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En algún momento de 1991 me invitaron a dar una plática en la Confederación Andaluza del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Al finalizar, el secretario de la confederación me llevó de vuelta al hotel. Le pregunté por qué había una atmósfera de abatimiento dentro del partido. Su respuesta: “Nos hicieron hablar un idioma que no era el nuestro”.

Tómese en cuenta que el secretario no evocó la reestructuración industrial de los ochenta, la cual redujo significativamente la base obrera del partido. Ni se refirió al surgimiento de la televisión, que disminuyó la importancia de la maquinaria partidista para movilizar a esa base. Tampoco notó las transformaciones culturales de la sociedad española, que le dio relevancia política a las nuevas dimensiones ideológicas. En cambio identificó la raíz de la transformación del partido en el lenguaje: el lenguaje que se esperaba que emplearan los líderes del partido para dirigirse a sus seguidores, interpretar públicamente el mundo y justificar sus políticas. ¿Cuál era este idioma que no era “nuestro”?

Ilustraciones: Izak Peón

Para contestar esta pregunta debemos remontarnos en el tiempo y aventurarnos más allá de España. Las palabras clave de los movimientos socialistas nacidos en Europa durante la segunda mitad del siglo XIX eran “clase trabajadora” y “revolución social”, donde ésta última llevaría a cabo la “meta final” de abolir el sistema de clases. Sin embargo, cuando los partidos socialistas empezaron a competir electoralmente y, por primera vez, ganaron poder parlamentario tras la Primera Guerra Mundial, las “metas finales” no bastaron para movilizar el apoyo electoral o para gobernar. Como líderes políticos, los socialistas tenían que ofrecer un programa con mejoras inmediatas a las condiciones de vida del público. Más aún, los socialistas aprendieron a diluir u oscurecer el lenguaje de clase para ganar elecciones. Mientras los comunistas continuaron adhiriéndose a la estrategia de “clase contra clase”, los socialistas formaron coaliciones y frentes destinados a atraer “al pueblo”.

Así nació el reformismo: la estrategia de avanzar hacia el socialismo por pasos, mediante la expresión electoral del apoyo popular. En la visión socialdemócrata del mundo no había un dilema entre reforma y revolución. No había nada extraño en el argumento del socialista francés Jean Jaurès de que “precisamente porque es un partido revolucionario […] el Partido Socialista es el más activamente reformista”. Más adelante señala:

No creo, tampoco, que habrá necesariamente un salto brusco, el cruce de un abismo; quizá seamos conscientes de que hemos entrado a la zona del Estado socialista como los navegantes se dan cuenta de haber cruzado la línea de un hemisferio —no es que hayan visto, mientras cruzaban, una cuerda estirada sobre el océano que les advirtiera de su paso, sino que poco a poco el avance de su nave los condujo a un nuevo hemisferio.

Pero incluso si alcanzar el socialismo se volviese imperceptible, el socialismo seguiría siendo la meta. La “revolución” se llevaría a cabo acumulando reformas.

Después del éxito de los socialdemócratas suecos en los treinta y tras la Segunda Guerra Mundial, el Estado de bienestar keynesiano institucionalizó un compromiso entre organizaciones de trabajadores y capitalistas a lo largo de Europa occidental. Abandonando gradualmente el marxismo, los socialdemócratas aceptaron el principio anunciado en el Programa de Godesberg del Partido Social Demócrata Alemán en 1959: mercados cuando fuese posible; Estado cuando fuese necesario. Los socialdemócratas debían administrar sociedades capitalistas con los objetivos de libertad, empleo y equidad. Y lograron mucho: fortalecieron la democracia política, introdujeron una serie de mejoras en las condiciones laborales, redujeron la desigualdad en los ingresos, expandieron el acceso a educación y salud, proporcionaron una base de seguridad material para la mayoría de las personas, a la vez que promovieron la inversión y el crecimiento.

Pero, al dejar intacta la estructura de la propiedad y permitir que los mercados asignaran recursos, la perspectiva socialdemócrata alimentó las causas de la desigualdad al tiempo que intentaba mitigarlas. Esta contradicción llegó a sus límites durante los años setenta. Mientras se superaban muchos viejos males, surgían otros. De hecho, la lista de problemas que debían resolver los programas socialistas a mediados de los setenta no era menor a la que había al iniciar el siglo XX.

