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Hace un par de años nuestro colaborador Jaime Aboites tuvo oportunidad de estar en Deyá, Mallorca, con Baryl y Lucia Graves, la viuda y la hija del poeta Robert Graves. Ahí mismo Lucia Graves le dio una copia del ensayo que publicamos aquí, titulado originalmente «Mammon and the Black Godess», y unos poemas de Graves, algunos inéditos incluso en inglés, entregados a Aboites por Beryl Graves y traducidos al español por la misma Lucia. Aboites cuenta así el hecho: 

«Señora Graves, ¿podría pedirle que me mostrara algún manuscrito de su esposo? La anciana se levantó del sillón que estaba al lado de la chimenea y me señaló en dirección al estudio. Había una enorme ventana orientada hacia el Mediterráneo y un amplio escritorio; todo lo demás eran estantes repletos de libros. Beryl se acercó a unas cajas de madera que estaban en el rincón del estudio, murmurando: ‘Robert no tiraba nada de lo que escribía.. todas estas cajas están llenas de papeles donde escribió alguna cosa’. Por encima de sus hombros, yo veía sus manos hurgar entre los papeles. Finalmente extrajo media hoja de papel blanco con cinco renglones escritos a pluma fuente. Oscurecía y me acerqué a la ventana. Leí -o creí entender- en la extensa letra azul marino de Robert Graves:

La vida es breve.
Aunque esta noche,
mirando tus ojos
en el Mediterráneo,
sea eterna.

«La anciana continuó hurgando en los papeles de su esposo. A través de la ventana se podía. ver, a lo lejos, el inicio de una tormenta marina, o tal vez el Siroco del que hablaba Graves en poemas que yo no conocía».


Cuando el Colegio de Economía y Ciencias Políticas de Londres me invitó a pronunciar un discurso en su ceremonia anual, me sentí bastante intranquilo; deduje que el Comité debía oir sobre mi ingenuidad en Economía y en política así como de mi dedicación a un modo poético de pensamiento, y tal vez deseaba que me explayara sobre el lema «si no hay dinero en la poesía, tampoco hay poesía en el dinero».

Admito que una vez utilicé esta frase para contestar a un hombre de negocios que me recomendaba amablemente escribir un best-seller en vez de poemas que ningún mortal ordinario (se refreía a si mismo) podría comprender. Sin embargo, los poetas jamás tendrían por qué tener los bolsillos vacíos. Esto puede sonar un poco utópico, como el precepto bíblico de confiar en el Señor, pues él proveerá. Si los economistas estudian la ciencia del dinero, tal vez habría que recordarles de vez en cuando ciertos imponderables poéticos y religiosos sin los cuales la economía política no tiene sentido o, acaso, no mayor sentido que los simulacros de logística militar con los que incipientes generales se entretienen en los colegios militares, y en los cuales no se presta atención a factores tan poco logísticos en los conflictos armados reales como el estado de ánimo, el clima, el azar y los milagros.

Voy a comenzar con la etimología de money. El significado primario de una palabra es el acercamiento poético usual a su historia subsecuente. Money viene de moneta, sobrenombre romano de la diosa Juno, cuyo templo albergaba la casa de moneda de la República. La palabra moneta, derivada del griego mnemosyne («concentración mental» o «acto de la memoria), se aplicaba a Juno debido a que los votos para pagar cierto número de monedas de ley y peso determinado a cambio de tierra, bienes o servicios se juraban en su nombre ante testigos. Así moneta, con el significado de «moneda aprobada», sustituyó gradualmente a pecunia o «ganado», el anticuado término latino para «dinero»: las vacas habían sido el patrón común de intercambio (y lo son todavía en algunas partes de Africa) hasta que debió abandonarse debido a la variación obvia de valor entre diferentes vacas.

La acuñación formalmente sancionada es el punto de arranque para el estudio de la ciencia económica y política. Pero vayamos más atrás, a la idea de «truequen; incluso más allá, a la idea de los intercambios obligatorios de obsequios; y más allá, a la idea aún más pura del obsequio incondicional. Creo que lo que hoy llamamos «finanzas» es una perversión intelectual de algo que comenzó siendo afectuoso amor humano. Para ser breve: se puede redimir al dinero del anatema bíblico sobre el «vil metal» sólo si lo restituimos el sentido perdido de un regalo de amor, que por supuesto es la manera en que la mayoría de los niños se acerca por primera vez al dinero, cuando un tío cariñoso les pone una moneda entre las manos. Pero, como espero demostrar, esto no puede hacerse sino en un contexto estrictamente anárquico.

Hay dos tipos primitivos de amor: el amor de una madre por su progenie y el amor mutuo de las parejas que se hacen la corte. Ambos tipos varían de manera importante en la naturaleza, pero parecen ser más fuertes entre las aves y los primates. Las buenas madres proveen a su progenie de porciones pequeñas de alimento, aunque ellas se queden con hambre; las parejas que se hacen la corte se ofrecen uno al otro no sólo alimento, sino flores y objetos- me vienen a la mente dos ejemplos de aves, el pingüino y el ave del paraiso- en prueba de su afecto. La distribución imparcial de alimento por parte de la madre hace brotar entre sus hijos un compañerismo que a menudo dura más que la necesidad que tienen de él, y así forman manadas, rebaños o bandadas Los jóvenes monos con lazos de parentesco se portan muy bien entre ellos, e incluso cuidan a los enfermos.

Parece que el hombre primitivo llevó la cooperación bastante más lejos que los monos cuando realizó un estudio de la vida de los insectos: los Proverbios conminan al perezoso a observar a la hormiga (y en el texto original también a la abeja), a reflexionar sobre sus costumbres y portarse como sabio. En efecto, la abeja era una metáfora muy común para la reina madre de las sociedades matriarcales. Los antropólogos han observado una forma insectil de comunismo entre algunos aborígenes australianos y tierrafoguinos que no comprenden el concepto de propiedad privada y comparten todos sus alimentos y pertenencias sin restricciones. Los miembros de un clan están unidos por una lealtad absoluta basada en la confianza mutua entre ellos y -esto es importante- en una común desconfianza, u odio, hacia los extraños; aun cuando (en eso concuerdan los investigadores) dicha lealtad es comprable con una intensa antipatía entre miembros del clan.

