En 1988 Stephen Talbot siguió a Carlos Fuentes por diferentes itinerarios para hacer con él un programa de televisión junto con Joan Saffa. El programa se llama Crossing Borders y se exhibió en la televisión estatal norteamericana en enero de 1989. Durante la grabación Talbot trazó este otro perfil de Fuentes en ruta y lo publicó en Mother Jones en noviembre de 1988. Nexos ha adquirido los derechos en español para publicar este texto.


Carlos Fuentes, el novelista mexicano más destacado, suda. Su esposa Silvia, ha estado a punto de desmayarse. El hijo adolescente de ambos, Carlos, se deja caer contra un coche estacionado mientras se abanica y escucha un casete de Elvis Presley en su walkman Sony. El calor en las tierras bajas de Morelos es sofocante.

Estamos tratando de filmar un documental para la PBS, pero a los miembros del equipo —templados en el combate en Chile, Costa Rica y Nicaragua— les resulta difícil mantenerse en pie y no han comido. Si no les consigo pronto algo de beber se van a amotinar.

Pero una vez que Carlos Fuentes se propone algo, no hay nada que lo detenga hasta que lo consigue. Es un hombre de voluntad feroz y ego potente, tiene la tenacidad de un toro de lidia.

Fuentes había prometido llevarnos a dar una vuelta por el estado de Morelos, tierra natal de Emiliano Zapata, el campesino revolucionario (y personaje de una novela para la que Fuentes está investigando). Iniciamos nuestra gira con él un poco tarde, pero estaba decidido a mostrarnos todo lo que quería que viéramos: el lugar donde nació Zapata, el museo de Zapata y la hacienda donde lo asesinaron. Todo esto y más, aunque acabáramos exhaustos.

Fuentes se quita la camisa empapada de sudor y camina a grandes pasos bordeando los verdes campos de caña azucarera. Esto empieza a parecer la larga marcha de Mao a medida que nos debatimos por seguirle acarreando el equipo de video. Los cortadores de caña, azorados, alzan la vista lentamente con los machetes suspendidos en el aire y deslumbrados ante aquella extraña visión.

Finalmente, Fuentes se acerca a un grupo de muchachas de pelo negro, tímidas y con grandes ojos. El ya lo sabe, pero les pregunta si mataron a Zapata por allí cerca. “Oh, no”, protesta la mayor de ellas, “Zapata no ha muerto. Vive todavía”. Fuentes se voltea hacia nosotros lentamente y con una gran sonrisa en el rostro nos dice: “¿Lo oyeron, amigos? íZapata vive!”.

Para un escritor mexicano equivale a traición tener éxito en el público lector yanqui. Se considera poco diestro que un novelista norteamericano se involucre en la política. Y en Washington, esa ciudad soberanamente insular, es todavía un escándalo que un intelectual, y más aún una celebridad, defienda a los sandinistas.

Pese a todo, Carlos Fuentes ha cometido todos estos pecados, y peor aún, no da muestras del mínimo remordimiento. Incluso se complace en sus múltiples y contradictorias “personas”: escritor/diplomático, activista/profesor, conocedor/ iconoclasta y, como ha escrito de sí mismo, “el primer y único mexicano en preferir la sémola al guacamole”. Su literatura, prolífica y ecléctica, abarca desde novelas de espionaje político (La cabeza de la hidra) hasta cuentos eróticos de fantasmas (Aura), desde historias barrocas y oníricas del mundo de habla hispana (Terra nostra) hasta caústicas denuncias de la congelada Revolución mexicana (La muerte de Artemio Cruz). “No me clasifiquen, léanme”, Fuentes refunfuña a los que le critican que sea impredecible. “Soy un escritor, no un género.” Y herético, no conservador. Como es de imaginar, a sus enemigos políticos y críticos literarios les gustaría quemarlo en la hoguera.

La última fogata chamusca las páginas de la revista posliberal The New Republic, donde Enrique Krauze condena a Fuentes de “guerrillero dandy”, una combinación de Pierre Cardin y Che Guevara, que meramente “usa el tema de México distorsionándolo frente al público norteamericano”. A Krauze le exaspera en particular el apoyo de Fuentes a la Revolución nicaragüense y le acusa de “décimo comandante”. Los redactores de The New Republic quedaron tan prendidos con este estallido que lo convirtieron en el tema de la portada de la publicación, con una caricatura de Fuentes como un Pancho Villa de mirada empedernida y armado con lápices en vez de balas.

En realidad, Krauze y sus editores norteamericanos llegan con retraso al descuartizamiento de Fuentes. Hace dos años, Commentary, en un arranque de ira conservadora, proclamaba que “todos los libros de Fuentes son asquerosos” y advertía que este “patricio que denuncia al imperialismo norteamericano” era un “utopista de izquierda con una capa de anarquismo sentimental”. Esta burda crítica a Fuentes se titulaba “La venganza literaria de Moctezuma” y era reflejo del gusto y sofisticación que nos toca esperar de la camarilla Midge Decter/Jeane Kirkpatrick.

Nada de esto sorprende o acobarda a Fuentes. Ya ha pasado por esto antes. Su primera novela —La región más transparente, publicada en 1958— provocó reseñas desaforadamente divergentes, sobre todo en México, donde la voz revolucionaria de Fuentes y su poco ortodoxo estilo de influencia europea y norteamericana sacudieron el sosegado y monolítico panorama cultural. Desde entonces, Fuentes sigue provocando a la institucionalidad literaria y con frecuencia a la política.

