La versión indígena de la historia

MITO Y RITUAL

Victoria Reifler Bricker: El Cristo indígena, el rey nativo. El sustrato histórico de la mitología del ritual de los mayas. Traducción de Cecilia Paschero. Fondo de Cultura Económica, México, 1989. 528 pp.

El Cristo indígena, el rey nativo, la versión española del libro que Victoria Reifler Bricker publicó originalmente en inglés en 1981, se inscribe en la mejor tradición de la investigación académica norteamericana sobre Mesoamérica. Es una obra erudita que continúa los grandes estudios norteamericanos que se iniciaron después de la Primera Guerra Mundial y tuvieron una época de auge y consolidación entre 1950 y 1970.

Siguiendo los pasos de las obras fundadoras de Frank Cancian, Howard F. Cline, Robert S. Chamberlain, Munro S. Edmonson, George M. Foster, Gary H. Gossen, Calixta Guiteras, Robert Redfield, Ralph L. Roys, France V. Scholes, Silvanus G. Morley, Eric Thompson y Evon Z. Vogt, el libro de Victoria Reifler Bricker revisa y ordena el conocimiento alcanzado sobre la historia y la etnología dedicada a los mayas, da a conocer documentos ignorados, propone nuevos enfoques y abre caminos no transitados para la comprensión de uno de los pueblos indios más vitales y creativos de América.

En El Cristo indígena, el rey nativo están condensadas las cualidades que hoy distinguen a la investigación académica estadunidense: acopio exhaustivo de las fuentes relativas al tema; revisión y ordenamiento sistemático del conocimiento existente; confrontación de ese conocimiento con los nuevos métodos y teorías desarrollados por la etnología y la historia; planteamiento preciso de los problemas que se pretende esclarecer y de los métodos propuestos para alcanzar ese objetivo; presentación coherente de los resultados de la investigación, acompañada de los documentos y el aparato erudito que la sustentan. A estas cualidades el libro de Bricker añade dos, que lo convierten en una obra innovadora.

Hacia finales de la década de 1960 se manifestó una reacción contra el enfoque fotográfico que dominaba en los estudios antropológicos, que en su mayoría se limitaban a registrar lo ocurrido en una población en un periodo temporal breve (el tiempo en que el etnólogo convivía con la comunidad estudiada), sin relacionar ese presente con el pasado. A partir de esos años cobraron fuerza los estudios etno- históricos que buscaban unir los métodos de la etnología con el análisis del cambio de los grupos étnicos en el tiempo, es decir, en la historia. En regiones como la península de Yucatán y Chiapas, donde los vestigios de las antiguas civilizaciones convivían con la presencia y la cultura viva de sus descendientes étnicos, era un contrasentido visible el que la arqueología marchara separada de la etnología, y ésta de la historia. En 1972 Howard F. Cline, un promotor de los estudios etnohistóricos, decía: «concebida idealmente y cuidadosamente escrita, la etnohistoria tiene una misión independiente, tan válida como la que cumplen la arqueología o la etnología: la de mostrar la dinámica social, los procesos, las adaptaciones, los rechazos, los sincretismos y otros aspectos que se dieron en los 400 años que comprenden los periodos colonial y nacional».(1)

Desde esos años los etnólogos se afanaron por recobrar la dimensión temporal en sus análisis, pero sólo el libro de Bricker ha logrado alcanzar ese ideal con plenitud. El Cristo indígena, el rey nativo es un estudio histórico profundo. Comienza con la conquista de la península de Yucatán, los Altos de Chiapas y Guatemala, la región donde los españoles encontraron a los pueblos mayas y conocieron la más recia oposición a la dominación extranjera. Narra la conquista de los itzaés, los quichés, los cakchiqueles, los manches, los mopanes, los chiapas y los lacandones, y a través de estos enfrentamientos muestra la política de «pacificación» y penetración adoptada por los españoles, y reúne testimonios que dan a conocer la versión indígena de la conquista. Sigue a esta parte un estudio novedoso sobre una sucesión de milagros y rebeliones indígenas ocurridos en territorio maya, entre los cuales destacan los movimientos religiosos que produjeron los cultos de la virgen en Zinacantán (1708) y Santa Marta (1711-12), los milagros de Chenalhó (1711) y la aparición de la virgen de Cancuc (1712-1713), otro movimiento nativo inspirado en los anteriores que culminó en una revuelta contra el clero español, impuso santos indígenas, un culto y un sacerdocio propios y llevó a los indígenas a crear un ejército y un gobierno autónomo, con autoridades indígenas pero diseñado según el modelo español.

