Concepción Lombardo de Miramón: Memorias. Editorial Porrúa, México, 1980.

· Brigitte Hamann: Mit Kaiser Max in Mexiko. Aus dem Tagebuch des Fürsten Carl Khevenhüller, 1864-1867. Wien-Munchen, Amatlhea, 1983. El Fondo de Cultura Económica publicó recientemente la edición en español de este libro: Con Maximiliano en México. Del diario del príncipe Carl Khevenhüller. 1864-1867 (México, 1989).

Concepción Lombardo nació en la ciudad de México en 1835, año en que inicia sus Memorias, en las que desgraciadamente no se corrigió la ortografía. Se trata de un voluminoso libro que abarca hasta 1869, cuando la autora decide abandonar Bruselas para irse a vivir con sus hijos a Roma. Estos 34 años condensan una vida transcurrida durante momentos cruciales de la historia de México. Desde niña, Concepción Lombardo estuvo inmersa en el acontecer político. Su padre, Francisco Ma. Lombardo, desempeñaba en 1835 el cargo de Ministro de Hacienda bajo la administración de Jose Joaquín de Herrera.

Mujer inteligente, dotada de carácter y firmes convicciones, sus Memorias proporcionan un original retrato de su entorno, con observaciones y comentarios que permiten una mejor comprensión de la época y de los personajes que por ella desfilan. Su estilo decimonónico es ameno y divertido en ocasiones; en otras, según el asunto que trata, triste o dramático hasta llegar a la tragedia con el fusilamiento de su esposo. Las Memorias son una defensa. Una defensa que intenta borrar la terrible “mancha” que el consejo de guerra lanzó sobre Miguel Miramón: a pesar del brillante alegato del abogado Ignacio de Jáuregui, fue condenado a muerte por “traidor a la patria”. Con hechos, no sólo de su marido, sino también de ella misma, que pusieron incluso en peligro su vida y la de sus hijos, Concepción Lombardo demuestra el patriotismo y la mexicanidad de ambos. Las Memorias son también una catarsis que se prolongó medio siglo, compás de espera del verano de 1867 al verano de 1917, cuando la señora Lombardo de Miramón concluyó en Barcelona la redacción de su obra.

Concepción Lombardo tiene un fino sentido del humor, pese a las dificultades y las experiencias dolorosas; en ocasiones es irónica y divertida en sus críticas y apreciaciones, en otras emite juicios muy severos ante la injusticia o la traición. Al narrar su infancia, Concepción Lombardo proporciona un agradable relato de la vida diaria de una familia mexicana de posición económicamente desahogada, con sus tradiciones, sus costumbres, diversiones y sobresaltos a causa de la militancia política del padre.

Pasaron varios años entre el primer encuentro de Concha Lombardo y Miguel Miramón en el Colegio Militar y su matrimonio. Concha, ante la abrupta propuesta de matrimonio que le hacía Miramón, lo tomaba a broma y le contestaba que hasta que no fuera general lo aceptaría. Luego de la victoria conservadora en la barranca de Atenquique, Miramón pidió formalmente su mano; pero, sin esperar a que Concha le diera el sí definitivo, se fue a Guanajuato y al regresar le propuso que se casaran el día siguiente:

íDios mío, exclamé riéndome! íCasarnos mañana! íFuera siquiera el domingo!… pues bien, me contestó, nos casaremos el domingo.

Casi cada página de las Memorias contiene datos, opiniones, críticas o simplemente relatos, que representan un riquísimo filón para investigar, desde otro ángulo, los hechos narrados y su trascendencia posterior; resallan sin embargo sus sentimientos hacia el indio, sentimientos llenos de ambigüedad. No los conoció lo suficiente para aceptarlos; en sus Memorias aparecen con todo su exotismo, pero en una respetuosa lejanía. Su formación familiar y sus conocimientos le permiten percibir la importancia de estos grupos, pero los prejuicios de su educación le impiden conocerlos más de cerca. Corría ya el 1867, año del dramático desenlace, cuando, en un último intento desesperado por lograr el indulto para los prisioneros de Querétaro, la señora Miramón hizo el viaje hasta San Luis Potosí, para entrevistarse con el Presidente:

Juárez era hijo del pueblo, nacido en el Estado de Oaxaca y de pura raza indiana. Su tez color chocolate, su cabello lacio, sus ojos oscuros, y sin la menor expreción (sic). Como todos los de su raza era lampiño, y en su cara brillaba la completa ausencia de la barba y del bigote; esto hacía más notable su espaciosa boca, que parecía dilatarse bajo su pequeña y ancha nariz. Su estatura era más bien baja que mediana, y algo obesa, pero lo que más llamaba la atención en aquel hombre, era la perfecta impasibilidad de su frío semblante, que al verlo se hacía uno la ilución (sic) de estar delante de un ídolo axteca (sic).

