Al atardecer, la amplia sala del Club de Escritores Yiddish de Varsovia estaba casi vacía. En la mesa de una esquina dos desempleados correctores de galeras jugaban ajedrez. Parecían jugar y dormitar al mismo tiempo. Mina, la gata, había olvidado que era una gata literaria alabada en los periódicos y se salió al patio a cazar un ratón o tal vez un pájaro. Yo estaba sentado en una mesa con el miembro más importante del club: Joshua Gottlieb, el principal columnista de El Hoy. Era el presidente del sindicato de periodistas, doctor en filosofía y exdiscípulo de eminencias como Hermann Cohen, el profesor Bauch, el profesor Messer Leon y Kuno Fischer. El doctor Gottlieb era alto, de hombros anchos, con un fuerte cuello rojo y barriga El sol que se iba lanzaba un brillo púrpura sobre su enorme cabeza calva. Fumaba un largo puro y sacaba el humo por la nariz. No habría invitado a su mesa a un principiante como yo, pero a esa hora no había nadie más a la mano y a él le gustaba hablar y contar historias.

Nuestra conversación derivó a lo sobrenatural y el doctor Gottlieb dijo:

—Ustedes los jóvenes se apresuran a explicarlo todo según sus teorías. Para ustedes la teoría es antes que los hechos. Si los hechos no encajan en las teorías, la culpa es de los hechos. Pero un hombre de mi edad sabe que los sucesos tienen una lógica propia Sobre todo, son el producto de la causalidad. Los místicos que hay entre ustedes se llaman a ofensa si las cosas ocurren del modo que nosotros llamamos natural. Pero para mí el milagro mayor y el más maravilloso es lo que Spinoza llamó el orden de las cosas. Cuando pierdo mis lentes y los encuentro luego en un cajón que según yo no había abierto en dos años, sé que debí ponerlos ahí yo mismo y que no los escondieron ni los demonios ni los duendes de ustedes. Sé también que por más conjuros que hubiera dicho para neutralizarlos, los lentes se habían quedado en el cajón para siempre. Como usted sabe, yo soy un gran admirador de Kant, pero para mí la causalidad es más que una categoría de la razón pura. Es la mismísima esencia de la creación. Incluso puede usted llamar la cosa en sí.

—¿Quién hizo la causalidad? —pregunté, nomás por decir algo. 

—Nadie, y ahí está su belleza. Déjeme contarle. Hace dos años me ocurrió algo que todo el sello de lo que ustedes llaman un milagro. Estaba totalmente convencido de que no tenía ninguna explicación posible. Racionalista como soy, me dije: Si esto ocurrió de veras y no fue un sueño, tendré que replantear todo lo que he aprendido desde el primer grado en el Gymnasium hasta las universidades de Bonn y Berna. Pero luego oí la explicación y era tan convincente y tan sencilla como sólo puede ser la verdad. De hecho pensé escribir un cuento al respecto. Sin embargo, no quiero competir con nuestros literatos. Me imagino que usted sabe que mi opinión sobre el género narrativo no es muy alta. Puede sonarle como un sacrilegio, pero yo encuentro más falacias humanas, más psicología, incluso más diversión en la prensa diaria que en todas las revistas literarias que hacen ustedes. ¿Le molesta mi puro?

—Para nada

—Usted sabe de cierto, no necesito decírselo, que nuestros tipistas en El Hoy y en la prensa yiddish cometen más errores que todos los tipistas en el mundo entero. Aunque ellos mismos se consideran fervientes yiddishistas, no tienen el menor respeto por su lengua. Me paso noches sin dormir por culpa de estos bárbaros. No recuerdo quién dijo que el 99 por ciento de los escritores no morían de cáncer o tuberculosis sino de erratas. Cada semana leo hasta tres pruebas de mi columna de los viernes, pero cuando los tipistas corrigen un error de inmediato cometen otro, y a veces dos, tres o cuatro.

“Hace unos dos años escribí un artículo sobre Kant, una especie de jubilieum. Cuando se trata de términos filosóficos, nuestros tipistas se enredan especialmente. Además, el formador de planas sigue la tradición de perder por lo menos una línea de mi columna cada vez, y con frecuencia la encuentro en otro artículo, a veces incluso en las noticias. Ese día yo había citado una frase que era un blanco perfecto para las erratas: la trascendental unidad de la apercepción. Sabía que nuestros tipistas la harían picadillo, pero tenía que usarla. Leí las pruebas tres veces como siempre, y de milagro las palabras salieron correctamente todas las veces. Pero, por no dejar, murmuré una pequeña oración para el futuro. Esa noche me fui a dormir tan esperanzado como se lo puede permitir un escritor en yiddish.

“Todas las mañanas me traen los periódicos como a eso de las ocho, y el viernes es siempre mi día critico de la semana. Al principio todo parecía ir sobre ruedas y esperé contra esperanza que esta vez saldría exento. Pero no: estaba perdida la línea con las palabras la trascendental unidad de la apercepción. El artículo ya no tenía sentido.