Las limitaciones de la economía capitalista resultaron inexorables y las derrotas políticas significaban que las reformas podían revertirse. En la mayoría de los países de Europa occidental los gobiernos socialdemócratas buscaron desesperadamente respuestas que preservaran su compromiso con las “metas finales” frente a la crisis económica. Al principio de los setenta, los partidos socialistas desarrollaron nuevas políticas energéticas, esquemas de administración de los trabajadores y estructuras de planeación económica. Pero la derrota de James Callaghan frente a Margaret Thatcher en el Reino Unido en 1979, así como la salida de los comunistas del gobierno de François Mitterrand en Francia en 1984, fueron golpes fatales. El viraje de Mitterrand a la austeridad fue el acto final de renuncia frente a las restricciones nacionales e internacionales. Todo lo que quedó fueron sucesivas “terceras vías”.

La evolución de la socialdemocracia hasta el advenimiento del neoliberalismo ha sido documentada en extenso. La capitulación de la izquierda a la ofensiva neoliberal es más intrigante. Es revelador echar un vistazo a cómo los líderes socialdemócratas veían el futuro cuando advirtieron por primera vez la inminente crisis de su proyecto a largo plazo. Por fortuna expresaron sus miedos, esperanzas y planes. Es particularmente revelador un intercambio de cartas entre el canciller alemán Willy Brandt, el canciller austriaco Bruno Kreisky y el primer ministro sueco Olof Palme en vísperas de la primera crisis del petróleo en los setenta.

El intercambio incluye una serie de cartas y dos debates presenciales. Lo inició Brandt el 17 de febrero de 1972 y terminó con una conversación en Viena el 15 de mayo de 1975. Brandt se volvió canciller de Alemania en 1969, ganó la reelección en 1972 y dimitió en 1974. Kreisky se convirtió en canciller de Austria en 1970 y continuó sirviendo hasta el verano de 1983. Palme llegó al gobierno de Suecia en 1969, se fue tras una derrota electoral en 1976, regresó en 1982 y lo asesinaron en 1986. Por tanto, los tres estuvieron en el poder durante la mayor parte del tiempo de la correspondencia.

El intercambio tuvo lugar después del colapso del sistema Bretton Woods en 1971 y durante el comienzo de la primera crisis del petróleo de los setenta. La situación económica estaba cambiando de manera urgente. Entre octubre de 1973 y marzo de 1974 los precios del petróleo subieron un 300 %. El desempleo en los países de la OCDE aumentó de un promedio de 3.2 % entre 1960 y 1973 a un 5.5 % entre 1974 y 1981; la inflación creció durante los mismos periodos de 3.9 % a 10.4 %, y la tasa de crecimiento del PIB cayó de 4.9 a 2.4 %.

Brandt inicia el intercambio con un llamado a debatir los valores fundamentales del socialismo democrático. Citando el Programa de Godesberg, declara que el objetivo de los socialdemócratas es crear una sociedad “en la que todas las personas puedan desarrollar libremente su personalidad y cooperar en la vida política, económica y cultural de la humanidad como miembros de la comunidad”. Esta orientación transformadora encuentra eco inmediato en Palme: “La socialdemocracia es más que un partido encargado de administrar la sociedad. Nuestra tarea es más bien transformarla”. Kreisky, aún más específicamente, se refiere a la meta final: “Los socialistas […] quieren eliminar las clases y dividir equitativamente el producto del trabajo de la sociedad”.

Haciendo eco de Jaurès, los tres rechazan tener que elegir entre reforma y revolución. Para Brandt es una distinción artificial “porque nadie puede negar seriamente que todas las reformas que tienden a incrementar nuestra esfera de libertad contribuyen también a la transformación del sistema”. Palme rechaza la idea de una revolución violenta por “elitista”, asevera que el reformismo está basado en el apoyo de movimientos sociales, y que éste no es otra cosa que un “proceso para mejorar el sistema”. Kreisky tiene menos certezas sobre el efecto acumulativo de las reformas, pero también cree que “siempre hay un momento en que la cantidad [de reformas] se convierte en calidad”.

