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Los sonámbulos son gente trabajadora y confiable. Por este raro privilegio sólo ellos conocen esa tierra de nadie que se desprende de la provincia de los sueños. Me refiero a los verdaderos sonámbulos, a esos que se fugan de la cama y hay que ir a buscarlos a la cocina porque se sienten cocineros de un famoso restaurante francés, a esos que perfectamente dormidos son capaces de comerse un bimbuñuelo a las cuatro y media de la mañana. Un buen sonámbulo nunca se despierta con carita desamparada y dice:

-¿Dónde estoy? ¿Quién me trajo hasta aquí?

No. Los sonámbulos de verdad saben muy bien como llegaron al lugar en el que los sorprende la vigilia, y no les importa asustar a toda la familia, ni despertarse subidos en una silla con su piyama capitaneando un barco mercante rumbo al peligro de alguna costa inverosímil. Así que a un sonámbulo que se respete no hay que decirle:

-Buenas noches, hasta mañana, que descanses.

Sino:

-¿Y a dónde vas hoy en la noche?

Y si es un gran sonámbulo dirá algo como esto:

-Voy a mi infancia a arreglar un asuntito que tengo pendiente; o bien, después de llevar ese cargamento de nitroglicerina, caminaré por un desierto calcinante.

Y puede uno estar seguro de que si es un gran sonámbulo, en la madrugada se le verá sentado en su cama, al volante de un camión del peligro -como el de El Salario del Miedo- y sabrá dar saltitos por el terreno irregular, agreste, selvático, feroz; luego, por supuesto, se le verá arrastrándose por el comedor de su casa pidiendo un poco de agua y sacando de la alfombra un poco de humedad para los labios quemados por el sol. Esta última imagen no es la mejor para un gran sonámbulo, pero la grandeza no tiene por qué ser siempre tan heroica. Bien visto, los sonámbulos protestan contra la vida, se rebelan ante el hecho terrible de que los sueños nunca se realicen. Por lo mismo, pese a lo que digan los dormilones simples, un sonámbulo es siempre un humanista respetable.

Pero hay hombres favorecidos por sus sueños, como diría José Bianco. Por eso puede producirse, una sola vez en la vida, la felicidad de un mitin de sonámbulos, como pasó la noche de hace muchos años. En mi sueño caminaba por una delgada cornisa a muchos metros de altura. Según se pudo reconstruir la escena después, me paré en una orilla de la cama y avancé con pasitos de gallo, gallina. Mi hermano compartía entonces el cuarto conmigo y cierta proclividad al sonambulismo. Esa noche daba saltitos en su cama sobre las migajas de unas ocho o nueve barritas de fruta Marinela que se había comido antes de dormirse. Cuando me vio, por supuesto estaba tan dormido como yo, gritó aterrado. Y después del grito, efectivamente, me caí por ese acantilado emitiendo el grito natural de quien se cae. Pero el asunto no paró ahí. Mi padre se levantó, dormido también, y dijo:

-Estamos todos locos.

Tenía razón. A quién se le ocurre caminar por un acantilado a las tres de la mañana sin equipo de alpinismo. Mientras tanto, mi hermana Guadalupe se quejaba, totalmente dormida, como si la torturaran en una mazmorra. A la mañana siguiente, en la mesa del desayuno, todos nos ocultábamos detrás de los periódicos como si leyéramos la noticia del siglo. Nadie mencionó la palabra Freud ni, mucho menos, diván; sólo leímos nuestros periódicos como si trabajáramos en la Hemeroteca Nacional.

Ese fue el día en que el Tío Luis propuso sin saber una paradoja interesante. Meto aquí al tío Luis porque ese día se celebraba una comida en su casa del Pedregal de San Angel. Y el Tío Luis siempre pensó que esta parte de la familia era una tribu de desquiciados mentales. Y aquí surge la paradoja interesante por la que el mismísimo Zenón de Elea habría dado la vida: si el Tío Luis, que jugaba golf y acaparaba unas quinientas camisas en su vestidor, tenía razón, las cosas en el mundo debían andar muy mal, pues además de jugar golf y acaparar camisas sería un freudiano nato y asombroso. Pero peor que las cosas andaba yo, que caminaba por acantilados a las tres de la mañana sin traje de alpinismo. Tiempo después cada que alguien proponía el asunto misterioso del sueño, o las pesadillas o el insomnio, yo decía:

-No sé, habría que preguntarle al tío Luis.

Para explicar aquel problema sin solución luego recurrí a la ciencia. Entonces supe de una teoría que explicaba el sonambulismo por medio de los movimientos lunares. Eso era perfecto porque, además de ser humanistas respetables, los sonámbulos resultaban shakespearianos naturales. En Otelo estaba clarísimo el asunto:

La luna es la culpable de todo esto.

Se acerca a la tierra mucho más de lo que debe,

Y vuelve locos a los hombres.