“Por supuesto que me enfurecí y maldije a todos los tipistas yiddish con los peores juramentos. Después de una hora de proferir agravios y anti-yiddishismo al máximo, comencé a buscar la línea en otros artículos y en las secciones de noticias de nuestro ejemplar del viernes. Pero esta vez al parecer se había perdido por completo. De algún modo me sentí defraudado. Más que nada me irritó que los lectores, incluso mis amigos en el club me felicitaban y al parecer no habían reparado en que faltaba una linea. Me juré un millón de veces no leer El Hoy los viernes, pero ya sabe usted que hay un ingrediente de masoquismo en todos nosotros. Me vengué de los tipistas, los editores, los correctores de galeras imaginándome que les disparaba, los golpeaba y los hacía memorizar todas mis columnas desde el año de 1910.

“Al cabo de un rato decidí que había sufrido lo suficiente y comencé a leer El Momento, nuestro periódico rival, para ver qué había escrito su columnista, el señor Helfman, ese viernes. Por supuesto, yo sabía de antemano que su colaboración sólo podía ser mala. En los veinte años que duraba ya nuestra competencia, nunca había leído nada bueno de este cagatintas. Yo no sé lo que usted piense de él, pero para mí es abominable.

“Ese viernes su bebistrajo parecía peor que nunca, así que abandoné la lectura a la mitad y empecé a leer las noticias. Caí en un artículo titulado ‘El hombre, una bestia’, la historia de un conserje que llegó de la cantina a su casa por la noche y violó a su hija. Y de pronto ocurrió la cosa más imposible, increíble, descabellada. ¡la línea perdida estaba ahí, ante mis ojos! Supe que debía ser una alucinación. Sin embargo, las alucinaciones no duran más de medio segundo. Aquí las palabras persistían ante mí en tipo negro: la trascendental unidad de la apercepción… Cerré los ojos, seguro de que cuando los abriera de nuevo el espejismo se había desvanecido, pero cuando lo hice ahí estaba: lo impensable, lo ridículo, lo absurdo.

“Admito que a pesar de mi incredulidad en lo que ustedes llaman lo sobrenatural, jugué muy seguido con la idea de que un día ocurriera un fenómeno que me obligara a perder la fe en la lógica y en la realidad. Pero que una linea con tipos metálicos volara del cuarto de formación de El Hoy en el número 8 de la calle Klodna al cuarto de formación de El Momento en el número 38 de la calle Nelevski, era deveras algo que no me esperaba. Mi hijo entró al cuarto y mi aspecto debió ser el de alguien que había visto un fantasma, porque me dijo: ‘Papá, ¿qué te pasa?’. No sé por qué, pero le dije:

“‘Baja por favor y cómprame un ejemplar de El Momento’. Pero si ya estás leyendo El Momento, contestó mi hijo. Le dije que necesitaba ver otro ejemplar. El muchacho me miró como diciéndome, ‘Este viejo ya se chifló’, pero fue al puesto y compró otro ejemplar.

“Mi línea estaba ahí en la misma página y en el mismo artículo: ‘Llegó a su casa de la cantina y vio a su hija en la cama y la trascendental unidad de la apercepción…’. Estaba tan aturdido y angustiado que empecé a reírme. Para no dejar ninguna duda, le pedí a mi hijo que leyera todo el artículo en voz alta. Me dirigió de nuevo esa mirada que daba a entender ‘Mi padre ya no está muy bien de la cabeza’, pero lo leyó muy despacio. Cuando llegó a la línea traspuesta, sonrió y me preguntó: ‘¿Por esto querías que te comprara otro ejemplar?’. No le contesté. Sabía que nunca dos personas han compartido una alucinación.

—Hay casos de alucinaciones colectivas —dije.

—De cualquier modo —dijo él— ese viernes y ese sábado no pude dormir y casi no comí. Decidí que el domingo por la mañana iría a hablar con el jefe de nuestro departamento de impresión, mi viejo amigo el señor Gavza. Si hay algún hombre al que no se le puede engañar con ningún abracadabra ni patas de cabra, es a él. Quería ver la expresión de su cara cuando viera lo que yo. Rumbo a El Hoy decidí que sería oportuno recuperar el original de mi columna, en caso de que no lo hubieran tirado. Pregunté si aún tenían el original de mi artículo y, oh sorpresa, lo encontraron y en él estaban las palabras como yo las recordaba. Estaba ansioso por encontrar la solución a este enigma, pero no quería que la solución estuviera en algún disparate, en un malentendido risible, o en un lapso de memoria. Con mi manuscrito en una mano y El Momento en la otra, fui a ver al señor Gavza. Le enseñé mi manuscrito y le dije: ‘Lea este párrafo, por favor’. Antes de que terminara mi frase él dijo: ‘Ya sé, ya sé, se perdió una línea en su columna sobre Kant. Me imagino que quiere publicar una aclaración. Créame: nadie las lee’. ‘No, no quiero que se publique ninguna aclaración’, le dije. ‘¿Entonces qué más lo trae por aquí esta mañana de domingo?’, preguntó Gavza.