“He perdido públicos y los he recuperado”, dice Fuentes encongiéndose de hombros mientras toma asiento en el pórtico de la magnífica casa de un amigo suyo en Tepoztlán. “Los críticos me han triturado. Me encanta desayunar críticos. En México, durante treinta años no me han faltado; me los he comido como si fueran pollos y he tirado los huesos. Ellos no han sobrevivido, yo sí”.

Y no es que Fuentes no sea apreciado. Junto con su íntimo amigo Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, Fuentes es uno de los autores latinoamericanos preeminentes, un pionero del “realismo mágico” que ha cautivado a lectores y críticos a ambas orillas del río Grande. Su reciente colección de ensayos, Myself with others, repleta sin remilgos de los nombres de sus amigos, siempre famosos, recibió elogios sin reservas en el New York Times. Su novela Gringo viejo, de 1985, es la primera escrita por un autor mexicano que se convierte en uno de los libros más vendidos en Estados Unidos. Y cuando la versión cinematográfica —actuada por Jane Fonda y Gregory Peck— se estrene en diciembre (1988), Fuentes se convertirá en alguien mucho más conocido todavía en Estados Unidos. Fuentes ha tenido el éxito que soñaría tener cualquier novelista.

En 1988, Fuentes recibió tres premios que simbolizan la gama de su arte, su política y su influencia. El rey de España le entregó el premio Cervantes, que incluye un cheque por aproximadamente 88,000 dólares. Fue la divergencia radical respecto a la época de Franco, cuando la novela de Fuentes, Cambio de piel, fue prohibida en España por ser supuestamente “pornográfica, comunista, anticristiana, antigermana y projudía”. En Nueva York, el National Arts Club, una agrupación bastante insulsa, concedió a Fuentes la medalla de oro de literatura en una ceremonia a la que asistieron Tom Wicker, Joan Didion y John Kennedy Jr. Y en Managua, los sandinistas otorgaron a Fuentes el máximo premio nicaragüense, que lleva el nombre de Rubén Darío, poeta del siglo XIX y héroe nacional. Previos galardonados han sido Graham Greene y García Márquez.

“Me están tratando de sepultar con medallas”, dijo Fuentes quejándose a la prensa. Pero lo cierto es que disfruta el reconocimiento internacional que se ha ganado y al que ha alimentado. Como recuerda su antiguo compañero de escuela y amigo, el novelista chileno José Donoso, Fuentes fue “el primer agente activo y consciente de la internacionalización de la novela hispanoamericana” a comienzos de los años sesenta. Fuentes fue el líder de lo que más tarde se conoció como “el boom”, el repentino auge de la novela latinoamericana en el escaparate internacional. Fuentes no ha dejado nunca de cruzar fronteras.

“Me muevo, luego soy”, dice Fuentes riéndose. Pero es en serio. Viajar define a Carlos Fuentes. Es la esencia de su arte y de su personalidad. Nacido en 1928 en el seno de una familia de diplomáticos, Fuentes ha pasado la mejor parte de su vida en ruta. En la actualidad conserva una casa en un elegante barrio de la ciudad de México, pero raras veces está allí. Se ha convertido en un intelectual itinerante, que imparte conferencias por todo el mundo, reside temporalmente en una universidad tras otra y vive con la maleta a la mano. “Es como un tiburón”, observa el novelista William Styron (La decisión de Sophie), quien conoce a Fuentes desde hace más de veinte años y viajó con él a Nicaragua en 1988. “Ya sabe, el tiburón, si no se mantiene en constante movimiento, muere. Yo creo que Carlos se mueve para mantenerse vivo. Nunca tengo su número de teléfono porque cambia continuamente”.

Para un partidario del nacionalismo cultural como Enrique Krauze, el movimiento perpetuo de Fuentes, su “desarraigo”, es su falla principal. Para otros, incluyendo Styron, esta inquietud, este cruce de la frontera bicultural, son su mayor fuerza. “Nadie escribe con tanta elocuencia sobre Latinoamérica, su peculiaridad, su carácter revolucionario, sus incurables perplejidades”, dice Styron. “Además, es paradójico cómo la percibe con ojos norteamericanos. En mi opinión, Fuentes se ha convertido en el principal intérprete de Latinoamérica para el público lector norteamericano”. En realidad resulta bastante desencaminado pensar que Fuentes es un hombre sin raíces, aunque no viva en un lugar fijo. Adonde quiera que viaje, lleva con él su lengua española y su cultura latinoamericana. A la vez, aporta su perspectiva de forastero hasta a su propio país. Inquieto, lleno de energía, impulsivo, Fuentes se identifica a fondo con don Quijote, cuando al comienzo de su carrera de escritor sintió que “iba a ser siempre alguien errante en busca de pespectiva”.

Como don Quijote, Fuentes es fundamentalmente un hombre de imaginación y su literatura nace del choque entre el mundo como debería ser y el mundo que encuentra en sus viajes. La disparidad entre su imaginación y la realidad, el abismo entre México y Estados Unidos, muy pronto lo impactaron como niño que se crio en Washington, D.C. en los años de Roosevelt. El efecto de esta revelación ha reverberado a lo largo de su vida.

