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El historiador estadunidense Robert Darnton acaba de publicar otra lúcida investigación sobre el mundo de la palabra impresa en Francia entre los siglos XVII y XVIII. Con la cercanía de las fuentes documentales, rastrea cuáles fueron las pugnas entre los editores de aquella época. De ese libro (Pirating and Publishing. The Book Trade in the Age of Enlightenment) todavía no publicado en español, presentamos este fragmento.

Cuando los vendedores de libros y los impresores aparecieron como grupo profesional en el siglo XVI, permanecieron bajo la jurisdicción de la Universidad de París, cuya principal preocupación seguía siendo garantizar la exactitud de las copias manuscritas para evitar desviaciones del dogma religioso. Con la llegada de la imprenta y del protestantismo, esta función se convirtió en el ejercicio de la censura; desde el punto de vista del Estado era demasiado importante como para dejársela a los profesores de la Sorbona. En 1566, la Ordenanza de Moulins, promulgada en medio de las sangrientas guerras religiosas de Francia, dio el control de la edición al Estado al requerir que los libros obtuvieran los privilèges lacrados con el gran sello del canciller real o su sustituto, el custodio de los sellos. Mientras tanto, creció el número de comerciantes de libros e impresores, aunque formalmente continuaron siendo miembros (suppôts) de la universidad. Este estatus significaba que, a diferencia de otros grupos de comerciantes, los vendedores de libros y los impresores no adquirieron una existencia corporativa sino hasta el siglo XVII. El 16 de junio de 1618, la Corona, que estaba consolidando su poder bajo los Borbón, creó el gremio con estatutos que detallaban sus privilegios, organización y funciones. La impresión, venta y encuadernación de libros quedaba restringida a miembros del gremio que permanecían asociados a la universidad (debían pasar exámenes proforma para demostrar su capacidad de leer latín e interpretar griego; los encuadernadores más tarde formaron una corporación diferente), pero fueron subordinados al rector.

Ilustraciones: Raquel Moreno

Los Borbón forjaron la monarquía como un Estado absoluto y en el proceso aumentaron el poder del gremio y su propia autoridad sobre él. Los edictos de 1643, 1665 y 1686 establecieron normas precisas sobre la calidad del papel y de la impresión, además de establecer reglas estrictas sobre la adquisición del rango de maestro y el gobierno interno, todas ellas de acuerdo con el espíritu del colbertismo (la variedad francesa del mercantilismo, según el nombre del ministro de Finanzas de Luis XIV). Algunas fueron establecidas por el propio Jean-Baptiste Colbert. La impresión y venta de libros estaba reservada a los miembros del gremio, a quienes también se les dio el poder de vigilar el comercio y así imponer su monopolio. Los syndics del gremio y sus lugartenientes (adjoints) supervisaban regularmente todos los talleres y tiendas, así como todos los envíos de libros que llegaban a la ciudad. Al hacerlo protegían sus propios intereses y los del Estado, pues debían confiscar tanto los libros piratas como los prohibidos. En 1667, Luis XIV impuso una poderosa organización policiaca en París y reforzó las restricciones a la industria del libro. Una serie de inspectores especiales del comercio del libro supervisaba todo lo referente a la imprenta y venta de libros, despachaba a la Bastilla a buen número de inconformes e incluso allanaba talleres en provincias lejanas. El privilège se mantuvo como el principio básico del sistema. Sólo los miembros del gremio podían poseer privilèges y éstos no eran legalmente efectivos hasta que el gremio los inscribía en su registro.

