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Hay una cierta clase media pueblerina que todavía alcanza a conducir sus asuntos cotidianos sin tener que lidiar con eso que localmente llamamos “la mafia” o “los sicarios”. Incluso se jactan de su desconocimiento del tema con cierta altivez moral. Esas personas pueden hablar de “los malos” en general, sin distinguir entre los de aquí y los de allá. Pero la mayoría de los que vivimos en regiones rurales controladas por milicias privadas no podemos darnos ese lujo. Escribo desde Sonora, pero imagino que hay otros lugares en México en situaciones parecidas. Aquí, el simple hecho de transitar por los caminos de terracería requiere saber quién controla qué zona y qué decir en un retén. En tales circunstancias, lo primero que uno necesita averiguar es si los hombres armados que tiene enfrente son “nuestros” o son “contrarios”.

Ilustración: Raquel Moreno

Lo dijo Charles Tilly en ese brillante artículo de 1985: lo que el Estado y el crimen organizado tienen en común es que ambos cobran por protegerte de una amenaza que ellos mismos han creado. Vista la situación desde fuera, resulta claro que todos aquí somos rehenes de una red de fuerzas estatales y criminales que existe para garantizar que las economías i/legales sigan rodando. Pero desde adentro, lo que uno vive es más complejo.

Hay por supuesto miedo y resentimiento, incluso odio, contra todo ese aparato de violencia, en particular contra las autoridades estatales por no cumplir sus funciones. Pero también sabemos que los sicarios o pistoleros de aquí, a pesar de todo,forman parte de las redes locales de parentesco, que nos conocen y nos dejan circular, que respetan la propiedad. Más aún, al ver las noticias que llegan de ciudades aledañas, uno va entendiendo que si en la noche dormimos tranquilos, sin balaceras y enfrentamientos dentro del pueblo, es porque ellos, nuestros sicarios, patrullan las fronteras del territorio e impiden que se metan los de fuera; ellos mantienen la guerra lejos. En ese momento las diferencias entre sicarios y autodefensas empiezan a diluirse.

Las fronteras que dividen los territorios de cada milicia son cada vez más nítidas y peligrosas. Desplazarse de una ciudad a otra es adentrarse en terreno hostil, salirse del pequeño feudo protegido por los nuestros y convertirse en blanco de sospechas. Hace poco un conocido fue a una ciudad cercana controlada por un grupo rival. Cuando venía de regreso, se percató de que lo seguían y se detuvo en un retén de la Policía Estatal. “No te preocupes —le dijeron los policías— aquí adelante en el entronque ya están los de allá, ya no pasan los de aquí”. Así que uno regresa de un viaje rutinario cual caballero andante, a todo galope, sorteando peligros hasta franquear las puertas del castillo que se cierran tras de ti.

Para algunos, esta identificación con la mafia autóctona rebasa las consideraciones prácticas y adquiere un cariz afectivo, un sentimiento semejante al fervor que inspiran los equipos deportivos de un lugar. Pero en general prima la idea de que cualquier grupo que venga de fuera a arrebatar el control será peor, más violento y más rapaz o más desorganizado e incompetente. El miedo que inspiran “los de fuera” raya en la fantasía, pero no deja de tener un trasfondo verdadero. Las relaciones que los grupos criminales establecen con las poblaciones que los albergan varían. En algunos casos, como el que aquí describo, los sicarios son jóvenes pistoleros locales que consiguieron el apoyo y patrocinio de organizaciones regionales más amplias. En otros casos, son milicias que ocupan un territorio, desconocen los matices sociales locales e incluso llegan con ánimo de castigar a la población por sus lealtades anteriores. Para los que aquí vivimos, la diferencia es crucial.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.

 

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