En otros lugares, los regalos que se dan durante el cortejo se convierten en una metáfora de las alianzas entre clanes: cada uno de los clanes acepta proveer al otro de uno o diversos productos en particular. El derecho connubial generalmente cierra estos tratos y asegura una interdependencia armoniosa entre clanes. Todavía no hemos salido del terreno del amor, pero cuando, como producto de los regalos, se amasan más bienes de los necesarios y pueden almacenarse en lugar seguro, éstos sirven de estímulo para tratos multilaterales. También promueven el surgimiento de clanes mercantiles que se ocupan de los diversos excedentes ofreciéndoselos a los forasteros. Por último, las unidades de peso y las medidas regularizan el comercio, y el metal en forma de lingotes se acepta como un equivalente general para comprar y vender. De este modo, el amor maternal y las costumbres del cortejo se extienden metafóricamente a la lealtad dentro de un clan, a la amistad entre clanes y a las buenas relaciones de negocios entre extraños. Si ésta fuera toda la historia del dinero, qué agradable sería nuestro mundo y qué sencilla la ciencia de la economía política.

En esta etapa surge cierta incomodidad la causa es el concepto artificial de paternidad y la entrada de dioses masculinos a la religión, donde hasta entonces la Diosa había sido la reina suprema El padre es una figura sin importancia entre la mayoría de las especies naturales: en general, no le desagrada comerse a sus propias jóvenes criaturas y siempre descuido la educación de los sobrevivientes. Entre las aves, sin embargo, el gallo está a veces decentemente domesticado y ayuda a la construcción del nido; el encomiable pato de flojel macho, si sucede que la hembra pierde o le son robadas las plumas del pecho con que había forrado el nido, se despoja de su propio plumaje, en realidad de segunda clase, para mantener los huevos calientes durante la primavera ártica No obstante, el cuclillo macho- disfraz que Zeus adoptó para seducir a la diosa Hera y proclamar su soberanía universal- no hace ni el más mínimo esfuerzo por trabajar.

Cuando se puso en tela de juicio la antigua metáfora del amor maternal que podía unir a las comunidades mediante el intercambio libre de presentes, la severidad y la avaricia patriarcales se esparcieron por doquier. Como hombre de la Era Cristiana tardía, heredamos de los judíos, a quienes siempre preocupó este problema, nuestra actitud ambivalente hacia el dinero. Israel era una nación compuesta por dos castas en guerra los agriculturalistas cananeos, adoradores de una Diosa, y los pastoralistas arameos temerosos de Dios, quienes sometieron a aquéllos por primera vez en la época de Abraham. El dios arameo El tenía cabeza de toro. Pero el culto nativo resultó ser demasiado popular y no pudo ser suprimido, ni siquiera después de las conquistas de Josué, muchos siglos más tarde, y la Diosa se mantuvo en el poder tanto en Siquem como en Jerusalén. Sólo cuando la monarquía judaica se acercaba a su fin, la doctrina extravagante de los profetas acerca de un Padre sabio y amante que había depuesto a la Madre lujuriosa e irresponsable, pudo permitirle a la nación resolvía su conflicto religioso, por lo menos en teoría.

El israelita no había sido un pueblo mercantil, excepto en el breve periodo de la alianza entre el rey Salomón y los feni- cios, pero según el Génesis y los primeros libros históricos, se utilizaban lingotes de oro de un peso fijo para establecer el precio de la tierra Así, Abraham pagó a los hititas cuatro minae de Carquemis por la cueva para su sepulcro en Macpela, y Jacob pagó una mina por su terreno en Siquem. Si la segura, la peste o los saqueadores medianitas forzaban a un hombre a reabastecer su granja con dinero prestado, los parientes de alguna de las partes eran testigos del peso de los lingotes; estos contratos nunca se impugnaban. Pero se demostraba muy poco amor en ellos. El prestador tomaba una prenda, ya fuera tierra o bienes, por su préstamo, y aunque se habla establecido una restricción sobre la transferencia de terrenos ocupados por tumbas ancestrales- por ello inalienables- , un prestatario pobre podía ofrecer su propia persona en prenda y, en caso de no pagar la deuda, convertirse en siervo del acreedor. No obstante, con el fin de conservar a Israel como una nación de pequeñas granjas independientes y no de latifundios trabajados por siervos, el Levítico ordenaba que las tierras vendidas de esta forma deberían ser devueltas al propietario original o a sus herederos en el «año del Jubileo» que se celebraba cada media centuria; se ordenaba también que todos los siervos debían ser liberados al cabo de siete años de servidumbre. Esta ordenanza no se aplicaba, por supuesto, a los cananeos: su servidumbre perpetua estaba autorizada por la maldición que lanzó Noé a su nieto Canaan, quien alevosamente lo había castrado.

El rey Josías, uno de los últimos monarcas judíos, publicó el Libro del Deuteronomio como una clemente enmienda a los cuatro libros anteriores del Pentateuco; Safán el Escriba se lo atribuía a Moisés. Los que prestaban no podrían ya tomar en prenda objetos de primera necesidad en las casas, ni siquiera escoger entre diversas prendas, y tenían prohibido exigir intereses por sus préstamos; además, todas las deudas quedaban canceladas cada siete años que no se contaban a partir de la fecha del contrato, sino del «año de Remisión» más reciente. La ley suponía un grado de generosidad nada común entre los prestadores que no eran parientes o amigos cercanos de sus deudores. Tanto Josías como Safán debieron advertir su impracticabilidad, pues se le ordena a Israel: «Guardate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: ‘Cerca está el año séptimo, el año de la Remisión’, y mirar con malos ojos a tu hermano menesteroso para no prestarle nada».

