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¡Qué difícil resulta la sencillez! Sea para expresarse, comer o hacer amistades. Elegir las palabras adecuadas, encontrar el momento apropiado para realizar un comentario o elegir un vino de acuerdo al gusto y al margen de la parafernalia retórica de la enología es complicado. No es posible escaparse de la red que tejen las tradiciones y el saber acumulado cuando se transforman en conocimiento y juicio canónicos. Es una utopía intentar mantener la conciencia y el oficio de la sencillez sin, a cambio, suprimir a quienes se hallan del otro lado de la línea. De allí que la comunicación sea en buena medida ruido, interrupción de la buena convivencia. Lo que para mí resulta un concepto sencillo de expresar, para otro es mala retórica o palabrería inentendible. Es común que, vía las palabras, se transforme la anhelada claridad en retorcimiento u oscuridad. Y pese a ello, uno debe practicar la sencillez expresiva incluso sospechando que quien se halla al otro lado de la línea es, en cierto modo, la deformación de uno mismo; si fuera lo contrario y el otro fuera totalmente otro, entonces estas palabras, las mías, no tendrían ningún sentido y el lenguaje sería una quimera ausente de mínima realidad y sentido. El otro, el que lee, escucha o nos soporta, es un yo deformado, una cosa que está en el mundo y a la cual nos une apenas un hilo que, sin embargo, puede transformarse en cadena.

Ilustración: Maricarmen Zapatero

Cuando décadas atrás leía algún libro de Mark Twain, por ejemplo, tenía la sensación de que yo me encontraba allí en esas páginas, que algo muy personal fluía en el caudal de palabras escritas por un extraño. La sencillez de Twain, me decía entonces, tendría que ser un valor que muy pocos lograban transmitir; no el mensaje inmaculado, sino la seducción de lo conveniente, la correspondencia intuida, la sencillez que debe extraerse de la complejidad que habita toda mente y todo suceso humano que acontece. En cambio, la necedad de explicarlo todo tornándolo opaco e incomprensible, se imponía la mayoría de las veces como un continuo descalabro.

La ausencia de lecturas es carencia de preguntas y, por tanto, balbuceo y mala retórica a la hora de responder a aquello que ni siquiera logramos esbozar por medio de palabras. El pensamiento es, sobre todo, lenguaje; el lenguaje expresado en palabras es una herramienta para crear códigos civiles. Estos códigos no podrían existir sin la palabra hablada, la escritura y la puesta en marcha del pensamiento que imagina leyes, acuerdos y relaciones de cualquier clase. Hemos olvidado que los libros son escalones de un edificio jurídico principalmente; además de ello son arte, furia, historia, consuelo y reiteración de fantasmas.

Edward W. Said insistió en que los intelectuales poseen una obligación: tratar de impedir las simplezas reduccionistas y los estereotipos que limitan el pensamiento y la comunicación humanas. El intelectual es todavía un bien de nuestra época y su sencillez un arma poderosa. En su persona el lenguaje y la imaginación se entrelazan para dar pie a la inteligencia, aun sea ésta pasional o positiva. Sin embargo, somos humanos y tenemos miedo, nos acecha la ignorancia y la muerte, la erosión del tiempo que socava la tranquilidad íntima, la amenaza constante de los vecinos y los bárbaros. Si uno relee a John Dewey estará de acuerdo con su convicción de que la filosofía posee un fin determinado: el progreso y la educación de los individuos para que se comprendan entre sí y logren convivir sin lastimarse. Es todo, no hay nada más que eso cuando el intelectual se halla atrapado en las redes de lo social, las costumbres o la comunidad.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, FandelliMis mujeres muertas y Mariana Constrictor

 

6 comentarios en “Intelectual

  1. “Los libros son escalones de un edificio jurídico principalmente.” Me puede explicar lo que quizo decir. Hasta los perros saben que el lenguaje humano es tan complejo que nos perdemos en galimatías.

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