuentos), 1959.

· La oveja negra y demás fábulas, 1969.

· Movimiento perpetuo, 1972.

· Lo demás es silencio, 1978.

· Viaje al centro de la fábula, 1981.

· La palabra mágica, 1983.

· La letra e, 1987.

Por más que en su transcurso se vaya adquiriendo la confianza que va del augusto Augusto al cariñoso Tito, no es fácil la lectura de la obra completa de Monterroso. La brevedad, que no es tal en el conjunto de la obra aunque breves sean los textos que lo forman, más bien es densidad y constricción que impiden el deslizamiento de una página a otra -ya no digamos de un libro a otro- porque obligan a la relectura, a la meditación, al reposo. El humor, eficaz contraparte de tal densidad, con frecuencia provoca el enrarecimiento de los textos que, así alterados, cobran imprevisibles significaciones. Las referencias literarias, introducidas con la naturalidad doméstica de quien tiene desperdigadas las más diversas ediciones de El Quijote por todos los aposentos de la casa para poder leerlo permanentemente, configuran, a fuerza de entrecruzamientos y reiteraciones obsesivas, una trama intertextual asaz compleja donde se funden y confunden las voces de los innumerables escritores que componen el universo literario de Monterroso.

Así las cosas, recorrer su obra es una tarea ardua justamente por aquello que en principio la haría tan llevadera: la brevedad, el humor, la sencillez de la referencialidad literaria. Pero si es difícil la lectura, con mucho mayor razón la escritura a su propósito. Difícil y acaso inútil, cuando no contraproducente.

Si la brevedad es la expresión más evidente de una poética que busca la quintaesencia de lo que ha de escribirse y para alcanzarla se esfuerza en podar, en limpiar, en corregir infatigablemente, ¿para qué desglosar con palabras necias y gratuitas el texto de referencia, feliz en su economía y en su concisión? Más absurdo aun que analizar lo que desde su génesis quiso ser sintético es tratar de definir el humor de Monterroso sin caer en la explicación que lo elimina o en la solemnidad propia de toda exégesis que el humor, precisamente, trata de combatir. Por último, escribir sobre un escritor cuya referencia predominante es la escritura sólo añade un eslabón más a la cadena de la escritura de la escritura de la escritura…, lo que en vez de aclarar las cosas puede oscurecerlas.

No obstante semejantes adversidades, en este momento en el que me aproximo peligrosamente a la mitad de estos comentarios, después de lo cual, como dice Monterroso, uno corre el riesgo inevitable de decir tonterías, diré algo, ciertamente, muy breve; algo sobre la brevedad que desglose el aforismo paradójico al que quisiera limitar mis comentarios: la obra de Augusto Monterroso no es breve. Algo diré del humor, para corresponder al guiño cómplice de Tito. Y algo, por fin, de esta obsesión metaliteraria de Monterroso que lo impulsa a escribir no sólo que escribe sino más inusitadamente, más dolorosamente, a escribir que no escribe. 

Ciertamente, como breve han presentado la obra de Monterroso quienes han transferido su gusto por la lectura al oficio de la escritura de ese gusto: «A los críticos, siempre distraídos -dice el autor del cuento más breve del mundo- les es más cómodo leerme a la carrera y dar la idea de que siempre escribo cosas de una línea como ‘El dinosaurio'».(1) Si no todos los textos de Monterroso se caracterizan por la brevedad, la inmensa mayoría de ellos goza de esa saludable condición que recomendaba y aplaudía Gracián, aun cuando, en su caso, se trata más de una dimensión cualitativa que cuantitativa porque para Monterroso la brevedad es la formalización necesaria de una poética que se cifra en la economía verbal y que anhela la perfección: «Yo no escribo – dice-, yo sólo corrijo».(2) Vista así, como destilación de una abundante materia prima, la brevedad es un logro del estilo, si bien supone una limitación dolorosa: «amo y odio la brevedad» confiesa Monterroso en alguna entrevista de las recogidas en Viaje al centro de la fábula. El amor se debe al gusto por la sustantividad, por la precisión, por la contundencia de que disfruta su prosa; el odio a la imposibilidad o al miedo de escribir textos extensos. «Si pudiera -añade- escribiría cosas muy largas».(3) Es como si tuviera condición de poeta y fuera sometido al ejercicio de la prosa por lo que la poesía tiene de síntesis verbal, a diferencia de la prosa que acaso debería correr sin más miramientos que el propio ritmo de la inteligencia que la anima. Así, pedirle a Monterroso que escriba textos largos sería como pedirle a un poeta que escribiera un folletón o, para utilizar un símil de Gabriel Zaid, a un miniaturista que pintara un mural. Sin embargo, Monterroso no es, de ninguna manera, un poeta que escribe prosa, sino un escritor que se esfuerza en limpiar, en quitar excesos y adornos, en buscar la palabra justa y aun en neutralizar el texto, esto es sustraerse él mismo del discurso, con la misma disposición con que un poeta se esfuerza en hacer que cada verso brille y logre permanecer con fidelidad textual en el alma y en la memoria de quien lo lee.

(1) Augusto Monterroso, Viaje al centro de la fábula, Ediciones ERA, México, 1989, p. 96.

