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Este año fue, en muchos sentidos, el año más feminista de mi vida. El hecho de que eso haya sido así en una época definida por el encierro en la casa —justamente ese lugar del que las mujeres llevamos más de cien años tratando de escapar—, no deja de sorprenderme. Y sin embargo, afirmaría que hay mucho de género involucrado en la forma en que las mujeres con las que he colaborado nos hemos acompañado, pensado y trabajado juntas, aun cuando no nos conocemos, no nos podemos ver y, además, hicimos malabares con dobles y hasta triples jornadas.

Ilustración: David Peón

Con muchas de ellas he descubierto las virtudes y dilemas de hacer activismo feminista en la academia. Ese otro encierro, en la torre de marfil.

Que lo que nos importa en términos políticos pueda ser nuestro objeto de estudio es un enorme privilegio. Poder darle vueltas, hacer preguntas y construir respuestas leyendo y escribiendo tiene consecuencias reales en nuestro actuar político. Nada más útil para superar el falso dilema estratégico entre el feminismo y la lucha por la redistribución material ––sobre el que es necia nuestra izquierda–– que leer a Alexandra Kollontai, o regresar a las mujeres que militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Nada como terapearse la frustración con las asambleas feministas que leer sobre los escollos detrás de cada frente de mujeres que logró conformarse en el siglo XX en México.

Pero la academia también es un lugar en el que las desigualdades de género se esconden de formas macabras. Sin hablar del acceso diferenciado o de la distribución de poder que permite violentar a estudiantes sin consecuencias, entre los pasillos de las universidades e institutos la desigualdad aparece cada vez que a las autoras se les refiere por su nombre de pila y no por sus títulos y apellidos; cada vez que a una aspirante a estudiar un posgrado se le pregunta si planea tener hijos para decidir admitirla o no; cada vez que se conviene que ellas son asistentes y ellos coautores; cada vez que en las compilaciones, mesas y demás eventos que pretenden retratar el estado de la cuestión de un campo no hay nombres de mujeres.

Este año escribí un texto sobre un ejemplo concreto de esto último. La respuesta de los aludidos fue descalificarme por mi juventud, retarme con lógicas de lealtad porque antes “se me había dado una oportunidad”, recomendarme libros para informarme mejor y recitarme citas condescendientes sobre el propósito de la historia. Como si necesitara que también un romano del siglo I d. C. me machoexplicara sobre mi trabajo de tiempo completo.

Llamar la atención sobre todo eso que es injusto en el mundo atenta contra los códigos de objetividad, neutralidad y ecuanimidad con los que la academia ha de juzgar a la realidad. Pero lo que es más, pone en riesgo al tótem del mérito, de por sí frágilmente construido a base de saberes acumulados de manera medio desordenada. Quejarse de la torre de marfil es de mal gusto. Si sus pasillos son silenciosos, sus habitantes sabios, sus revistas indexadas.

Un grupo de mujeres que tratamos de cambiar las cosas dentro de nuestra institución hemos aprendido a desafiar esos supuestos una nota al pie a la vez. Así, hemos exigido que las mujeres que trabajan en el comedor y haciendo la limpieza no sean olvidadas durante las conmemoraciones por el aniversario de la institución. Que el protocolo para erradicar la violencia de género funcione aún en la virtualidad. Que el compañero que fue denunciado por violencia sea el que se retire de la clase en la que las mujeres se sienten inseguras, y no ellas las que pierdan la materia. Que la discusión sobre cuidados que lidera uno de los centros de investigación sirva para averiguar cuál es la situación de las mujeres que trabajan en la institución. Que, aunque sea sólo por un día, los salones y auditorios con nombres masculinos grabados cedan su lugar a hojas de papel con el nombre de las investigadoras. 

Las quejas son más potentes en las calles y la lucha ha de ser por el mundo entero. Pero el feminismo se construye sobre la idea de minar todo eso que se oculta entre cuatro paredes. Sigamos interceptando lo que se reproduce rebotando dentro de las torres. Nunca, como este año, ha sido tan importante poder escapar de los encierros. Y lo estamos haciendo entre desconocidas.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert
Historiadora y editora en nexos