Más adelante, el cautiverio en Babilonia y el gobierno seléucida pusieron a los judíos en contacto muy cercano con la ética mercantil prevaleciente, de acuerdo con la cual los ciudadanos más ricos no mostraban inclinación alguna por hacer préstamos libres de intereses, a menos que pudieran estar seguros de su restitución. Si David dijo (si es que fue David) en un salmo que, aunque ya era viejo, nunca había visto al justo desamparado ni a sus hijos obligados a mendigar pan, esto implicaba que los pobres eran pobres como consecuencia de su pureza o como castigo por pesados heredados.

Poco antes de que Israel fuera absorbido por Roma, los fariseos mesiánicos reafirmaron la doctrina profética de la amorosa bondad de Dios y el deber del hombre para con su vecino; y en términos tan enfáticos que ya en el imperio de la reina Alejandra, hasmonea, habían logrado controlar la legislatura. Los fariseos interpretaron los pasajes más salvajes de los primeros cuatro libros en términos humanos y se opusieron con éxito a los sacerdotes saduceos que rechazaban cualquier lectura liberal de la Ley mosaica De hecho este movimiento cobró tanta fuerza que fanáticos del ala izquierda fundaron asentamientos comunales de célibes a un lado del Mar Muerto- las mujeres desdeñaron al patriarcado benévolo- y se separaron totalmente del resto de la nación.

Otros fanáticos, que sostenían que el celibato contravenía el primer mandamiento de Dios, «Creced y multiplicaos», formaron hermandades en Betania, Emaús y otros lugares, y enviaban hacia el exterior grupos misioneros a predicar el evangelio de la caridad y el arrepentimiento. Uno de estos grupos – el dirigido por Jesús de Nazaret- alcanzó fama en todo el mundo. Jesús repudió el dinero en cuanto dispositivo social útil, pues pagaba al Santuario el impuesto que se le exigía. Nombró tesorero de la compañía a Judas Iscariote y estableció una diferencia entre el «Mammon de la Perversidad» (con lo que se refreía a la riqueza acumulada mediante el arte de las finanzas) y el «Mammon de la Probidad» (la riqueza ganada mediante una faena honesta o en el comercio). Esto era dogma ortodoxo farisaico, basado en las Escrituras: el dinero en sí mismo no podía ser bueno ni malo puesto que había sido utilizado tanto para vender a José como esclavo, como para comprar el terreno para el Templo en el Monte Sión. Las palabras que se atribuyen a Jesús: «No se puede servir a Dios y a Mammon a la vez», eran la fórmula abreviada de «No puedes servir a Dios y al Mammon de la Perversidad a la vez . Predicó contra los sacerdotes saduceos que, aunque la Ley deuteronómica prohibía tomar en prenda el vestido de una viuda a causa de la deuda, no se tocaban (en palabras de Job) el corazón y reclamaban su buey o su casa, dejando que se muriera de hambre. Su Sermón de la Montaña, reforzado por la parábola del hombre rico y de Lázaro, derramó bendiciones sobre los pobres honestos e imprecaciones sobre los ricos deshonestos.

Los fariseos trataron de evitar que los judíos empobrecidos pidieran préstamos con intereses a los extranjeros, para lo cual introdujeron el prosbul, una cláusula atenuante que autorizaba al acreedor a exigir el pago de un préstamo dentro de cierto lapso acordado antes del siguiente «Año de Remisión». Pero esta cláusula, promovida por Hilel, no bastó para evitar que los pobres se volvieran más pobres o los ricos más ricos. Jesús deseaba revestir a Mammon con prendas de amor y con este fin comparó al amo generoso que perdonó una enorme deuda a su sirviente, con el mismo sirviente que encadenó por la garganta a un compañero de trabajo, para exigirle el pago de una suma mucho menor. También advirtió a sus discípulos que debían emular a los pájaros y no pensar en la subsistencia del mañana; y le contestó a un joven y rico judío que había observado escrupulosamente la ley y quería alguna promesa de salvación: «Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes y entrégalo a los pobres». Un mandato poco realista, pues el sensato joven debe haberse sentido responsable por el bienestar de los que dependían de él, y repartir oro a diestra y siniestra entre la muchedumbre de la ciudad pudo ocasionar estallidos de violencia. Las palabras de Jesús deberían ser leídas como un reproche a la mojigatería del joven; y acaso también como una suplica de ayuda, puesto que justamente él y sus discípulos vivían una virtuosa pobreza.

Los teólogos rara vez consideran el trasfondo económico de sus tres años de peregrinaciones misioneras. Cuando las legiones romanas, tan mal pagadas, ocuparon Asia Menor y Siria, se sangró a los hombres ricos, pero a los pobres se los desolló. Abundó el bandidaje, el chantaje y la miseria. El costo de la vida en el Protectorado de Judea y en el pequeño Estado Nativo de Galilea debe haber sido excesivo. A cada cosa se le adjudicaba un impuesto por separado: casas, tierras, árboles frutales, ganado, carretas, botes para la pesca, productos del mercado, sal. Los romanos también habían impuesto un gravamen de capitación, un gravamen de vías y uno sobre las exportaciones e importaciones. Peor aún: mediante contrato cedían estos impuestos a financieros que a su vez los subarrendaban a contratistas que tenían que comprar la protección de la policía. La mayoría de los discípulos eran hombres que trabajaban y tenían una familia. Mientras andaban por los caminos, los gastos anuales provenientes de sus bolsillos – aparte de las limosnas entregadas a los mendigos- no podían haber sido menores que el equivalente a tres o cuatro mil libras esterlinas. Curiosamente, San Lucas menciona entre sus partidarios adinerados a Juana, esposa de Chuza, principal ministro de finanzas del Tetrarca de Galilea, es decir, de Herodes Antipas, quien había decapitado a Juan Bautista y contra quien el mismo Jesús predicaba.