Fuentes no cumplía aún seis años cuando llegó a Estados Unidos, donde su padre era consejero de la embajada mexicana. Leyó Dick Tracy y Superman, intercambió las estampitas de los chicles bomba Indian Chief en Meridian Hill Park, descubrió a Mark Twain, se enamoró de la hija de pelo rubio del embajador lituano, estrechó la mano de Franklin Delano Roosevelt y se convirtió en un aficionado tal a las sesiones matinales de cine que ganó 100 dólares en un concurso sobre trivialidades hollywoodenses.

“México era un país imaginario”, evoca Fuentes. “Yo pensaba que mi padre lo había inventado para divertirme. Parecía tan exótico, tan diferente de donde yo vivía”. La realidad era Henry Cooke Public School en 13th Street N.W., “un crisol norteamericano. Había negros, chinos, griegos, italianos… y una maravillosa maestra, Florence Painter, que verdaderamente se hizo cargo de nosotros y nos enseñó todo, aritmética, literatura, historia, geografía. Ahora, yo tengo alumnos en Harvard que no tienen ni idea de dónde está Brasil o Angola o Indonesia. ¿Dónde está la señorita Painter cuando necesitamos de ella?”.

Fuentes fue popular en la escuela, “uno de la pandilla”, hasta el 18 de marzo de 1938, día en que el presidente populista de México, Lázaro Cárdenas, nacionalizó las compañías petroleras extranjeras: “De repente, aparecieron muchos titulares en los periódicos sobre el ‘México rojo’ y los comunistas mexicanos que robaban ‘nuestro’ petróleo, y todos mis amigos me dieron la espalda. En un instante, me convertí en un paria”. Por la manera en que Fuentes describe el ostracismo más de cincuenta años después, es evidente que todavía le hace sentir incómodo. “Esto hizo que me diera cuenta de que no era gringo”, dice enfáticamente. “Era mexicano”.

La experiencia traumática de la infancia se refleja en las descripciones de la frontera México-Estados Unidos como “cicatriz” que Fuentes hace en Gringo viejo, y es fácil imaginar su propia y desgarradora separación: “México… La siguiente frontera de la conciencia norteamericana…. La más difícil de todas porque era la más extraña siendo la más próxima y por ello la más olvidada y la más temida cuando resucitaba de sus largos letargos… y cada uno llevaba adentro su México y sus Estados Unidos, su frontera oscura y sangrante que sólo nos atrevemos a cruzar de noche…”

La nacionalización mexicana de los intereses petroleros estadunidenses y la repentina hostilidad de sus compañeros acabaron con la juvenil relación amorosa de Fuentes con Estados Unidos. Pero el amante defraudado nunca perdió el profundo afecto que tenía por cosas norteamericanas: las películas de John Garfield, las novelas de Faulkner, la diligencia yanqui, el optimismo y la vitalidad del New Deal. Pocos escritores latinoamericanos tienen un conocimiento tan profundo de los gringos (incluido nuestro deseo de ver el mundo reflejado en nuestra propia imagen) ni una relación amor-odio tan intensa con Estados Unidos. Fuentes describe con frecuencia a este país como el “Jekyll y Hyde de Latinoamérica”: “Yo admiro su democracia; deploro el imperio expansionista y manipulador”.

Durante los años sesenta, el Departamento de Estado norteamericano —dolido por la crítica enardecida de Fuentes a la intervención norteamericana en Vietnam y la República Dominicana— le prohibió en varias ocasiones la entrada al país. Y hasta 1988, cuando se derogaron partes de la ley de inmigración McCarran-Walter, este legado de la época de McCarthy obligaba a Fuentes a solicitar un permiso especial cada vez que quería visitar Estados Unidos. Siempre hay alguien para recordarle que nunca será gringo.

En 1940, el muchacho con acento yanqui “ingresó plenamente en el universo de la lengua española”. Fuentes llegó a Santiago de Chile, ciudad en la que su padre asumió un nuevo cargo diplomático. En el país de los poetas, bajo el hechizo de Pablo Neruda, Fuentes comenzó a escribir una novela con sus amigos en la escuela. “Era una novela terrible”, dice Fuentes con voz quejosa. “Era un melodrama gótico, que empezaba en Marsella y terminaba en la cima de una colina en Haití, con un tirano negro cuya amante francesa, loca, estaba escondida en el desván. Vestigios de Joan Fontaine, ¡uf!” Había hasta una climática revuelta de esclavos. El fervoroso muchacho de 14 años solía leer su novela en voz alta al muralista mexicano en el exilio David Alfaro Siqueiros, quien rutinariamente se dormía.

La posición política de izquierda liberal que Fuentes sostenía era producto de sus viajes de juventud. El explica: “Yo tenía la triple experiencia de México con Cárdenas, el México revolucionario; Estados Unidos con Roosevelt y el New Deal; y después, Chile en la época del Frente Popular. Todas ellas eran democracias estimulantes a su manera. Y Roosevelt, para mayor crédito suyo, respetó estos experimentos en México y Chile. No se minaron los puertos. No hubo asesinatos. No hubo intervención. Ninguna de estas tonterías. Respetó la dinámica interna de cada país. ¿No hay nadie que lo imite ahora?”.

Su aprecio por la democracia progresista se acentuó cuando estuvo expuesto al incipiente fascismo en Argentina, donde nombraron a su padre encargado de negocios. “Fue en la época en que Perón subió al poder y era espantoso”, recuerda Fuentes. “Un hombre despreciable llamado Martínez Zuviría era el ministro de Educación y había impreso a las escuelas un sello fascista. No pude soportarlo”

Sus padres simpatizaron con él y le permitieron que dejara la escuela y se paseara por las calles de Buenos Aires. Fuentes estaba embelesado: “Me convertí en un ‘groupie’ de las orquestas de tango, me metía en los antros. Perdí la virginidad, lo cual fue un maravilloso acontecimiento. Leí a Borges por primera vez”.

