A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Era viernes y el sonido de las campanas retumbaba en un pueblo del Valle del Mezquital. Según diarios locales más de cien personas retenían a un chico de 16 años por robar reliquias de la parroquia. Antes de que los enfurecidos lo lincharan, la policía municipal lo detuvo. Los resultados de la engorrosa plataforma de datos de la entonces institución de inteligencia civil para la seguridad nacional del Estado mexicano —que intentaba ordenar las fichas, informes breves obtenidos en campo y elaborados en las delegaciones estatales— coincidían. Horas después ambas fuentes corregían: se trataba de un intento de secuestro del crimen organizado. La última versión llegó por la tarde. Otra ficha aclaraba: un adolescente que había prometido matrimonio se había arrepentido. La muchacha desconsolada acudió a su familia que retuvo al prometido para convencerlo con el auxilio de una multitud enardecida que apenas conocía pedazos de las distintas versiones de la historia.

Ilustración: Estelí Meza

Se trataba de la cotidianidad en los cubículos con vista al último río con vida de Ciudad de México. El Cisen, hoy CNI, no contaba con un servicio civil formal, pero había elementos informales de profesionalización: muchos funcionarios habían realizado una carrera de más de dos décadas. Su escuela ofrecía capacitación continua e intercambiaba conocimiento con otras instituciones. En efecto, frecuentemente los cambios en puestos directivos respondían a vaivenes partidistas, pero no faltaban aquéllos que habían comenzado desde abajo, cada vez menos ingenieros, muchos comunicólogos y recientemente egresados de ciencias sociales que se familiarizaron con una “mística”, caracterizada por imágenes y prácticas propias como un himno institucional.

Desde su concepción, el centro se alejó de temas de seguridad pública —en buena medida por el desenlace de sus antecesores— y se enfocó en la atención de riesgos políticos y sociales que podían afectar la gobernabilidad. Procuró, como sus contrapartes internacionales, que la información recolectada y analizada se orientara a la toma de decisiones y no al diseño o recomendación de políticas públicas. Aunque las últimas administraciones dejaron paulatinamente estas ambiciones para atender temas de seguridad pública que ahora se consideran riesgos a la seguridad nacional.

Desde luego, las críticas a la institución, que alimentaron el deseo de desaparecerla, están justificadas. Áreas de investigación y contrainteligencia realizaban espionaje, posiblemente en muchos casos de forma injustificada y sin orden judicial como regula la anacrónica legislación: la última reforma intenta controlar las actividades extranjeras, pero no la actualiza a desafíos contemporáneos.

Recientes transformaciones parecen debilitar el carácter civil de la institución y hasta su naturaleza: como la designación de un militar retirado como titular y la adscripción a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana para proveer inteligencia para el despliegue de la Guardia Nacional. Se trata de una decisión que omite deliberadamente la distinción entre seguridad pública y nacional, y que considera irrelevante diferenciar entre inteligencia militar —que busca neutralizar enemigos en un campo de batalla donde cualquier tipo de riesgo debe mitigarse— y civil —que provee información precisa y verificable para que funcionarios o gobernantes evalúen riesgos, cedan a algunos y tomen decisiones privilegiando la conciliación.

En una conferencia matutina se presentó un mapa delictivo estatal. Una familia —cuyos miembros habían sido defensores de derechos humanos, líderes sindicales, políticos y empresarios— aparecía como representante de un famoso cártel del narcotráfico, posiblemente para sorpresa de los aludidos. Muchas veces, las violencias que se han atribuido al crimen organizado tienen otras versiones, una complejidad que se ha intentado hacer a un lado para construir enemigos responsables de los grandes problemas nacionales. Por lo pronto parece que una aproximación desde el Estado como la que leí aquel viernes tendrá cada vez menos cabida.

 

Jorge Zendejas
Licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México y consultor en Lantia Intelligence

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.