En realidad, este comunismo que maldecía a los ricos, del cual son testimonio los primeros capítulos de Hechos, pronto se volvió impráctico, y se agotó, a pesar de la dura advertencia que significó para los creyentes la fulminación de Ananías y Safira como castigo por sus desviaciones capitalistas. Por su parte, los cristianos paulinos, al desconocer a la Iglesia de Jerusalén dirigida por Santiago y repudiar al judaísmo ritual, estaban desentendiéndose de la afirmación de Jesús acerca de que la Ley Mosaica y sus glosas fariseas permanecerían vigentes mientras no se cumplieran todas las profecías. Argumentaban que estas profecías se habían cumplido con la Resurrección y que la Ley no tenía ya autoridad sobre los que creían en la divinidad de Jesús. Los Concilios de la Iglesia poseían por eso la libertad para legislar sobre todos los asuntos religiosos en su nombre y para admitir en el cielo a los hombres ricos, ensanchando el ojo de la proverbial aguja. Como resultado, la ética tontería cristiana pronto correspondió casi en su totalidad a la del mundo grecorromano, cuyos lemas eran caveat emptor y sine sponsione nihil: «No hay préstamo sin garantían. Sin embargo, las palabras de Jesús- aún alteradas o glosadas por editores gentiles- permanecen incrustadas en los Evangelios, y algunos místicos, protestantes y católicos, las han tomado frecuentemente tan al pie de la letra como Jesús quería que se tomaran.

Sus contemporáneos cristianos acusaron al mismo Pablo, que denunciaba la codicia como la raíz de todos los males, de haber incurrido precisamente en ese pecado. En la Epístola a los Corintios justifica la cuenta de gastos de que dispuso durante el viaje en que hizo entrega a los santos de Jerusalén de ciertas limosnas recogidas para ellos por las Iglesias de Asia. Escribe: «Tengo derecho a aparecer en público honrosamente». Estas Iglesias de Asia no eran comunitarias, pero los santos de Jerusalén mantenían la costumbre de compartir sus recursos y pasaban todo su tiempo orando y predicando, a pesar de la opinión de los fariseos, para quienes incluso los Doctores de la Ley debían trabajar afanosamente en algún oficio: «Seis días deberás laborar». Los santos necesitaban el dinero de Pablo, no sólo para cubrir sus propios gastos profesionales, sino para mantener a sus «viudas», esto es, a las esposas que habían abandonado al «convertirse en eunucos por amor a Dios».

Paradójicamente, la Ley deuteronómica contra el interés, y la glosa del Deuteronomio en Exodo 22,25 dieron vida a nuestro sistema bancario internacional: «No te portarás con el deudor como si fueses usurero», es decir, como prestamista que exige intereses. Los judíos de la Diáspora rara vez rompían sus lazos religiosos con Jerusalén, a donde volvían anualmente cuando eran lo suficientemente ricos, para asistir a las Fiestas; por ser miembros educados de la Sinagoga, trataban entre ellos los asuntos de negocios en lengua aramea. Simón ben Matías de Cirene, por ejemplo, podía confiar en que su primo Eliazar ben Johanán de Siracusa, un judío temeroso de Dios, cancelaría sus cuentas, cualquiera que fuese la cantidad acordada muchos años antes y que no cobraría intereses. De este modo Simón enviaba a Eliazar un cargamento de bienes cirenios, a manera de fianza por un préstamo acordado, y Eliazar mandaba a Simón sus bienes siracusanos sobre la misma base. Ambos obtenían una ganancia de la fianza del otro, pero entre ellos no había intercambio de dinero hasta que arreglaban las cuentas en Jerusalén. Muy pronto, los gentiles aprovecharon este arreglo judío y comenzaron a enviar mercancía para vender en Siracusa o Cirene, pero ellos, claro está, si pagaban intereses sobre el préstamo en cada uno de los puntos de llegada, pues los judíos no tenían prohibido cobrar interés a un gentil.

Los judíos sefaraditas del siglo XVII que escaparon de la Inquisición en la Inglaterra de Cromwell, fundaron la City. Los banqueros cristianos no podían tenerse la confianza mutua de co-creyentes, al modo en que la tenían los judíos entre si; y aunque los protestantes cantaran tal salmo de David en alabanza del hombre honesto que se abstiene no sólo de aceptar sobornos y de testificar falsamente contra el inocente, sino también de prestar dinero con interés, incluso las Iglesias cristianas cometieron ese pecado. (El asunto se ha oscurecido por el uso de la palabra «usura», que los eclesiásticos definen casuísticamente como interés «exorbitante»: un sentido que no se encuentra en el texto hebreo).

Los griegos y los romanos adoraban a un dios del dinero, Hermes -patrón también de los ladrones y los diplomáticos- , a quien Homero celebró, pues siendo aún niño había engañado al dios Apolo, hecho que divirtió enormemente al Padre Zeus. La Iglesia cristiana vio con malos ojos esta aceptación de una innata fragilidad humana, acaso restringida por la Ley, pero imposible de suprimir. Sin embargo, el creciente escepticismo cristiano acerca del cielo, el infierno y la teología dogmática, pronto devolvió a Hermes, a quien prefiero llamar «Mammon», su antigua gloria.

En la actualidad Mammon es el único dios que todavía da muestras activas de omnipresencia cambia de forma continuamente, reparte recompensa y testigos en este mundo en vez de hacerlo en el otro- tan problemático- , permite a sus adeptos danzar con toda la compañía de ballet de los Pecados Capitales, para su veneración promueve un disfraz político bajo el manto del cristianismo, y esgrime un poder universal por lo menos de este lado de la tumba- . Jesús dijo irónicamente a sus oyentes que hicieran amistad con el Mammon de la Perversidad, que podía ofrecerles mansiones eternas en el cielo.

Con todo, el sacerdote genuino de Mammon goza de mi respeto. Se encuentra mucho menos interesado en disfrutar del poder que la riqueza le otorga, que en observar su influencia sobre el comercio, la industria, la ciencia, el arte, la literatura, la política, las diversiones, el sexo, la religión, la educación. Endurecerá piadosamente su corazón al servir a su dios y adquirirá un conocimiento sobrehumano de este mundo miserable, despreciando a todo aquel que no comparta su creencia de que «no existe nada que el dinero no pueda comprar», y se reirá del amor tan enérgicamente como el amor se ríe de candados y cerraduras.

