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Insistimos en ver los elementos modeladores de nuestra historia con ojos de presente, entonces olvidamos la historia. Nos quedamos con acepciones compatibles a nuestra mirada, como si sólo ella fuera importante y desechamos las razones de todo lo que consideramos burdo. Así, en ocasiones, aunque resulte paradójico, habitamos lo burdo en desprecio de la profundidad. Cuánta arrogancia cabe en una época embriagada por los síntomas, tan adicta a ellos que los detesta y busca constantemente para eludir responsabilidades o consecuencias, prudencias; para detestarlos una vez más.

Ilustración: Oldemar González

El nuestro es un tiempo ávido de juzgar el último efecto, sólo éste, y actúa como si la vida comenzara y terminara en el instante que le corresponde en la longitud de una secuencia inconclusa, afortunadamente. El segundo que nos toca, el inmediato. Negamos que existió algo atrás y asumimos que la reinterpretación hacia adelante se trata de una aberración. Nada es más sencillo de frivolizar que lo sumergido en la reducción de conceptos olvidados: es la historia del pudor y de sus formas. En esas formas se encuentran el conjunto de proyectos civilizatorios, los que acabaron mal, los nocivos y los inconclusos, también los provechosos.

Algunas épocas son de creencias, aún en nuestros días. O de ciencia. Unas, de grandes ajustes sociales; y otras más, de pequeños ajustes sociales. Al menos para eso que se entiende como Occidente, cada época se refleja en el catálogo de nuestros pudores. El pudor es una relación que explica cómo entendemos la realidad. Lo hemos visto en el arte clásico con sus estatuas castradas; en el lenguaje a través de las palabras prohibidas; en los temas considerados impropios y con los que fueron haciéndose admisibles para las conversaciones diarias; en las formas de la mesa, de los amores y del conocimiento; en las rebeldías que dieron lugar a la eliminación de pudores transformados en absurdos gracias a la adecuación de comportamientos. En la idea —si decirle idea es válido— de que podemos vivir sin pudores.

Hubo un tiempo en que se consideró que existía un pudor natural, intrínseco a la hominidad. Quienes no eran admitidos dentro de la especie quedaban exentos de obligaciones naturales a los miembros de un escalafón imaginario. Mujeres, pueblos descubiertos y conquistados, niños, esclavos, todo lo entendido salvaje y en desarrollo, lo bruto, lo poco refinado. Siempre diagnosticado por el dominante, por el conquistador, por el libre y el asumido refinado. De seguir pensando los pudores en esa lógica, nos comportaremos como el adolescente incapaz de adivinar consecuencias. El pudor es una construcción social, las sociedades cambian y, sin embargo, muchos de los pudores exiguos encuentran su representación moderna en el disfraz de las consciencias. No existe uno solo que no tenga su adaptación política.

Hay una definición conceptual obligada a adaptarse a los códigos de las épocas pero capaz de mantener vigencia.

El pudor es una vergüenza anticipada, un rechazo aprendido para evitar llegar a ella con su experimentación en una mínima dosis. Es también el objeto del pudor. Existe pudor sobre ciertas características y condiciones biológicas, hay pudor en referirse a dichas características según el entorno en que se encuentre. No tenemos gran pudor en mencionarlas frente a un médico, lo hay en una reunión familiar. El pudor secuestrado por los terrenos de lo corporal es un legado de las relaciones asociales en camino a convertirse en sociales. El menor que ríe de su desarrollo físico no es visto con los mismos ojos que la risa escatológica de un adulto. A esa le podemos llamar vulgaridad. Depende así del reconocimiento del otro y de la mirada en uno mismo.

Los pudores más primitivos se refieren a la vulnerabilidad, a lo que no se quiere mostrar por provocar vergüenza propia o molestia en quien ve. De ahí, que la desnudez haya entrado en este canon hasta el aburrimiento. La evolución del pudor corporal derivó en el pudor social. La asimilación de la sexualidad en su reglamentación para dividir lo instintivo con lo racionalizado de nuestros cuerpos.

Todo colonialismo ha implicado una relación elástica de pudores. La desnudez de los pueblos conquistados en África, en algunas regiones de Asia y América, no se situó en el mismo espacio de los conquistadores. Pechos y piernas descubiertas eran inadmisibles para Europa, pero admisibles bajo los códigos del mito medieval del buen salvaje. Ese sujeto a purificación, fe y buenas costumbres. Algo de esto ha permanecido. Las sociedades esclavistas no tuvieron empacho en aceptar la vulnerabilidad en sus propiedades deshumanizadas. Hoy transitamos la impostura de buenas conciencias, pese a que no diferenciamos entre éstas y la consciencia en forma de entendimiento de la realidad y no solo de la moral. Podemos gritar contra la desigualdad y en un baño público el pudor desaparece cuando un trabajador del mismo se encuentra ahí.