Esta organización general se impuso en el resto de Francia mediante otros edictos a lo largo del siglo XVIII. La industria editorial había florecido durante el siglo XVI en las provincias, especialmente en Lyon, Rouen y unas cuantas empresas de imprenta y venta mantuvieron grandes negocios durante los siguientes cien años, produciendo libros con la autorización de los oficiales locales. Pero no pudieron resistir al poder combinado de la Corona y del gremio. En principio, podían adquirir privilèges, pero el tráfico estaba cada vez más limitado a París, no sólo por el proceso de registro, sino también por las transacciones comerciales, pues los miembros del gremio parisino limitaban la venta de privilèges a otros miembros, los adquirían en ventas cerradas y los dividían en porciones (algunas tan pequeñas como 1/48) que también vendían, usaban como dote y heredaban a sus sucesores con la expectativa de constituir una forma de propiedad que duraría para siempre. Al mismo tiempo, el Estado redujo el número de imprentas a lo largo del reino e incluso en París. El edicto de agosto de 1686, que constituyó el primer código general para el comercio del libro, limitó el número de imprentas en París a 36. Un segundo código, publicado el 28 de febrero de 1723 y extendido a todo el reino el 24 de marzo de 1744, reunió todos estos elementos en un régimen completamente diseñado para controlar la producción y venta de libros. Desde la perspectiva de Versalles, la Corona y el gremio se habían unido para controlar la palabra impresa.

La realidad era por supuesto diferente, aunque es difícil saber qué sucedía realmente en otras ciudades del reino. La mejor fuente de información es el archivo de la Direction de la Librairie y el mejor punto de partida para estudiarlo es el Código de 1723. Éste prescribía con lujo de detalles la organización del gremio de París, así como las reglas sobre los tipos, papel, prensas, traslado, aprendizajes y demás actividades de los impresores y comerciantes de libros. Sin embargo, cuando se trataba de privilèges, el Código apenas describía los procedimientos establecidos: para ser publicado, un texto debía recibir la aprobación escrita del censor y haber sido sancionado por el oficial de la cancillería; la aprobación y el privilège tenían que ser anotados en el registro del gremio; una vez registrado el texto, sólo el miembro del gremio que había adquirido el privilège podía imprimirlo y venderlo. El Código no definía la naturaleza de los privilèges ni especificaba su duración. Ni mencionaba tampoco a los autores o decía algo sobre sus derechos. En cambio, todo el énfasis se ponía en los “derechos, libertades, inmunidades, prerrogativas y privilegios” del gremio parisino. Al reiterar la prohibición de la piratería, el Código establecía penas a las reimpresiones no autorizadas de libros con privilèges o “continuations de privilèges”. La ambigüedad de la frase dejaba abierta la posibilidad de prolongaciones indefinidas, tal y como las mantenían los miembros del gremio. Aunque la legislación previa había requerido aumentar considerablemente un texto para prorrogar un privilège, los comerciantes de libros parisinos habían ignorado este requisito e incluso habían reclamado derechos exclusivos sobre trabajos/obras que llevaban mucho tiempo en el dominio público. Hacia 1723, parecía que el gremio parisino había ganado el monopolio de casi toda la literatura francesa.

Por lo tanto, la publicación del Código de 1723 desató una polémica que, por primera vez, hizo de los privilèges y de los derechos establecidos asunto de debate público. Los argumentos contra la hegemonía del gremio parisino fueron discutidos en un panfleto —Mémoire sur les vexations qu’exercent les libraires et imprimeurs de Paris (1725)—, de Pierre-Jacques Blondel, un clérigo con profundo conocimiento de la industria editorial; la postura a favor del gremio fue presentada como un reporte legal dirigido al canciller y custodio de los sellos, y la escribió Louis d’Héricourt, un abogado prominente.

Blondel se ensañó con el maestro de los impresores y mercaderes de libros, un grupo ineficaz; afirmó que combinaba ignorancia, incompetencia y codicia en un monopolio indignante que ejercía gracias a sus influencias en la política pública. Lejos de reformar el comercio del libro, el último código sólo reforzaba sus abusos y Blondel dio varios ejemplos, citando nombres y exhibiendo con precisión irrefutable las ganancias obtenidas. Sin embargo, Blondel no desafió los principios básicos del sistema: censura, corporativismo o el mismo concepto de privilège. Lejos de defender la libertad de pensamiento a la manera de la Ilustración, evocó el mundo de erudición clásica y escritura religiosa del siglo anterior. Lo más original de su argumento era su defensa de los derechos de los autores. Ellos hacían el trabajo creativo, afirmaba, mientras que los mercaderes de libros se llevaban la crema y nata de las ganancias. La insistencia de Blondel en la creatividad de los autores estuvo muy cerca de ser un alegato a favor de la propiedad intelectual pero no llegó hasta ese punto.

