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En el Informe presentado por Arnoldo Martínez Verdugo en el acto de inauguración del XIX Congreso del Partido Comunista Mexicano (PCM), el 9 de marzo de 1981, se planteaba lo siguiente: “Los partidos —y no sólo los revolucionarios— expresan ideologías y promueven políticas cuyo contenido de clase ningún pluralismo logrará difuminar”. La asamblea plenaria, dominada por los llamados “dinos”, exigió que se añadiera, a lo dicho por AMV, este párrafo: “El Partido Comunista Mexicano rechaza el pluralismo en su seno, entendido éste en el sentido de pluralismo ideológico, por disgregador, pues un partido obrero revolucionario de masas (sic) debe basarse en la homogeneidad ideológica…”

Era la respuesta de la mayoría a la demanda de los “renovadores” por una apertura ideológica y política del PCM antes los cambios de ruta ocurridos en la sociedad mexicana y en la propia izquierda. Junto al pluralismo, se demandaba también la posibilidad de organizar corrientes diversas dentro del partido. A esto se respondió: la “organización de tendencias lesiona la democracia interna”, pues mucho militantes no están dispuestos a participar en estas corrientes organizadas y, por tanto, se les deja fuera del debate y al toma de decisiones.

Lo anterior no tendría probablemente la mayor importancia si no fuera porque recientemente, el 21 de octubre de 1988, algunos de los principales representantes de la corriente comunista suscribieron un Llamamiento para la constitución de un nuevo partido que, casi punto por punto, es la antítesis de aquella concepción. Entre los cientos de firmantes del llamamiento leído por Cuauhtémoc Cárdenas aparecen tres nombres altamente significativos: Arnoldo Martínez Verdugo, Gilberto Rincón Gallardo y Pablo Gómez, considerados los “bastiones” contemporáneos de la tendencia histórica comunista.

El Llamamiento plantea, en efecto, que se necesita un partido nuevo que sea “expresión de pluralidad” del voto del 6 de julio. El partido será “una alianza en la cual convergerán… demócratas y nacionalistas, socialistas y cristianos, liberales y ecologistas”. Frente al partido obrero revolucionario de masas, el documento del 21 de octubre propone una “organización de ciudadanos” que incorpore “la capacidad de acción y decisión propias de un partido de flexibilidad, inventiva y autonomía de sus diferentes componentes, propias de un movimiento”; es decir, un partido “movimientista” y con libertad de corrientes.

Pero antes incluso de la aparición del Llamamiento, como respuesta a la convocatoria de Cuauhtémoc Cárdenas del 14 de septiembre en el Zócalo, el Partido Mexicano Socialista (PMS) había expresado su plena disposición a concurrir a este llamado y, por tanto, a su autodisolución. Parece —escribió M. A. Granados Chapa— que se ha resuelto liquidar  al PMS: “Será oportuno, entonces, que se cante un réquiem por el partido de los comunistas mexicanos, nacido en 1919…”. Otras veces han empleado, a este respecto, el término liquidacionismo, que en la jerga de la izquierda tiene una connotación más o menos precisa: se refiere a la “pretensión desmesurada” de liquidar a un partido comunista.

Dentro del mismo Mexicano Socialista ha surgido una “corriente comunista” que se define por la idea de que la lucha por el socialismo en México es “un objetivo irrenunciable e inocultable” y que, por tanto, no es admisible “la liquidación del socialismo es como fuerza política organizada y autónoma”.

La llamada “corriente comunista”, que en realidad se opone a la disolución del PMS y su incorporación al Partido de la Revolución Democrática, pone como una de sus condiciones para ingresar al nuevo partido que se admita en su interior la existencia de “corrientes organizadas”. Y no es la última paradoja de esta historia el que este grupo, encabezado por Eduardo Montes y M.L. Posadas, haya sido el mismo que en el XIX Congreso del PC se opuso con más virulencia a la demanda renovadora de “libertad de corrientes”.