Cincuenta años más tarde ocurrió la rebelión de Quisteil (1761), encabezada por el legendario Jacinto Canek, que al igual que los anteriores movimientos se asentó en un sustrato religioso, con la modalidad de que las reivindicaciones contra los españoles culminaron en la coronación de un rey indígena, de quien se decía que con artes mágicas habría de derrotar a los blancos y restaurar el gobierno indígena entre los mayas. En 1820 los indios de los distritos de Totonicapan, Huehuetenango y Quetzaltenango, en Guatemala, amparados en la Constitución española de 1812, se negaron a pagar los tributos que les exigían los funcionarios locales. Su actitud provocó una represión contra los cabecillas y más tarde una insurrección general en toda Guatemala. En esa ocasión corrió el rumor de que Anastasio Tsul, el jefe indígena que asumió la dirección de este movimiento, se había coronado rey.

Tres décadas más tarde se inició en la península de Yucatán el movimiento indígena conocido como Guerra de Castas, que como todos los que describe el libro de Bricker, se asentó en un núcleo religioso. Pero como este movimiento no fue reprimido en sus inicios, se convirtió en el movimiento rebelde más extendido en la zona maya y en el más duradero: entre 1847 y 1901 logró crear una sucesión de líderes mayas, un ejército indígena nutrido y organizado y una nueva religión con su propia iglesia, clero y culto. En sus orígenes, como en los inicios de los otros movimientos estudiados en este libro, intervinieron factores económicos, políticos y sociales. Pero como ya había ocurrido en el pasado, estas causas variadas se concentraron en el conflicto étnico, en la oposición irreductible entre los intereses del grupo ladino dominante y los intereses y aspiraciones del grupo indígena maya. El cemento que unificó las reivindicaciones económicas, políticas y sociales de la rebelión maya fue, como en todas las rebeliones indígenas anteriores, la religión: el culto y la organización religiosa alrededor de la famosa Cruz Parlante, el símbolo que creó una iglesia indígena y unificó a diversos grupos mayas de la península, quienes se autollamaron cruzob, es decir, soldados y seguidores de la Cruz. La creencia de que la Cruz habría de protegerlos en las batallas, más las armas modernas que incorporaron en sus ejércitos, permitieron a los cruzob resistir los embates de la «reconquista» durante más de cincuenta años. Como señala Victoria Reifler Bricker, «un ejército indígena guiado por una Cruz Parlante resultó ser una combinación invencible. Ninguna otra rebelión nativa del nuevo mundo alcanzó semejante éxito» (p. 227).

La «Guerra de Santa Rosa», ocurrida en los Altos de Chiapas entre 1867 y 1870, es el último movimiento indígena revitalizador que se estudia en esta obra. Como lo indica su nombre, su propósito era el establecimiento del culto de Santa Rosa, y fue un movimiento similar a los cultos de la virgen ocurridos en Zinacantán, Santa Marta, Chenalhó y Cancuc a principios del siglo XVIII.

El movimiento religioso de Santa Rosa se originó alrededor de tres piedras caídas del cielo que tenían el poder de hablar y fue dirigido por Pedro Díaz Cuscat, un indio chamula. El culto a las piedras parlantes se convirtió en un culto a Santa Marta, dirigido y celebrado por los propios indígenas, hasta que las imágenes que habían fabricado les fueron confiscadas. Entonces Pedro Díaz Cuscat exhortó a los nativos a dejar de venerar las imágenes de los ladinos y les dijo que en lugar de rendirle culto a los dioses blancos debían crucificar a individuos de su propia raza para luego poder venerarlos como dioses indígenas. Según Vicente Pineda, un cronista ladino que escribió un relato sobre estos acontecimientos, el viernes santo de 1868 un niño de diez o doce años, llamado Domingo Gómez Checheb, fue crucificado por los chamulas.

