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Héctor Aguilar Camín: Después del milagro. Ediciones Cal y Arena, México, 1988, 296 pp. 

Para Hector Aguilar Camín, el oficio del historiador se emparenta con el interés de explicar los mecanismos más profundos que mueven a la Historia, a su vitalidad: sus subversiones silenciosas. En Después del milagro, Aguilar Camín habla de esos cambios que en nuestra paz posrevolucionaria pueden verse como un «alud silencioso de transformaciones en cuyo rumor sordo es difícil percibir los rasgos convencionales del país que hace dos décadas llamábamos México. Se han ido acumulando esos cambios como el musgo y el tiempo en las ciudades en ruinas, sin prisa pero sin pausa, en el ritmo lento y vertiginoso de los hechos históricos» (p. 17).

Este libro se propone dos cosas, sobre todo: describir los cambios de las últimas décadas en nuestra realidad nacional y explicar cómo estos cambios desbordan las reglas del pacto histórico que los hizo posibles.

Al cierre del ciclo armado de la Revolución mexicana de 1910, se dispersaron por todo el territorio los vientos indispensables para acceder a la modernidad. La sociedad mexicana hizo suyos cotidianamente los impulsos que podrían materializarla. Argumentos como democracia, igualdad, libertad o justicia social, dejaron de ser simples ideas para convertirse en patrimonio de la nación y obligaciones de sus gobernantes. Los diferentes engranajes del México nuevo echaron a andar una maquinaria a contracorriente, inercias opuestas que con el paso de los años dieron origen a una idea de un México ideal y a otra de un México real. Los valores supremos de ese país ideal no han encontrado hasta la fecha su correspondencia en la nación, porque los gobernantes del país real han puesto todo lo que está de su parte para agudizar sus diferencias casi hasta el límite. Es aquí donde los cambios en el país -unos rápidos y poco trascendentes, otros a cuentagotas y a veces poco descifrables- rebasan los límites del pacto social a que dio origen la revuelta de 1910.

Unas de las paradojas cruciales del México de hoy acaso sea la acción constante de demanda de la sociedad civil a partir de un rasgo común: sus respuestas concretas al presente -el movimiento estudiantil de 1968, la acción empresarial de 1976 o la «toma de las urnas» en las elecciones de julio de 1988, por mencionar tan sólo algunos casos relevantes- exigen que se haga realidad todo lo que la Revolución mexicana no ha querido ni podido cumplir: demanda lo que ésta empezaba a desechar por las acciones concretas de sus gobiernos posrevolucionarios para oponerse a la conformación política y a la realidad económica que ella misma había producido. Dicho de otra manera, la nueva sociedad civil mexicana actúa para exigir del gobierno únicamente lo que éste no le ha dado y que se presentó como algo viable a raíz de la culminación de la lucha armada en los años veinte. El Estado no ha cumplido lo que al grueso de la población le ofrecía la Constitución de 1917 gracias a la inconsistencia de los programas de acción de cada sexenio. Aguilar Camín entiende que las sucesivas modernidades mexicanas han tenido un piso común que a la vez ha sido su arcaísmo limitante: el orden ancestral de nuestras desigualdades. Nada afrenta y describe mejor el corazón de nuestra historia que la vocación de construir una sociedad igualitaria.

Volcada la sociedad sobre la incertidumbre, su vitalidad sobre el presente genera un sinnúmero de perspectivas que, a primera vista, parecen respuestas sin coherencia ni sentido que se diluyen con el debilitamiento de sus resonancias. «Una nueva `voluntad colectiva’ recorre y desazolva los viejos cauces de la nación, pero no actúa sola y sin freno, sobre un paño intocado por la historia, sino sobre la acumulación de un enorme pasado» (p. 16).

Al abarcar grandes distancias de tiempo, Aguilar Camín despliega en Después del milagro una sugerente descripción y síntesis de muchos de los fenómenos de nuestra historia para enfatizar los problemas de hoy. Le interesa entender el lenguaje y características de las distintas épocas, en la medida en que dejan de ser fenómenos cambiantes que perecen sin dejar un rastro firme en la historia. El lenguaje de las distintas épocas solo nos da a conocer imágenes móviles: aparece sobre el tapete de los acontecimientos para desaparecer después.

En medio del barullo de la vida cotidiana, su enfoque quiere captar lo que no varía o varia muy lentamente en el fondo de la trama. Sólo es posible comprender, y sobre todo seguir el rastro de estas realidades en su lentísima evolución, si se recorren y se contemplan espacios de tiempo muy amplios. Como ejemplo baste señalar los cambios que Aguilar Camín describe cuando dice que la sociedad mexicana está dejando de ser una instancia centralizadora en la toma de decisiones y posibilidades de desarrollo, para convertirse en otra descentralizada en tránsito de la vida rural a la industrializada, con todas las ventajas y desventajas que esto implica. Los movimientos de superficie, los acontecimientos e incluso los hombres, se borran ante nuestros ojos, destacando entonces las grandes permanencias, tanto conscientes como inconscientes. Estos son los fundamentos o, mejor dicho, las estructuras de la historia de México de las que se habla en Después del milagro.

La labor de cambio lento se está efectuando sin prisa. Poco a poco, gracias a esta selección, el país se está transformando, «separándose» de una parte de su propio pasado. De esto que los mexicanos se están desprendiendo es parte también de lo que se plantea en Después del milagro. Volverse una sociedad menos agobiada por el paternalismo y las decisiones piramidales en el orden de lo político para erradicar el presidencialismo absolutista, dando vía a un presidencialismo constitucional más equitativo y representativo de las diversas fuerzas que integran a la sociedad mexicana.

Aguilar Camín está seguro de una cosa: «Si algo demuestran las últimas décadas de México es que la acumulación de cambios graduales, hasta mezquinos, pueden significar, puestos juntos, un cambio radical», ya que «la modernidad social y económica de México ha tomado plenamente la iniciativa para modernizar también nuestra política. Nada – salvo la catástrofe, pero no creo en la catástrofe- impedirá esa actualización de nuestra vida pública. Su forma deseable no puede ser sino la que anuncian los comicios de julio de 1988: un tránsito tránsito de la dominación corporativa de partido dominante a un régimen de partidos competitivos que permita la alternancia pacífica en el poder. El régimen de partidos competitivos traerá lo demás, la reforma del presidencialismo, el equilibrio de poderes, el freno del autoritarismo y la impunidad, el control del gobierno por la sociedad, el reencuentro de la política profesional con la voluntad del país expresada en las urnas» (p. 284).

La interpretación que Después del milagro lleva a cabo, su «telehistoria», digamos, o la navegación en los altamares del tiempo -que no es el sabio cabotaje de las costas siempre a la vista- lleva al plano en el que la visión de Aguilar Camín más nos dice: los episodios que considera en bloque le permiten describir los acontecimientos libres de elementos superfluos para darnos cuenta de lo que está pasando realmente en el país; detalla hacia dónde se está dirigiendo ahora México en virtud de las acciones concretas que se están tomando al enfrentarnos los mexicanos a nuestras propias dificultades.

Los aciertos de Después del milagro de Héctor Aguilar Camín son sobre todo su vitalidad y frescura, armas indispensables para salir a la caza de los fantasmas que pueblan la historia.