Pero los sonámbulos también padecen de soledad. Por eso, cuando inicio alguna misión en la madrugada extraño todavía aquellos mítines. Por todo esto, un buen sonámbulo, humanista y shakespeariano -según la demostración anterior- extraña a sus sonámbulos, como se extrañan los amores hermosos malogrados por los sueños.

El pelotero

Luis Miguel Aguilar

Coño Raúl la pelota es para los negros coño

Lo tuyo es el comercio coño

Está bien papá está bien coño

Coño don Manuel deje a Raúl coño

Tiene buen brazo el muchacho zurdo natural

Puede ser el mejor pitcher del ingenio

Más ahora que vamos contra Central Maceo

Qué Maceo ni qué coño Raúl no juega más coño

Coño Raúl no tires pelota boba concéntrate coño

Coño es que Cinco de Mayo no detiene nada coño

Tiene guante de baba de azúcar coño

Tengo que hacerlo todo yo solo coño?

Coño Raúl buena recta sigue así coño

Coño ya llegó don Manuel coño

Coño papá cómo me hace eso delante de la gente y los peloteros

coño

Jalarme así de los pelos y el uniforme coño

Hubiera esperado a que acabara coño

Coño Josefa le quemas ahora mismo esa pijama a tu hijo coño

Parece berraco de cracker jacker coño

Coño Raúl ya sabes que a tu papá no le gusta que juegues pelota

coño

Qué tiene de malo la pelota coño

La pelota es para los negros coño

Pero no para Cinco de Mayo coño

Ese hombre tiene guante de leche coño

La pelota es algo serio coño

Céspedes calienta el brazo coño

Perdimos a Raúl para siempre coño

Coño y ahora que vamos contra Central Cabañas coño

One little two little three little indians

Hermann Bellinghausen

Nunca me había tocado entrar a la Sala de Acuerdos del Palacio Nacional como invitado y no mero testigo presencial; tampoco me habían ofrecido asiento, y menos ante una tarjetita con mi nombre (supongo que les resulta inevitable titular de “licenciado” a todo el mundo). No obstante, los eficaces recepcionistas de la entrada se sintieron obligados a registrar mi mochila, no fuera siendo. No los juzgo. En su lugar, yo hubiera hecho lo mismo.

Esta sala la he visto siempre a reventar (funcionarios, diplomáticos, militares, esposas de ellos, periodistas y meritorios). En esta ocasión el encuentro es en corto, sin boato. Una sesión de trabajo. Se instalará la Comisión de Justicia para Pueblos Indígenas.

Los secretarios de Gobernación y Educación esperan al presidente en la sala adjunta. En otra época, en un Grito me tocó ver a Salinas de Gortari y Manuel Bartlett atendiendo a las visitas de Miguel de la Madrid. Hoy estarán otra vez aquí, juntos, sin visitas. Ya sentados, los miembros de la Comisión platican en voz relativamente baja. Convergen antropólogos de toda una vida como Gonzalo Aguirre Beltrán, Guillermo Bonfil, Rodolfo Stavenhagen, y más jóvenes como José del Val y Arturo Argueta; los funcionarios que este sexenio se las tienen que ver con los pobres-pobres (Carlos Tello, Arturo Warman); las figuras de Fernando Benítez, Andrés Henestrosa, Julieta Campos y Armando Zayas; el abogado de la UNAM Jorge Madrazo y, por parte de la sociedad civil, Ofelia Medina. Se agregan personas que por el INI o por otros motivos guardan relación con La Problemática Indígena.

Entonces caigo candorosamente en la cuenta de que en esta reunión trascendental para la futura relación de los indígenas con la justicia (en las dos acepciones del término) no está presente ningún indígena, excepto el antropólogo nahua Luis Reyes, de Amatlán, Veracruz. Y no porque falten: según distintas fuentes, se les calcula de a 9 a 20 millones en prácticamente todos los estados de la República -aunque en los del norte su extinción parece irreversible.

Así son las cosas en los palacios de gobierno.

Y ya puestos a papalotear, todos, mientras comienza el acto, recibimos sobre nuestras cabezas la sobriedad republicana del recinto, incluidos los grandes lienzos onomásticos, entre ellos el de El Encuentro. Moctezuma, con su penacho de quetzales, se planta de cara a Hernán Cortés, que lo espera bajo un toldo, pisando alfombra, y Malintzin a su lado. Esa escena representa la inauguración formal de El Problema Indígena en lo que con el tiempo sería México. La confrontación Moctezuma-Cortés ocurrió a pocos pasos de aquí, en las inmediaciones del Zócalo allá abajo; pero es 1989 y los indios siguen dando lata. O mejor: la Civilización se enseñorea sobre los pueblos indígenas y en vez de bienestar les da injusticia. En un intento institucional por mejorarles sus condiciones, ahora que dinero no sobra, se instala esta Comisión de Justicia para los Pueblos Indígenas. Su nombre lo indica.

