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La reciente aprobación de una ley sobre interrupción voluntaria del embarazo en Argentina aumentó a seis el número de países latinoamericanos donde las mujeres acceden de manera legal y segura a un aborto: Cuba, Puerto Rico, Guyana, Guayana Francesa y Uruguay. México no está incluido, pues sólo existe la interrupción legal del embarazo (ILE) en dos de las 32 entidades federativas: Ciudad de México y Oaxaca. Si bien lo ocurrido en Argentina es un triunfo para el presidente Alberto Fernández, lo es mucho más para la Marea Verde, esa movilización masiva con la cual las feministas se expresan en el espacio público a favor de la legalización del aborto voluntario. Las argentinas retomaron el pañuelo, símbolo de lucha y resistencia de las Madres y Abuelas de las personas desaparecidas y asesinadas por el Estado durante la dictadura militar, y así recuperaron una perspectiva histórica al mismo tiempo que establecían un nuevo significante libertario. Los pañuelos verdes,1 piezas fundamentales del “repertorio de movilización”, insertan a quienes los portan en un marco compartido de significado político que atraviesa de manera transversal la clase social, la edad y la condición étnica: el solo hecho de traerlo amarrado al cuello, la muñeca o la bolsa produce un sentimiento de solidaridad y complicidad.

Ilustración: Víctor Solís

En 2018, cuando en Argentina hubo un primer intento de reformar la ley para convertir al aborto en un servicio sanitario, la Marea Verde movilizó cerca de un millón de personas.2 Y aunque en la Cámara de Diputados la votación se ganó en junio con 129 a favor y 125 en contra, en agosto se perdió en el Senado: 38 en contra y 31 a favor. No hay que olvidar que el Vaticano ha definido a la lucha contra el aborto como una de sus prioridades políticas, y que el papa actual es argentino. El Vaticano y sus aliados operaron políticamente y ese año frustraron el proyecto de ley.

Al activismo “provida” del Vaticano se han sumado recientemente los “nuevos” cristianismos, como los grupos evangélicos, que en América Latina han ido ganando influencia y posiciones estratégicas en términos políticos. A partir de las críticas internacionales recibidas por la abierta intromisión eclesiástica, que erosiona la separación Estado-Iglesia, las Iglesias han desplegado una estrategia paralela con la creación de organizaciones ciudadanas. Camila Gianella Malca estudia cómo con este tipo de activismo las Iglesias entran de manera subrepticia a la disputa política democrática y documenta la manera en la que estas agrupaciones ciudadanas, que se presentan como “expertas” acerca del “inicio de la vida”, utilizan un discurso sobre “la soberanía” que alienta el rechazo a instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS).3 Según Gianella el eje principal de esta estrategia transnacional es defender la protección del óvulo fecundado como un derecho inscrito en acuerdos internacionales, evitando usar el argumento religioso: Dios insufla el alma desde el momento de la concepción de un nuevo ser. Este dogma, al que se aferra el Vaticano, es el que obstaculiza un cambio en su postura.

En Argentina, el movimiento “provida” también retomó los pañuelos, pero azul celeste, el color de la bandera. Los Celestes siguen la estrategia analizada por Gianella Malca: esconden sus posicionamientos religiosos tras un discurso laico y seudocientífico. Mariana Carbajal entrevistó a dos investigadoras de la Universidad de Buenos Aires, María Alicia Gutiérrez y Victoria Pedrido, quienes documentan la transformación de las narrativas dogmáticas eclesiales en un discurso supuestamente sustentado en la ciencia, el derecho y la ética. Estas investigadoras encuentran que los Celestes dirigen su crítica al gobierno y sus políticas públicas por “no ofrecer condiciones dignas de vida”, ya que no han resuelto la pobreza y el desempleo. Su argumentación no va únicamente contra el aborto, sino que pretende recuperar un orden conservador, en la economía, la política y la vida social. De ahí que denuncien “la ideología de género”, con consignas que se desplazan por todo el continente como #ConMisHijosNoTeMetas, y que defiendan la familia tradicional, con sus roles complementarios entre mujeres y hombres. Así, un objetivo central es contraponerse a los feminismos y los grupos LGBTTIQ+, “a quienes acusan de ser una propuesta desintegradora del orden social”.4

