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La pandemia de covid-19 trae consigo una preocupación social renovada por la dimensión cognoscitiva, afectiva y conductual de la salud. En justicia, esta dimensión se ha descrito en forma explícita en el contexto de muchas enfermedades, de la infección por VIH al cáncer, de los problemas neurodegenerativos a los cardiovasculares. En la formación de la profunda angustia colectiva hay varios ingredientes en juego: la percepción de que todos somos vulnerables, el paro de las interacciones sociales y económicas y la cuarentena interminable. El aislamiento sincroniza en forma inesperada a las colectividades con el padecimiento de los enfermos.

Ilustración: David Peón

Para entender la relación entre la pandemia y la salud mental, quiero proponer un esquema formado por círculos concéntricos. El eje de análisis de esta espiral es el grado de exposición al virus: en la zona central están los enfermos, quienes viven en forma directa los efectos de la infección sobre el cuerpo y la conciencia. En las formas graves están bien descritos los problemas cognitivos de la fase aguda: estados de confusión, pérdida de la orientación en el tiempo y en el espacio, con enorme inquietud psicomotriz, y alucinaciones, en algunos casos.1 Las personas que sobreviven a la fase aguda, en un porcentaje significativo, padecen secuelas cardiacas y respiratorias, dolor, fatiga, problemas emocionales y cognitivos.2 Se ha dado menos atención mediática al mayor riesgo de enfermar de covid-19 que tienen las personas con padecimientos mentales, aunque hay evidencia científica sólida al respecto. La desatención mediática señala el sesgo discriminatorio tan común en nuestra cultura.3

Hay un círculo dispuesto alrededor de las víctimas. Allí se encuentran los familiares, sujetos a una triple circunstancia: el duelo abrupto tras la muerte de sus seres queridos, la carga instrumental, económica y emocional que significa la posición del cuidador, y la amenaza permanente de contagiarse y entrar al círculo central. También debemos resaltar otra circunstancia emergente: nuestros rituales de despedida —una mediación simbólica frente a las pérdidas afectivas, la separación y la muerte— se han interrumpido y eso genera un mutismo tenso, sobrecargado de emociones.

En la tercera órbita están los trabajadores de la salud: el personal médico, de enfermería, de intendencia, los camilleros, los técnicos de laboratorio y gabinete. En el calor asfixiante de las áreas de hospitalización, en los consultorios públicos o privados, los trabajadores de la salud enfrentamos niveles muy altos de tensión laboral y estamos en riesgo permanente de caer al círculo central. La exposición al virus es cotidiana y llega al máximo en los trabajadores de la primera línea. Los problemas de ansiedad, depresión y estrés postraumático son comunes y por desgracia un sector del gremio médico tiende a encubrirlos o a ridiculizarlos.

Hay una cuarta órbita, a mi parecer. Allí veo a los trabajadores que no atienden los problemas de la salud, pero que no pueden ir a casa: deben mantener el sistema económico y la interacción básica de nuestras comunidades. Los conductores del transporte público y de servicios privados, los empleados que atienden las tiendas de abarrotes, los cajeros y el personal de limpieza en los supermercados, los cocineros y repartidores de alimentos, y toda la cadena humana necesaria para mantener la producción alimentaria… El planteamiento es el siguiente: estos trabajadores se encuentran en un alto riesgo de contagio, ya que el ritmo de sus interacciones implica una mayor exposición al virus.