Pero la segunda guerra mundial interrumpió el romance de Fuentes con el tango. Su padre tenía la difícil misión de tratar de convencer al régimen argentino de que rompiera relaciones con Hitler y Mussolini, y para proteger a su familia de represalias decidió que ésta regresara a México. Durante la larga infancia de Fuentes exiliado de su país —exilio interrumpido únicamente por breves visitas en los veranos—, su imagen de México había estado alimentada por las historias que le contaba su padre. Al regresar a su país después de un periodo tan largo, la realidad lo cautivó y a veces lo dejaba pasmado. Entre otras cosas, se respiraba el ambiente sofocante de la iglesia católica, algo que su padre, Rafael, “un incorregible jacobino que odió a los curas hasta el final”, en cierta manera había creído que no valía la pena mencionar.

Aprovechando la ausencia de su marido, la madre de Fuentes, Berta, que es católica devota, inscribió a su hijo de 16 años, quien nada sospechaba, en un colegio de curas. Había una gran diferencia respecto a los clubes de tango. “Se me inculcó a golpes una realidad fundamental en mi conciencia”, dice Fuentes casi vociferando y golpeándose la cabeza con el puño, “y era el PECADO. Nunca había pensado en el pecado hasta entonces. De repente, todo lo que yo había sentido-natural y espontáneo se consideraba pecaminoso. Por supuesto, esto hizo de todos nosotros unos izquierdistas. Recuerdo la primera rebelión que mis amigos y yo organizamos, una celebración del natalicio de Juárez (el primer presidente mestizo de México y liberal laico). Los curas consideraban a Juárez el gran villano, el diablo con cuernos. Hicimos una huelga y por poco nos expulsan del colegio”.

Como escritor, Fuentes ha saboreado su revancha. En una de sus primeras novelas, Las buenas conciencias, el protagonista atormentado por la angustia religiosa y sexual, se masturba en una iglesia agarrándose a los clavos de los pies de un Cristo crucificado. En su cuento corto “Vieja moralidad”, Fuentes describe a uno de sus personajes recurrentes, el abuelo pendenciero y sumamente sexuado que luchó en la revolución mexicana, desprecia a la Iglesia y espanta a los curas diciéndoles: “¿Quieren que les diga dónde está el reino de los cielos?”, mientras le levanta las faldas a su joven amante.

La visión arrolladora que tiene Fuentes del mundo de habla hispana está en Terra nostra, una avalancha de 778 páginas escritas en una prosa joyceana densa (y muchos consideran que ilegible), publicada en 1975. El autor de una reseña que apareció en Nation hacía notar que Terra nostra era “particularmente latinoamericana en su aborrecimiento por la iglesia católica como la encarnación de la represión social, política, emocional y sexual”. En la visión del mundo que tiene Fuentes, el enemigo principal es la Contrarreforma, el Estado católico totalitario; los héroes son los disidentes, los blasfemos: los árabes errantes, los judíos sensuales, los librepensadores, los que viven el amor libre.

Aunque Fuentes repudia el catolicismo ortodoxo, cree en una dimensión espiritual, un mundo sagrado. La ciudad de México a la que llegó en los cincuenta era una metrópoli en auge, sazonada con gangsters hollywoodenses, aristócratas europeos y exiliados republicanos de la España fascista. La capital provinciana y adormilada que él había imaginado se había acabado para siempre. Pero debajo de la ciudad moderna, él vio una antigua civilización sepultada: la ciudad azteca, Tenochtitlan, e imaginó que los dioses indígenas huían a través de los pasadizos subterráneos hacia la superficie.

“La ciudad de México es como Roma”, dijo Fuentes una mañana mientras caminaba por las excavaciones del Templo Mayor azteca, en el centro de la ciudad. “Hay muchas, muchas capas.” De traje blanco y camisa blanca con el cuello abierto, color que reflejaba un sol esplendoroso, Fuentes era su propia y deslumbrante imagen. Los transéuntes se detenían a contemplar tanta elegancia. A medida que se fue adentrando en las ruinas, comenzó a parecerse al fantasmagórico narrador de su primera novela: “… desciendan conmigo a nuestra ciudad cicatriz de luna… ciudad testigo de lo que todos nosotros olvidamos”.

Oí la voz que decía: “Bajo la fina capa de la occidentalización, las culturas del mundo indígena— que existieron 30,000 años— siguen vivas. A veces de manera mágica, otras en las sombras”. Fuentes se dio la vuelta y pude ver su silueta delineándose en la calina de la luz. “Los dioses se defienden del genocidio, la comercialización, todos los abusos a que ha sido sometido el mundo indígena mexicano”.

En su emblemático cuento “Chac Mool”, una estatua del dios de la lluvia cobra vida y ahoga al coleccionista de arte que la conservó, un burócrata del gobierno. Espíritus y demonios acechan casi toda su literatura, y el caso más notable es Aura, una pequeña obra maestra sobre una hechicera anciana y de ojos verdes que tiene el poder de conjurar y suscitar la belleza de su juventud. El realismo mágico y la presencia viva del pasado son las fuerzas subterráneas en la obra de Fuentes. “Yo creo que éste es un país mágico”, dice Fuentes con orgullo manifiesto. “Neruda lo llama en sus memorias el último país mágico. Esta magia es un recurso nacional.