Los tres se preocupan por la relación entre los objetivos a largo plazo y las políticas actuales. Decididamente democráticos, condicionan el progreso de las reformas al apoyo popular y aceptan la cooperación con otras fuerzas políticas. Sin embargo, sea cual fuere su compromiso con las metas a largo plazo, son líderes de partidos políticos, con una responsabilidad de ganar elecciones. Son sumamente conscientes de que las personas condicionarán su apoyo a cosas del diario, no a objetivos lejanos en el horizonte; así que esto es lo que les preocupa. Como Palme señala:

Son los problemas de la vida cotidiana los que ocupan más a las personas […] La relación entre las ideas y las cuestiones prácticas debe explicarse […] no es suficiente decir: Hay que modificar el sistema. Todos los esfuerzos hechos en esta dirección deben dirigirse a solucionar los problemas humanos.

Y había problemas: la desigualdad en los ingresos y la concentración del capital se intensificaron, el desempleo crecía, los recursos naturales eran limitados y el medioambiente estaba bajo amenaza. “Tarde o temprano —escribe Kreisky— nos enfrentaremos al problema de qué tanto podemos guiarnos por nuestros principios en la política práctica”. A él le preocupan el surgimiento de las corporaciones multinacionales, los límites ambientales al crecimiento y la depreciación del trabajo manual. Las cartas ven hacia el futuro: los tres discuten las reformas estructurales que harían avanzar sus valores fundamentales.

El 2 de diciembre de 1973 los tres se reúnen para analizar las consecuencias de la crisis del petróleo. Brandt reconoce que constituye un punto de quiebre para los países industrializados y que requerirá enormes esfuerzos sobrellevarla. Kreisky es el primero en activar la alarma:

Hay algo que me parece muy importante: a saber, nuestra falta de previsión en temas de política social. Hay un avance particularmente peligroso. Se creía que crisis como la de principios de los años treinta no podrían repetirse. Sin embargo, ahora vemos cómo de un día a otro los acontecimientos políticos imponen una amenaza de proporciones globales a nuestra situación económica que, hasta hace unos meses, se habría pensado imposible […]. De pronto nos vemos frente a una situación cuya seriedad no puede minimizarse.

Palme reconoce la dificultad:

Le dijimos a la gente que ya gozaba de una situación próspera que las cosas serían mucho mejores para sus hijos y que seríamos capaces de resolver los problemas excepcionales. [Pero la nueva situación] presenta una tarea mucho más difícil de cumplir. Porque desde el momento en que no hay, ya, un excedente constante que distribuir, la cuestión de la distribución se torna considerablemente más difícil de resolver.

Brandt hace suyas estas preocupaciones, señalando que es esencial prevenir que la desigualdad aumente mientras el crecimiento se reanuda. Dieciocho meses después, durante otra reunión en persona, el 25 de mayo de 1975, Kreisky hace más explícita la restricción fiscal: “Es precisamente ahora que deben hacerse las reformas. La pregunta es ¿cuáles? Si desarrollamos políticas sociales vigorosas, no seremos capaces de financiarlas”.

Como resultado, buscaron desesperadamente una distintiva respuesta socialdemócrata. “La socialdemocracia —enfatiza Kreisky— debe encontrar su propia respuesta a la crisis de la sociedad industrial moderna”. Brandt rechaza la acusación de que “nos hemos vuelto un partido limitado a las maniobras tácticas. El programa de 1959 no nos separa de ninguna forma de los objetivos del movimiento obrero alemán e internacional”. Están de acuerdo en que algunas reformas —las de política social— se volvieron más difíciles, pero recalcan que las reformas que extienden la democracia al ámbito económico al introducir la coadministración de los trabajadores, así como nuevas políticas energéticas, ambientales y una mayor intervención del Estado en la economía, no son sólo posibles, sino necesarias. Mientras Palme medita que “el tiempo de una fe simplista en el progreso se ha ido irremediablemente”, busca también una nueva “tercera vía” entre el “capitalismo privado” y el “capitalismo burocrático-estatal de corte estalinista”, ofreciendo un detallado programa de reformas de once puntos. Y Brandt advierte que “el esfuerzo de reformar la sociedad no debe parar”.

