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Alguien le preguntó al artista: “Si un gato hubiera quedado atrapado en un incendio en la sala del Museo del Louvre que alberga a la Mona Lisa, ¿usted qué salvaba: al gato o a la obra de arte?”. Sin titubear, el artista respondió: “Por supuesto, al gato”. Es un ser viviente, una obra extraordinaria y misteriosa, que funciona gracias a mecanismos indescifrables como lo es el origen de la vida. Sé que muchos gatos se parecen entre sí, pero cada uno de ellos es único. Si muere se lleva todo de él, con él. Su cuerpo peludo y suave; sus bigotes tiesos y orgullosos; su cola a veces hecha un caracol, otras, una soga de seda. Su paso de modelo australiana, sus ojos de gato. Todo eso desaparecería. Quedarían sólo cenizas. La pérdida es irrecuperable, nadie puede reanimarlo, copiarlo, recrearlo.

Una pintura, por muy obra de arte que sea, es una manufactura; está hecha por un ser humano que puede transmitirnos la manera como la hizo, que puede explicarnos la mirada hecha de un punto que Rembrandt supo recoger. Posee el secreto de producir un placer estético, pero se le escapa el secreto de la vida que nos diría lo que hay detrás de esa mirada. Podemos jugar a imaginar lo que pensaba el modelo del pintor, lo que sentía, sus afectos y hasta parte de su biografía, pero ni se lo preguntamos, porque sabemos que esos secretos sólo se llevan en el alma, aquello de lo que carece una obra de arte. La pintura puede ser copiada, reproducida, imitada. Se necesita talento, desde luego, pero además sólo pinceles, un bastidor, un lienzo bien estirado, una paleta de pinturas. Todo eso que se compra en una tlapalería.

Pienso en todo esto desde que retumbó en la conferencia mañanera del 9 de febrero el contundente “no” del presidente a quienes le pidieron que reconsiderara sus prioridades y pospusiera sus proyectos consentidos, por ejemplo, el Tren Maya, para dedicar más recursos al gasto en salud y a la investigación médica. No entiendo esta posición, sobre todo después de haber sido víctima él mismo del covid, una pensaría que tendría empatía con los demás mexicanos, con los que han enfermado —y muchos de ellos han fallecido—, y con los que podemos enfermar y no necesariamente tendríamos acceso al tratamiento que recibió el señor presidente.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Él dice implícitamente que quienes le proponen un cambio de prioridades quieren detener la transformación del país que él ha emprendido, pero creo que todavía nos tiene que explicar por qué Santa Lucía es una decisión histórica, más allá de que fue la brutal afirmación del poder presidencial y la promoción del Ejército en la economía civil. Intenciones, ambas, que pueden ser el augurio de una transformación aterradora, la que sugiere la fórmula que es más latinoamericana que lopezobradorista: el cambio hacia una situación como la que vivieron otros países latinoamericanos en los años setenta, en la que el Ejército es un protagonista en la política y el presidente ejerce un poder tiránico en nombre del pueblo y de un pasado mejor.

Entre la Mona Lisa y un estadio de beisbol en el que aplaudiría yo a mi equipo favorito, escojo la obra de Leonardo da Vinci; entre la salud de millones de mexicanos o la vida de uno solo de ellos, ¿escojo los reflectores de las pistas de aterrizaje de un aeropuerto que ni siquiera ha sido aprobado por la Asociación de Pilotos?

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

 

Un comentario en “Entre un gato y la Mona Lisa

  1. Para tratar con un Psicópata no necesitamos un Intelectual.
    Necesitamos un Psiquiatra.
    Es tiempo de Bufones y Loqueros.