Termina mi divagación y el acto comienza. El presidente llega cuando se prenden los reflectores, o viceversa. Se le recibe de pie. Ocupa su lugar y anuncian la intervención de Fernando Gutiérrez Barrios. “En relación con los pueblos indígenas, debemos desechar toda idea en el fondo etnocentrista de paternalismo. Ellos esperan de nosotros algo más importante y más verdadero: nuestro respeto y nuestra solidaridad”. La cosa es no dejarlos fuera de nuestra civilización. Que no sean tan marginales. El secretario de Gobernación termina su lectura y pasea el penetrante brillo de sus ojos color pupila por toda la concurrencia, que aplaude.

El presidente, pulcro como una fotografía, pasea sin objeto la mirada: diríase que mira hacia dentro de sí.

El discurso de Arturo Warman, director del Instituto Nacional Indigenista, es nítido y suena preocupado: “La experiencia ha demostrado que con frecuencia los indígenas entran en contacto con el derecho positivo nacional cuando se aplica en su contra”. La civilización positiva no admite texturas; ya ser indio es un poco estar fuera de la jugada.

Ofelia Medina atrae las amables miradas de la concurrencia; sus exuberantes palabras remiten a cosas indígenas: “Somos millares los mexicanos que curamos nuestras enfermedades con terapéutas tradicionales, que sabemos que hay mucho que aprender de las prácticas agrícolas de nuestros abuelos, que los indios necesitan agua y tecnología para cultivar su tierra; somos millones los que queremos seguir gozando de nuestras frutas, nuestra riquísima cocina, de nuestros colores, olores, trajes, fiestas, artesanías; que nos reconocemos en la estética india, modelo de grandes creadores no sólo nacionales, sino de todo el mundo”. En la realidad indígena también hay, como dice el refrán, de chicha y de limonada. Medina demanda el fin de la “marcha sanguinaria” de la corrupción y el caciquismo, “todavía dentro de las instituciones”, sobre la riqueza nacional.

El presidente sonríe mientras aplaude. Jorge Madrazo encamina a la Comisión hacia proposiciones concretas: menciona la voluntad gubernamental de combatir la pobreza, y el que pobre e indio sean prácticamente sinónimos. Pide que se incorpore al indígena como de interés social en la Constitución, que guarda un “lastimoso” silencio al respecto. Son más importantes sus demandas que las de nuestros acreedores, apunta.

A nombre de la Academia de Derechos Humanos, Rodolfo Stavenhagen hace referencia, igual que Warman, a las barreras lingüísticas y de las otras. Enseguida propone 15 tareas para enfrentar las “persistentes violaciones a los derechos humanos indígenas”. Junto al procurador Morales Lechuga, José Córdoba subraya las propuestas, pero no a todas les pone palomita. Dice Stavenhagen: “Las lenguas indígenas deben ser reconocidas como oficiales en todo trámite jurídico y administrativo”. Más adelante sugiere recuperar la vanguardia indigenista, en lo práctico y ante organismos internacionales.

Salinas de Gortari se inclina a su derecha y habla con Warman. Parece gustarle la idea. Las cámaras claquean. Stavenhagen termina y el presidente toma la palabra. Habla de lo diferenciado y de lo reconocido como diferente. “Aceptar y convivir con su singularidad (de los indígenas) es reconocer la riqueza de la diversidad y la fuerza en la unidad de los mexicanos”. Su voz es clara, didáctica, segura, formal, propia de los presidentes. “Si algún mexicano tiene que reconocerse y ser reconocido por la Constitución, es el indígena”. Frase de presidente.

Se levanta la sesión. Los participantes y los analistas consideran que sus resultados significan un avance. Se abren posibilidades. Se confirman proyectos -algunos muy antiguos.

Habrá que ver.

1989 será recordado como el año que vivimos en proyecto, o la dialéctica de los boletos.

Bautismal

L.M.A.

Un amigo nos pide sugerencias para el posible nombre de una revista literaria. Pero si aquí sólo sabemos posibles nombres de cantinas:

· El yonic de Venus

· El tocado de Tracy Chapman

· La sonrisa del Ayatola

· La última tentación de Cristo

· Las coristas del Corán

· El abogado de La Quina

. El vértigo de Menier

· El grupo de los cien

· El mediterráneo de Braudel

· La reestructuración de la deuda

· Las cuestiones gongorinas

· Los pañales de Hércules

· Los hexámetros de Leneida

· El premio Villaurrutia

· Salicio juntamente y Nemoroso

· El parteaguas del 68

· Las coliflores del mal

· La meta es el olvido

· Los pechos de Rambo III

· El sueño de los héroes

· El amante de Lady Di

· El club de Bartleby

· El oreja de Bangkok

· Los becarios del CONACYT

· La nana de St. John Perse

· Los cubículos satánicos

· El regreso del Papa

· La fiebre de Gorby

· La consolación de la filosofía

· Heráclito y Río Becerra

· Los gatos de las feministas

· El pliego petitorio

· Las hembras en brama de Brahms