D’Héricourt, por el contrario, desarrolló una demostración completa a favor de los “derechos de los autores”, pero nada más como vía para justificar los derechos de propiedad ilimitada de los comerciantes de libros parisinos contra las incursiones de los distribuidores de provincia. Al escribir textos, afirmaba, los autores obtienen un derecho sobre ellos, que es tan absoluto como el tipo de propiedad adquirida en la compra de una casa o de una fracción de tierra y la venta de estos textos transmite los derechos a los mercaderes de libros. Los privilèges expiraban, admitió, pero no trasladaban los textos al dominio público, donde cualquiera podía reimprimirlos, porque el derecho de propiedad existía independientemente del privilège de la Corona, que simplemente lo confirmaba. Este argumento reducía la autoridad del rey sobre la propiedad literaria a una “feliz impotencia”, confirmaba el monopolio del gremio parisino y condenaba la “odiosa conducta” de los mercaderes de libros provinciales, en oposición a los morigerados parisinos. D’Héricourt superó a Blondel al reivindicar los derechos de propiedad de los autores para abogar por la causa contraria, es decir, el monopolio económico del gremio. En cualquier caso, el asunto parecía más una competencia entre París y las provincias sobre los derechos adquiridos que un elevado debate sobre políticas públicas.

Al Estado, todavía una monarquía absoluta, no le agradó la descripción de su autoridad como “impotencia”. El canciller del reino, Fleuriau d’Armenonville, estaba tan indignado por el panfleto del gremio que forzó las renuncias de su síndico y sus representantes, y el impresor que lo produjo huyó de París para evitar la cárcel en la Bastilla. Sin embargo, en una situación típica del Antiguo Régimen, los problemas generales siguieron sin resolverse mientras todos los involucrados continuaban su vida diaria como de costumbre, aprovechando cualquier ventaja cuando fuera posible. El Código de 1723, extendido a todo el reino en 1744, siguió determinando las normas del comercio del libro, probado y extendido en un sentido u otro mientras ocurrían una serie de conflictos a mediados de siglo.

Los incidentes más célebres despertaron simpatía por tres autores del siglo XVII, ése que, en retrospectiva, estaba siendo conocido como “le grand siècle”: Thomas Corneille, Jean de La Fontaine y François Fénelon. El siglo de Luis XIV de Voltaire, publicado en 1751, difundió la noción de que el reino del Rey Sol era una edad dorada, en la que la civilización francesa alcanzó su cima, en gran medida gracias a la grandeza de sus escritores. Desafortunadamente, algunos de los descendientes del autor atravesaron tiempos difíciles durante el reino siguiente. Si hubieran podido percibir ingresos de las ventas continuas de las obras de sus ancestros, habrían sido rescatados de la penuria, pero los privilèges seguían en manos de los comerciantes de libros. Voltaire rescató a una descendiente de Corneille (no en línea directa, como pensó en un principio, ni completamente sin dinero, como le gustaba proclamar) al presentar una nueva edición de las obras de Corneille (densamente anotado y por lo tanto elegible para un nuevo privilège) en 1764 y cediéndole las ganancias con mucha algarabía respecto al deber de la nación de honrar la memoria de sus mejores autores. El privilège de las obras de La Fontaine había sido vendido y revendido a varios comerciantes de libros, pero el Consejo del Rey ignoró estas transacciones y en 1761 concedió un privilège de quince años a sus nietas empobrecidas. Ante la amenaza a su fuente de ingresos básica, los oficiales del gremio sofocaron el caso comprando un privilège nuevo y cediendo el dinero de la venta a las nietas. En el caso de las obras de Fénelon, en 1771 el Consejo del Rey decretó que el privilège original no podía continuar sin el consentimiento de sus herederos pero, tras una larga batalla legal, los tribunales ratificaron los reclamos de los comerciantes de libros, dejando sin resolver el asunto de las prórrogas, aunque inclinados a favor de la renovación indefinida. Mientras tanto, un autor oscuro pero intrépido, Pierre-Joseph Luneau de Boisjermain, se atrevió a producir y vender él mismo una nueva edición anotada de Racine, incluso sin ser miembro del gremio. El gremio protestó contra esta obvia violación al Código de 1723, pero en 1770 el Consejo del Rey resolvió a favor de Boisjermain.