“Le enseñé El Momento del viernes con el artículo noticioso y le dije: ‘Ahora lea esto’. Gavza se encogió de hombros, empezó a leer y nunca he visto una expresión como la que Gavza tuvo en su cara serena. Abrió la boca hacia el artículo noticioso, luego hacia mi manuscrito, hacia mí, hacia el periódico, hacia mi de nuevo, y dijo: ‘¿Estoy viendo visiones? ¡Esta es su línea perdida!’

“‘Sí, mi amigo’, le dije. ‘Mi línea perdida saltó de El Hoy a El Momento a doce calles de distancia, encima de todos los edificios, de todos los techos, y fue a instalarse justo en su cuarto de impresión, y justo en este artículo. ¿Es posible que sea obra de algunos demonios? Si usted puede explicar esto…’

“‘De veras que no puedo creerlo’, dijo Gavza ‘Debe haber un truco, fue una especie de broma barata. A lo mejor alguien la pegó ahí con goma. Déjeme verlo otra vez’.

“‘Nada de trucos y nada de goma’, dije. ‘Esta línea se cayó de mi artículo y apareció en El Momento el viernes pasado. En mi bolsillo tengo otro ejemplar de El Momento’.

“‘Dios mío, cómo pudo pasar esto?’, preguntó Gavza. Una y otra vez cotejó mi manuscrito con la línea en El Momento. Luego oí que decía: ‘Si esto ocurre, cualquier cosa puede ocurrir. Tal vez los demonios en verdad se robaron su línea de El Hoy y la llevaron a El Momento’.

“Nos quedamos mirando un rato largo con la sensación dolorosa de dos adultos que se dan cuenta de que su mundo se ha vuelto un caos, abandonado por la lógica y con la así llamada realidad en completa bancarrota. En eso Gavza soltó una carcajada. ‘No, no fueron los demonios, ni siquiera los ángeles. Creo que ya sé que pasó’, dijo.

“‘Dígamelo rápido antes de que yo explote’, dije.

“Y esta fue la explicación. ‘El Fondo Nacional Judío publica con frecuencia una inserción publicitaria tanto en El Hoy como en El Momento. A veces hacen cambios para ajustar la inserción a los lectores de los periódicos respectivos. Por eso no hacen un molde sino que llevan en coche toda la página metálica de un periódico a otro para los ajustes. Por error, debieron poner mi linea en la página metálica de la inserción. Se la llevaron a El Momento y ahí alguien se dio cuenta del error, sacó la Línea de la página de inserción y la línea fue a dar de inmediato al artículo noticioso. Las posibilidades de que ocurra una cosa así no son limitadas como uno podría creer, tomando en cuenta a nuestros tipistas y correctores de pruebas’, dijo Gavza. ‘Son los peores chocarreros. No hay que echarles la culpa a los pobres demonios. Ningún demonio es tan lamentable y descuidado como nuestros impresores y los demonios de los impresores’.

“Nos reímos bastante y para brindar por la histórica solución fuimos a tomar café y pastel. Hablamos sobre los viejos tiempos y los absurdos sin fin publicados en la prensa yiddish, Dios la bendiga. Especialmente extrañas eran las fes de erratas al final de los libros yiddish. Cosas como: Página 69; donde dice: ‘Fue a ver a su mamá a Bialostok’, debe decir: ‘Tenía una barba larga y gris’. O: Página 87; donde dice: ‘Tenía un saludable apetito’, debe decir: ‘Fue a ver a su antigua esposa en Vilna’. En la página 379 dice: ‘Tomaron el tren a Lublin’, debe decir: ‘El pollo no era kosher’. Cómo es que un tipista puede cometer errores de este tipo será siempre un enigma para mí. En otro artículo decía que las bacterias ‘son tan pequeñas que sólo pueden verse con la ayuda de un telescopio’”.

El doctor Gottlieb hizo una pausa y trató de revivir su puro en extinción, chupándolo con violencia Luego dijo:

—Mi joven amigo, le cuento todo esto sólo para probarle que uno no debía apresurarse a concluir que la Madre Naturaleza ha desistido en sus leyes eternas. Hasta donde sé, los duendes y los espíritus aún no toman el mando, y aún son válidas las leyes de la naturaleza, nos gusten o no. Y cuando tengo que enviarle un mensaje a mi vieja esposa, o a mi no tan joven novia, aún uso el teléfono, no la telepatía.

 

Isaac Bashevis Singer

Traducción de Luis Miguel Aguilar (a partir de una traducción al inglés del propio autor).

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