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A veces uno tiene miedo. Amanece con él pegado a la piel como costra más indigna y no quiere abrir los ojos ni mucho menos levantarse de la cama en que lo esconde. Ahí, entre las cobijas, agazapa el temblor que la avergüenza y no se atreve ni a llorar porque también eso le da miedo.

– Va a sonar el teléfono -se dice uno acurrucada en los segundos que le quedan- . Va a venir mi hija a pedir que le peine las coletas, mi hijo me va a increpar porque no he llevado su cereal. Se van a ir sin suéter si no voy y se los pongo, van a irrumpir en el cuarto pidiendo dos mil pesos y su escándalo quebrará el sueño del señor de la casa. Alguien estará pensando que soy una desobligada, que para qué parí niños si no voy a cuidarlos desde temprano. A las nueve llegará una fotógrafa que según me advirtió sólo quiere una risa espontánea. Si no me voy pronto el tiempo no alcanzará para darle la vuelta a Chapultepec.

Entonces, ni modo, uno se levanta. Brinca del cobijo de las sábanas al de los niños que hablan y litigan con la fuerza de quienes apenas llevan siete años de hacerlo, y empieza a luchar contra su miedo más inmediato: el sicoanalista que la mira desde el año dos mil cinco para estar en completo acuerdo con que uno era una madre dominante y posesiva que no dejaba a su hijo irse a la escuela con el pantalón roto, con que la niña se quedó traumada porque uno la obligó a quitarse los zapatos negros que algún día fueron blancos, con que aún les pesa el horror de aquella mañana en que uno les untó los labios con crema de cacao y los mandó al colegio con la cara brillante como la del negrito sandía.

Después, cuando ellos y el sicoanalista que guardan en su mochila la dejan besarlos y se despiden, cruza por su cuerpo la amenaza de un cuerpo envejeciendo y la empuja a caminar por Chapultepec en una marcha deberosa y vibrante, llena de buena voluntad y devota disciplina.

En la calle un señor contempla embelesado la suave majestuosidad con que su perro ensucia nuestra banqueta en lugar de su departamento. Es uno de esos tipos orgullosos de la buena educación de sus perros que cuentan sin la más mínima vergüenza cómo su mascota es tan correcta y contenida que jamás hace sus necesidades antes de que él pueda sacarla a la calle. Entonces, como por acto de magia, el bien educado perro suelta su guardadito y a otra cosa, a dejar de inmediato el lugar del crimen, que otros serán los infelices encargados de pisarlo, maldecirlo y limpiarlo. Debería uno decirle lo que piensa, pero por supuesto el miedo es superior al deber y uno sigue caminando hacia el torbellino de aires turbios en el que debe hundirse para cruzar Constituyentes y aparecer fumigada pero invicta sobre los adoquines del parque. Al verlo solitario y hermoso en mitad del caos uno apresura el paso para llegar pronto a su corazón de pájaros y ardillas. Sólo ahí podría cualquiera atreverse a llorar sin remilgos la secreta vergüenza de haber amanecido con miedo. Pero no.

– Si yo era una mujer valiente- se dice uno- . Qué tal cuando salía de trabajar a las diez de la noche de una oficina en Bucareli. Tenía veinte años y le pedía aventón a cualquier desconocido que fuera por Insurgentes. No sentía miedo entonces. Escribía artículos en los periódicos segura de que lo que opinaba era correcto. Me equivocaba un día sí y otro también pero no tenía miedo. ¿Qué tal si el Sida ya existía en aquellos tiempos de rosas que ya no recordamos? No tenía miedo entonces.

¿Y ahora de qué tiene uno miedo? ¿Del dolor y la muerte ineluctables? No. Esos son los grandes temas, para esos está uno educado. Para ser valientes cuando hay que serlo estamos educados. Lo difícil es dar con el valor de todos los días. Perder el miedo a que se contagien los niños de paperas, a las arrugas junto a la boca, a las preguntas necias, a la propia ignorancia, al trabajo, a las fotos, al desamor. Perder el miedo al supermercado, a las imágenes de la Guerra de las Galaxias, a las librerías, a las multitudes, a los amigos sabios, a las discusiones políticas, a la Calzada Zaragoza, a la verdad, a las mentiras necesarias, al dentista, al cansancio, a la pasión, al teléfono, a la culpa. Perder el miedo a los recuerdos, a los jueces internos, al futuro inasible y vertiginoso, a Nueva York.