Pero Fuentes no se pierde en sus sueños y en el pasado. Es también una criatura de la política y del presente. En los años cincuenta y sesenta fue uno de los jóvenes airados mexicanos, la nueva generación de artistas y rebeldes que se atrevieron a criticar públicamente los fracasos de la Revolución mexicana y se sintieron atraídos por las posibilidades que había hecho surgir la Revolución cubana. La mejor novela de Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, es una crítica furibunda a la revolución traicionada por los oportunistas y una denuncia del status quo de México porque únicamente la mitad de la población del país tenía lo suficiente para comer.

En 1966 Fuentes había llegado a ser el escritor más importante de México. Como el Londres de Dickens y el París de Balzac, la ciudad de México de Carlos Fuentes se convirtió por vez primera en un personaje de la literatua mundial. Pero después de vivir más de veinte años en México, Fuentes empezó a sentir claustrofobia. Se trasladó a Europa y desde entonces no ha dejado de viajar. Cuando se le pregunta dónde se retiraría algún día, Fuentes se siente molesto de inmediato ante la pespectiva de quedarse en un lugar fijo. “Tal vez Londres, o Madrid”, musita, y cambia de tema. Aquella noche aludió a él de nuevo: “La ciudad de México se está suicidando. Es tan difícil vivir allí.” En su novela más reciente, Cristóbal Nonato, que pronto aparecerá en inglés, llama “Makesicko” a su en otro tiempo amada ciudad y pronuncia una admonición orwelliana, en un estilo sombrío y cómico, sobre un México destruido y desmembrado en el año 1992, gobernado por la derecha y ocupado en parte por el ejército norteamericano. “Podría instalarme aquí, en Tepoztlán, donde todavía se puede respirar”, dice mirando las imponentes montañas que sobresalen escarpadas al fondo del pueblo. “Pero sinceramente, me aburriría. Necesito bibliotecas, museos, la energía de una ciudad”.

Su familia parece aún más cosmopolita y apartada de México. Su esposa, Silvia, reportera eventual para la televisión mexicana, es bella, joven, rubia, sofisticada. Parece más francesa que mexicana. Ambos huyeron a París a comienzos de los setenta (Fuentes se divorció de su primera mujer, Rita Macedo, una actriz del cine mexicano) y siguieron viviendo allí mientras Fuentes prestaba servicios como embajador de México en Francia. Su hija de 14 años, Natasha, una belleza que se enfurruña, se niega a trasladarse de un lado a otro por los viajes de su padre y está en un internado en París. Carlos Jr., de 15 años, es un adolescente norteamericanizado y obsesionado con Marilyn Monroe, James Dean y Montgomery Clift. Es pintor y admira a Sean Penn.

Carlos Fuentes es disciplinado, eficiente y, como él mismo admite, algo calvinista cuando se trata de las satisfacciones de un trabajo duro. Una de las imágenes más grabadas que yo tengo de Fuentes es la de un hombre distinguido y ansioso, de pie en una esquina de las calles de México, escudriñando con nerviosismo el tráfico dominguero en busca de señales de nuestro equipo de televisión. Como de costumbre, nosotros llegamos con retraso y él es absolutamente puntual.

Estar con Fuentes es un agotamiento intelectual. Brillante, curioso, habla con fluidez cuatro idiomas, es de una imaginación desbocada y puede ser extenuante. Puede ser también sumamente encantador o, cuando alguien no le importa mucho, de una vivaz cordialidad al estilo de un funcionario de embajada. Puede llegar a intimidar con facilidad y es irascible, pero también da muestras de un maravilloso y espontáneo sentido del humor. Bajo la superficie de este elegante intelectual latinoamericano se esconde una persona juguetona y cómica.

Joan Saffa, mi coproductora, y yo alcanzamos a Fuentes en Washington en febrero de 1988, cuando salía de su agujero en una oficina sin teléfono de un edificio semiabandonado de la Universidad de Georgetown al cabo de largas horas de escritura. A Fuentes no le hace falta aislarse para escribir. Yo lo he visto preparar una conferencia en el retumbar de un tren y tomar notas minuciosamente para una novela en el asiento trasero de un coche a toda velocidad. Pero su personalidad tiene definitivamente dos caras: el escritor privado y la figura pública. Necesita las dos como aire y agua. Después de haber satisfecho su impulso de retirarse y escribir, vuelve a sumergirse con energía en el ámbito público.

Después de dos días de grabar en video, llegamos recién pasada la medianoche al National Arts Club en Nueva York, donde Fuentes acaba de recibir su premio. Cuando el equipo se dispone a partir, Fuentes, totalmente a sus anchas en su smoking, sigue todavía entusiasmado y rodeado de amigos y admiradores. A la mañana siguiente, me encuentro con él a las siete en el vestíbulo del hotel en el que se aloja en pleno Manhattan. Yo estoy todavía legañoso; él sale con paso seguro del elevador, recién afeitado y luciendo una gabardina a la moda y bufanda. Parecía el James Bond del subdesarrollo, como apodó un crítico al protagonista de la novela de espionaje de Fuentes, La cabeza de la hidra.

