La señorita Florencia, personalidad y figura pública del país durante los últimos diez años, entró muy digna a morirse en el Hospital Testigos del Reino de Dios. Bella y alta, con su gran cabellera rubia, exigió total privacidad y respeto a sus creencias.

La gran pitonisa, como le llamaban, no quiso someterse a ningún examen, operación o droga que le prolongara la vida unos días más. Ella sabía que quería morirse un lunes, sin ser tocada por médicos y, mucho menos, desnuda. ¿Qué podrían hacerle esos hombrecillos vestidos de blanco, si todos a lo largo de su carrera habían desfilado por su consulta para que ella, la gran psíquica, les dirigiera su vida? No y no. Se negó rotundamente a ser desvestida, rasurada y rajada por los bisturís. “A mí que me lleve Dios completita al cielo”. Por lo tanto, desde el Director del Hospital hasta los asistentes, tuvieron que conformarse con verla hacer lo que le diera la gana. Total, se iba a morir cualquier día; seguro que el cáncer de garganta le llegaba ya a los senos (cosa que tampoco quiso que le vieran, porque juraba ante Dios que nadie se los había visto y pensaba seguir igual hasta la sublime elevación final). Así que daba lo mismo el hecho de que tomara por toda medicina sus frasquitos azules, bebedizos hechos con plantas maceradas de Brasil y Colombia. La señorita Florencia se convirtió de un día para otro en la guía espiritual, primero de su sala y luego de todo el hospital. ¡Era tan reconfortante tenerla allí en el momento justo! Para aliviar el dolor, para olvidar las penas. Sonriente, tenía tiempo para todos.

Caminaba despacio, ataviada con sus vestidos de futuróloga por debajo de la bata amarilla que, eso sí, el director le había exigido que se pusiera.

No había dejado de maquillarse un solo día: sobre los párpados las rayas negras le llegaban casi a la sien, eran su sello, como lo era también el abundante pelo amarillo, envidia de todas las enfermeras. Unas la comparaban con una santa, otras con Marilyn Monroe.

Todas se desvivían por ella, llevándole tecitos a las horas prohibidas, jugándose el empleo al meterse entre las faldas latas de melocotones o paquetes de cigarrillos mentolados. Porque eso sí tenía la Señorita Florencia: era una gran fumadora.

Por las noches abría la puerta de su habitación a todo aquel que quisiera jugar a las cartas: ron, póker, veintiuno, canasta, lo que fuera.

Había mandado traer de su casa la mesa de trabajo, colocándola junto a la ventana con el mazo de cartas en el lugar que antes ocupaba la esfera de cristal sueco, regalo de un alemán cliente suyo, pago de un favor, como llamaba misteriosamente a sus trabajitos especiales contra el mal de ojo, fuera por amor o por envidia. Hasta la madrugada se escuchaban las carcajadas de los enfermos médicos y enfermeras enfiebrados en el juego. En esa habitación, la número treinta y tres, escogida cuidadosamente por la señorita Florencia, ya que tenía mucha fe en ese número, jamás la gente volvió a reírse tanto. De hecho ahora ya no es habitación, la remodelaron para soda, colgando un retrato de la dama sobre el mostrador. Pero, incluso así, las risas no son las mismas.

Y es que la señorita Florencia fue todo un personaje. Había sido modelo de revista y luego maestra de escuela, antes de descubrir “su verdadera vocación”. A quienes con más agrado contaba cómo había sido el descubrimiento de “su verdadera vocación”, era a los tres enfermos de S.I.D.A.: pese a las órdenes de los médicos, se escapaba para ir hasta aquella habitación prohibida, una o dos veces por semana, a contarles historias y darles masajitos en la espalda. Realmente era una santa.

Fumando sentada sobre la cama, con los ojos entornados como en el más allá, contaba cómo un verano en playas de Tamarindo se le apareció la imagen de la Virgen de Los Angeles: “Era de noche y sobre la superficie del mar la vi vestida de blanco, con su pelo fino como la espuma. Ella me comunicó el mensaje. Después me desmayé y me encontraron al día siguiente tirada en la playa. Desde aquel día fui otra”. Al final del testimonio todos los enfermos suspiraban y se convertían.

Las noches que no jugaba al póker tenía la costumbre de bajar hasta el sótano, donde se encontraba la morgue. Esto lo descubrieron tiempo después, ya que había dejado señales de lápiz de labios en la boca de más de un muerto y, con aceites olorosos, había trazado cruces en la frente de la mayoría. Quería ayudar a todos orientándolos en su camino hacia la casa del Señor. El Director del Hospital no se lo perdonó. Cerró las puertas de la morgue con llavín de seguridad y puso un guardia en la entrada. Le dijo que si no se daba cuenta que podía contagiar de pestes a los demás enfermos, luego le gritó loca, necrófila y desvirolada.

Desde ese día todos, incluyendo a los porteros, le quitaron el saludo al Director. Gracias a esto, y a otros motivos que no vale la pena mencionar aquí, renunció a los seis meses.