Más tarde, con ocasión de la fiesta de Santa Rosa, Cuscat organizó un culto alrededor de Agustina Gómez Checheb, quien personificaba a Santa Rosa. Cuscat se transformó en sacerdote, nombró sacristanes, acólitos y mayordomos entre los propios indígenas, diseñó un nuevo vestuario para la santa y para él, formó un grupo de consejeros indígenas y designó nuevos santos patronos en los pueblos.

Cuando llegó a este punto, el movimiento fue reprimido y sus promotores encarcelados, lo que a su vez provocó una rebelión indígena semejante a la de Cancuc en 1712. Sin embargo, como en el caso de la Guerra de Castas, el movimiento de Santa Rosa logró crear un sacerdocio nativo y una libertad religiosa que perduró por más de un siglo.

Esta historia fascinante en la que se suceden los milagros, donde los santos y las vírgenes católicos adoptan el rostro y la vestimenta indígenas, y en la que el movimiento religioso se convierte en un generador de lideres, cultos, iglesias, ejércitos, gobiernos y reivindicaciones indígenas, por primera vez es vista en este libro como una serie de acontecimientos que revelan la concepción que los indígenas tenían de su situación y de los conflictos fundamentales que los oponían a sus opresores. Dicho de otra manera, es una interpretación de las resistencias y sublevaciones indígenas hecha a partir de las motivaciones profundas de la mentalidad indígena. La decisión de escribir esta historia desde el punto de vista indígena, otra gran virtud del libro de Bricker, va unida a su esfuerzo notable por reinterpretar una historia mitificada por los vencedores o distorsionada por la concepción occidental de la escritura de la historia. Por ello cada uno de los capítulos dedicados a estos movimientos somete a riguroso examen crítico las versiones anteriores y nos ofrece otra manera de interpretar la historia del conflicto étnico que se inició con la conquista española y sigue presente en nuestros días. Con toda razón dice Bricker que su obra acabó por ser «una crítica a la historiografía sobre los mayas». Y hoy, a menos de diez años de su publicación original, se ha convertido en la obra crítica más eficaz de las nuevas interpretaciones ideológicas de la historia indígena y los conflictos étnicos.(2)

De Mircea Eliade a Claude Lévi-Strauss, casi todos los estudiosos del mito han afirmado que el relato mítico se caracteriza por su atemporalidad, por ser un discurso que no se ubica en ningún momento preciso de la temporalidad, pues como dice Lévi-Strauss «explica el presente y el pasado tanto como el futuro», y porque al contrario del relato histórico que se refiere siempre a hechos, acontecimientos y personajes individuales y precisos, el mito describe arquetipos o conductas y acciones paradigmáticas, que no se ubican en un lugar y un tiempo específicos. En contra de estas interpretaciones, el libro de Bricker postula que los mitos y los rituales de los pueblos mayas de los Altos de Chiapas, Guatemala y la península de Yucatán tienen una base histórica, que surgieron de hechos y acontecimientos históricos efectivamente ocurridos. Dice la autora: «uno de los inesperados resultados de mi investigación ha sido el descubrimiento de que muchos elementos de la mitología y del ritual mayas aparentemente aborígenes, tienen en realidad un origen (histórico) posterior a la conquista, y que es posible determinar con toda precisión cuándo y, lo que es más importante, por qué se volvieron parte de la mitología y del ritual». (p.9)

Esta tesis atrevida es otra de las novedades que hacen de El Cristo indígena, el rey nativo un libro innovador. Se sustenta en un extraordinario análisis etnológico de las danzas de la conquista y las ceremonias que se representan en las festividades del carnaval y la Semana Santa que se celebran actualmente en San Juan Chamula, Chenalhó, Zinacantán y los altos de Guatemala, y en los cultos que escenifican el drama de la pasión de Cristo en varios pueblos mayas.