Para este grupo, todo ha ocurrido de manera misteriosa, como si el comunismo mexicano hubiera sido víctima de algún encantamiento de un maleficio: “en los años setenta el PCM había alcanzado un importante desarrollo político, conquistado su legalidad, acumulado un capital teórico importante, estaba en plena madurez, como lo demostró el XIX Congreso, y a punto de iniciar un despegue… Nueve años después el balance es desalentador, la influencia política organizada del socialismo es menor en el país, su caudal electoral descendió; como fuerza organizada se ha debilitado paulatinamente; su perfil propio se desdibujó casi totalmente tras dos fusiones. El capital político y teórico acumulado en los decenios anteriores fue derrochado lamentablemente bajo la influencia del pragmatismo inmediatista sin horizontes de largo plazo…” (doc. Mimeografiado: “La lucha por el socialismo es irrenunciable e inaplazable”).

La causa de todas estas desgracias se localiza en las fusiones: “se ha perdido mucha energía en las fusiones orgánicas, en los desgarramientos” que, presumiblemente, sufrieron los comunistas al concurrir a estas fusiones. Arnoldo Martínez Verdugo ha dicho que el problema fue que – los comunistas – no supimos evaluar las dificultades de cada una de estas fusiones. Más allá, sin embargo, de estas explicaciones, los principales protagonistas de esta corriente histórica en México no han arriesgado una reflexión que intente dar una visión más global del proceso de disolución del comunismo mexicano.

En abril de 1988, en una reunión de cuadros provenientes del PC convocada para examinar la difícil situación del PMS a raíz de la decisión de mantener la candidatura de Heberto Castillo, Montes planteó algunos rasgos de la decadencia comunista, por llamarle de algún modo. Ahora se busca, dijo, la “neutralidad ideológica”; las revistas teóricas del marxismo languidecen o desaparecen, los principales intelectuales marxistas (¿Semo, Bartra, De la Peña, Fuentes, Molinar?) se alejan del partido; han sido comunistas, sobre todo, los que han apoyado a Cuauhtémoc Cárdenas.

Todo esto ha ocurrido, dijo, porque “los comunistas han cedido ante el atraso” para buscar la unidad orgánica con otras corrientes. Advirtió: hemos llegado a una situación en la que la corriente comunista está a punto de desaparecer. Ello sucede, añadió, paradójicamente, cuando la renovación socialista en el Estado va a conducir a un gran renacimiento del marxismo en el mundo.

En esta misma reunión, Martínez Verdugo señaló que, en muchos aspectos, en el PMS se está mejor que en el PSUM. Puso como ejemplo la actitud de los soviéticos que, antes de la perestroika, “nos miraban mal, muy mal”. En contra de quienes resaltan sólo las virtudes del pasado comunista, Martínez Verdugo señala algunos defectos históricos de esta cultura política: la actitud sectaria que aún ahora se manifiesta en la desconfianza hacia otras fuerzas convergentes. De ahí que él esté en contra de crear una “ideología de regreso”. Personalmente, él no se siente parte de ninguna “corriente comunista” sino, en todo caso, de una incomparablemente más amplia: la de los marxistas.

Con esta intervención concluyó, en ese momento el debate. La autoridad de Arnoldo ante el núcleo central de cuadros dirigentes que provienen del PC es muy grande y nadie olvida que es el fundador del moderno comunismo mexicano, el jefe indiscutible del partido durante la larga y procelosa marcha que va de fines de los cincuenta hasta su disolución (y aún después, como luego se verá). Sin embargo, ni Montes, ni Arnoldo, ni nadie de los que allí participaron asumió la interrogante que ya entonces flotaba, como rojo fantasma, sobre los presentes: ¿en qué momento, y por qué causas, murió el comunismo mexicano?

Ahora, ante las resonancias que ha tenido la participación de los cuadros provenientes del PC en la convergencia cardenista, cuando de alguna manera se ha exhumado el cadáver del comunismo, conviene esbozar, al menos, la ruta que siguió esta corriente hasta llegar a su actual estado. Para empezar, hay que decir que el comunismo no murió en octubre del 1981, cuando el XX Congreso del PCM aprobó su disolución para fusionarse en el PSUM. el mismo Eduardo Montes dice, en su estalinista ensayo sobre los últimos años del PCM, que con el nacimiento del PSUM aquel 5 de noviembre de 1981 “concluía una etapa de lucha de los comunistas mexicanos” (Historia del Comunismo en México, AMV, ed., Grijalbo, p. 405).

