Indispensable sarta de epígrafes:

Nuevas razones por las cuales los poetas mienten…
—H.M. Enzensberger

223 …y los más de ellos son falaces.
224 Sólo los extraviados siguen a los poetas.
225 ¿No ves que ellos van errantes en las destrucciones, en todas direcciones?
226 ¿No ves que dicen cosas que no hacen?
El Corán, azora 26.

Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades.
—Octavio Paz

Poetas, mentirosos, ustedes no se mueren nunca.
—Jaime Sabines

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.
—Fernando Pessoa

Muchachas que vienen al mundo:
No se fíen de la gente de libros…
—Canción anónima catalana

Cuando las damas preguntan: ¿Cuanto me amas?
La respuesta cristiana es cosi-cosi;
Pero los poetas no son divinidades célibes:
Si Dante hubiera dicho eso, ¿quién lo habría leído?
—W. H. Auden, en “La poesía más cierta es la más fingida”.

*

Los poetas no mienten, no pueden mentir, por los siguientes motivos:

• Son una mezcla de niño y borracho —quienes, como se sabe, siempre dicen la verdad. O bien, suponiendo que los niños y los borrachos mienten: aunque parezcan niños, los poetas son los únicos que, borrachos, no pueden mentir o “no pueden decir la verdad”: los poemas alcohólicos son malísimos.

• Tienen tan poco tiempo para escribir, que no les queda otra que decir la verdad o callar para siempre.

• Les salen forúnculos tremendos en donde les conté, y entonces tienen que escribir de pie (en atril) como Pessoa, o con llantitas atenuantes, como A.E. Houseman, o con emplastes de xilocaína, como W.H. Auden; y, como se sabe, bajo tortura uno siempre dice la verdad, y sólo la verdad, y a veces algo más que la verdad.

• El juez de paz les pregunta por segunda vez si de veras quieren divorciarse, y ellos dicen que tal vez no, y dicen verdad; y a la tercera vez, como a la primera, dicen que sí, y dicen verdad

• Son los únicos en las ciudades que responden “No sé” cuando alguien les pregunta cómo llegar a una calle cuya ubicación, en efecto, desconocen; a diferencia de los peatones y los choferes de taxis, que también desconocen las calles, pero en pos de la gloria literaria inventan rutas esotéricas y criptogramas viales, y sólo acarrean el extravío y la destrucción a los norteados.

• Cuando dicen “No tengo dinero”, es verdad.

• Cuando a eso de las ocho de la noche la mujer les pregunta: “¿Quieres leche? ¿Quieres agua de limón?”, en busca de la verdad ellos dicen: “No sé como qué se me antoja”, y ella huele la inminencia de la verdad y pregunta: “¿O vas a tomar cerveza?”, y ellos responden como posibilitados: “Ah, puede ser”, y entonces ella concluye: “Lo que quieres es un trago”, y así se logra el cumplimiento de la verdad.

• Sus madres acuñan o retoman aforismos como éste: “El que deja afuera a la mentira, también le cierra la puerta a la verdad”, y entonces ellos aprenden desde niños que en evitar esto, en el secreto de incluir a estas dos cosas, está precisamente la verdad de la poesía. De veras.

• En la comida del domingo el concuño les pregunta por cincuentava vez —las otras, en los domingos anteriores— cómo se llama el libro que acaban de publicar, y al responder ellos no faltan a la verdad; no dicen: “Es un libro que se llama El taco indisoluble o La magnesia biflorida o Las atemperancias del camarón o bien Proclamación de la chinampa”; tampoco dicen: “¿Cómo? ¿No has oído la canción de Yuri basada en mi poema ‘Caras largas’? Perdóname. ¿Cómo lo vas a oír si todavía no sale al público? Se me olvidó: es material de anticipo. Bueno, antes de que salga, te juro que te lo haré llegar con un mensajero de la disquera. ¿A dónde te lo mando?”. No, no dicen eso: es largo y penoso el camino de la verdad.