A través de un análisis minucioso y complejo de la iconografía, el vestuario, las danzas, los personajes, las máscaras, el escenario, el lenguaje, la tradición oral y la historia local, regional y nacional, Bricker descubre con un asombro creciente que logra comunicar a sus lectores, que en los ritos y dramas indígenas del carnaval y la Semana Santa se representan acontecimientos históricos efectivamente ocurridos pero difíciles de reconocer a primera vista porque aparecen mezclados, trastocados en el tiempo y el lugar y también los personajes que los representan. Por ejemplo, su análisis esclarecedor descubre que la fiesta del carnaval en San Juan Chamula dramatiza los siguientes sucesos históricos: 1) la Conquista de México (incluyendo a Chiapas) por los españoles durante el siglo XVI, 2) la Revuelta de Cancuc de 1712, 3) la intervención francesa de 1862-1867, 4) la rebelión chamula de 1867-1870, 5) el litigio fronterizo del siglo XIX contra Guatemala, 6) la insurrección de Pineda de 1920, y desde luego, 7) la Pasión de Jesucristo» (p. 259). Lo sorprendente es que estos siete sucesos son dramatizados como uno solo en el ritual del carnaval. Y más sorprendente aún es el descubrimiento «de que todos los sucesos dramatizados durante esta fiesta tienen en común el tema del conflicto ét- nico. Los pueblos difieren en cuanto a las luchas y antagonismos que representan durante el carnaval y respecto de los símbolos que eligen para representarlos. Pero la estructura subyacente en cada caso corresponde a un conflicto étnico: guerra, muerte, violación, soldados, armas… y la división de las gentes en dos grupos: los conquistadores y los conquistados. El rito del carnaval es un drama histórico, pero en el cual la historia del conflicto étnico es tratada mediante símbolos. Lo importante en el conflicto étnico ritualizado no es el orden de los acontecimientos históricos, sino el mensaje que transmite su estructura» (pp. 254-55).

El Cristo indígena y el rey nativo, los dos conceptos que le dan título a este libro, son dos temas centrales a través de los cuales se ratifica la voluntad crítica y desmitificadora que recorre la obra de Bricker. Juan de la Cruz fue uno de los primeros impulsores del culto de la Cruz Parlante que surgió durante la Guerra de Castas de Yucatán, y según los intérpretes tradicionales de este rebelión, era un impostor que se hacía pasar por Jesucristo. Es decir, para los españoles y los ladinos, «todos los Jesucristos indígenas mayas eran mentiras y engaños y, por ende, mitos».

Sin embargo, gracias al análisis de documentos mayas de la época, Bricker demuestra que desde 1850, es decir desde el inicio de la Guerra de Castas, Juan de la Cruz se asumió como Jesucristo, y con esa identidad escribió y dirigió sus mensajes a los cruzob o seguidores de la Cruz, quienes también lo aceptaron como tal. Así, al actuar como si fuera el Jesucristo nativo, Juan de la Cruz hizo a un lado la jerarquía y la tradición religiosa dominada por los ladinos, y puso del lado de la causa indígena al Jesucristo bíblico y al Jesucristo real que él representaba ante los ojos de sus seguidores. Victoria Reifler Bricker explica que «los cabecillas de las rebeliones indígenas del siglo XIX en los Altos de Chiapas y en la península yucateca trataron de revitalizar su cultura mediante una adaptación de símbolos católicos a la experiencia nativa. En ambos casos se «indigenizó» el concepto de la Pasión: Jesucristo se transformó en un indio, y «ladino» pasó a ser sinónimo de judío (p. 305)

Bricker concluye su obra afirmando que la estructura de los mitos y rituales mayas está definida por el conflicto étnico entre indígenas y españoles o ladinos, y que esta estructura es resultado, en primer lugar, del nativismo, o sea el «intento organizado de una sociedad para revivir o perpetuar determinados aspectos de su cultura». En segundo lugar, del sincretismo, que define como «la integración y elaboración posterior de aspectos escogidos de dos o más tradiciones históricamente distintas». Y en tercer lugar, de una concepción cíclica del tiempo compartida por los pueblos mayas. Así, «puesto que la historia se repite a sí misma, todos los conflictos étnicos pueden reducirse a una estructura común que sirve de paradigma epistemológico para comprender nuevos conflictos étnicos cuando éstos surgen» (p. 377). En este sentido el mito o la profecía son para los mayas una teoría del conocimiento, un modelo y un paradigma para interpretar los acontecimientos que se repiten. Es decir, siguiendo una de las viejas y buenas tradiciones de la antropología, Victoria Reifler Bricker concluye su libro con una propuesta teórica acerca de las estructuras profundas que subyacen en la mitología y el ritual de los pueblos indígenas.

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Publicado en: 1989 Noviembre