…nada mobió (sic) aquel empedernido corazón, nada llegó a enternecer aquella alma fría y vengativa.

Sin olvidar ni disminuir la tensión entre estos dos protagonistas de la tragedia, resulta interesante que la señora Miramón no se refiere a estos personajes como mexicanos: la “raza” era mas connotante, pero los defectos no eran exclusivos de la raza india. En las Memorias aparece muy seguido la figura controvertida de Leonardo Márquez; Concepción Lombardo le reconoce su valentía y arrojo, pero al final descubre todo el origen de su infamia:

Pertenecía a una familia de mulatos y aunque en el color de su tez no había dejado rastros de la raza a que pertenecía, sus entrañas eran fieles herederas de los instintos sanguinarios y crueles de sus antepasados.

Concepción Lombardo plasmó en sus Memorias la visión y mentalidad de una mujer educada a la europea; esta educación le impidió asir y resolver las raíces de la dualidad de su origen.

El 19 de noviembre de 1864, embarcó con rumbo a México el conde Carl Khevenhüller-Metsch, más tarde príncipe del mismo nombre. Veinticinco años después, por tradición familiar y por insistencia de su amigo, el historiador Wilhelm Oncken, Khevenhüller reunió su Diario y las cartas que había enviado desde México en un solo manuscrito. El emperador Francisco Jose de Austria, después de leerlo, comentó al autor:

Me interesó en extremo. Finalmente he llegado a saber la verdad. Sin embargo, por ahora no debe publicarlo, pues se buscaría muchos enemigos.

Khevenhüller, como tantos otros nobles que vinieron a México en esos años, tenía en su haber una historia tormentosa a pesar de su juventud. Poseedor de un temperamento fogoso e impulsivo y muy poca inclinación a los estudios, se dedicó a la carrera de las armas. Fue jinete distinguido de la Escuela de Equitación Española de Viena. Se involucró en duelos y deudas que le acarrearon serios problemas familiares, pero la gota que derramó el vaso fue su intención de casarse con una dama que el padre no aceptaba.

A principios de 1864 lo agobiaban los problemas, las demandas de sus acreedores se hacían cada vez más amenazadoras y tuvo que permanecer escondido durante meses. Fue a su madre, Antonia Khevenhüller-Metsch, a quien se le ocurrió mover influencias en la corte y lograr que a Carl lo enlistaran con los voluntarios que viajaban a México. Para evitar complicaciones posteriores, le escribió personalmente a Maximiliano, suplicándole benevolencia. Carl Khevenhüller se embarcó hacia un país desconocido, para participar en una guerra contra un enemigo también desconocido. Un drástico cambio de vida que le proporcionó el motivo para escribir su Diario, un vívido retrato del conflictiva episodio de la historia de México en que participó tan activamente.

El Diario de Khevenhüller nos pone frente a una visión muy novedosa de los sucesos. Como oficial tuvo que adaptarse a la vida militar en campamento improvisados, a veces a campo abierto otras en conventos semiderruidos; a la penalidades de falta de salarios y carencias de medios de manutención. Pero por su origen aristócrata y la confianza que le tenía el emperador, tuvo oportunidad de presenciar y participar en eventos los que no cualquiera tenía acceso.

Su primera impresión al bajar a tierra capta el desorden (sobre todo financiero) que reinaba en Veracruz, tan distinto de lo que publicaba la prensa europea. Para el había:

…dos clases de comerciantes: los acreditados y pudientes alemanes los pobres y tramposos indígena. Las tiendas las tienen aventureros franceses. Los viejos españole [criollos disfrutan de una pésima reputación.

El autor presenta de inmediato a los actores: extranjeros e indígenas, ricos y pobres. Cuando habla de los franceses reseña irregularidades de todo tipo y señala los efímeros logros de la intervención. Hombre del XIX, dedicado a la milicia, fija su atención en los seres humanos que por su Oficio pudo tratar y conocer más de cerca:

El indio puro es más bien pequeño que mediano, de constitución robusta, extraordinariamente fuerte… Corre por lo general a trote corto, aun cuando lleva una pesada carga, casi siempre en la cabeza o arrastrándola; es sobrio hasta lo increíble, un puñado de frijoles y un par de tortillas le son suficientes. Estas personas son a la vez honradas y fieles, como soldados valientes y constantes, adictos a sus comandantes. Integran 4/5 del total de la población.