No sólo no moría sino que, para decirlo de algún modo, se redimensionaba. Se hacía “socialista” para efectos de imagen y de amplitud interna (es decir, se aceptaba en el partido a quienes fueran solamente socialistas, al lado de los verdaderos revolucionarios), pero se mantenía el núcleo duro del arquetipo comunista. En el Informe a la Asamblea de Fusión del PSUM, Arnoldo explicaba que el PMT no se incorporó a la unidad porque hubo discrepancias profundas en torno al carácter del partido a constituir.

“El partido en el que estábamos dispuestos a fusionarnos sólo podía ser —dijo AMV— un partido de clase por su programa y su política, es decir, no un partido pluriclasista, sino un partido definitivamente (sic) obrero”. No sólo, precisamos; añadía “que el partido revolucionario, para serlo, debe basarse en una teoría revolucionaria que todos reconocemos en el socialismo científico”. A un partido así correspondía un símbolo inconfundiblemente clasista: el de la hoz y el martillo.

El PSUM también fue fundado bajo la égida de la “pirámide sacrificial” del centralismo democrático, con su constelación de sometimientos y subordinaciones, de mayorías y minorías, de organismos “superiores” y, naturalmente, “inferiores”. ¿Para qué? Para “garantizar la capacidad de acción del partido y una vida democrática plena” (Informe citado). Aquí la clave está en la “capacidad de acción del partido”, eufemismo típico de la jerga comunista que remite a la “diversidad de formas de lucha” y, en la célebre última instancia, a la lucha armada, a la insurrección.

Finalmente, el PSUM se propuso como objetivos la revolución y el socialismo, pero también… el comunismo y sus temas sacramentales: la desaparición del Estado, la creación del “hombre nuevo” y, en general, lo que Aguilar Camín llama las “mitologías del flanco izquierdo”. La hegemonía comunista en el nuevo partido fue, desde el primer momento, evidente. El aparato de “cuadros profesionales” del PC se trasladó, casi entero, al PSUM; Arnoldo fue el candidato presidencial; Pablo Gómez, el “joven león” del mexicomunismo resultó electo, casi por unanimidad, secretario general del flamante partido. Las condiciones se presentaban inmejorables, en apariencia, para un despliegue victorioso de la corriente comunista.

Sin embargo, las cosas tomaron otro curso. ¿Por qué? En otro lugar escribí que el PCM había llegado a la fusión en condiciones de “cierta crisis”, de pasmo y desmoralización, debido a la forma como se resolvió la lucha interna en el XIX Congreso. Arnoldo y Montes han dicho, refutándome, que por contrario, el PC llegó “unido y con entusiasmo” a la fundación del PSUM. la verdad es que el partido comunista encontró, en la unidad con otras fuerzas, la salida a una situación que, sin ser desesperada, era bastante amarga y confusa.

Que las heridas de la lucha interna no habían cicatrizado se hizo evidente cuando, antes del primer congreso del PSUM, una parte de los renovadores abandonaron el partido y fundaron el Movimiento Comunista Libertario. La persistencia de una división profunda entre los comunistas fue patente cuando, en vísperas del II Congreso (verano de 1983), los miembros del MCL reingresaron al partido y, junto con los “renos” que se habían mantenido en él, forjaron sus alianzas más o menos efímeras con Alejandro Gazcón Mercado, para “radicalizar al PSUM”.

En general, aquél fue un periodo muy complicado; los acontecimientos se agolpaban sometiendo a duras pruebas la capacidad de respuesta de una dirección partidaria que muy pronto mostró carencias y contradicciones. Primero fue la retirada del PMT. luego la confrontación entre el PCM y el Partido del Pueblo Mexicano por la candidatura presidencial. Arnoldo derrotó a Gazcón por un margen muy apretado, con un saldo de agravios que aflorarían posteriormente en toda su venenosa magnitud.

Poco después, a principios de 1982, el primer congreso hizo patente la división del partido en “eurocomunistas” (PC y MAP) y marxistas-leninistas (PPM y PSR), ásperamente enfrentados por los acontecimientos polacos, y la determinación de los “euros” de hacer aprobar una resolución del congreso condenando la implantación del estado de emergencia en Polonia y las injerencias soviéticas.