—A ver, dime la verdad —dice el compañero de preparatoria en la comida generacional—: Tú le escribiste eso a la Mickis Hernández.

—¿Qué le escribí —dicen ellos— a la Mickis Hernández?

—Eso, hombre. Eso de que la Mickis Hernández era la Mickis Hernández.

—Yo no me acuerdo de la Mickis Hernández —dicen ellos.

—Yaaa —y codea al otro—. Dice que no se acuerda de la Mickis Hernández.

—No mames —dice el otro—. Todos estábamos enamorados de la Mickis Hernández. Hasta tú, no te hagas. Son sabidos tus poemas a la Mickis Hernández. Mickis Hernández nos lo dijo.

Con lo cual queda perfectamente probado que aquí las mentirosas son las musas, y nunca los poetas.

• “La poesía debe escribirse con sangre, y cada poeta debe decir su verdad”:

—De acuerdo —dice el lector.

—La verdad, no estoy de acuerdo —dice el poeta—. Y faltaría a la verdad si dijera lo contrario.

• Al ver una jugada apretada dentro del área, ellos dicen: “Penalty”, objetivamente y sin exabruptos. La mitad de la gente grita: “Chinguen a su madre”. La otra mitad grita: “Pinches rateros”. Después de quince repeticiones televisivas desde todos los ángulos, después de analizar cada milímetro de pierna trabado en cada milímetro de la otra pierna, los locutores dicen: “Fue penalty. Es una verdad como una Catedral”. Y al día siguiente, el Jefe de la Comisión de Arbitros le dice al interfecto: “En el partido Tal y Tal, cómo se te fue marcar ese penalty”. Y el interfecto dice: “La verdad, no lo vi”. Y el diario Esto dice: “Qué vergüenza faltar a la verdad”. Y los poetas dicen, con el gesto solidario que da el tener que decidir siempre en un minuto de Verdad: —la poesía es siempre decisión de un minuto—: “Ya dejen en paz al árbitro. Nadie es dueño de la verdad”.

• Cuando la mujer les pregunta: “¿Me has engañado con otra?”, ellos responden: “La verdad, no”, pero como ellas han oído que los poetas mienten, preguntan otra vez: “¿Me has engañado con otra?”, y entonces ellos dicen: “La verdad, sí”, pero como ellas saben que ellos dicen la verdad, no pueden creer esto y vuelven a preguntar: “¿Me has engañado con otra?”, y entonces ellos dicen: “¿En qué colonia?”. Con lo cual la verdad cae por su propio peso, a juzgar por el hecho de que ellas ya no preguntan más.

• En la oscuridad de los cines se les descubre fácilmente por esto: cuando nadie se está riendo de lo que ocurre en la pantalla, y en el silencio se oye una carcajada, se trata de uno de ellos, ya que son incapaces de mentir o de esconder su debilidad por los chistes males o los retruécanos infumables.

• Como se sabe, quienes mienten son los otros; como esos mentirosos que afirmaban que Dante había estado en el infierno.

• Dice William Carlos Williams: “No todas las mujeres son Helena, pero Helena está en sus corazones”. Dice Borges: “Todas las mujeres son Beatriz”. Dicen Nietzsche e Italo Calvino: “Ariadna, te amo”. De modo que los poetas no mienten cuando dicen que Helena da clases en la UAM, que Beatriz se cae en la banqueta y se raspa feamente las rodillas, que Ariadna nunca sabe dónde dejó las llaves del coche.

• Hace años, en el Parque México, El Leches (el hijo de un lechero) era el hazmerreír colectivo porque juraba que había visto a Supermán. Sin embargo, a solas con él cada uno le iba preguntando seriamente cosas como “Oye ¿y la capa era del mismo color que en el cuento?”, “Oye ¿y la S del pecho era amarilla?”. Todo esto se debía a que El Leches había visto genuina y controladamente a Supermán; era el dueño de su visión, aunque al principio pareciera que su visión era la primera en manejarlo, en burlarse de él. Pues así con la poesía.

 

Luis Miguel Aguilar