A pesar de todo, la suya es una vida difícil. Desechar sumas pequeñísimas o asombrarse ante otras estupendamente grandes serla alejarse de la gracia La dedicación total a Mammon prohibe todo tipo de sentimientos: el hombre rico no concede regalos costosos a los amigos con los que una vez compartió la pobreza. Y aunque tal vez sostenga económicamente a sus padres o parientes pobres por miedo a que su indigencia pueda desacreditarlo, o que pague el precio del prestigio por andar en compañía de una modelo rubia, no por eso cede pusilánimemente a los sentimientos. Cualquier lujo que se dé, como comprarse un objeto de arte, casas de campo o un yate (aunque odie el mar) podrán justificarse como inversiones de capital no gravable o como pruebas necesarias ante sus pares de que no está perdiendo pie. No puede evitar el tránsito obligado, durante todo el año, de hotel de lujo en hotel de lujo: debe cazar urogallo en Escocia, esquiar en Gstaad, apostar en Ascot, visitar a su sastre en Saville Row, llevar a su esposa a las Colecciones en París, asistir a la feria en Sevilla y al estreno de todas las comedias musicales de Broadway- ninguno de esos eventos representa gran cosa para él- , y pasarse tres o cuatro días al mes en aviones. El no ejecuta- como se dice que hacen los banianos de la India, una casta que presta dinero- , su puja en días establecidos ante una gran pila de monedas de oro. ¿O lo hará, en secreto, cuando visita su bóveda privada? ¿Quién puede saberlo?

Aun cuando sabe que no podrá llevarse nada consigo cuando llegue la muerte, otorga de mala gana grandes legados a sus herederos y disfruta, mientras tanto, restringiéndoles el suministro de dinero, no sea que vayan a rivalizar con él en riquezas. A menudo deja la parte más importante de su caudal a alguna fundación, con la idea de que su nombre perdure como el de un benefactor exitoso. Se comporta con sobriedad y discreción cuando se trata de dar propinas, y con eso evita acusaciones de extravagancia o de avaricia; tampoco es usual verlo en compañía de financieros menores o de gente común. Es posible que de vez en cuando contribuya a alguna obra de caridad pública con el fin de deducir impuestos, pero su donación debe encabezar la lista. Los pobres lo envidian y todas sus empresas se expanden y proliferan.

Un periodista mallorquino entrevistó a un acaudalado lapón que visitaba la isla, y quiso saber cuántos renos poseía. Con la ayuda de dos intérpretes, el lapón contestó: «En mi país esa es una pregunta muy impropia, ¿suponga que yo quisiera averiguar acerca de su cuenta bancaria?

Argumento incisivo. Si uno le pregunta a un trabajador inglés: «¿Cuánto te pagan a la semana?», la respuesta rara vez se dará a regañadientes, puesto que el sindicato fija un salario y sus compañeros conocen el monto. Pero si uno le pregunta al mismo hombre: «¿Cuánto dinero tienes ahorrado?», él contestará: «Ese no es asunto suyo». Con lo que quiere decir: «No pienses que te voy a prestar ni un centavo». Un verdadero financiero no le comunicarla ni a su madre agonizante el valor de sus posesiones; la enfermera podría escucharlo. El otro día, cuando le hice como experimento esta pregunta a un hombre joven que cuenta con medios independientes, me contestó: «Pregúntame cualquier otra cosa, lo que quiera, mis ideas sobre política, mi religión, mi técnica y mis preferencias sexuales… Pero eso es algo que no puedo revelar».

El sabía muy bien que yo no le iba a dar un sablazo, ni a aconsejarle que se lo diera todo a los pobres o a denunciarlo a la Oficina de Impuestos. La sola veneración por Mammon era la que sellaba sus labios.

La maldición de Dios sobre la humanidad: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente», fue tomada literalmente por los judíos, que desde entonces no han dejado de afanarse con las manos o la cabeza; también fue entendida así por los protestantes devotos. Yo mismo estoy condicionado de esa manera y no puedo irme de vacaciones sin sentimientos de culpa, incluso a una edad que me haría acreedor a una pensión de vejez, si hubiera ensalivado la cantidad correcta de estampillas de Seguridad Social, cosa que no hice. Los católicos, que viven en países católicos aún más alejados de la ética judía, sienten mucha menos repulsión hacia el trabajo; tampoco se sienten escrupulosamente obligados a hacer declaraciones de impuestos honestas, a pesar de la frase de Jesús: «Dad al César lo que es del César».

Hace uno o dos años le pregunté al jefe de la Oficina de Impuestos de Israel, qué tan honestas eran las declaraciones en su país. Me respondió: «Bueno, todavía tenemos algunos in- migrantes que no pueden distinguir entre su propio gobierno y el de otros países donde eran una minoría oprimida y sin representación. Así, aunque nuestras declaraciones no son todavía tan honestas como las de los protestantes, lo son bastante más que las de países católicos, griegos ortodoxos o musulmanes».

Un precepto del Sanedrín permitía a los judíos engañar a los cobradores de impuestos nombrados por los romanos; tanto estos recaudadores como las prostitutas se consideraban incapaces para declarar bajo juramento en la corte. Mi opinión sobre el pasaje de «Dad al César» es que Jesús seguramente dijo: «No déis a Dios lo que es del César», haciendo referencia a la inscripción blasfema del monedaje de Tiberio: «Hijo del Dios Augusto», lo que le valió que los tesoreros del Templo prohibieran su aceptación: «Ni al César lo que es de Dios», es decir, el reconocimiento de un poder conferido por un dios falso. Pero Jesús debió al menos pagar su impuesto de captación anual en Nazaret, puesto que los fariseos consideraban ese impuesto un castigo de Dios por los pecados de Israel, y en Mateo 23,1 ordena a sus discípulos obedecer a los fariseos.