(2) Augusto Monterroso, La letra e, Ediciones ERA, México, 1987, p. 29.

(3) Augusto Monterroso, Viaje al centro de la fábula, p. 95.

Otra de las características que suelen atribuirse, indiscriminadamente, a la obra de Monterroso es el humor: «no puedo negar -dice el propio autor de La oveja negra y demás fábulas- que en muchos de mis cuentos hay humor, pero observo que con frecuencia eso ha contaminado el resto a los ojos de los lectores».(4)

(4) Ibidem. p. 90.

No toda la obra de Monterroso tiene el sentido del humor con que se le ha tipificado de manera harto reductora; por lo menos no el sentido del humor que se asocia con lo chistoso o se define por la risa que provoca, pues a menudo se endereza a criticar, con ingenio y agudeza, pero también con amargura y desesperanza, los despropósitos del ser humano, que se empeña hasta el ridículo en vanos afanes. Para Monterroso, el humor no reside tanto en el sujeto de la escritura sino en su objeto: la realidad misma: «el humor es el realismo llevado a sus últimas consecuencias» -dice, y añade-: «si la realidad monda y lironda […]; si el espectáculo humano, puesto así, tal como es, a algunos les produce risa, eso es otra cosa, y a veces pasa tiempo darse cuenta de que es más bien como para llorar».(5) Monterroso tiene una particular visión para advertir la ridiculez humana y una finísima inteligencia para describirla. Dispone, además, de un generoso acervo de recursos literarios, manejados con maestría gracianesca; la hipérbole, que le permite exacerbar hasta el ridículo los lugares comunes; la paradoja, mediante la cual invierte y por tanto subvierte los valores tradicionalmente establecidos; la ironía, que le confiere al humor una viscosidad amarga y crítica, y la parodia, recurso por excelencia de Monterroso, que le da a su obra la dimensión metaliteraria que lo caracteriza, al montar su discurso sobre otro discurso al que escarnece, recrea, critica o rinde pleitesía.

(5) Ibidem. p. 96.

Independientemente del género -o los géneros, con frecuencia híbridos- en que se expresa, Monterroso hace referencia constante y explícita a la literatura; sobre todo a los libros y a su lectura, porque es más lector que escritor, según él mismo dice, y porque su escritura se nutre sustancialmente de su lectura: «Todos los escritores son ladrones, unos más finos que otros. Naturalmente, los que no lo son, son los escritores pobres».(6) Esto no significa que viva los libros sino que su vida misma se convierte en texto, en discurso, como decía Borges de sí mismo en una página memorable de El hacedor: «yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica».(7) Por su parte, Monterroso confiesa: «Existen los que dicen no haber vivido sino la vida de los libros. Yo no: he vivido, odiado y amado, gozado y sufrido por mí mismo; y he sido y mi vida ha sido eso; pero a medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que siempre lo he hecho como si todo -incluso en las ocasiones de mayor sufrimiento y en el momento mismo de ocurrir- fuera el material de un cuento, de una frase o de una línea».(8) Pero también se refiere obsesivamente a los trabajos del escritor y al resultado de tales trabajos. De ahí, acaso, su devoción por Cervantes y por Borges que a menudo hablan en su escritura de la escritura y que tienen como mundo de referencia, más que al real, al mundo discursivo de los libros. A pesar de los arduos y fastidiosos trabajos de la escritura, Monterroso trata de desmitificar la idea de que escribir es cosa seria: ni una tragedia, ni una necesidad imperiosa, ni la obediencia ciega a una vocación sino un divertimiento. «Escribir es una manía, una afición como cualquier otra, o una manera de llamar la atención o de satisfacer la vanidad como hay tantas. Si la cosa funciona y más o menos te gusta y le gusta a la gente, bien; si no, ¿a quién le importa? Creo que uno debe hacer este trabajo con cierto temor y con todo el perfeccionismo que su naturaleza le exija, pero con humildad y al margen de lo que hace para ganarse la vida».(9) Me parece que hay que tomar tal opinión del trabajo literario más como un desiderátum de Monterroso que como una consideración objetiva. Si reduce la tarea literaria a un mero hobby es porque al desmitificar la importancia de la literatura, que suele magnificarse entre nosotros, le devuelve a la escritura la vocación de juego y de libertad que nunca debió perder.

(6) Ibidem. p. 86.

(7) Jorge Luis Borges, El hacedor, Emecé Editores, Buenos Aires, 1960. p. 50.

(8) Augusto Monterroso, La letra e, pp. 128-129.

(9) Augusto Monterroso. Viaje al centro de la fábula, p.

45.

De esta manera Monterroso intenta despojarse del miedo a escribir porque si la escritura es baladí, ¿a qué tantos desvelos?: «Es penoso -dice- ver sufrir a alguien en el empeño de hacer algo que de no ser hecho a nadie le importaría».(10) Pero el miedo a escribir es menos atroz que el miedo a no escribir, el miedo al silencio, que es la frontera ignota que rodea y circunscribe la obra de Augusto Monterroso. Lo demás es silencio.

(10) Ibidem. p. 85.