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Publicamos esta curiosa carta de Salvador Novo, cuando era cronista de la ciudad de México, dirigida a un amigo que se encontraba en el extranjero. Llegó a manos de los editores de nexos por medio de Sergio González Rodríguez que actualmente trabaja con los herederos de Novo en la clasificación y orden de su archivo.

17 de julio, 1972

Muy querido, inolvidable Licenciado:

soy yo ahora quien se encuentra en deuda epistolar con usted, puesto que ya hace más de una semana que disfruté el placer de su carta, y acaricié por ella la esperanza de que este voluntario destierro que usted se ha impuesto termine pronto, porque en su espíritu generoso y alto triunfe el impulso que en esa carta percibo: el de reintegrarse a un país en el que su consejo siempre es escuchado por sus amigos, su compañía y su conversación estimada por quienes lo queremos, los que aparte de su familia, constituimos la suya espiritual.

Explica acaso un poco de mi tardanza en contestarle el hecho de que este mes de julio ha sido particularmente atareado para el Cronista de la Ciudad, cuyos quehaceres se multiplican cuando se trata de celebrar con dignidad el centenario del fallecimiento de aquel personaje de nuestra historia al cual el Padre Cuevas tuvo la crueldad de señalar como “el sacristancete zapoteca renegado”. Ayer, que fue el centésimo quinto centenario de la entrada en México del dicho oaxaqueño señor, el Cronista de la Ciudad, por orden del Regente de la misma, hubo de encargarse del discurso oficial pronunciado frente al Hemiciclo del Benemérito, y frente también a la nutrida representación de los tres Poderes Federales que acompañaron al licenciado Sentíes y al licenciado Moya Palencia en el Acto. Los veinticinco minutos que duró la relación me cansaron ciertamente la garganta, pero creo que estuvieron bien entonados, matizados, y capaces de mantener la atención de un auditorio así de vasto, disperso, heterogéneo y matutino en plena Ave. Juárez. Sin embargo, los periódicos de hoy, al dar la nota de aquel acontecimiento, le amenguaron el valor de mi participación para exaltar la evidentemente secundaria en la realidad, del Dr. R., a quien le señalaron el deber de leer la proclama, pero que se mandó con un discursito político, y se encargó como Director de Acción Cultural y Social de enviar a los periódicos un Boletín en que se ponía por las nubes y a mi me ocultaba todo lo que podía.

El ilustre amigo de usted, el señor Presidente Echeverría, había ofrecido y hasta anunciado que asistiría a esa ceremonia. Sin embargo, no apareció en ella, y los periódicos de la mañana dijeron que haría una gira por el Estado de México para revisar obras públicas. A mí me parece o tengo la sospecha o la intuición de que lo que ocurrió para que ninguneara la ceremonia en que habló el Cronista, es que habría llegado a sus oídos un epigrama que el Cronista se permitió hacer a propósito de la iniciativa del Periódico Novedades de que el próximo martes 18 se guarde un minuto de silencio en honor de la muerte de Juárez. Dicho epigrama dice así: “aunque a Juárez reverencio / me parece una utopía / esperar de Echeverría / un minuto de silencio”.

Ha cundido bastante este epigrama, y su autor no ha ocultado su autoría. El propio Rodolfo, hermano del señor Presidente, lo escuchó en La Capilla de labios de su autor, lo apuntó en una tarjeta y anunció que se lo haría conocer al interesado. Yo le dije que no fuera bárbaro, que a lo mejor no tenía sentido del humor el señor Presidente y que no le iba a caer bien el epigrama; Rodolfo replicó que lo más que podría pasar es que descolgara el teléfono y le preguntara a Sentíes: “¿Quién era el Cronista de la Ciudad?”. Usted sabe bien querido licenciado, que a su amigo no le importaría absolutamente nada que lo privaran de la remuneración asignada al Cronista. Lo que este amigo suyo apetecería sería que lo dejasen absolutamente sin ningún compromiso para escribir o hacer lo que le diese la gana en los pocos meses o escasos años que le queden de vida.

Pues bien: esta tarde de domingo, cuando se cumplen ocho meses exactos de mi orfandad, quise dictar a la grabadora esta carta que mañana transcribiré a la máquina, porque así me parece que hablo con usted, como todos los sábados echo de menos el placer de hacerlo; y renovando mi esperanza de que pronto se decida usted a regresar, le envía un muy cariñoso abrazo y un saludo para Madame V., su devoto.