Leo en el «Crucero» de nexos 141 que Rafael Pérez Gay, con todo y su voz narrativa, está encerrado en un infierno de equívocos y homonimia; veo que yo estoy encerrado en un crucero de Pérez Gay.
Para no hacer el cuento largo, hace poco un amigo recordó una frase de Renato Leduc en sus últimos años: «Todas las mañanas me levanto a ver si está mi esquela en el periódico». Pues yo, sin deberla ni temerla -o mejor dicho: empezándola a deber y temiéndola muchísimo- me encontré una mañana con mi propia muerte en el periódico Excelsior; ante la noticia del deceso, sólo tuve ganas de ponerle algo de «piquete» a mi café matutino y sumarme al velorio, a «llorar por mi cadáver un buen rato» como dice Jaime Sabines, a quien Pérez Gay (Raphael) no cesa de citar. El aviso de mi defunción es el siguiente:
Junto con mi muerte, no dejó de impresionarme la ratificación de que había muerto, también, de «mal de imprenta»: pusieron «Aguilar» antes de «Miguel». (¿O sea que hasta la muerte nos seguirá esta maldición tipográfica? ¿O sea que hasta en la tumba uno manda un texto de Borges y lo que le devuelven impreso es el aviso oportuno?) Pero, en efecto, era yo: los legos en mi vida privada deben saber que a mí, en el fondo, me dicen «El Güicho», y durante años fui famoso y querido entre mis amigos no por lo que escribía, sino porque organizaba lo que el tiempo llegó a conocer como las «Noches Chetumaleñas»: guaro -«chupe» en defeño vulgar-, música (de tocadiscos, por supuesto), y mujeres (las nuestras, por supuesto); estas Noches se llevaban a efecto todos los viernes en los altos de la Avenida México 15, en un cuarto de madera construido efectivamente por un carpintero chetumaleño, y conocido como El Palomar. Cuánto no habrán disfrutado, pensé, estos gañotes aventureros con aquellos ágapes como para triplicar cada noche, y convertir en 30 años míticos a los 10 de facto que duraron esas reuniones vernáculas o venusinas: viernes en todos los casos.
Ya en la muerte, sabida por esquela, supe también que mis amigos no me dejarían morir. Tuve, por lo demás, la decencia de no intentar ningún cuento ingeniosísimo al respecto, de los que atestan las mesas de los talleres literarios y los buzones de las revistas y los periódicos, y que empiezan indefectiblemente con un cadáver fresco que narra su historia en primera persona, y en el velorio ve a la tía Juana, y al cuñado Ernesto, y a la esposa Conchita como nunca antes los había visto. Pero los profanos en esa materia llamada yo mismo -y materia sujeta a la declinación y el ultraje del tiempo y la enfermedad, como lo prueba mi esquela- deben saber que no soy tan pudoroso. Si no escribí ese cuento es por dos razones: primera, porque no hago cuentos, y segunda, porque ese cuento ya lo había escrito del mejor modo Holloway Horn, al que sólo conocerían sus amigos -y no creo que le hubieran negado una esquela como la mía, para salvarlo de la fosa común que es el olvido- de no ser porque lo conocían Borges y Bioy Casares y lo incluyeron en su Antología de literatura fantástica. El cuento se llama «Los ganadores de mañana» y fue escrito hacia 1927, aunque hoy sería pasto argumental de «La dimensión desconocida», «Galería nocturna», «Hitchcock presenta», «Historias de misterio» o lo que venga. Un hombre, fanático de las carreras de caballos, se encuentra a un viejo que le ofrece el periódico de mañana en el que vienen los ganadores del día siguiente. Hace sus apuestas y gana, en efecto -quién diría que «Bala Perdida» iba a hacer la chica en la tercera-, y de regreso en el tren hojea el periódico de mañana y encuentra la noticia de su muerte, o mejor dicho, la muerte del actor conocidón que iba en el mismo tren que él. El infarto inmediato le evita al personaje la muerte por descarrilamiento. Pero, como la muerte, esas son casualidades inducidas, pura literatura, no como lo que a mí me ocurre todos los días en este crucero de Pérez Gay (Raphael) en el que estoy encerrado.
Todo comenzó por el tiempo en que yo hacía unas aciagas notitas de libros para el diario uno más uno, recién inaugurado Cuando a la tía Carmelita le preguntaban quién era el novio de su sobrina, ella decía, refiriéndose a mí:
-Es uno que escribe en el uno dos tres- y al oir la anécdota yo me derretía de nostalgia frente al recuerdo de aquellos almacenes que en efecto se llamaban así. El hecho es que mi novia le repetía «uno más uno» a su tía Carmelita pero a ella no se le daban las matemáticas editoriales. Hasta que un día le dijo a mi novia:
-Ahora sí ya sé quién es tu novio. Vi en el periódico: «Uno más uno: dos enamorados». Firmado por Luis Miguel. Y decía también: «Nace un sol». Dile a tu novio que qué bonito pensamiento escribió. Aunque me suena un poco japonés. ¿Qué tu novio es de familia japonesa? ¿Cómo se apellida?