Las investigadoras señalan que estos grupos se definen como “conservadores populares” y que el hilo conductor que los hilvana a todos es “la defensa de la vida”. Su estrategia se basa en la captación de jóvenes vía la utilización de redes y de influencers, y en la formación de coaliciones con gran presencia territorial, tanto a nivel nacional como regional. Una de las principales articulaciones celestes es una coalición de juventudes llamada el Frente Joven, que ya cumplió diez años y que tiene presencia en Argentina, Ecuador, Perú y Paraguay. Su lema, que cualquiera podría compartir, es: “Construyendo una sociedad más digna”. Buscan formar cuadros políticos para las elecciones legislativas, incluso ya lanzaron un nuevo partido, el Partido UNO (Una Nueva Oportunidad) en nueve provincias argentinas. Usan el lenguaje de los derechos humanos, aunque tergiversan su sentido, y proponen cambiar la política pública. Su lema es: “Sin vida no hay derechos y sin derechos no hay futuro”. La consigna que llevaron al Congreso, tanto en 2018 como en 2020, es: “La vida no se debate”.

 

A finales de 2020 la Cámara de Diputados argentina aprobó el proyecto de ley que envió el presidente Fernández con 131 votos a favor, 117 en contra y 6 abstenciones; después el Senado lo hizo con 38 votos a favor, 29 en contra y una abstención. La Marea Verde estalló en júbilo en la calle, ante el estupor de los Celestes, que confiaban en la influencia de Jorge Bergoglio, el papa argentino.

¿Por qué en esta ocasión fracasó la intervención eclesiástica? Es un hecho que desde tiempo atrás en Argentina se empezó a dar un proceso de trabajo político transversal, que implicó a grupos feministas, asociaciones ciudadanas, representantes partidarios, sindicalistas y funcionarios de gobierno. La disposición de las feministas a articularse con otros grupos es fruto de un aprendizaje político colectivo, que en Argentina tiene un complejo recorrido de 37 años de construcción democrática y de 35 años de realización cada año de un Encuentro Nacional de Mujeres. Estas experiencias nutrieron a la Marea Verde y la volvieron una fuerza social capaz de amplificar una diversidad de voces reclamando ese derecho. Las feministas no sólo instalaron la discusión sobre el aborto en el debate público sino que, al poner los cuerpos en la calle, materializaron la vieja consigna feminista: lo personal es político. Victoria Freire lo dice claramente: “La Marea Verde vino a ampliar los términos de la ciudadanía política, el ejercicio de la voluntad y el placer”.5

Sin embargo esta victoria democrática requirió algo más que esa articulación de variadas luchas por derechos humanos, civiles y sexuales, y de lo que Florencia Minici califica de una “serie de prácticas asamblearias democráticas de gran pluralidad”.6 La ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta, declaró que cuando “se enlaza la organización, la movilización, la lucha por los derechos y la decisión política”7 se produce una “alquimia imbatible” para transformar la sociedad. En esta ocasión el elemento que hubo fue la voluntad política del gobierno y, en concreto, del presidente.

La forma en que las argentinas lograron desplegar su acción política sacudió las conciencias de muchas mujeres en el continente. Días después de la aprobación, la Comisión de Mujeres y Equidad de Género de la Cámara de Diputados de Chile comenzó a organizar el debate de un proyecto de ley que modifica el Código Penal para despenalizar “el aborto consentido por la mujer dentro de las primeras catorce semanas de gestación”.8

 

Las actuales luchas de las mujeres por decidir sobre su cuerpo expresan nuevas maneras de verse ellas mismas y de ver la vida: rechazan el fatalismo biológico de tener todos los hijos que Dios mande, desmitifican la maternidad como el destino “natural” de las mujeres, priorizan otras elecciones vitales e incluso inauguran una decisión moderna —no ser madres. En el debate argentino, tan atravesado por el discurso psicoanalítico, circularon reflexiones acerca del deseo de ser madres y del deseo de no serlo.

Hubo intervenciones feministas de diputadas y senadoras. Gabriela Cerruti, quien respondió a un diputado que planteó que no se debía discutir este tema porque se vive una crisis económica, dijo: “No es una novedad que este mundo es injusto, no es una novedad que en este mundo hay miseria, no es una novedad que éste no es el mundo que queremos. Lo que venimos a pedirles hoy es que dejen de hacer del cuerpo de las mujeres el territorio de disputa de aquello que no pueden solucionar la economía o la política. El mundo es injusto, efectivamente, pero la respuesta no está en nuestro útero”.9

No va a ser fácil enfrentar a la estrategia del proyecto eclesiástico que defiende ese abstracto “derecho a la vida”, pues la narrativa que utiliza lo inscribe en un anhelo de “dignidad” que comparten amplios sectores. Tal vez una tarea democrática sea denunciar el fundamentalismo y la moralización inherentes a esa perspectiva que sustituye la reflexión política por declaraciones moralistas. Lo apunta Chantal Mouffe: “En los últimos tiempos la moralidad ha sido promovida al puesto de narrativa maestra y está reemplazando los discursos políticos y sociales, desacreditados a la hora de proveer lineamientos para la acción colectiva”.10