En el tren rápido a Washington me siento junto a él. En una imitación inmejorable de los diálogos de gangsters de Hollywood, coloca su muñeca junto a la mía y me dice inexpresivamente: “No creo que sean necesarias las esposas”. Después, cuando el tren parte de Penn Station, anuncia que va dar una cabezadita de 45 minutos. Dicho y hecho. En menos de una hora despierta, pide una coca y se pone a corregir trabajos de sus alumnos y a dar los últimos toques a su clase. Cuando termina, escudriña página por página The New York Times y se detiene a leer todos los artículos sobre Centroamérica. Al finalizar hablamos, pero no pasa mucho rato antes de que empiece a mirar el reloj. El tren lleva unos cuantos minutos de retraso y Fuentes se empieza a poner nervioso por si llega tarde a la clase que imparte en George Mason University, en Virginia, donde le pagan una cuantiosa suma. Brinca del tren y ya en el taxi su angustia va en aumento cuando cruzamos el Potomac. Sólo se relaja cuando llegamos al recinto universitario, en los suburbios, con tiempo de sobra.

En su seminario, Fuentes demuestra ser el profesor ideal. Toma en serio a sus alumnos, dirige como experto una discusión sobre la doctrina Monroe, se sale por la tangente y habla de la Inquisición española, incluso escucha pacientemente a una mujer que defiende con ardor e insistencia la continuación de la ayuda militar norteamericana a los contras “para preservar la democracia”. Cuando Fuentes, con bastante suavidad, pregunta si a Estados Unidos le preocupaba la democracia en Nicaragua durante la dictadura de Somoza, la mujer cambia de marcha y dice que no es tanto la democracia lo que debe preocuparnos como poner fin a la difusión del comunismo internacional. Algunos estudiantes se quejan pero Fuentes se niega tanto a ser condescendiente con ella como a eludir el tema y la discusión prosigue.

Después hay un almuerzo privado con el presidente de la universidad y, al terminar, Fuentes camina rápidamente a un auditorio repleto con más de seiscientas personas. Esta serie de conferencias está abierta al público y hubo piquetes de derecha que alteraron el orden las primeras veces que Fuentes hizo acto de presencia, hasta el punto en que los guardias de seguridad tuvieron que escoltarlo hasta el estrado. Pero aquel día reinaba el decoro. Fuentes se lanza sin vacilar a una charla de dos horas, sin interrupción y a ritmo rápido, sobre el arte y la literatura de la España medieval. “¡Es tan apasionado!”, dice desfalleciente un profesor de mediana edad de una escuela local para maestros.

Al terminar la conferencia, después de compartir un jerez con los miembros de la facultad, Fuentes regresa a toda prisa a la casa que renta en la ciudad, en el barrio de Georgetown, justo a tiempo para ponerle comida al pez al que se ha comprometido a mantener vivo. Mientras cumple la tarea canta “Three Little Fishes” y despliega un cuento de caricaturas de peces de colores que bailan con sombreros de copa y frac. Se está haciendo tarde. Fuentes desaparece escaleras arriba para bañarse, volverse a afeitar, cambiarse de ropa y ponerse un traje oscuro de corte impecable; se somete a otra hora más de entrevista ante la cámara y, por último, interrumpe cuando llega un chofer que le envía la embajada de Suecia para llevarlo a una cena-reunión con el ministro sueco de Relaciones Exteriores. Cuando yo, arrastrándome, me meto en la cama, el escritor/diplomático de 60 años de edad está ventilando todavía cuestiones con los suecos.

El viaje de Fuentes a Nicaragua en enero de 1988 fue verdaderamente agotador. Estuvo de un lado para otro día y noche durante una semana, sin dormir nunca más de cinco horas. Como invitados de los sandinistas, Fuentes y el escritor William Styron fueron en jeep a la sierra plagada de contras al norte de Matagalpa. En un helicóptero soviético sobrevolaron campos recién irrigados; cruzaron una y otra vez un lago en una embarcación tan desvencijada y oxidada como la Reina Africana; visitaron cooperativas agrícolas en lucha y una fábrica de calzado baldada por la escasez; hablaron con los heridos en tristes salas de hospital. Y todas las noches comieron, bebieron, fumaron puros y hablaron durante horas con los dirigentes sandinistas Daniel Ortega, Sergio Ramírez, Tomás Borge, Ernesto Cardenal y Jaime Wheelock. En el rostro de sabueso de Styron se empezaba a notar el cansancio, pero Fuentes tenía el aspecto floreciente de un corredor de maratón.

Las conversaciones más incisivas que alcancé a oír fueron las que intercambiaron Fuentes y Borge, el tenaz ministro del Interior que fue torturado por la guardia nacional de Somoza. En una conversación sobre si la contra llegaría a derrotar a los sandinistas, Borge dijo decididamente que algo así era imposible porque los contras “van a contrapelo de la historia”. Fuentes interrumpió para preguntar: “¿Y cuál fue la experiencia de Guatemala en 1954 y de Chile en 1973? ¿No se demostró que la izquierda puede ser derrotada?”. “No”, respondió Borge, cortante. “Ellos no armaron al pueblo, por eso perdieron”.

Ambos continuaron discutiendo y Fuentes insistía, “La historia tiene cómo abrirse paso por cualquier ideología que se le imponga”. Después se enredaron de nuevo, esta vez sobre el tema de los partidos de oposición. Borge dijo que su opinión personal era que ningún partido de oposición podía llegar a ganar a los sandinistas en las urnas. “Ahora no”, asintió Fuentes, “pero en el futuro, ¿por qué no?”. “Sólo si son antimperialistas y revolucionarios”, proclamó Borge. “Si un partido reaccionario ganara, yo dejaría de creer en las leyes del desarrollo político”. “Yo no estaría tan seguro de estas leyes”, advirtió Fuentes.

