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A quinientos años de la llegada de Hernán Cortés a Tenochtitlán —la capital del Imperio azteca— y de su destrucción, los mexicanos todavía no nos ponemos de acuerdo. No sabemos si mirarla como una gran gesta heroica o como una devastadora tragedia. Prevalecen las interpretaciones extremas: Cortés es considerado un genio de inigualable audacia o un criminal dominado por la ambición de poder. En cuanto a la presencia española en México, unos dicen que el virreinato fue una era de gloria en la que se forjó el mestizaje que es una orgullosa identidad mexicana; otros, que la Colonia fue una época oscura en la que se forjó un mestizaje superficial, incómodo con sus raíces indígenas.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Probablemente lo mejor es que cada quien piense lo que quiera. La tolerancia a este respecto ha sido la clave para que en México la raza no sea un criterio explícito de diferenciación social. Sólo una minoría de mestizos pretende ser criollo puro, aunque en el fondo de su corazón sepa que tiene sangre indígena. En realidad, el tema provoca más ambigüedades que contradicciones. Dos calles en Ciudad de México dan cuenta de nuestra indecisión: una se llama Héroes de la Conquista; la otra, Mártires de la Conquista. No hay nombres ni caras, así que cada residente, transeúnte o conductor que pase por alguna de esas calles evocará los nombres y las caras que le plazcan.

Hay quien piensa que el rey de España y el papa Francisco deben pedir perdón por las atrocidades cometidas por católicos españoles del siglo XVI que se establecieron en tierras mexicanas. ¿No son ellos tan ajenos a esas culpas como podemos serlo nosotros, los mexicanos del siglo XXI? También cabe preguntarse si quienes mantienen esta exigencia no están invalidando una parte muy importante de nuestra identidad nacional, que se formó con componentes de víctimas y victimarios. Entiendo bien que por muchos motivos la idea del mestizaje es una construcción política, pero no por eso dejó de ser un fenómeno biológico y cultural, patente, que conserva su vigencia, y que nos hace distintos de muchos otros latinoamericanos que no han terminado de asimilar a sus poblaciones indígenas. Lo que entiendo menos es por qué traer a este debate a los españoles de hoy, pues creo que el esclarecimiento del destino de nuestro pasado indígena es un asunto entre mexicanos en el que los españoles juegan, si acaso, un papel secundario.

Recientemente se han publicado varias obras de historiadores especialistas en la Conquista que derriban la leyenda negra que se contaba durante el autoritarismo, una de cuyas representaciones gráficas más poderosa es la imagen de Hernán Cortés que aparece en el abigarrado mural de Diego Rivera en Palacio Nacional, como un degenerado repugnante. Ahora bien, los retratos de Cortés hoy son más equilibrados que caricaturas como la de Rivera, la cual tuvo una función en los años cuarenta, cuando la formación de la nacionalidad era una tarea del Estado, con base tanto en la incorporación de tradiciones —tal vez inventadas— como en el rechazo de elementos que no contribuían al mestizaje, y que ahora parece completamente extemporánea. Hoy es más importante descubrir el mundo al que pertenecían los conquistadores, y el significado de su aventura en sus propios términos, que denunciarlos como si se tratara de narcotraficantes.

Han ganado peso las interpretaciones que destacan el apoyo que obtuvieron los españoles de pueblos que habían sido sojuzgados por el Imperio azteca, al cual tenían que pagarle tributo. De tal suerte que la Conquista fue primeramente una cadena de rebeliones indígenas contra el dominador azteca, apoyada por Cortés y los suyos, y que la conquista de unos fue la liberación de otros.

Nada hay de nuevo en los reproches a la destrucción del mundo indígena y a la explotación a la que fueron sometidos los pueblos originales por parte de los españoles; lo de ahora es diferente porque se ha planteado como un tema político más que cultural, lo que significa que se presenta como un antagonismo esencial, como un capítulo adicional de la lucha por el poder. En cambio, cuando se trataba de un tema de reflexión en el campo de la cultura podíamos, sin ningún apremio, examinarlo en detalle.

A mi manera de ver, el tema de la Conquista está resuelto, simplemente por el paso del tiempo, es parte de nuestra historia, y dudo que provoque nuevas divisiones en la sociedad mexicana, que sin ésta ya tiene bastantes. Tampoco creo que el restablecimiento de la versión negativa de la Conquista sea necesario para mejorar nuestra relación con España. Históricamente, las relaciones hispanomexicanas fueron en términos generales malas; aunque nunca se negó el parentesco. Después de la guerra civil española, un acercamiento era aparentemente imposible, el gobierno mexicano no reconocía al gobierno franquista, aunque eso no fue un obstáculo para que se desarrollaran intensas relaciones comerciales y culturales. Lo que nos llegaba era sobre todo la “España de charanga y pandereta”; la educación sentimental de varias generaciones de mexicanos —y de latinoamericanos— estuvo a cargo de Sarita Montiel y de Corín Tellado.

Cerrados los ojos a esa inescapable presencia, se insistía en que las relaciones entre un gobierno de origen revolucionario y una dictadura católica eran imposibles. La superioridad de la experiencia revolucionaria mexicana nos parecía obvia frente a un régimen retrógrado, y creíamos que era muy poco lo que España podía enseñarnos en el siglo XX. Sin embargo, en 1964 el sociólogo español Juan Linz dio a conocer el modelo del régimen autoritario que diseñó con base en el régimen franquista. La propuesta analítica de Linz le quedó como anillo al dedo al régimen mexicano de la posguerra, que no era gobernado por un dictador, sino por un presidente sexenal muy poderoso, apoyado por un partido hegemónico, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Sin embargo, las semejanzas son sorprendentes, pese a que los intercambios políticos eran muy limitados.