Yo nunca presto con intereses, ni con fianza, a un amigo cercano, pero tampoco armo un revuelo como el de la viuda musulmana cuando descubrió que el dinero que habla metido al banco estaba produciendo intereses. El gerente le explicó que los intereses, aunque prohibidos por el Profeta, eran inseparables del sistema bancario y que ella-podía muy bien dar los suyos a los pobres. «íNo- dijo ella- , no son míos como para que pueda disponer de ellos. Déselos usted a los pobres!» «Muy bien, señora. Déme el nombre de la institución de beneficencia y envíeme una autorización por escrito para efectuar la transferencia». Entonces la mujer exclamó: «¿Cómo puedo autorizarlo a disponer de algo que tengo prohibido reconocer como mío?».

No se puede luchar contra Mammon. Por razones de salud yo vivo en el extranjero, pero en teoría soy residente británico y se me cobran impuestos sobre mis ingresos en origen, a pesar de que me encuentro privación de mis derechos civiles (un gobierno laborista me despojó de mi voto universal y los conservadores nunca me lo devolvieron, como habían prometido). Sin embargo, yo no protesto exaltadamente: «íNo a la tributación sin representación!», y sigo siendo un súbdito leal a Su Majestad, fingiendo creer que sus leyes no son realmente diseñadas por un gabinete dirigido por el jefe ejecutivo de Mammon: el Ministro del Tesoro a quien la Reina espera que yo reverencie por amor a ella, al mismo tiempo que me está prohibido votar por él. Y cuando, siguiendo un consejo legal, vendo mis derechos de autor a una compañía extranjera y pago un impuesto reducido sobre ellos- en vez de los 7 chelines, 9 peniques por libra de impuesto personal, lo que me parece injusto pues ya se me grava como residente de España- , el Ministro del Tesoro envía al Sr. Chupasangre de la Oficina de Impuestos a «detener esa fuga», tarea que este ultimo cumple amedrentando a su contraparte del país extranjero en cuestión, mientras retienen el pago de mis regalías. Una situación inconcebible. Hago uso de mis derechos legales mientras que el Sr. Chupasangre, como funcionario público, no gana nada con ese viaje tan poco ético, excepto un ascenso. íY la razón fundamental por la que solicité asesoría legal fue para no caer en la deshonestidad! Si se me grava como empresa no necesito hacer una demanda anual de reembolso por gastos de autor; gastos sobre los que sólo tengo una vaga idea, pues nunca llevo mis cuentas, y sobre los que el Sr. Chupasangre no puede comprobar nada porque vivo en el extranjero, y acerca de los cuales recibo sugerencias de mi asesor fiscal pues sé que el Sr. Chupasangre posee una curiosa visión de cómo viven los escritores, autorizándome gastos necesarios en los que no incurro, mientras rechaza otros más necesarios, en los que si incurro. Al ser yo mismo, en cierto modo, un fariseo, considero que los impuestos del Sr. Chupasangre son un castigo que se me ha infligido por no ser capaz de pensar poéticamente todo el tiempo. Todos, excepto el Robinson Crusoe ocasional, el presidiario o el indigente loco, necesitamos dinero, pero hoy en día su distribución es excéntrica y una cartera llena puede depender de un accidente de nacimiento, de la habilidad o la laboriosidad, o de la prestidigitación o de la suerte ciega En muchos países musulmanes y católicos todavía coexisten la gran riqueza con la gran pobreza como sucedía en el Jerusalén de Jesús. ¿Sin una abundancia de pobres cómo pueden los fieles dar abundantes limosnas?

El comunismo ideal toma como su modelo a la sociedad primitiva, pero todos los experimentos sobre el amor fraternal, incluso cuando han sido patrocinados por un filántropo tan experto en economía como Robert Owen, han fracasado a menos que la necesidad absoluta haya sido la causa de su origen y de su persistencia- así, en desastres naturales como naufragios que dejan a los sobrevivientes varados en islas desiertas . O como en Rusia después de la Revolución de Octubre: el colapso del gobierno central. O como en Israel, donde un estado de emergencia constante impulsó el desarrollo de los kibutzes. O como en la antigua Esparta donde, cuentan, el rey Licurgo persuadió a los aristócratas de la necesidad de protegerse de sus siervos ilotas y de sus enemigos de Elimea y Mesenia mediante la adopción de un sistema semicomunista en el que, para evitar el soborno, la opulencia y los lazos comerciales con los estados vecinos, se acuñó una moneda de hierro. Se dejó de comprar a las novias y se fomentó la procreación selectiva; todos los medios eran comunales: «una dieta espartana» de pan moreno y caldo. Los espartanos no adamitas extranjeros en su sociedad, con la curiosa excepción de Alcibíades, un ateniense renegado, que a cambio les dio valiosa asesoría estratégica y ayudó a la compañía de procreación selectiva seduciendo a la misma reina de Esparta Los niños pertenecían al Estado, nadie emigraba, los espartanos odiaban a todos los extranjeros y eran odiados a su vez. Cada hombre conocía a todos los demás hombres, por lo menos de vista y reputación. Y Esparta mantuvo su independencia nominal mucho tiempo después de que los romanos invadieron Grecia.

A este respecto, los relatos sobre la moneda de hierro de los espartanos no deben tomarse tan al pie de la letra. Provienen de filósofos griegos que estaban empeñados en construir retrospectivamente una república ideal de ciudadanos dedicados y preferían olvidar que la moneda regular del Peloponeso alguna vez consistió en barras de hierro importadas de Anatolia el hierro en los tiempos dóricos ya había suplantado al bronce en el área militar y agrícola. En otros lugares se preferían los lingotes de cobre, pero cuando los lidios del siglo VII comenzaron a pagar a sus mercenarios griegos con pequeños discos de plata (sellados con una garantía de ley), Atenas, Tasos y otros estados que poseían minas de plata decidieron que ésa era una buena idea. Los espartanos, que no tenían minas, importaron oro y plata para uso personal o religioso -pagando con esclavos adquiridos por medio de esas mismas barras transformadas en espadas y puntas de lanza- , pero consideraron costosa a la moneda de plata y mantuvieron la de hierro. Hay que recordar que el hierro, antes de la invención del proceso de Bessemer, no se oxidaba tan rápidamente. Por otra parte, la dieta espartana de pan de centeno y caldo no es una prueba más contundente de austeridad que la preferencia de un campesino alemán por el pan negro y la cerveza; sucedió simplemente que ambas cosas les gustaban.