Las religiones adoptaron la tutela del pudor moral. Al aprovechar la necesidad de diferenciar entre el bien y el mal, dictan qué comportamiento pertenece a cada concepto y lo definen. En ese orden. El velo musulmán en las sociedades más religiosas de Medio Oriente o las actividades permitidas según el género se imponen frecuentemente a razón de costumbre y luego se racionalizan en los terrenos de la virtud o su opuesto. Ningún texto, por razones obvias, dicta si una mujer puede manejar bicicleta en pantalones deportivos, entonces, se niega su derecho y más tarde se explica en medio de la relativización y la idiotez por qué no debe hacerlo.

Ninguno de estos pudores son realmente relevantes para la conformación funcional de sociedades políticas. Son, sí, los pudores a revisar para la convivencia con menor inequidad de cualquier grupo.

El siglo XXI, con su ausencia de contenedores discursivos nos llevó de regreso a algunos de los aspectos menos rescatables del medioevo. Cambió la relación acerca de lo impúdico en la política. La ignorancia escogida para favorecer la ausencia de nociones de consecuencia ha regalado un sinnúmero de jefes de Estado capaces de espetar cuanta barbaridad sea imaginable con tal de enaltecer a los suyos. Hemos hablado durante demasiado tiempo de populismos, demagogia moderna —que tiene poco de innovadora— y de pulsiones autoritarias. Hemos profundizado poco en cómo estos fenómenos dependen del rechazo a los pudores políticos. El rey de la Edad Media vivía sin la necesidad de vergüenza, condición de clases menores, cuando todos estaban abajo de él. La palabra del divino era suficiente privilegio, al punto en que podía hacerse escuchar por sus súbditos mientras se encontraba en sus abluciones nocturnas o excreciones matinales. Cortesanos replicaban lo dicho, su deber era con la corona y no con la sociedad. Lo impúdico de tales acciones quedaba para los no libres, los burgueses o los salvajes. Los fueros de los monarcas, en las paredes de sus palacios, se justificaban con la animosidad al pasado. El canto de la estirpe descansando sobre sus hombros. La verdadera aristocracia es la única que podía vivir sin vergüenza. Lo sigue haciendo, blindada desde una lejanía a lo social que le permite llamarse portadora de las inquietudes y humores sociales. Hay un muy mal entendido de la democracia cuando el siglo rescata imágenes propias de museo.

Políticamente, el pudor se basa en el respeto a los otros como iguales. Es decir, en el respeto como ciudadanos. Es un pudor que provoca y gestiona los límites de los que depende el diálogo: la verdad mínima, tanto sobre el pasado como acerca de las probabilidades en el futuro. No hay pudor en el político que tergiversa la historia con la intención de construir su propio relato, porque altera la verdad pública y del conocimiento de sus pares. No hay pudor en el gobernante al prometer fantasías, porque altera la verdad de las consecuencias. El atentado contra la dignidad escapa de la mirada del gobernante que se ve a sí mismo como un todo, al retirar la dignidad de una sociedad que lo escucha porque sólo su voz se escucha.

Las nociones contemporáneas del pudor son el cúmulo de los rechazos aprendidos y desaprendidos. En una sociedad administrada desde lo político —no desde lo sacro, no desde lo dogmático—, la apuesta por los códigos del pudor obedece a la funcionalidad y a la relación entre lo público y lo privado. Ignorarlo es decantarse por la barbarie, hacerlo por elección no es una barbarie ilustrada sino una barbarie desilustrada. Aquella que diluye las fronteras entre vicio y virtud y no sorprende cuando se enaltecen episodios ignominiosos de la historia de los países para beneficiar un proyecto de apariencia política.

El canon del pudor político actual tiene poco más de dos siglos desarrollándose; las nociones del bien y del mal ya no serán pecaminosas sino republicanas. La lucha entre instinto y razón, hasta ahora, se conducía bajo el autogobierno de la opinión por debajo del conocimiento. Entendimos impúdico que un médico mienta sobre sus pacientes cuando argumenta su creencia en una impresión de salud y lo forzamos a referir sólo el conocimiento sobre la salud. Hicimos impúdico mentir sobre los muertos de una catástrofe, sobre las razones de la desgracia, sobre la economía, sobre la vida privada de los personajes públicos, sobre la historia. Rechazamos lo impúdico en la compra de tiempo por parte de un gobernante, cuando lo que menos queda es tiempo. Hicimos impúdico que la prensa repita esas mentiras y las legitime con su recurrencia. Hicimos impúdico que el análisis de lo público parta de la intención, la convicción privada —tan personal como la fe— y no de la evidencia. O al menos así era "hasta ahora", como escribí líneas arriba.

Hay pudores cuyo destino indudable es remitirlos al arcaísmo, pero hay pudores a los que no tenemos derecho de relegar por el simple hecho de serlo. Son los pudores políticos que llaman a la responsabilidad, para no confundir la pérdida del miedo al ridículo con su adopción.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

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