Las reformas no pararon. Tras la dimisión de Brandt en 1974, su sucesor, Helmut Schmidt, prosiguió con las políticas de estímulo, aunque prestando cada vez mayor atención a las restricciones fiscales y reduciendo algunos gastos públicos, hasta que fue destituido en 1982 por una moción de censura en favor de Helmut Kohl. Palme perdió la elección en 1976, y regresó al gobierno en 1982, restituyendo la mayoría de los recortes a las políticas sociales que instauró el gobierno provisional, pero acentuando la contención salarial y abandonando las políticas keynesianas. Kreisky ganó numerosas elecciones y se mantuvo en el cargo hasta 1983, continuando la expansión de políticas sociales, particularmente en educación y salud. Así, aunque la sombra del déficit fiscal y de divisas moderó las reformas, el fervor reformista no se abandonó.

¿Qué haremos con este periodo? Como muestra la gráfica, el apoyo electoral a los partidos socialdemócratas y a la izquierda en su conjunto llegó a su punto máximo a principios de los ochenta y continuó su descenso desde entonces.

Gráfica

Son muchas las explicaciones sobre la pérdida de apoyo electoral a la socialdemocracia, pero no es mi objetivo examinarlas aquí. Los partidos denominados socialdemócratas o socialistas pueden tener mejores o peores resultados electorales; la cuestión de fondo es si el contenido de su visión cambió. Y en respuesta a la disminución de su base tradicional de trabajadores industriales, el surgimiento de la ideología neoliberal, la liberalización de flujos de capital y el subsecuente endurecimiento de las restricciones fiscales, y la necesidad de defender las monedas nacionales contra la especulación financiera, es indiscutible que el lenguaje de la socialdemocracia cambió fundamentalmente. Notamos el sentido de este lenguaje en las referencias de Brandt, Kriesky y Palme a las restricciones fiscales originadas por la crisis del petróleo. Lo escuchamos en la comprensión del primer ministro italiano Giuliano Amato de “la necesidad de equilibrar derechos sociales con estabilidad financiera”. Yo lo escuché de modo personal del expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, a quien le pregunté qué era lo que más lo limitaba como presidente, a lo que respondió: “El mercado”.

Estas restricciones son reales. El expresidente del gobierno español Felipe González me dijo una vez que la demanda de la peseta en 1986 le costó a España, en tan sólo unos días, el equivalente al presupuesto nacional para la salud. El lento crecimiento, la inflación, el desempleo, los grandes déficits fiscales y las crisis de la balanza de pagos no dejaron a los gobiernos socialistas mucho margen de maniobra.

El Tratado de Maastricht, que entró en vigor en 1993, pretendía ser una solución a estos problemas, pero se produjo a costa de atarles las manos a los socialdemócratas: con un límite del 3 % al déficit anual y del 60 % en la relación entre deuda y PIB, los estímulos keynesianos eran casi imposibles, y el aumento del gasto social tenía fuertes limitaciones. Mientras la derecha se movía a la derecha, la izquierda se movía aún más a la derecha, las políticas económicas de la centro-izquierda y la centro-derecha se volvieron prácticamente indistinguibles. Los socialdemócratas aceptaron la liberalización de los flujos de capital, el libre comercio, la disciplina fiscal y la flexibilidad en el mercado laboral; se abstuvieron, además, de las políticas contracíclicas y de emplear la mayoría de las políticas industriales.

Durante cincuenta años los socialdemócratas han creído que la equidad promueve la eficiencia y el crecimiento. En palabras del ministro socialdemócrata sueco Bertil Ohlin, los gastos sociales “representan una inversión en el instrumento productivo más valioso, la gente misma”. Sin embargo, de pronto, adoptaron la jerga neoliberal acerca de los trade-offs, o intercambios, entre “equidad y eficiencia”, entre “equidad y desarrollo”. El mundo se llenó de “dilemas” y “trilemas”. El sociólogo Anthony Giddens inventó hasta cinco dilemas (aunque ninguno tiene que ver con el sentido lógico del término). “El gobierno no puede hacer tanto”, coreaban los socialdemócratas haciendo eco de la derecha. “Responsabilidad”, una palabra clave en el léxico thatcherista, se movió del Estado hacia los ciudadanos como individuos. Como predicaba Giddens: “Se puede sugerir una máxima para la nueva política: no hay derechos sin responsabilidades”. Además de este giro lingüístico, los socialdemócratas se quedaron sin ideas. En el capítulo titulado no sin grandilocuencia “Un nuevo orden capitalista”, de su libro de 2010 Caída Libre: el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial, el economista Joseph Stiglitz insiste en las mismas reformas del periodo de posguerra: los gobiernos deben mantener pleno empleo y una economía estable, promover la inversión, proveer seguridad social e impedir la explotación. Eso en cuanto a lo “nuevo”.