La cercanía política fue mayor y buscada después de la muerte de Franco, que coincidió con el inicio del reformismo electoral mexicano. El secretario de Gobernación de José López Portillo (1976-1982), Jesús Reyes Heroles, hijo de españoles, diseñó la reforma política de 1977, conocida como la LOPPE, que fue un gran paso hacia el desmantelamiento de la hegemonía del PRI. Las similitudes entre ese ordenamiento de partidos y de procedimientos electorales y la ley española de Asociaciones Políticas no son una casualidad. Los responsables de estas reformas en España y en México trabajaron codo con codo en una estrecha colaboración, que tuvo lugar incluso desde antes del jubiloso reencuentro que fue restablecimiento de relaciones diplomáticas.

A partir de entonces la presencia de España entre nosotros se ha desarrollado con toda naturalidad entre diferentes actores políticos y en sectores estratégicos como el bancario o el energético. Sin embargo, ha causado mucha irritación enterarnos que empresas españolas distribuyeron dinero a manos llenas entre funcionarios mexicanos deshonestos, pero no alcanzaron a provocar una crisis nacional y no culpamos al Estado español del siglo XVI de lo que hicieron los corruptores en el siglo XXI.

Nadie pone en duda que la Conquista fue un evento cataclísmico para los pueblos indígenas, para su civilización y para su historia; pero si queremos entender la nuestra, no hay peor camino que mirar con los ojos de hoy los acontecimientos de ayer. Nuestra comprensión del pasado depende de que tengamos la capacidad de leerlo sin más intención que aprender cómo fue y por qué; pero si se trata de hacer de la historia un instrumento de lucha política, el único resultado posible son más preguntas y muchas verdades a medias.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

 

5 comentarios en “1521, ¿quinientos años de tiempo presente?

  1. Muy interesantes sus comentarios sobre la conquista, que en otros tiempos en la escuela eran mentiras enteras y verdades a medias, ahora con artículos como los de su revista sabemos los mexicanos más acertadamente como fue invasión y después conquista comandada por los peninsulares, apoyadas por gran cantidad de pueblos de estos mismos lugares que no querían vivir bajo la opresión de los mexicas.

    • El manejo de López Obrador es el de las mañaneras. Un discurso de odio y división donde los malos no quieren pedirnos perdón. Gracias a DIOS este esperpento de la democracia expira en el 2024, a más tardar….

  2. Una opinion de un ciudadano de a pié. Creo que para entender la conquista bueno seria insistir en lo que algunos historiadores han pasado por alto y que se encuentra en la pregunta cuántos años fueron los que gobernó Cortés la Nueva España ?. Despues de leer la biografia de José Luis Martinez sobre Cortés, creo que nada mas gobernó estas tieras tres años ( 13 de agosto de 1521- octubre de 1524 en que se fue a su expedicion de Honduras, perdiendo la gobernacion de Nueva España para no recuperarla nunca mas., lo cual esta contenido en las tablas del tiempo o de cronologicas, descritas en algunos capitulos de dicho libro. ( F.C.E.-U.N.A.M.). Es poco o mucho tiempo para valorar lo que hizo?
    Despues vendrian los gobiernos de Estrada y Albornos, Salazar y Chirinos, Las dos Reales Audiencias y el gobierno del virrey de Mendoza,.

    Sea como fuere, fue poco o mucho tiempo como para valorar su obra?.

  3. Mi Chole: A donde llega la política todo se descompone y no se diga en estos tiempos de la cuarta te; la destrucción del imperio azteca por los españoles y compañía indígena, sucedió hace 500 años 500 y ya está registrado en la historia nacional y universal; los vencidos gimen y los vencedores celebran su triunfo; sí ha sido siempre y así seguirá siendo, por lossiglos de los siglos amén, salvo opinión en contrario. Un abrazo Maestra. Vale.

  4. Indudable que hubo una conquista con todo lo que ello conlleva: violencia, invasión, destrucción, saqueo, abuso, marginación, etc., pero debe manejarse como un hecho histórico sin que levante tanta ámpula de uno y otro lado en el presente, ni como el extremo de que eso fue lo mejor que pudo haber ocurrido, ni como que fue una maldición eterna. De hecho prácticamente todas las conquistas a lo largo de la humanidad son por el mismo estilo, y prácticamente todos los pueblos han sido conquistadores y/o conquistados en alguna parte de su historia, lo cual debe racionalizarse sin mucho apasionamiento; vemos que no se hace tanta querella al encontrar un vestigio romano en Londres, ni se sabe de que anden buscando los restos de Gengis Kan para ultrajarlos, eso ya hablaría de un serio problema de psicología social. Muy bien que se ahonde en el conocimiento histórico, pero muy mal que se use para buscar chivos expiatorios de nuestra situación actual después de tantos siglos de independencia. Por cierto, la palabra «esclavo» proviene del nombre que los griegos le dieron a un pueblo de Los Balcanes (eslavos) que fue esclavizado por los romanos y por los germanos, y sería absurdo que sus descendientes le reclamaran a los italianos y alemanes actuales por sus problemas socioeconómicos. No es recomendable llevar a cuestas odios, rencores, enconos y resentimientos históricos si lo que se pretende es progresar pronto.