A pesar de una enérgica propaganda en contra de los bandidos plutodemocráticos y las bestias fascistas, el experimento ruso-soviético no ha logrado eliminar hasta ahora la propiedad privada. El imperio ex zarista resultó ser una unidad demasiado grande y diversificada para aceptar la idea de fraternidad. Más tarde, ya pasado el peligro de una intervención extranjera, los nuevos dictadores proletarios se lanzaron a establecer la fraternidad de manera nada fraternal. Por otro lado, los kibutzes de Israel no han fracasado todavía, en parte porque sigue existiendo un cierto estado de emergencia y además porque su comunismo fue impulsado por un sentimiento tan genuino de hermandad, tanto de hombres como de mujeres, que la mayoría de los viejos miembros se sentirían avergonzados de retirarse. Sin embargo, los kitubzes no han avanzado al mismo paso que el incremento de la población y algunos sobreviven ahora contratando, como mano de obra, a inmigrantes.

De los bloques de poder que se disputan la soberanía del mundo, uno está controlado por los adoradores de Mammon y otro por los que le temen. Aunque los temerosos de Mammon predican el comunismo ideal, bajo el cual todos trabajan por el bien de la nación, lo imponen no sólo mediante honores y recompensas para el trabajo honesto que debería ser su propia recompensa, sino mediante el encarcelamiento e incluso la pena capital por evasión de trabajo honesto. Y para consolidar su causa utilizan los mismos medios psicológicos que desacreditaron a la Iglesia medieval y al zarismo.

En cuanto a los adoradores de Mammon, durante mucho tiempo se han ocupado de asegurar materias primas a precios ínfimos, de capturar el comercio mundial vendiendo bienes terminados a precios arbitrariamente asignados y de hacer todo lo posible por congraciarse con los gobiernos de países subdesarrollados. Su objetivo es otorgar al pobre extranjero sumido en la ignorancia, un modo de vida más rico y civilizado… Sin embargo, varios norteamericanos de buen corazón que viajan por otros países sufren un fuerte golpe cuando se dan cuenta de que el generoso programa de Ayuda Exterior no ha logrado que los quieran más que a sus predecesores británicos- a quienes han aventajado en compras y ventas mediante un culto más eficiente a Mammon- ; el hecho es que los quieren mucho menos.

No sólo es cierto que el dinero no puede comprar amor, sino también- como le dijo el playboy millonario a una estrellita en ciernes- que «el amor no puede comprar dinero».

Puesto que el capitalismo internacional navega con la bandera de la democracia y hasta ahora no se ha adueñado más que de una pequeña porción del mundo civilizado (controlando la industria, la ciencia, la educación y la diversión), un poeta amante de la libertad, puede aún escapar a alguna región en la que le es posible desechar la política, pensar, hacer y decir lo que le plazca e imprimir sus libros sin una autorización oficial. Una dictadura del proletariado suprime esas libertades, mientras que el capitalismo, debido a su misma ineficiencia para estandarizar apetitos y hábitos, se ha convertido en un refugio para las personas que ni aman ni temen al dinero, ni se preocupan por las reglas que gobiernan su distribución, a menos que los ciclos comerciales les hagan sufrir una escasez temporal de alimentos.

La mayoría de los ingleses están dispuestos a hacer gastos considerables para atender a un amigo, o incluso a un desconocido, pero se niegan a ofrecer un regalo consistente en dinero, excepto a los niños, a los mendigos profesionales o a la caridad organizada los regalos deben estar siempre disfrazados de préstamos. Más aún, blasfemar contra Mammon es hoy mucho más peligroso que blasfemar contra Dios. El viejo truco de sacar un reloj y darle a Dios dos minutos para que lo fulmine a uno- Mussolini acostumbraba hacerlo cuando era joven, pero los molinos de Dios trabajan lentamente- no escandaliza tanto como si uno rompiera un billete de cinco libras y dejara que el viento se llevara los pedazos.

Conozco a pocos ingleses capaces de un acto así, a pesar de que el papel no posee ningún valor intrínseco y su destrucción puede aplaudirse como una reducción patriótica de la deuda interna. Dudo mucho que yo pudiera hacer algo así, pero después de todo yo tengo un condicionamiento protestante. Aunque ya no soy un creyente, esto no me permite todavía, por ejemplo, colocar un libro encima de la Biblia, ni siquiera las Concordancias de la Biblia, o tirar a la basura un mendrugo de pan sin antes hacer el signo de la cruz sobre él. Mi racionalización sobre tal-devoción hacia un billete del Banco de Inglaterra seria: «Cualquiera que me estuviera viendo se sentiría enfurecido de que yo no lo hubiera dejado volar, entero, por la calle, para que él mismo, o algún otro sujeto con suerte, se lo guardase calladamente en el bolsillo…» ¿Pero suponiendo que lo destruyera en privado? ¿No tendría sentimientos de culpa por mis amigos más pobres que podrían haber hecho un buen uso del billete?

Me viene a la memoria un incidente de las vacaciones de mi niñez en Gales del Norte. Habíamos tomado el té en una granja a la orilla del lago, y después yo me fui a jugar al patio del lugar. Cuando llegó una tartana con más visitantes, corrí a abrir la reja. Alguien me lanza una moneda de seis peniques y, aunque no la arrojé de regreso, me horrorizó la idea de que mi cortesía desinteresada había sido tomada por un acto lucrativo. Mis antepasados siempre habían sido profesionistas: doctores, hombres de letras, clérigos y funcionarios públicos, y siempre se casaban entre sí dentro del mismo medio. En casa despreciábamos el comercio de cualquier tipo, y a este prejuicio aristocrático se sumaba una actitud de furtiva rigidez hacia el dinero -muy parecida a la que tenía la familia hacia el sexo- que lograba despojar de todo gozo su posesión o uso. De niño mi «domingo» era muy exiguo y a veces todavía sueño que recojo peniques a manos llenas en el parque; así que encontrarme ahora seis peniques en la calle me hace sentir infinitamente más rico que recibir cualquier cheque de regalías.