Siente una simpatía franca hacia el indio y señala sus cualidades, pero no dejan de impresionarle su vestimenta, sus maneras y sus costumbres. Narra las peripecias de los ancianos de las comunidades, cuando eran invitados a sentarse a la mesa del emperador. México tenía numerosas etnias, pero el español, aunque fuera minoría, integraba el grupo de mayor poder.

El español menosprecia al indio y lo llama “hombre sin razón”, a si mismo, “hombre de razón”, pero es muy injusto. El indio es cien veces más valioso que el mestizo, que por su sangre blanca se siente totalmente superior.

Cuando el autor se refiere a los mestizos, su opinión es tajante:

…los mestizos poseen todos los defectos de ambas razas pero ninguna de sus cualidades. Forman la clase media.

Khevenhüller vivió circunstancias muy violentas durante su estancia en México. Su honradez, su valor, su fidelidad a Maximiliano le hicieron acreedor al respeto de liberales y conservadores; pero esta fidelidad, como él mismo lo confiesa, estuvo condicionada a sus intereses personales. Su relación con Leonor Rivas, con quien tuvo un hijo, fue decisiva para prolongar lo más posible su estancia en México. Esta relación con una mujer casada, de familia prominente y partidaria del Imperio, no le ofreció finalmente otra opción que separarse para siempre.

Por falta de pasaporte oficial, Khevenhüller estaba todavía en la capital cuando el gobierno constitucional volvió a ocuparla:

… Juárez se trasladó ayer. Viajaba en un coche con Lerdo. Juárez es un viejo indio bruñido, pequeño y rechoncho, Lerdo una magra figura con lentes, ambos afeitados. Se nota en el último su mal carácter.

Para Khevenhüller, lo mismo que para Carlota y Maximiliano, los verdaderos mexicanos eran los indios, pero los indios “medio civilizados”. Reflexiona al respecto:

Que fácil se podría gobernar a estas personas, si la llamada “clase ilustrada” no fuera una canalla. Como sospecho que estas líneas pueden llegar alguna vez a manos profanas, me abstengo de señalar muchas cosas… es mejor así.

Por desgracia el autor debió guardarse muchos de sus comentarios. El Diario, seguramente por las circunstancias mismas en que fue escrito, carece en parte de una secuencia cronológica; además, en letra cursiva, Brigitte Hamann intercala comentarios interrumpiendo la narración del autor. Esto tiene quizá su explicación en el prólogo de Hamann:

…la publicación de un diario conlleva problemas particulares, derivados del hecho de que en este Diario se amalgaman, sin poderse separar actos personales, significativos para la historia. Por lo tanto. salen a la luz en este asunto hechos estrictamente privados, vinculados al acontecer histórico, que de otra manera jamás se hubieran dado a conocer. En consecuencia, fue necesario un amplio criterio por parte de la familia, para aceptar la inserción de aspectos privados de la historia familiar en los hechos históricos.

El 24 de julio de 1867, Khevenhüller se embarcó en Veracruz con rumbo a Nueva Orleáns. No resolvió sus problemas financieros en México: para el viaje de regreso, que efectuó de manera privada, tuvo que abrir un crédito. En retorno pudo asimilar los acontecimientos recientes. La travesía en vapor a San Luis Missouri, le dio oportunidad de reflexionar sobre sus vivencias.

Las noches eran espantosas. Me quedaba horas acostado de espaldas, y todas las formidables experiencias de los últimos tiempos notaban fugitivas ante mí. Y sin embargo, lera nostalgia por aquello o por ella? Compulsivamente se me encogía el corazón y sólo deshecho en llanto podía desahogarme y encontrarme a mí mismo.

Epílogo de un episodio de tres años en la vida de un hombre. Curioso destino el de Carl Khevenhüller, quien, al huir de circunstancias comprometidas en su país natal, cayó en el escenario de una tragedia y se involucró con un imposible.

En las Memorias de Concepción Lombardo de Miramón, en el Diario de Carl Khevenhüller, permanecen intactos sus odios y sus amores, su rabia, sus desencantos y sus alegrías: la esencia humana que ha sido un tanto descuidada al escribir historia y que puede conducirnos a un entendimiento más cabal de nuestra identidad.