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En este cuento inédito, Mauricio López Noriega —poeta, ensayista y traductor de los poetas líricos de la Grecia arcaica — nos lleva de la mano a través de una exploración borgiana de los orígenes de la palabra “alebrije”.

Un manuscrito espurio señala que la palabra procede del árabe clásico, al-Ezabrij, cuyo significado en castellano se aproxima a “el hijo del infierno” (otras fuentes señalan al-Ejabrij, “el duende del infierno”); en realidad proviene de la voz zapoteca lebríj, sin traducción rastreable. Don Hernando Ruiz de Alarcón, en cierta edición de su conocido Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas que oy viven entre los indios naturales desta Nueva España (México, 1614), afirma: “el alebríj es un ídolo más destas tierras, aunque del todo no sea correcta la palabra ídolo, que en el griego eídolon tiene origen; porque, hay que decir, los naturales de las tierras vírgenes de aquí la imaginación desbocada muestran, tal que las cosas desbordan de la realidad e sano intelecto. Empero, en justicia y por la verdad de la única Fe en Cristo, que es Dios Nuestro Señor, he de decir que los mismos autóctonos no adoran al alebríj, ni rinden rituales ni adoraciones, puesque también proclives son al espanto del monstruo”. Indica, pues, poco, casi nada.

Fotografía: Rvalette bajo licencia de Creative Commons

Otra versión cuenta que Pedro Dosríos, del pueblo de Linares, caserío enclavado en la sierra, y quien fuera gran artífice del papel y artesano, sufrió cierta vez fuertes ataques de fiebre. Una curandera que fue famosa —bruja, dicen otros— le suministró ciertos hongos medicinales. Dosríos soñó con un Judas inmenso, vestido con hermosísimos trajes bordados por indígenas triquis, cara de color palo de rosa, alas de murciélago, cabellera llameante, descalzo. Cuando se repuso del padecimiento, quiso llevar sus sueños al arte de la cartonería: construyó un esqueleto de cáñamo de cuatro metros de altura y, sobre éste trabajó el cartón, domeñándolo por medio de la pintura y el ornato, instituyendo lo que devendría la ya clásica tradición de los Judas, y de su quema luego. El esfuerzo lo hizo recaer con ataques sumamente severos; en su delirio, complejos dragones terribles como sirenas, venados provistos de garras, seres mitad jabalí mitad serpiente, furibundas sanguijuelas tricéfalas de agudos colmillos, arpías, un mar de cangrejos que se alzaban sobre las islas devorando pájaros a su paso. Les bautizó alebríjz; según su propio testimonio, fue con dicha denominación con la que ellos mismos se designaron.

Una tercera fuente nos ha llegado gracias a los propios nativos y, aunque no parece menos apócrifa pero sí más bella, aduce que los alebrijes nacieron de la selva misma, criaturas maravillosas surgidas merced a cierta deidad ctónica desconocida, que ha sido asociada con determinados cultos telúricos sin que haya sido posible precisar su verdadero origen.

Las costumbres de los alebrijes son tan coloridas como elegante es su piel. Les gusta retozar con el agua, aunque no por demasiado tiempo, pues si bien sus escamas centellean al sol, exquisitas, el fuego que habita sus pulmones, y arde, corre mortal peligro de extinguirse. Contrariamente a lo que sus detractores afirman, son inofensivos si no se les provoca. Los indios viejos suelen arrullarlos cuando llueve; las mujeres vírgenes propician fastos y buenos augurios al dejarles ratones recién muertos, envueltos en flores, por alimento. Cuando una joven pareja se casa, es conveniente que procuren la amistad de algún alebrije. Si se logra domesticar alguno, éste —educado ser— trabaja, por distraerse, como una suerte de genio propicio. Un escritor argentino no dijo que los squonks son, en realidad, los feos primos lejanos de los alebrijes.

Realmente, lo único peligroso en ellos radica en su mirada: una vez que nos toca se apodera del ánimo una profunda melancolía, ya que se recuerda a quienes hemos amado mucho, pero mal, y estas memorias se vuelven una segunda piel; algún investigador ha mencionado que se debe al gusto de los alebrijes por el amor.

A los alebrijes les gusta el amor: se esconden en la penumbra de la noche y espían a los amantes; si coronan con éxito su cometido, cantan. Pocos han reconocido el canto del alebrije pues suele confundirse con la crepitación de una pequeña hoguera. Les disgusta que el hombre invada su territorio y, veloces, correvuelan a su madriguera impulsándose, cuando las tienen, con las alas; si les conviene, atacan. No es relevante su edad: nadie sabe cuánto viven; cuando les sobreviene la muerte se diluyen en delicadas flamas; puede reconocerse el lugar porque se cubre con un musgo violáceo, el cual, al amanecer, se cubre de rocío y lanza destellos multicolores. A los alebrijes menores les divierte jugar a esconder objetos de procedencia humana (de ahí el dicho cuando se pierden los calcetines); gritan si son sorprendidos por un alebrije mayor: este sonido encanta a quien lo escucha. Más allá de ciertas explicaciones rayanas en la histeria, se entiende así el origen de los famosos tres indios, estatuas de piedra, en el municipio de San Andrés Yaa; morbosos jóvenes de ciudad visitan las efigies y se mofan, adorándolas. Los lugareños han mencionado también que los alebrijes odian a los perros: si se tiene paciencia, las noches de luna llena se puede admirar a un alebrije que, cargado de caracolas, se amaña para atarlas a las colas de los perros; éstos, desdichados, mueren enloquecidos de música marina.

Un alebrije en casa es imposible; sin embargo, los artesanos fabrican simulacros de madera; otros, herederos de Dosríos, practican la mencionada cartonería, según ellos, auténtica representación de un alebrije verdadero. Tales creaciones, ante la sorprendida incredulidad de muchos, se animan con el amor: cuando la cotidiana atmósfera doméstica se impregna de erotismo sus ojos se cubren con una finísima película, sin duda líquida, apenas de azul teñida.

 

Mauricio López Noriega
Poeta (Los dioses descuidados, Ediciones Sin Nombre/Tiempo Extra Editores, 2011); ensayista (La metamorfosis de Narciso, Secretaría de Cultura, 2017). Traductor de Anacreonte (Textofilia, 2009), Anacreónticas (UANL-Textofilia, 2010) y Safo (UANL-Textofilia, 2012).