Aunque estos casos indican una creciente inclinación de las autoridades a favor de los autores, tenían poco efecto acumulativo y dejaban muchas preguntas sin resolver: ¿los autores poseían derechos sobre las obras? ¿Los derechos de los comerciantes de libros derivaban de los privilèges otorgados por la Corona? ¿Los privilèges duraban indefinidamente? Y, ¿el virtual monopolio de privilèges de los miembros del gremio parisino justificaba la virtual exclusión de los comerciantes de libros provinciales de la industria editorial? Mientras las reglas que regían la industria permanecieron tan oscuras como un siglo atrás, los comerciantes de libros y los impresores continuaron sus negocios como siempre, y el negocio floreció. En general, las décadas de mediados de siglo fueron las mejores para Francia. Las cosechas produjeron excedentes récord, floreció la economía, creció la población, aumentó el consumo y las tasas de alfabetismo, indicadores todos del surgimiento de una sociedad libre de la miseria padecida un siglo atrás. Por supuesto, la ignorancia y la pobreza persistieron en una proporción espantosa y los historiadores de la economía no se ponen de acuerdo sobre el grado y extensión de la mejoría de las condiciones. Pero, en general, Francia entró en una fase de crecimiento que constrasta sustancialmente con la hambruna, peste y guerra que devastaron a la población durante “le grand siècle”.

Aunque ciertamente las primeras turbulencias de la sociedad de consumo estimularon el comercio del libro, no produjeron nada parecido al público lector que emergió a mediados del siglo XIX. Sin embargo, en lugar de la pequeña élite que compraba panfletos devocionales y clásicos latinos durante la época de Luis XIV, un público heterogéneo de lectores proveniente de las clases profesionales, del clero y de la nobleza gastaba ahora varias docenas de libras al año en una creciente variedad de publicaciones. Los nuevos géneros populares incluían obras de ficción y filosofía que con el tiempo serían identificadas con la Ilustración. De hecho, las obras más importantes de los philosophes aparecieron en la prensa a mediados del siglo, desde De l’esprit des lois (1748) de Montesquieu, la Lettre sur les aveugles de Diderot (1749) y el Discours sur les sciences et les arts de Rousseau (1750) hasta el Contrat social de Rousseau (1762), su Émile (1762) y el Candide de Voltaire (1759), su Traité sur la tolérance (1763) y su Dictionnaire philosophique (1764). Esta sucesión de obras filosóficas estuvo enmarcada por la Encyclopédie de Diderot, cuyo primer volumen de artículos apareció en 1751 y el final (el 17; el último de los volúmenes de láminas apareció en 1772) fue publicado en 1765.

En retrospectiva, las publicaciones de estos años increíblemente creativos —de 1748 a 1765— dejaron tal marca en la cultura francesa que el siglo entero se conoce como el Siglo de las Luces. Sin embargo, la atención del público de esta época se concentraba en otras cosas: el jansenismo (una variante austera del catolicismo que el papado consideraba herética); los casos en los parlements (tribunales a menudo contrarios a los edictos reales, aunque no fuesen cuerpos representativos comparables con el Parlamento británico); intrigas de la corte (el auge y caída de las facciones y de las amantes del rey, en especial Madame de Pompadour); las victorias del maréchal de Saxe durante la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748); la pérdida del imperio de ultramar en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) y la disolución de los jesuitas (1764). ¿Entre los parisinos era más popular Voltaire que “le Grand Thomas”, un histriónico arrancadientes que oficiaba en el Pont Neuf? Probablemente, pero sería erróneo asumir que Francia les dedicaba toda su atención a los philosophes. Sus obras ocupaban un sector relativamente pequeño del mercado literario antes de 1765, cuando las Luces entraron en una nueva fase marcada más por la popularidad que por la creatividad. El público lector consumía libritos devocionales, sermones, memorias de viajes, historias, panfletos médicos, tratados de historia natural, manuales autodidactas y todo tipo de literatura, desde panfletos hasta clásicos, algunos en latín y muchos traducidos.