Mammon es un dios despiadado y un amo cruel. Y sin embargo he descubierto que es un buen empleado doméstico si uno lo trata con firmeza y generosidad y no lo vigila. Si alguna vez me he encontrado en serios problemas, siempre ha respondido a mi consideración por sus sentimientos y ha venido de inmediato a rescatarme. Por ejemplo, el día de Navidad de 1924, cuando vivía con mi esposa y tres hijos en una cabaña de Oxfordshire, con el dinero de una reducida pensión por lesiones de guerra, haciendo reseñas ocasionales de libros y con la venta de mi biblioteca. Tenía veinticinco chelines en el bolsillo, y ninguno en el banco, pero le di cinco como aguinaldo al Sr. Launchbury, el cartero, que me había llevado un fajo de tarjetas navideñas y una carta certificada «Espero que sean cien libras, señor, dijo sonriendo, mientras yo firmaba de recibido, «y que tenga una feliz Navidad». Era en efecto un billete de cien libras que me había enviado un hombre con el que me había encontrado casualmente una o dos veces: William Kiddier, un fabricante de cepillos de Nottingham. Había escrito: «He tenido un buen año, me gustan sus poemas y he oído que está con problemas. Por favor, demuestre su amistad aceptando esto. Les deseo una Feliz Navidad». El regalo de Kiddier salvó la situación. Aunque (hasta hace unos seis años) nunca ahorré lo suficiente para subsistir por más de seis meses, Mammon nunca me falló porque, como hubiera dicho mi madre, «lo conminé a que se comportara debidamente». Uno de los principales agentes de Mammon fue T.E. Lawrence, quien creía como yo, que después de haber cubierto las necesidades razonables y las obligaciones propias, el dinero debería quedar a disposición de los amigos. Una falacia generalizada y defendida por filósofos idealistas, fanáticos religiosos y políticos liberales es que todos podemos amarnos los unos a los otros. En ocasiones, una vecindad forzada, especialmente en tiempo de guerra, amplia el círculo del amor para incluir a gente con la que uno, por regla, no tiene nada en común, pero una vez pasado el peligro vuelve a cerrarse nuevamente para limitarse a sólo unos cuantos nombres escogidos. Me disgusta la caridad organizada un porcentaje muy alto de lo que se recolecta se destina a pagar a los organizadores. Tampoco puedo sentir amor genuino por los beneficiarios anónimos, o esperar ese amor de ellos. Los niños hambrientos de Europa Central, por quienes en 1920 vendí mi reloj de oro y algunos regalos de boda, se hablan convertido para los años cuarenta en musculosos nazis que estaban vengándose de ml y de mi familia por el encarnizamiento de Lloyd George y Clemenceau.

No hay una historia más única en toda la Biblia que la apología que hace Jesús de la pobre viuda que entregó sus dos últimos 6bolos al Tesoro del Templo. Dos días más tarde las treinta monedas de plata de Judas salieron de este mismo tesoro, la mayor parte del cual se utilizaba para mantener a un grupo de sacerdotes que Jesús había condenado recientemente como traidores, mientras que el resto se utilizaba para ornamentar aún más bárbaramente un templo cuya destrucción inminente él ya había profetizado.

No tengo seguro de vida, no sólo porque el valor real del dinero ha decrecido los últimos cincuenta años, y uno recupera mucho menos de lo que invierte, sino porque delataría una falta de confianza en mi sirviente Mammon. Mammon me ha tratado honestamente, a pesar de mis ambiguos tratos con el Sr. Chupasangre, y nunca me ha colmado de una superfluidad tal de riquezas como para que yo me sintiera tentado a dejar de trabajar ni siquiera uno de siete días o a tomar vacaciones. Yo no llevo cuentas (como dije), le dejo eso a mi agente bancario y a mi agente literario; mientras sepa aproximadamente el monto de mis reservas, las cuentas personales representan una pérdida de tiempo y serian un estorbo cuando quisiera gastar o regalar algo. Guardo siempre en la memoria las cien libras de William Kidder; me hizo un honor al confiar en que yo las aceptaría sin avergonzarme, tal y como él hubiera hecho si nuestra situación hubiera sido la contraria. Tampoco puedo olvidar el modo en que T.E. Lawrence, cuando yo me había lanzado a una desafortunada aventura mercantil, me mandó cuatro capítulos de sus Siete columnas de la sabiduría para que los vendiera a una revista norteamericana, aclarándome que el honor no lo dejaría tocar ni un centavo del dinero que el libro pudiera producir -y nunca lo hizo- , pero que esas doscientas libras me ayudarían a salir adelante.

Lo último que yo haría sería tratar de imponerles una visión del dinero que fuera en contra de su educación. Yo admito que la práctica económica común me es indiferente, gasto dinero sólo donde mi corazón me lo pide o cuando la necesidad lo requiere. Mammon siempre honrará la tranquila convicción de la estabilidad financiera llamada «crédito» y aparecerá cuando lo llame.

Nunca leo libros de texto sobre economía, pero la tendencia general parece bastante clara Siempre habrá más dinero mañana que ayer, y siempre valdrá menos; la comida se volverá cada vez más insípida, los bienes cada día más accesibles, lo que significa que serán menos dignos de amarse. Todos los objetos hechos a mano que lo merezcan y sobrevivan serán puestos en museos (y por lo tanto retirados de la circulación). El monedaje metálico de Mammon desaparecerá y también desaparecerán los poetas, y al alcanzar la automatización completa -el ne plus ultra de los economistas- la humanidad, para entonces apiñada en la superficie de la Tierra- por lo menos cien almas por cada cien metros cuadrados (en diferentes niveles, es decir, sobre y debajo de la tierra)- , se enfrentará al terrible problema de cómo entretenerse en su tiempo libres no es mediante prácticas perfectamente monótonas, y recordará con añoranza esos turbulentos y caóticos días en que no existía la fraternidad. A menos, por supuesto, que intervenga un virus filantrópico que redujese a los meditabundos sobrevivientes a una economía más simple.

Traducción de Cecilia Olivares Mansuy