Mientras Fuentes estaba de gira por Nicaragua, el presidente Reagan pidió al Congreso que aprobara el incremento de ayuda militar para los luchadores de la libertad. “Hay un viejo obseso en Washington que sueña con guiones de cine que nunca tienen lugar de hecho, busca los renglones faltantes, consumido por sus propios miedos”, nos dice Fuentes enojado cuando finalmente le alcanzamos para una entrevista. “Espero que cuando se vaya? sus miedos, obsesiones y paranoia desaparezcan también con él”.

Yo únicamente he visto que una persona le robe la atención de los demás a Fuentes, y es Borge. Es macho, tosco y exhibicionista por naturaleza. Cuando estaba despidiendo a Fuentes y Styron, que partían de visita a un hospital militar de campo en una zona bastante peligrosa, Borge bromeó: “Ya veo los titulares: `Dos escritores de fama internacional asesinados por la contra’. Una publicidad nada despreciable para nuestra causa. Llamaría la atención sobre los ataques de la contra a la población civil. Pero, claro, íno sería muy bueno para los escritores!”. Borge y sus ayudantes se rieron a carcajadas —es el tipo de humor popular en una zona de guerra— pero Fuentes ni siquiera pudo esbozar una sonrisa.

En otra ocasión, Borge hizo reir a Fuentes cuando le contó que haber visto los pechos de una mujer lo salvó de hacerse cura. Nada detiene a Borge una vez que agarra vuelo y con Fuentes estaba en forma. Mientras Fuentes observaba muestras de café en una cooperativa en la sierra neblinosa y escuchaba cortésmente la descripción que le hacía un administrador de los resultados de la cosecha, Borge se escapó a hablar con una mujer, ojerosa por el cansancio, y otros pobladores reticentes. Regresó gritándole a Fuentes: “Aquí la cosecha más abundante no es el café, son los niños. Esta mujer tiene doce hijos y otra ocho. ¿No sabías que Nicaragua tiene una de las tasas de natalidad más altas del mundo? Sólo los anticonceptivos pueden servir de algo, la abstinencia es imposible”. Los campesinos sonrieron con satisfacción; aquel personaje de baja estatura y ligeramente encorvado los había cautivado. “Mejor nos vamos de aquí antes de que las compañeras que vinieron con nosotros queden embarazadas”, rio Borge, mientras le hacía un guiño a la militante reportera del periódico sandinista Barricada y conducía al grupo formado por Fuentes, Styron y su comitiva a un convoy de jeeps.

En Managua, Fuentes quedó muy conmovido por la visita a un hospital con niños mutilados a consecuencia de ataques de la contra. Habló con ellos pausadamente y consolándolos. Nos hizo salir furioso con un gesto de la mano cuando nos introdujimos con la cámara. Al salir del hospital, estaba callado y retraído, algo poco común en él. Fuentes puede ir de prisa por la vida, con su insaciable curiosidad, corriendo de un país a otro y brincando de tema. Pero discrimina. Absorbe los momentos significativos y los destila en su imaginación. (Meses después del viaje a Nicaragua, al final de una larga y reveladora conversación, Fuentes dijo, “Me encantaría ser Buster Keaton. Es el ángel del cine. Es la inocencia y la pureza que nunca he visto en la vida. Tal vez en algunos niños, como los que vi en Nicaragua, los que estaban mutilados. Tenían esa misma pureza, tenían halos”).

En un discurso al cuerpo diplomático y a funcionarios sandinistas, Fuentes declaró: “La defensa de Nicaragua es la defensa de toda Latinoamérica”. “Me gustaría que un fabricante de café suizo inventara una fórmula para la democracia instantánea, como el café instantáneo, mediante la cual Nicaragua se pudiera convertir en Suecia de la noche a la mañana. ¡Pero no!”, insiste Fuentes. “La democracia requiere tiempo. Dejen a Nicaragua en paz. No maten a su gente ni quemen sus cosechas y sus escuelas. Y Nicaragua encontrará su camino, un estilo nicaragüense de democracia”.

¿Y cuánto tiempo será necesario para lograrlo? “Bueno, en el caso de Cuba”, suspira Fuentes, “ha tomado demasiado tiempo. Cuba necesita una dosis de perestroika. La Revolución cubana ha hecho grandes cosas en educación, salud y condiciones de trabajo, pero el precio que se ha pagado en libertad individual es excesivo. Ya es hora de corregirlo. Cuba debería retirarse del tablero internacional de ajedrez de la confrontación Este-Oeste y concentrarse en sí misma, en la cuestión de los derechos del individuo, libertad de expresión y democracia”.

Al término de su semana en Nicaragua, Fuentes y Styron se encontraron de un momento a otro en un autobús con destino a Costa Rica viajando en plena noche. Horas antes, Daniel Ortega los sorprendió con una invitación para que acompañaran a la delegación nicaragüense a una conferencia cumbre de presidentes centroamericanos. El tema de la sesión era la puesta en práctica del plan de paz que proponía el presidente de Costa Rica, Oscar Arias. Un titular de The New York Times destacaba que Ortega había llegado con una “Fuerte escolta literaria”.