Tan mágico Nueva York en las películas de Woody Allen, tan atractivo y luminoso en la memoria de nuestros amigos los viajados, tan impredecible y amenazante cuando llena tres meses de la agenda como una aterradora promesa que hemos aceptado cumplir. Todo el mundo dice que uno debe estar feliz, que cómo puede reprocharle al destino tanta generosidad, que vivir en Nueva York es la más deslumbrante de las experiencias, que no hay deseo ni fantasía que la ciudad aquella no te cumpla. Y uno los oye desde su pánico a dejar este país más de ocho días y piensa que no resistirá 1a dicha prometida, que morirá abrumada por los conciertos y las comedias musicales, por el más brillante curso de literatura, por su inglés cada día más tropezado, por las calles a las que no baja el sol, por los taxistas, los elevadores y la estatua de la libertad. Uno les teme a las tiendas y a las cocinas llenas de botones y faltas de personas, les teme a las lavanderías y a las planchas, teme dejar a sus amigas y que el mar cambie de sitio si lo descuida. Teme gastar sus escasos destellos intentando querer gente nueva, como si a los cuarenta años no le sobrara gente a la cual querer. Uno no es internacional, no quiere serlo. Por primera vez no quiere ver otras cosas, no es ávida, le basta su propio ruido, su devastadora capacidad para desear todo lo que ya tiene y nada más. ¿Qué tendrá de malo estar satisfecha? Por una vez, por una rara vez uno no quiere más de lo que tiene y entonces queda como una malagradecida, una pobre diabla sin ambiciones, empeñada en cerrar los avatares de su destino antes de tiempo. Vieja miedosa.

– Vieja fodonga, levántese del pasto y deje de regodearse con el sol de las diez de la mañana- parece decir la mirada de un jardinero que limpia a mi alrededor.

Tiene razón, más vale que uno vuelva a su casa y enfrente a la fotógrafa que lleva cincuenta y cinco minutos esperando una risa y se encuentra con mi cara despintada y mi boca que antes de saludarla sigue canturreando: «If you can make it there/you’ll make it anywhere/it’s up to you mu jn mu jn. Nada más eso le faltaba a uno, por qué ser menos que José José, hay que medirse con los grandes, hay que cantarle a Nueva York y ponerle una sonrisa a la fotógrafa.

-¿Estabas deprimida el día en que te tomaron estas fotos?- preguntó el señor de la casa cuando la gringuita me mandó los contactos.

– No- dije- . Tenía sueño.- Y me senté a contemplar las muestras de la depresión.- En efecto tenía mala cara esa mañana- me confesé mientras iba mirando las fotos del cartón apretujado de gestos en el que la fotógrafa marcó dos cruces cerca de los menos sombríos.

Era domingo y José Ramón Fernández tenía la voz de la tele por la que cruzaban los jugadores del Puebla que sólo fueron capaces de empatar en su propia casa. Opinaban los comentaristas que habían estado mal, pero también estuvieron mal los del América y se equivocaron los de quién sabe dónde.- Pobres cuates- pensé haciendo uso de lo que Luis Miguel Aguilar llama la proclividad nacional a estar con los perdedores. Cuando las tablas de puntuación desaparecieron de la pantalla los interesados en José Ramón Fernández y sus opiniones se fueron de la tele y la dejaron prendida frente a mí que aún tenía entre manos las fotos de mirada perdida y la mirada perdida.

Entonces aparecieron los toreros. Los toreros convocando a mi abuelo que se cortó la coleta a los setenta y cinco años frente a un novillo perdido pero fiero en medio de una fiesta vertiginosa y alebrestada. A mi abuelo que hablaba de Armillita como el único Dios en que podía creerse. Aparecieron los toreros con su peste a tabaco y claveles venida del pasado, con las tardes de abril sobre mi cabeza de once años, con sus gritos de guerra y su locura. Aparecieron los toreros tan ridículos, tan arcaicos, tan absurdos. Hablándole a un toro para que se les acerque, arrimándose a una bestia que sangra con el único fin de hacerla cruzar por su capote. Y qué placer mirarlos! íQué encanto sus cuerpos inapelables frente a la indecisa contemplación del que puede matarlos!

El valor de los toreros es un valor de farmacia y notaría, de riesgo y muerte. Nada tiene que ver con el esfuerzo de quienes viven desafiando miedos menores. Sin embargo es tan innecesario, tan estúpidamente virtuoso que conmueve. Y de pronto uno está sonriendo con aquel hombre que palmea a un toro burriciego llamándolo como si en vez de la muerte significara la vida. Y uno por fin pasa de la sonrisa al llanto cuando ve al animal decidirse por el trapo en vez de por el hombre.

– Qué suerte de tipo- dije como si la vida que había estado en riesgo hubiera sido la mía.

– No fue suerte, muchacha- oí decir a mi abuelo desde quién sabe dónde- . El tipo estaba bien plantado. Y eso fue lo importante. El toro puede no saber qué quiere, pero el torero no puede darse esos lujos. Es igual con la vida. Uno nunca sabe qué va a querer la vida. Lo que tiene uno que saber es plantarse. Si corres te agarra entre los cuernos.

– Muy bien abuelo- dice uno con el nudo en el estómago desatado por fin- . Iré a Nueva York.

– ¿Con quién hablas?- pregunta el señor de la casa acercándose otra vez por el rumbo de la tele.

– Con los toreros- respondo.

– No me digas, ¿y de qué?- cuestiona viendo al cielo como si lo invitara a comprobar su tesis de que mi ventanita al norte cada vez es más grande.

– De Nueva York.

– ¿Otra vez vas a empezar con Nueva York?- pregunta el pobre previendo un melodrama.

– No- respondo- Ya acabé con Nueva York. Ya podemos irnos cuando quieras. Total, como diría la tía Verónica, «lo que pasa conviene». Y hay que acudir al capote.