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a FBR (1929-1984)

Hace muchos años, cuando mi papá murió del modo más inesperado posible en Estados Unidos (en donde residía entonces por motivos de trabajo), mi hermano mayor y yo tuvimos que salir apresuradamente hacia dicho país para encargarnos de todo lo que se deriva de una situación similar. A pesar de las prisas y de mi total extravío, tuve la cabeza suficiente para meter un libro en la maleta: las Meditaciones de Marco Aurelio. La razón no fue sólo que yo, ingenuamente, esperara que el emperador-filósofo me ayudara un poco en el trance que atravesaba (algo imposible en aquellas circunstancias), sino que ese libro me lo había regalado mi papá, en una edición en inglés, apenas un año antes. Esas Meditations contenían una breve, cariñosa y expresiva dedicatoria. En realidad, eran más un amuleto que otra cosa. Al final de estas líneas regresaré al fracaso anunciado del libro en aquel invierno de 1984.

Ilustración: María Orozco

En este mes de abril de 2021 se cumplen 1900 años del nacimiento de Marco Aurelio, el gobernante-filósofo más conocido en la historia de Occidente. Me interesan sobre todo sus Meditaciones, una obra singular desde muchos puntos de vista. Por motivos que pueden colegirse, pero que considero profundamente desencaminados, desde hace algunos años se le pretende incorporar a la eufemísticamente llamada “literatura de autoayuda”; esa manía o plaga de este acelerado, exhibicionista, desinhibido y tan epidérmico siglo XXI.

Marco Aurelio redactó las Meditaciones mientras dirigía a las legiones romanas en una guerra “de nunca acabar” contra varias tribus germánicas. No tienen un plan preconcebido, saltan de un tema a otro y en más de una ocasión son poco claras o hasta confusas. Esto se debe no sólo a las circunstancias bajo las cuales fueron escritas, sino también a que el idioma empleado por Marco Aurelio, el griego, no era su lengua materna, a que los copistas pudieron haber alterado su significado o cometido errores de transcripción, e incluso a que las ambigüedades aludidas eran parte de su modo de ver la vida.

Marco Aurelio nació en Roma el 26 de abril del año 121 de nuestra era. Su padre y su madre murieron cuando era un niño. Su destino cambió radicalmente cuando el emperador Adriano le ordenó a Antonino Pío, quien sucedería a Adriano en el trono imperial en 138, que adoptase a Marco Aurelio como sucesor. Marco Aurelio tenía entonces diecisiete años; a partir de ese día, recibió la educación más esmerada que podía recibir un romano. Entre sus profesores destacan Rústico y Frontón, dos connotados intelectuales de la época. A la muerte de Antonino Pío en 161, se convirtió en emperador junto con Lucio Vero, el otro hijo adoptivo del recién fallecido. Ocho años después murió Lucio y Marco Aurelio fungió como emperador único hasta su muerte en 180. Buena parte de su gestión la tuvo que dedicar a defender las fronteras europeas septentrionales del imperio. Fue ahí, en ese escenario lejano de Roma y hostil en muchos sentidos, en donde redactó sus Meditaciones.

Son conocidas las palabras de Edward Gibbon en The Decline and Fall of the Roman Empire respecto a que si hubiera que fijar la época en la que la raza humana fue más feliz y próspera, tendríamos que optar por el periodo que va de Nerva a Marco Aurelio, es decir, del año 96 al 180. Esta época de oro de la larguísima historia de Roma se rompería de manera brutal con el arribo al trono de Cómodo, el único de los muchos hijos varones de Marco Aurelio que alcanzó la mayoría de edad. Sobre Cómodo en su papel de emperador, baste citar al mismo Gibbon, para quien el vástago del filósofo “alcanzó la cima del vicio y la infamia”. Cómodo, el último de los Antoninos, terminó siendo asesinado por la guardia pretoriana. De esta manera empezó la prolongada e imparable decadencia del Imperio romano, en la que la religión cristiana desempeñó un papel fundamental (así como en la destrucción de la cultura romana). Sobre este tema, cabe recordar que entre la muerte de Marco Aurelio y el nacimiento de Constantino transcurre exactamente un siglo, y entre ella y el decreto del emperador Teodosio que convirtió al cristianismo en la religión oficial del imperio transcurren exactamente dos.

Las Meditaciones, también traducidas al español como Soliloquios, son muchas cosas a la vez. Para dar una idea de su naturaleza, conviene referir cómo ha sido traducido o se puede traducir su título al español desde el francés, el italiano o el alemán (el original griego era muy simple: “A sí mismo” o “Para sí mismo”): “Pensamientos”, “Coloquios con uno mismo”, “Observaciones íntimas” o “Itinerarios personales”. Este ejercicio introspectivo tiene como base el pensamiento estoico, pero cabe apuntar que en sus anotaciones Marco Aurelio ignora casi por completo la lógica y la física del estoicismo griego y se centra en la ética, tan cara al estoicismo romano. Por lo demás, no debe olvidarse que el estoicismo original, el de Zenón de Citio, antecede a Marco Aurelio en nada menos que medio milenio.

El emperador, austero y reservado, se había sentido atraído por la filosofía desde joven; en su correspondencia es perceptible la autoexigencia que desde entonces se impuso en términos generales. Marco Aurelio escribe para sí mismo; además, escribe poco (en una edición de tamaño mediano, los doce libros en que están divididas las Meditaciones no rebasan las 120 páginas). En esas cavilaciones, un hombre que siente la muerte cercana intenta seguir acercándose al modelo de ser humano que él mismo se fijó (insisto, desde temprana edad). La filosofía para él era una reflexión y autoexigencia permanentes por ser mejor, por aceptar lo que el destino deparara, por participar de un orden cuasidivino, el cual aparece bajo diversos ropajes a lo largo del libro. En mi opinión, tres nociones prevalecen en la obra: vivir de acuerdo a la naturaleza (a la razón), concebirse como parte de una comunidad (en términos cívicos, humanos y cósmicos) y buscar el bien común.

Nada más lejano de la mente de Marco Aurelio que el “éxito”, la “felicidad” y la “individualidad” tal como son entendidas y reverenciadas en la actualidad; así concebidas, aparecen en millares de libros de autoayuda. Libros que repiten ciertas fórmulas ad nauseam, que fomentan el menor esfuerzo y que pregonan resultados casi instantáneos (a juzgar por sus portadas y contraportadas). En ese expresivo y algo desazonador autorretrato de Salvator Rosa titulado Filosofía (1645), se puede leer (el original está en latín): “O te callas o dices algo que mejore el silencio”. Estamos, claro está, en las antípodas de los tiempos que corren. Nuestro autor intenta responder a esa exhortación, tan inactual, de un modo muy personal y escasamente asertivo.

A Marco Aurelio (a diferencia de Séneca, el otro gran estoico romano), le creemos su soledad, su sensación de “incompletud” y sus dubitaciones. Por eso, entre otros motivos, el libro que llevé conmigo aquel invierno hace tantos años no me ayudó prácticamente nada, salvo en un sentido muy restringido: por algunos instantes durante mi lectura, el desasosiego vital del emperador-filósofo y el mío se cruzaron, queriendo reconocerse.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México.

 

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