El recorrido por la espiral nos lleva al enorme círculo exterior, que contiene a los millones de personas sujetas en forma más o menos voluntaria a una cuarentena eterna. Me hago responsable por la metáfora (excesiva) de la eternidad. La Organización Mundial de la Salud ha empleado el término “fatiga pandémica” para referirse al oleaje multiforme de un malestar emocional cada vez menos cotidiano, vinculado en forma estrecha con la enorme duración de este fenómeno: a medida que se acumulan los meses, nuestros mecanismos de afrontamiento se agotan y aparecen sentimientos de enojo, frustración, tristeza, sobre un fondo de incertidumbre. En la explicación del desgaste físico y emocional hay que mirar hacia los factores de riesgo. Me refiero al clima generalizado de amenaza, presente en los relatos cotidianos, en las noticias y en la estadística ominosa con su numeralia de la muerte. Hablo también del desastre económico y de las pérdidas de movimiento y esparcimiento: el espacio para el juego y la convivencia se reducen o caricaturizan; el encierro nos vuelca hacia un mundo virtual que funciona como paliativo, y a veces como remedio, pero que carece de atributos esenciales para nuestra vitalidad. Y así aparecen problemas clínicos como el insomnio, la fatiga y los estados de ansiedad que pueden incluir el terror repentino de estar enfermo, infectado. Muchos casos corresponden a crisis de angustia, con su falta de respiración transitoria y sus somatizaciones espectaculares. Los estados depresivos se multiplican,4 así como el consumo de drogas ilegales y legales y los comportamientos violentos dentro del hogar.

En la escala sociológica vemos la aparición de corrientes irracionales o fraudulentas, que se nutren del malestar cultural y lo alimentan, por ejemplo: la venta de productos milagro como el dióxido de cloro y las teorías de conspiración (“la plandemia (sic) fue creada por agentes económicos para controlar nuestros cuerpos y mentes, mediante vacunas que contienen un microchip con la enzima luciferasa, que se activa con tecnología 5G”). Las teorías y las actitudes negacionistas tienen grados variables de estructuración cognitiva, pero son apoyadas por líderes políticos y personajes de la farándula y se asocian a protestas violentas y a acciones destructivas contra la infraestructura de la salud. La polarización política (derivada del fanatismo, el cinismo y el oportunismo, si se me permite la rima) se agrega a nuestros desconciertos.

¿Hay un sitio en la espiral para el aprendizaje? Es urgente reconocer que nuestra sociedad, en su conjunto, no ha dado el valor suficiente al conocimiento científico necesario para proteger la salud. La ciencia es indispensable para resolver esta pandemia y otros problemas globales o locales. Pero se requiere un trabajo multidisciplinario para extender y profundizar las ramificaciones de una cultura científica, crítica y artística. Si la salud mental es un término que requiere una amplia discusión teórica, en el contexto pandémico es una oportunidad para la actividad integrada de la ciencia y el arte de la medicina, la psicoterapia, el trabajo artístico y cultural y la organización solidaria. Esto requiere la formación de acuerdos maduros, más allá de las pugnas territoriales. Junto a los efectos corporales del virus, hay que reconocer el papel de las experiencias traumáticas, la desprotección, las inequidades económicas, el acceso insuficiente y desigual a la atención sanitaria, el endeudamiento y la discapacidad laboral, en la génesis de los padecimientos mentales.5 Esto debería convocarnos a renovar la infraestructura, los recursos humanos y la cultura de la salud, con una atención cuidadosa a la relación entre la problemática social y la trayectoria de los problemas clínicos.

 

Jesús Ramírez-Bermúdez
Neuropsiquiatra y escritor. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores.


1 Rogers, J. P.; Chesney, E.; Oliver, D., y otros. “Psychiatric and neuropsychiatric presentations associated with severe coronavirus infections: a systematic review and meta-analysis with comparison to the COVID-19 pandemic”. The Lancet Psychiatry, 2020, doi:10.1016/S2215-0366(20)30203-0.

2 Taquet, M.; Luciano, S.; Geddes, J. R., Harrison, P. J. “Bidirectional associations between COVID-19 and psychiatric disorder: retrospective cohort studies of 62 354 COVID-19 cases in the USA”. The Lancet Psychiatry, 2020, doi:10.1016/S2215-0366(20)30462-4.

3 Ibid.

4 Ettman, C. K.; Abdalla, S. M.; Cohen, G. H.; Sampson, L.; Vivier, P. M.; Galea, S. “Prevalence of Depression Symptoms in US Adults Before and During the COVID-19 Pandemic”. JAMA Netw open. 2020;3(9):e2019686, doi:10.1001/jamanetworkopen.2020.19686.

5 Ibid.

 

2 comentarios en “La espiral de la pandemia y la salud mental