Y así, en cascada: malos resultados electorales en las elecciones federales de 1982, nacionalización bancaria que sorprende no sólo al partido socialista; iniciativa de ley presidencial sobre el “daño moral”, apoyada por la mayoría del grupo parlamentario pesimista, pero que provoca una oleada de controversias dentro y fuera del partido. La dirección, ante la avalancha de presiones, virtualmente se paraliza. Apoya de manera vergonzosa la posición del grupo parlamentario, lo que lleva a Rolando Cordera, su coordinador, a decir que tales apoyos son peores que un rechazo franco.

En algunos sectores del partido crece la irritación por lo que considera una actitud poco firme de la dirección ante el nuevo gobierno. Pablo Gómez, que como dirigente estudiantil y luego como parlamentario comunista había sido un miembro brillante, pronto evidencia falta de capacidad y sobre todo poca autoridad para cohesionar y dirigir a un conglomerado tan complejo y desigual como el grupo dirigente del PSUM. Levanta, a falta de una línea política viable, la bandera de la disciplina. Al tiempo que intenta controlar a Gazcón y tranquilizar a los del MAP.

Por su parte, Arnoldo habla en la Comisión Política, de la necesidad de salvaguardar el “prestigio” de los órganos de dirección partidaria. A la libertad de expresión dentro del partido (invocada en relación a la polémica interna sobre la “ley moral”) opone la “libertad de organización” del partido, esto es, la libertad de la organización para romper con – o expulsar a – los elementos “hostiles” en su seno. A partir de este momento, la dirección “histórica” del PC entra en una etapa signada por el pérdida de perspectiva, el encarnizamiento interno, el estupor y claros elementos de degradación. Golpe a golpe, acontecimiento tras acontecimiento, la “herencia” se les diluye entre las manos.

Así, contra el real o supuesto asalto de la “ola verde” de Gazcón en el II Congreso del PSUM, la corriente comunista, encabezada por Pablo Gómez y los “fontaneros”, despliegan un dispositivo táctico que no repara en medios para liquidar la amenaza a su pequeño poder. Después de su victoria en el congreso; mantienen la táctica de “lucha sin cuartel y golpes implacables”, tomando como pretexto a los diputados gazconianos que se niegan a entregar su dieta a la finanza partidaria.

Luego, cuando la escisión se ve venir, y en el Comité Central se crea un ambiente contrario a asumirla como fatalidad (un grupo amplio, encabezado por Gilberto Rincón Gallardo, se afana por encontrar una salida política al conflicto), el núcleo duro de los comunistas “cierra filas” alrededor de Pablo Gómez, para mantenerlo en la secretaría general. Arnoldo formula, entonces, la tesis de que la causa de las derrotas históricas de la corriente comunista estriba en que “siempre ha cedido” ante sus adversarios/aliados, desde la “unidad a toda casta” del 37 hasta el II Congreso del PSUM. ya no se puede ceder más. Pablo Gómez se convirtió, de esta suerte, en el último bastión del mexicomunsimo.

Encadenado a una visión sectaria y caudillesca, convertido su grupo en otro bloque impenetrable, Gazcón se escinde en plena asamblea electoral, en marzo de 1985. El partido, desmoralizado, hace la campaña casi por inercia. A unos días de las elecciones, el hasta entonces casi desconocido Partido de los Pobres secuestra a Arnoldo Martínez Verdugo (que en su momento es candidato a diputado) y pone al PSUM contra la pared. El secuestro devela uno de los que Semprún llama “secretos de sangre y mierda” del partido: el PCM se habría beneficiado, en una etapa difícil de su historia, de una parte del dinero que la familia de Rubén Figueroa pagó como rescate al grupo armado de Lucio Cabañas en el otoño de 1974.

Félix Bautista, antiguo enlace entre el PC y Lucio, quien entregará el dinero del rescate al representante de la dirección comunista (Arturo Martínez Nateras), fue a su vez secuestrado, cuatro meses antes que Arnoldo, por el mismo grupo. Se forma entonces, en la Comisión Política del PSUM, un comité ad hoc para examinar el problema y tomar decisiones. El que describe, casi por casualidad presente en una reunión de este comité, propone entablar negociaciones con el grupo secuestrador para obtener la libertad de Félix, lo que implica, en principio, ante el llamado Partido de los Pobres, que efectivamente el PCM se había quedado con ese dinero. Entre los que se opusieron a esta iniciativa, Arnoldo fue el más enérgico. Aludió a lo frágil de la legalidad que tenemos, a que no sabíamos si este grupo era realmente quien decía ser, a los probables agravios que estos hechos dejaron, por ejemplo, en el ejército, etc.