En efecto, nacía el Sol del cantante Luis Miguel: a los once o doce años de edad era famosísimo con su canción «Uno más uno: dos enamorados». Sin embargo, yo aún no tenía conciencia plena de ese Sol que iba a ocultarme para siempre; de otro modo, me habría dicho desde un principio y poniéndome en el papel de la araña según el verso de Rubén Darío:
Saluda a Luis Miguel, Luis Miguel, no seas tan rencoroso.
Más allá de mi muerte, yo había tenido ya percances menores, aunque no menos estorbosos, en materia de homonimia. En mi infancia fui Luis Miguel Dominguín, el torero y padre, por cierto, de otro Sol: Miguel Bosé. Ahora bien, el asunto postkantiano es éste: si Miguel Bosé -el Bosé es por Lucía Bosé, su madre, actriz del CUEC o de cine francés a lo Natalie Granger y otros somníferos etcéteras-; digo que si Miguel Bosé se hubiera puesto Luis Miguel Bosé como nom de plume en atención a su padre Dominguín, ¿habrían acabado mis problemas y Luis Miguel habría tenido que llamarse de otro modo, puesto que el «Luis Miguel» ya estaba ocupado, y quizá se habría puesto «Miguel Rey», atendiendo a que es hijo del cantante argentino -«Frente a una copa de vino»- Luisito Rey?
Con los años, cuando hubo necesidad de pedir pizzas por teléfono para las Noches Chetumaleñas de El Palomar, ante la pregunta «¿a nombre de quién van?», yo respondía Luis Aguilar, y entonces la memoria infausta de los pizzeros no se ahorraba el chiste (ni la esperanza de que sí fuera):
– ¿Es usted el Gallo Giro, ha ha?
O sea que Luis Aguilar seguía en las mentes y en los corazones del público mexicano. Un día, harto de la ausencia de ninguneo o de la imposibilidad de anonimato o de la maldición del homonimato, cuando la señorita de los taxis de sitio me preguntó por teléfono si yo tenía algo que ver con el Gallo Giro, hice voz como de norteño y le dije:
– Con él habla, mi alma.
– No me diga. Qué casualidad. Hoy en la tarde en canal 4 acabo de ver una película de usted.
– Ah, es de la serie del Látigo Negro. No la vi, mi alma, me la sé ya de memoria.
– No. Era otra de un palenque en el que…
– Gracias, mi alma. ¿Me manda mi taxímetro?
(Me imaginé que taxímetro era más norteño, más luisaguilareño. Ella dijo):
– Qué buena pareja hacía usted con don Pedro.
– ¿Con don Pedro el brandy, ha ha? -me desquité.
– No, señor -cantó ella-; con don Pedro, ¿cuál otro iba a haber? Pedrito Infante.
– Pues ya ve, mi alma, él se nos fue. El gran Pedro’mbre. Y yo sigo aquí, pidiendo taxímetros. ¿Me va a mandar uno o no? ¿O me voy en mi moto de A toda máquina?
– Ay, qué buena película. No, don Luisito -y me habló como la portera del edificio en que vivían «Pedro y Luis» en A.T.M.-, ahorita mismo se lo mando.
-Gracias, señito, yo sabía que usted no me iba a fallar- y estuve a punto de preguntarle: «¿No me han hablado las chorreadas?», pero no quise capitalizar el éxito hasta las últimas consecuencias.
Ahora bien, como habría dicho el Gallo Giro, eso no es nada. El Sol que nació, creció; y obtuvo fama, y fue traducido al inglés y al italiano, y las jovencitas y también las mayorcitas comenzaron a arrodillarse en su mediodía, y Luis Miguel (el otro, desdichado, el del Negro Sol de la Melancolía) comenzó a padecer cada vez más en los mostradores de los bancos y en las ventanillas de gobierno.
– Si le cobro su cheque, ¿me canta una?
O bien:
– Digo, sin ofender, ya se le subió la fama a usted.
O igual:
– Usted no se parece al de la credencial. Yo lo he visto en la televisión. Usted no es el que está aquí. Pero para que vea que soy buenita, lo voy a pasar por esta vez.
Hice un machote de respuestas: 1) Ha, ha. 2) Es que me dejé (o me corté) la barba (o el pelo). 3) Es que estoy de incógnito. 4) Hágamela buena. 5) (Mental) Pinche pendeja. 6) Ha. (Un solo ha, fallidamente irónico).
La recepcionista de un hospital del gobierno llegó a grados extremos.
– Luis Miguel… -(meditativa)-. Un nombre poco común. ¿No tiene usted problemas, no le hacen chistes a cada rato?
– Pues sí, por el cantante.
– Pues lo felicito por ese nombre. Yo tengo un hijo de tres año y ¿sabe usted cómo le puse?
– ¿No me diga? Pues dígale por favor a su hijo que su tocayo le manda un abrazo.
-Ay, gracias-; sin embargo los trámites se dilataron como si fuera yo el homónimo de Luis Miguel Aguilar.
