CUADERNO DE NEXOS

APROXIMACIÓN A UN BALANCE

En la historia de la UNAM, pocos eventos se pueden comparar al Congreso Universitario realizado entre el 4 de mayo y el 4 de junio de este año. Sólo hay dos antecedentes dignos de mención: 1) el Congreso de Universitarios Mexicanos (1933) en el que tuvo lugar la célebre polémica entre Antonio Caso y Lombardo Toledano y que suscitó un enfrentamiento violento entre los partidarios de la educación socialista y los defensores de la libertad de cátedra y 2) el Consejo Constituyente de 1944 que reunió a maestros, estudiantes y autoridades y deliberó durante más de tres meses para elaborar una nueva ley orgánica para la Universidad Nacional, la ley “Caso” (Alfonso Caso presidió el evento y, al parecer, fue él quien hizo el primer diseño de esa norma) hasta ahora vigente.

Cada uno de estos eventos imprimió a la Universidad nuevo rumbo histórico. Lo que nos preguntamos es cuál será en el largo plazo la significación del reciente Congreso Universitario: ¿un evento anecdótico que anunció tempranamente el derrumbe de la UNAM? ¿O, por el contrario, un punto inflexión en el desarrollo institucional que señaló el inicio la reforma académica y de la recuperación del prestigio y fuerza social de la Universidad Nacional?

Sería prematuro aventurar una respuesta, pero hay algunos hechos positivos que seguramente servirán para orientar un balance del Congreso:

1) En primer lugar, los resultados netos del Congreso correspondieron a las expectativas que este evento despertó importantes franjas de la comunidad universitaria. Es ver que la oportunidad para realizar reformas se seguirá presentando en el futuro -ha existido siempre- pero confundir la situación de excepción, favorable a la innovación, que se creó con el Congreso con las condiciones de funcionamiento regular de la institución puede llevar a conclusiones equívocas. Décadas de historia nos informan que, en condiciones normales de funcionamiento, la UNAM jamás ha logrado dar paso significativo hacia su autotransformación. ¿Cuál reforma académica sustantiva ha habido en la UNAM, como producto deliberado, desde 1910 a la fecha? Ninguna.

El Congreso no fue un acontecimiento ordinario de la vida universitaria sino un evento excepcional, concebido para tomar las decisiones sustantivas de una reforma universitaria. ¿Cuál otro era su sentido? Por lo mismo, al Congreso hay que evaluarlo en función de esa excepcionalidad y del objeto específico con el cual se le concibió. Evidentemente, tampoco puede vérsele como una estación terminal, como el fin de la historia”. La posibilidad de que se continúe el proceso de reforma universitaria está abierta y sería deseable que maestros y estudiantes siguieran pugnando en pos de ese objetivo. El mismo Congreso parece haber generado un nuevo interés sobre el asunto, pero lo que debemos preguntarnos es hasta que punto este evento excepcional cumplió sus propósitos.

2) En segundo lugar, las resoluciones aprobadas por la plenaria distan mucho de corresponder a un proyecto coherente de transformación académica de la UNAM y, aunque algunas sí tocan aspectos fundamentales y haya en ellas mucha tela de donde cortar, muchas otras son del todo irrelevantes. En algunos casos el Congreso se redujo a aprobar propuestas de valor meramente retórico, trivialidades, o conceptos que ya están contemplados por la legislación vigente. Entre las 140 propuestas generales y las 114 dependientes aprobadas por la plenaria, se encuentran muchos acuerdos como los siguientes: “que se evalúen los planes de estudio” (idea ya incluída en el Reglamento General para la presentación,… etcétera, de Planes de Estudio). “A la UNAM le corresponde asumir plenamente el compromiso que tiene con la sociedad de conservar, generar y transmitir el conocimiento científico y técnico, humanístico y artístico… etcétera”. (Mesa 1). Que la UNAM dé a sus alumnos una formación “crítica” y los haga “agentes de cambio social” (Mesa 1), es un acuerdo retórico y vacío de cualquier contenido concreto. La Mesa 6 logró que se aprobara una propuesta en la cual se vinculaba de manera específica la idea de los nuevos métodos de enseñanza con la idea de quitarles a los mesabancos los tornillos, que los fijaban al suelo. La plenaria del Congreso aprobó “hacer de sus edificios, sus instalaciones, su patrimonio en general un factor constituyente de su identidad (de la Universidad), un elemento productivo del trabajo, del conocimiento y una contribución permanente al enriquecimiento de su convivencia” (que algún semiólogo interprete que quiere decir esto).

3) Hay, por otro lado, un conjunto de resoluciones que pueden dar pie para avanzar en la reforma académica de la UNAM, sin embargo, tales reformas son medidas aisladas que, ciertamente, pueden continuarse y complementarse con desarrollos ulteriores. Es el caso de la evaluación de los profesores, la creación de los Consejos Académicos de Area, la renovación del Estatuto General, el fortalecimiento de la investigación, etcétera.

El balance que puede hacerse en este momento es, por lo mismo ambivalente, ya que la posibilidad de la reforma universitaria dependerá de la adecuada aplicación de los acuerdos positivos del Congreso y del desempeño futuro de las fuerzas universitarias. Producir más información sobre la UNAM y sus problemas, crear un ambiente favorable a la innovación, establecer mecanismos adecuados para el debate, tales son las tareas que hoy se le presentan a aquellas fuerzas universitarias que están sinceramente preocupadas por el destino de la principal universidad pública del país.