La señorita Florencia era tan buena, que hasta a la C.C.S.S. le hacía sus trabajitos: los sábados les vaticinaba el número de emergencias que iban a tener durante la semana e incluso llegó a vaticinar el “triple choque de Mayo”, como le llamaron los periódicos, con el número exacto de víctimas. Desde ese día, todo el personal de emergencias esperaba con ansias sus predicciones, antes de preparar las salas y repartirse los turnos de trabajo. Lástima que durara tan poco. Tan sólo estuvo interna tres meses, pero su recuerdo aún vive en la mayoría de los costarricenses y en especial en la gente que vivió durante todo ese tiempo en el hospital, y más aún en aquellas niñas que nacieron durante esos meses. Todas, sin excepción, se llaman Florencia.

Una de las cosas que más nos maravilló, aparte de su gran capacidad como psíquica y de su amor por los demás, era su increíble suerte. Si no ganaba en el póker era porque se dejaba ganar, lo mismo que en los otros juegos. Y cómo iba a ser de otra manera, si todo lo adivinaba. Los primeros en descubrir su truco fueron los médicos de ginecología, que eran los más perspicaces, al contrario de lo que se creía. Empezaron a observar que los ojos se le achinaban y se le formaba una sonrisa quieta; a partir de ese momento, la suerte cambiaba y era ella la única que perdía. Fueron muchos los que apostaron fuerte en el momento en que supuestamente se “achinaba”, pero jamás ganaron a no ser dejándose llevar por el ritmo natural de la partida. Era imposible competir con ella.

Otro de sus pasatiempos era comprar lotería, pedacitos sueltos que nadie cambió. El día de su muerte tenía en la cartera sesenta y cinco premios de diez mil colones (tres de los cuales habían ya expirado) y el premio mayor de la lotería instantánea en la mano, cien mil pesos que fueron donados al Hospital de Niños, según las indicaciones que había dejado en el reverso del billete.

Nadie entendió cómo no se quejaba, ya que los médicos decían que esa era una de las agonías más dolorosas; ni siquiera tomaba calmantes, sólo sus frasquitos azules. Tampoco bajó de peso y mucho menos se demacró. Murió como había querido: digna e intacta. Incluso el último día se bañó sola, vistiéndose y peinándose como siempre, aumentando el volumen del pelo en la parte superior de la cabeza con crepé, práctica en la que empleaba veinte minutos con los brazos levantados. Sólo Dios sabe de dónde sacó fuerzas.

Florencia Carrillo López falleció un lunes a las diez de la mañana, rodeada de aquellos que tuvieron la suerte de entrar en la habitación. Todos hubieran querido estar allí, todos menos los dos sacerdotes que trabajaban en la capilla y que se habían dado a la tarea de resaltar lo impía y demoniaca que resultaba su presencia. Era un anticristo en forma de mujer que quebrantaba la moral de pacientes y empleados, fomentando un culto pagano que favorecía los encuentros ilícitos entre hombre y mujer, fueran gonorreicos, mancos o estériles.

Vestida con su túnica morada, expiró dulcemente, teniendo el rosario de los monjes israelitas en su mano derecha y el billete de la lotería en la izquierda. No hubo quien no se emocionara ante semejante fin de ópera. Las mujeres cantaban y lloraban; los hombres, frenéticos, aplaudían mientras susurraban oraciones. La fila se formó espontáneamente, todos querían darle un beso en la mano, tocarla por última vez, untarse de su santidad en la frente y las manos. Hasta el Director hizo fila. Implorando su perdón, se arrodilló a sus pies.

Las enfermeras compraron lazos negros y el Hospital se llenó de coronas florales. Una banda fúnebre tocaba por los pasillos en el momento en que el comité encargado de prepararla para su último viaje entraba en la habitación. Llevaban un hermoso vestido blanco, como corresponde a una señorita, y un velo de tul celeste, como tendría de seguro la Virgen de Los Angeles.

Entraron en silencio, para no molestarla. Una mujer como la señorita Florencia nunca muere, con sus poderes de santa oye y bendice. “¡Vida eterna para la Niña Florencia!”, dijo al entrar la más vieja, y las demás contestaron “así sea” y “así sea” respondieron todos en el pasillo.

El milagro sucedió cuando le quitaron la sábana y un rayo de luz extraordinariamente luminoso le dio en la cara. Todas se santiguaron, pensando que serían las únicas que la verían desnuda. Era tan bella, tan grande, que no pudieron evitar quedarse unos minutos contemplándola antes de quitarle el vestido, lleno de estampitas de la Virgen del Socorro y del Corazón de Jesús, sujetas con gacillas y alfileres.

Las primeras en ver el milagro fueron las dos enfermeras que estaban en la parte inferior de la cama subiéndole la falda. Atónitas, contemplaron unas piernas robustas, unas caderas estrechas coronadas por un impresionante montículo.

Después imitaron el gesto las enfermeras que, en la cabecera de la cama, le sujetaban los brazos para que le pasara el vestido, al contemplar, debajo de un sujetador con relleno, un torso ancho y plano, liso como el de un muchacho.

“¡Dios bendiga a la señorita Florencia, se ha convertido en Jesús!”, gritó la enfermera más joven. Las demás se miraron incrédulas durante un segundo y rápidamente le pusieron la mortaja.

literal-5606