En retrospectiva, la trayectoria que va de fines del siglo XIX hacia fines del XX parece cruda. El Congreso de La Haya de la Primera Internacional en 1872 proclamó que “la organización del proletariado en un partido político es necesaria para asegurar la victoria de la revolución social y de su fin último: la abolición de las clases”. El primer programa sueco especificaba que “la socialdemocracia difiere de otros partidos en que aspira a transformar por completo la organización económica de la sociedad burguesa y a la liberación social de la clase trabajadora”. Los socialistas iban a abolir la explotación, erradicar la división de la sociedad en clases, eliminar las desigualdades económicas y políticas, acabar con el despilfarro y la anarquía de la producción capitalista, erradicar todas las fuentes de injusticia y prejuicio. Iban a emancipar no sólo a los trabajadores sino a la humanidad, a construir una sociedad basada en la cooperación, a orientar racionalmente las energías y recursos hacia la satisfacción de las necesidades humanas, a crear las condiciones sociales para el desarrollo ilimitado de la personalidad.

Resultó que estos objetivos no eran factibles. Pero la perspectiva de transformar la sociedad se mantuvo durante cerca de cien años, incluso cuando era imperativo hacer frente a la crisis inmediata, aun cuando algunas ideas —particularmente la nacionalización de los medios de producción— se mostraron equivocadas, e incluso cuando los socialdemócratas experimentaron derrotas políticas. Esto es lo que desapareció a fines de los setenta. Al referirse a las reformas de los ochenta, Ama to reflexiona: “Poco a poco hemos reducido el gasto social más allá del punto en que permitía la continuación de los derechos sociales, hasta el punto en que los ha deteriorado”. González también es nostálgico: “Lo que me preocupa es que, en cierto sentido, la socialdemocracia murió de éxito. Murió porque no pudo comprender que la sociedad que había ayudado a crear no era la sociedad que exis tía cuando comenzó”. El historiador del partido comunista francés Roger Martelli opinando sobre el gobierno de Mitterrand es más amargo: “El problema recurrente de la izquierda al llegar al poder es el desfase. Cuando ésta llega al poder en 1981, la mayoría de los países de Occidente estaban experimentando la contrarrevolución neoliberal”.

El título del intercambio de Brandt, Kreisky y Palme fue La Socialdemocracia y el futuro. Pero ésta puede haber sido la última vez en que los socialdemócratas lucharon por mantener una perspectiva transformadora al tiempo que se enfrentaban a una crisis. Quizá los socialdemócratas transformaron tanto como pudieron; quizá tuvieron éxito en hacer irreversibles algunas de sus reformas. Se adaptaron a los cambios culturales, promovieron la equidad de género y tomaron conciencia de la inminente catástrofe ambiental. Nada en este ensayo pretende cuestionar sus logros. Pero cualquier visión de un futuro común hacia el cual orientar sus sociedades se desvaneció bajo el embate de los obstáculos inmediatos. Lo que dejó de ser “nuestro”, para el secretario andaluz, fue un lenguaje que no va más allá del programa para la próxima elección, un lenguaje que no guía a nuestra sociedad hacia objetivos de largo plazo. Y esto es lo que debemos recuperar.

 

Adam Przeworski
Politólogo. Es profesor titular en la Universidad de Nueva York. Su libro más reciente es: Crises of Democracy (Cambridge University Press, 2019).

Nota editorial: Este texto es la adaptación de un capítulo del próximo libro de Przeworski, Market Economies, Market Societies: Interviews and Essays on the Decline of Social Democracy (será publicado por Phenomenal World).

©Adam Przeworski. Reproducido con autorización del autor.

Traducción de Julio César González Moreno

 

Un comentario en “De la revolución al reformismo

  1. De la revolución al conformismo, diría yo; esta claro que los socialdemócratas se vendieron a los lobbyes del poder económico. Les fue más fácil estirar la mano y mirar hacía otro lado, que preocuparse por las necesidades sociales. Les resulto mas comodo volverse ricos y corruptos, apoyar solo las reformas que recortan derechos y aumentan obligaciones. Les resulto mas comodo joder a la sociedad que repararla.