Entre las varias lecciones que aprender de lo ocurrido en Argentina tal vez la más relevante es la forma en que la Marea Verde asumió la vieja consigna de “la unión hace la fuerza”. Otro aprendizaje sustantivo ha sido el proceso de debate público que logró quebrar el ocultamiento hipócrita del tema. Ésa es, quizás, la mayor carencia que padecemos en América Latina, pues en nuestros países no hay un debate público acerca del aborto que confronte al discurso del fundamentalismo religioso católico y cristiano. Lo que tenemos de sobra son voceros religiosos, cuyos prejuicios y amenazas flamígeras impactan las vi das y las subjetividades, mientras figuras políticas supuestamente democráticas guardan un silencio que encubre la extendida y riesgosa práctica de los abortos ilega les que se llevan a cabo todos los días, en todos los países del continente.

Si bien la ley en Argentina no se hubiera logrado sin un gobierno y un presidente comprometidos de verdad y sin la voluntad política de quienes integran la Cámara de Diputados y Senadores que resistieron presiones durísimas, lo crucial ha sido la determinación de una sociedad movilizada, que planteó que las mujeres tienen otros deseos más allá de tener hijos y que exigió acabar con el sufrimiento de una maternidad impuesta o del riesgo de un aborto clandestino. La legalidad para interrumpir un embarazo no deseado también elimina la hipocresía social que rodea esa práctica, aunque lo realmente importante es que acaba con la injusticia social que implica, para la mayoría de las mujeres, no tener acceso a abortos seguros por el alto costo que tienen cuando son ilegales.

 

Marta Lamas
Antropóloga y feminista. Investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM. Su libro más reciente es Memorias incompletas. Algunos de mis activismos feministas (UNAM, 2020).


1 El verde significa, al mismo tiempo, esperanza y ¡adelante! En México, el verde es el símbolo de uno de los grupos principales en la larga lucha por la legalización, el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE). Su logo es precisamente un círculo verde que alude a esa luz del semáforo que dice ¡Siga! En una reunión que GIRE tuvo en Argentina a finales de los noventa explicó la elección del color verde.

2 Elizalde, S. y Mateo, N. “Las jóvenes: entre la marea verde y la decisión de abortar”, Salud Colectiva, núm. 14(3), Universidad Nacional de Lanús, 2018, pp. 433-446.

3 Gianella Malca, C. “Movimiento transnacional contra el derecho al aborto en América Latina” en El aborto en América Latina. Estrategias jurídicas para luchar por su legalización y enfrentar las resistencias conservadoras, Bergallo, P.; Jaramillo Sierra, I. C., y Vaggione, J. M. (compiladores), Siglo xxi Editores/Red Alas, Buenos Aires, 2018, pp. 351-377.

4 Carbajal, M. “Quiénes son los nuevos Celestes y su retórica laica”, página12, 28 de diciembre de 2020.

5 Freire, V. “De la marea verde a la marea ciudadana”, La Cuarta Ola feminista, VV. AA., Mala Junta Poder Feminista, Buenos Aires, 2019, pp. 87-97.

6 Minici, F. “Resistencia permanente” en Los feminismos ante el neoliberalismo, Nijensohn, M. (compiladora), La Cebra/ LATFEM, Argentina, 2018, pp. 39-50.

7 “Aborto Legal: Alberto Fernández promulgó la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo”, Página12, 14 de enero de 2021. La transmisión de todo el acto se encuentra en https://www.youtube.com/watch?v=8Yx8AgCxIXs.

8 “Chile empieza a debatir el aborto”, Página12, 13 de enero de 2021.

9 Cerruti, G. Intervención en el Congreso, 2020, https://www.youtube.com/watch?v=WwnwabCoenw.

10 Mouffe, Ch. “Política y pasiones, las apuestas de la democracia”, Arfuch, Leonor (compiladora), Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2016.

 

2 comentarios en “Aborto, hipocresía y deseo

  1. Vender el aborto, que es la privación de la vida de un ser humano, como un derecho y una conquista social es un síntoma inequívoco de la decadencia en nuestras sociedades. La reciente legalización en Argentina responde a intereses políticos y económicos que usan la bandera social y feminista como instrumentos de legitimación, sin ser realmente un beneficio para la sociedad ni para la mujer, más allá de discursos y relatos, que buscan distorsionar la realidad a base de consignas, lo realmente importante es que sean las ciencias naturales la base para determinar cuándo se es un ser humano.