Pero lo que no tuvo límite es lo que nos ocurrió, a Luis Miguel y a mí, esta última vez. Yo estaba en el avión (demorado) que me llevaría de regreso de Cancún a la ciudad de México, después de participar (yo) en el Festival de Cultura del Caribe. Estaba leyendo un librito en espera del despegue cuando la bocina del avión puso a flotar el nombre maldito:
– La persona Luis Miguel, pase por favor a la entrada del avión.
«¿Por qué me hacen esto?», pensé. «¿Por qué, dios mío, me has metido en este crucero de Pérez Gay (Raphael)?». Pensado lo cual, resolví dignamente: «Si no dicen Luis Miguel Aguilar, de aquí (del asiento del avión) no me mueve nadie. No me mueve ni Lucerito. Lo juro». Para entonces los pasajeros ya se estaban preguntando: «¿Dijo Luis Miguel? ¿Estuvo en Cancún Luis Miguel?». Para atizar el fuego, las bocinas repitieron: «La persona Luis Miguel, que pase a la cabina, por favor». Y Luis Miguel se dijo: «No me hagan esto, por favor. ¿Yo qué les hice?». Para entonces los pasajeros ya estaban moviendo el cuello como iguanas, en busca de Luis Miguel. Mi asiento daba al pasillo; a mi izquierda venían una adolescente y una tía muertas de la emoción. Al borde del soponcio, revolviéndose en su asiento luego de alzar el cuello hacia todas partes, la sobrina le dijo a la tía:
– Ay, tía. Si Luis Miguel esta aquí, yo no sé qué voy a hacer. Le voy a decir algo, algo me va a pasar. ¿Qué voy a hacer?
Las bocinas repitieron por tercera vez: «La persona Luis Miguel. Sabemos que se encuentra en este avión. Tenemos algo para usted. Ayúdenos por favor. Preséntese en la cabina».
Como un valiente, como un gitano legítimo, como un Julien Sorel rumbo al cadalso, me quité la capa y se la di al lacayo, o mejor dicho: me desabroché muy poco a poco el cinturón de seguridad; coloqué, trágica y resignadamente, el libro en la bolsa de canguro del asiento de enfrente, y salí al sol. No precisamente al Sol de Luis Miguel, sino al sol de El extranjero de Camus: el día de mi ejecución los pasajeros no me recibieron con gritos de odio sino con risotadas universales. «íAhí va Luis Miguel! íEse es Luis Miguel! Ha ha ha». Los aviones DE-10 tienen más butacas que un salón de clases de primaria, y yo tuve que cruzar por ese interminable pasillo de ignominia.
El piloto del avión, que había voceado a «Luis Miguel» deseando, en efecto, que Luis Miguel fuera Luis Miguel, me recibió como una doncella que esperaba a un príncipe y encontró a un sapo.
– ¿Usted (decepcionado: ¿tanto para esto?) es Luis Miguel?
– Yo soy Luis Miguel Aguilar.
– ¿Pero usted es Luis Miguel o con quién viene, o cómo?
– Yo soy Luis Miguel Aguilar. Mi apellido es Aguilar.
– ¿Usted olvidó unos posters?
– No, yo no olvidé ningunos posters.
– Hay un error. ¿Estos posters no son suyos?
– ¿Son del Festival del Caribe? Yo vine a algo del Festival del Caribe.
– ¿Esto es de usted, o no?
Abrí un fajo de posters en los que en efecto estaba mi nombre por motivos chetumaleños que serán referidos en otra ocasión.
– Sí son míos. Pero no los había olvidado. Se entiende que me los acaban de mandar.
El piloto hizo una mueca de hastío, del que tiene que soportar a idiotas como si no tuviera algo más importante que hacer como volar un avión, y como si estuviera harto de todos los impostores que en los aviones se hacen pasar por su amigo Luis Miguel.
Hice el viacrucis de regreso, o retracrucis, por el estrecho amargo que alimenta a los héroes, concediéndoles la humillación, la falsía, el escarnio, y los gritos y las palmas que son el pan de los artistas:
– íQue can-te, que can-te, que can-te!
Lleno de aventuras y de conocimiento llegué a mi lugar en el avión. La tía y la sobrina fingieron ver hacia la ventanilla, y el señor a mi derecha en el pasillo me dijo:
– Oiga Luis Miguel, a usted ya no lo dejan en paz ni cuando viaja.
– Pues ya -le dije- hasta me dicen «El incondicional».
La sobrina y la tía movieron el cuello iguano hacia lo que yo decía, porque al oir «incondicional» tuvieron, al fin, un poco del Sol que anhelaban, una alusión al verdadero Luis Miguel aunque fuera en labios de un infame a la Borges, de un suplantador, de un incivil tratante de éxitos ajenos.
La historia añade que, antes o después de morir -antes o después de ver mi esquela en el periódico-, me supe frente a Dios y le dije: «Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno, y yo». La voz de Dios me contestó desde un altoparlante: «Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tus canciones…» Lo interrumpí: «Pero entienda Usted que yo no soy Luis Miguel». Y El: «Ya te dije que yo tampoco soy; yo soñé el mundo como… Eso qué importa. Oye, ¿por qué no me cantas ‘Se busca una mujer’?».