“Salvo en las reuniones privadas de los propios presidentes, Carlos y yo estuvimos presentes en todas las deliberaciones”, dijo Styron, “y fue fascinante verlo”. Styron observó cómo Fuentes asumía el papel de diplomático: “Creo que Arias sintió que Carlos era un intermediario valioso entre el plan de paz y Ortega. Y de hecho creo que Carlos fue capaz de transmitir algunas de las ideas de Arias a Ortega. No quiero decir con esto que Carlos se convirtiera de repente en la eminencia gris, pero los presentes lo respetaron como persona influyente que podía contribuir en algo”.

En las conversaciones, Ortega hizo concesiones, lo cual condujo a un cese al fuego en Nicaragua, y prosiguió negociando con la contra cara a cara. Pero la paz real sigue siendo tan fugaz como siempre y Fuentes a veces se desespera de que Washington llegue a “cometer el espantoso error de invadir abiertamente Nicaragua y provoque una reacción en cadena en todo el hemisferio… Soy simplemente un individuo más que trata de hacer llegar al pueblo norteamericano el mensaje de que esta guerra en Nicaragua es un desperdicio de sangre”.

En los últimos años, Fuentes, ciudadano del mundo, ha vuelto a tratar en su literatura temas y escenarios mexicanos: Agua quemada, una serie de cuentos; Gringo viejo, Cristóbal Nonato y la novela que está escribiendo sobre el asesinato de Emiliano Zapata.

“Las caricaturas de Zapata como un Atila bañado en sangre eran aterradoras”, dice Fuentes señalando historietas publicadas en periódicos de la época y que se exhiben en un museo de Morelos, la tierra de Zapata. “En la ciudad de México la gente temblaba de miedo a la llegada de este hombre que en realidad era sumamente comedido y aristocrático. Creo que incluso hoy en día, en México la burguesía teme encontrarse con los verdaderos aristócratas del país que son los indígenas y campesinos. Ellos fueron los antiguos príncipes de este reino. Han vivido en esta tierra por decenas de miles de años y tienen en ellos el sello de la nobleza que, por desgracia, la mayoría de nosotros no tiene porque descendemos de inmigrantes”.

Fuentes es demasiado peripatético para llegar a involucrarse directamente en la política interna mexicana, pero como casi todo el resto del país ha seguido con entusiasmo el proceso de las elecciones que se han celebrado este año. “Ha habido una movilización popular tremenda en el país”, vocifera Fuentes a través de una vacilante línea telefónica. “México ya no será el mismo”. Está impresionado por la “seriedad” del candidato de la oposición de centro-izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, hijo, claro está, de Lázaro Cárdenas, el presidente que hizo que Fuentes descubriera su “mexicanidad” cuando nacionalizó el petróleo en 1938.

“Fue una estupidez por parte del PRI no negociar con Cuauhtémoc cuando éste presionó para que hubiera una apertura, para que el partido se democratizara”, dice Fuentes. “Fue un gran desatino de estrategia. Ahora, al PRI le gustaría negociar, pero es demasiado tarde y tiene que aprender a vivir con una verdadera oposición. Si no lo hace, podría desencadenarse un infierno”.

Fuentes es un hombre con intereses políticos, pero no desea presentarse como candidato, a diferencia de otro célebre escritor latinoamericano, Mario Vargas Llosa, que ahora es conservador y probable candidato a la presidencia del Perú. Si dejamos de lado las cuestiones de temperamento (Fuentes es demasiado quijotesco para ser un político), Carlos carece de base política en México y tampoco ha pasado en su país el tiempo suficiente para desarrollarla. Como raras veces está en la ciudad de México, sus largas ausencias lo convierten en blanco de acusaciones de ser un extranjero en su propio país. 

“Fuentes me recuerda un poco al obispo Desmond Tutu”, comenta Jane Fonda en un descanso durante la filmación de Gringo viejo. “Es un contexto completamente diferente, pero ambos desempeñan un importante papel internacionalmente, contribuyendo a que la gente entienda los países a los que ellos pertenecen”.

Fuentes goza todavía de un amplio público lector en México y todavía habla directamente a la gente de su país, pero no parece ser cierto que, en su política y en su literatura, Fuentes se haya creado el papel de embajador, de intérprete, de hombre idealmente adecuado para salvar el abismo existente entre Estados Unidos y Latinoamérica.

Hacia el final de Gringo viejo, el personaje que Fonda representa, Harriet Winslow, una maestra de escuela procedente de Washington, D. C., que sueña con civilizar a México, cruza la frontera de Estados Unidos de regreso para huir de la revolución que ha desquiciado su vida. Pero en el último momento se da cuenta de que ya no quiere “salvar” a México, sólo quiere aprender a vivir con él. “De modo que corre hacia el puente para regresar a México, pero cuando llega a él, el puente estalla en llamas y se incendia”, dijo Joan Didion al National Arts Club cuando condecoró a Fuentes. “Yo creo que ahora a todos nosotros nos gustaría que no se quemaran los puentes. Pero Carlos nos comunica que van a desaparecer o que tal vez ya no existen”.

Carlos Fuentes, un don Quijote del siglo XX, un hombre que se mantiene en movimiento para existir, no tiene ningunas ganas de que se quemen los puentes entre Estados Unidos y Latinoamérica. El los necesita para cruzar fronteras, reales e imaginarias. Pero cuando huele a humo, es el primero en advertírnoslo, aun cuando nos hagamos los sordos.

Traducción de Isabel Vericat Núñez