Todos estos libros se publicaron con privilèges pertenecientes a los miembros del gremio parisino y casi todos fueron pirateados. La piratería fue una respuesta inevitable al monopolio del gremio y a las restricciones impuestas por el Estado para publicar. Al haber perdido la guerra comercial contra los parisinos en el siglo anterior, los comerciantes de libros de provincia se replegaron al ilegal pero lucrativo comercio de contrefaçons. Algunos de ellos, en particular en Lyon y Rouen, produjeron sus propias ediciones piratas, pero la mayoría dependía de importaciones foráneas. Desde el siglo XVI proliferaron los editores extranjeros de libros franceses, cuando Ámsterdam y Ginebra proveyeron de obras protestantes a los hugonotes en Francia. Este comercio se desarrolló hasta ser una gran industria con la creciente persecución de los hugonotes, culminando en la revocación del Edicto de Nantes en 1685 que prohibió el protestantismo en Francia y despojó a los protestantes de sus derechos civiles. La ola de refugiados hugonotes en el siglo XVII incluyó a impresores y comerciantes de libros que se unieron a sus predecesores o abrieron negocios por toda la frontera con Francia. Hacia 1750, a Francia la rodeaba por el norte y por el este una cadena de editoriales, que se extendía de Ámsterdam a Ginebra y llegaba hasta el sureste, a Aviñón, el enclave papal en Provenza. Junto con panfletos protestantes, estos impresores produjeron todo lo que no pasaba por la censura del reino, incluyendo la mayoría de las obras de los philosophes. Algunos impresores, en particular Marc-Michel Rey, en Ámsterdam; Jean-François Bassompierre, en Lieja; Pierre Rousseau, en Bouillon; y Gabriel Cramer, en Ginebra, se especializaron en literatura ilustrada. Algunos, indudablemente Rey y Pierre Rousseau, acogieron la causa de las Luces, la cual representaba la tolerancia y la razón frente a la persecución y la hipocresía, aunque la falta de documentación vuelve difícil estimar a qué grado se involucraron. Pero cualesquiera que hayan sido sus convicciones privadas, los impresores eran negociantes y su negocio era satisfacer una creciente demanda de libros, libros de toda clase, no sólo los que la posteridad ha seleccionado en las historias de la literatura francesa.

Este argumento requiere de matices, como se verá enseguida, pero corresponde con el parecer del oficial responsable del comercio del libro, Chrétien Guillaume de Lamoignon de Malesherbes, director del comercio del libro durante esos años cruciales, de 1750 a 1763. En 1759, a petición del Delfín, heredero al trono de Luis XV, Malesherbes escribió cinco Mémoires sur la librairie confidenciales. Aunque difícilmente pudo abogar por revertir las regulaciones del comercio durante al menos un siglo, argumentó que el sistema se había vuelto radicalmente disfuncional. Las normas y procedimientos para garantizar los privilèges eran tan rígidos que excluían una gran parte de la literatura en boga. De hecho, tal como argumentó en su Mémoire sur la liberté de la presse, una persona que quisiera estar al día con la vida intelectual tendría “un siglo de retraso” si leyera únicamente libros con privilèges. Para compensar la inflexibilidad del sistema oficial, Malesherbes propuso usar “permisos tácitos”, un vacío legal que podía remontarse a 1709 y que hacía posible publicar sin privilège alguno. Para recibir un permiso tácito, un censor tendría que aprobar el libro, pero la aprobación permanecía secreta y la página del título normalmente indicaba que había sido impreso fuera de Francia, incluso si en realidad la impresión había tenido lugar en París. Si el contenido ofendía a alguna autoridad, como un obispo, algún magistrado poderoso del Parlamento de París o algún cortesano influyente, el libro podía ser retirado discretamente del mercado y la Corona no se vería comprometida. Bajo Malesherbes, el uso de los permisos tácitos creció enormemente: de un promedio de 14 al año a 79, casi 30 % de todos los libros autorizados durante su periodo como directeur de la librairie.

La administración Malesherbes ha sido justamente celebrada como un periodo crítico para la supervivencia de la Ilustración. Cuando tomó el cargo del comercio del libro con tan sólo 27 años, Malesherbes simpatizaba con muchas de las nuevas ideas que proponían los philosophes. Intervino en varias ocasiones para protegerlos. La más famosa ocurrió en 1759, cuando parecía que todo el poder —desde el papa hasta el Parlamento de París, el Consejo del Rey, la Sorbona y muchos miembros influyentes del clero, especialmente entre los jesuitas— estaba decidido a destruir la Encyclopédie. Tras la publicación del volumen 7, el Consejo del Rey revocó su privilège y Malesherbes le advirtió en secreto a Diderot que la policía estaba a punto de irrumpir en su estudio y confiscar sus papeles. Desesperado por salvar su material de trabajo, Diderot le pidió un lugar para almacenarlos y Malesherbes le ofreció llevarlos a su propia residencia donde, le aseguró, nadie pensaría en buscarlos. Aunque esta anécdota ha sido contada tantas veces que ha tomado proporciones mitológicas, Malesherbes ciertamente brindó un refugio adecuado para que Diderot continuara su trabajo y para que los últimos diez volúmenes de artículos aparecieran impresos en París bajo la falsa dirección de Neuchâtel en 1765. Pero probablemente los factores decisivos fueron políticos y económicos. Al ser revocado el privilège, Malesherbes impidió al Parlamento de París interferir con la autoridad de la Corona sobre el comercio del libro. Además salvó a los editores de la Encyclopédie, una sociedad mercantil liderada por André-François Le Breton, de perder una fortuna. Le Breton era uno de los pocos comerciantes grandes del gremio parisino y la Encyclopédie como empresa, que cambió de manos y atravesó varias ediciones, produjo millones de libras en ganancias. La más rentable, pensaban sus patrocinadores, más que lo que cualquier otro libro había ganado en toda la historia de la edición francesa.

A pesar de sus conexiones con los philosophes, difícilmente Malesherbes puede ser considerado parte de una quinta columna de la Ilustración. Como hijo del canciller Guillaume de Lamoignon de Blancmesnil, cabeza del sistema judicial francés, era un servidor leal del Estado. Mientras fue director del comercio del libro, sucedió a su padre como primer presidente de la Cour des Aides, que juzgaba casos sobre impuestos. Probablemente los impuestos le tomaban más tiempo que los libros. De hecho, parece ser que su conocimiento sobre el comercio del libro era limitado. Se apoyaba en un reducido personal y se comunicaba poco con las chambres syndicales de los gremios de provincia que supuestamente regulaban el comercio fuera de París. Su preocupación principal no era nada más eliminar algunas de las limitaciones de la censura, sino también hacer la publicación editorial más viable en términos económicos. Detestaba el “odioso monopolio” del gremio parisino y deploraba el cambio de la imprenta a prensas fuera de Francia, lo que vaciaba el reino de capital y promovía la venta de ediciones piratas, especialmente en las provincias, que habían sufrido tanto por el dominio parisino. A pesar de sus mejores intenciones, Malesherbes fracasó en transformar el sistema. Tras dejar el puesto en 1763, la situación era prácticamente idéntica a la que había encontrado en 1750.

 

Robert Darnton
Historiador. Es autor de una veintena de libros de historia editorial y cultural, de los cuales el más reciente es A literary Tour de France: The World of Books on the Eve of the French Revolution.

Este texto es un fragmento del nuevo libro de Darnton, Pirating and Publishing. The Book Trade in the Age of Enlightenment (Oxford University Press, 2021). Las referencias a pie de página fueron suprimidas para efectos de esta edición.

© Robert Darnton. Reproducido con autorización del autor

Traducción de Pablo Avilés y Manuel Suárez

 

 

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