A la sordidez y malos humores que inevitablemente acompañaron a esta develación forzada de secretos, la actitud de la dirección del partido y de los principales involucrados añadió otros: nunca se informó, ni a la opinión pública ni a la militancia, cuánto se recaudó en la colecta pública para pagar los 100 millones de pesos que pedían los secuestradores, ni de dónde salió el resto del dinero. Tampoco aclararon quiénes tenían el compromiso de hacerlo ni el origen histórico de esta situación.

Arnoldo es, por fin, liberado. Félix Bautista también. El Comité Central va a discutir su posición sobre todo el problema. Pablo Gómez presenta en la Comisión Política un proyecto de resolución que, en esencia, asume como interlocutor al Partido de los Pobres, explicándoles que si bien el marxismo reconoce, en principio, “todas las formas de lucha”, incluso las armadas, ahora conviene usar unas, y otras no. La CP rechaza este enfoque y nombra, de hecho, otra comisión para que lo redacte. El nuevo proyecto se pronuncia en defensa de la legalidad constitucional, rechaza en forma tajante la violencia como método para resolver los conflictos políticos y sociales; no concede legitimidad “revolucionaria” o de cualquier tipo a grupos armados o a tribunales de excepción.

La discusión de este documento, primero en la CP y luego en el Comité Central, fue por demás sintomática: los representantes de la vieja guardia no comparten sus términos, pero encuentran muy cuesta arriba el refutarlo. Hablan de “compromiso excesivo” con la legalidad, de que hay que mantener la amenaza de las formas violentas de lucha, de que la legalidad vigente es “ilegal”. Se vota: uno en contra, una abstención. Es este un momento clave para entender la suerte del comunismo mexicano. Ante una situación extrema, en la que se exige una respuesta partidaria de cara al país, los viejos tópicos de la cultura política comunista no sirven. Parecen, si acaso, como un susurro vergonzante del pasado.

Vendrían después una serie de debates en la dirección y entre los cuadros principales del partido, donde se fue haciendo cada vez más evidente lo frágil, lo arcaico de los carismas específicamente comunistas: el partido de clase (“obrero-revolucionario de masas”), la filosofía de clase y de partido; la revolución como utopía milenarista, las irrenunciables “formas de lucha”, todo lo que antes eran las tablas de la ley y que hoy sólo es defendible a partir de una referencia íntima, autista.

La inquina contra las fusiones, a quienes se achacan todos los males y desgracias de esta corriente, parte de la idea de que lo específico del comunismo —la famosa cosmovisión— merecía salvaguardarse como promesa de un futuro grandioso. Esta visión no se hace cargo, siquiera, de la suerte del comunismo en el mundo, de los procesos de descomposición —o al menos de estancamiento— por los que atraviesa la inmensa mayoría de estos partidos, tanto en América Latina como en Europa. Si bien es cierto que aún está por hacerse el balance de estos procesos de unidad en los que se ha visto comprometida la corriente de los antiguos comunistas mexicanos, también lo es que las fusiones fueron la búsqueda, a veces más intuitiva que consciente, de superar las limitaciones pero también las taras y perjuicios que arrastraba esta corriente.
Las fusiones fueron, si se quiere, una “fuga hacia adelante” que, buscando superar en lo inmediato dispersiones y ampliar el radio de acción del socialismo mexicano, en el fondo implicaban diluir dogmatismos, recrear la unidad de lo diverso, acostumbrarse a la pluralidad. Si estos experimentos no tuvieron mejor suerte fue porque se dieron en una situación social y política general donde la respuesta de las masas era aún débil, lo que impidió romper la marginalidad. Con ello, se mantuvieron los usos y costumbres sectarios, las reminiscencias de la “cultura comunista”.

Todavía faltaba el catalizador de las rupturas que se estaban gestando en el tejido político y social. Este, como se demostró, no surgiría de la vertiente socialista-comunista, ni siquiera de la amplia izquierda independiente del país, sino a partir de una escisión de la “familia revolucionaria”. La terquedad en mantener la candidatura de Heberto Castillo, cuando todo indicaba que las rupturas no se procesarían por este flanco, obedecía, en el fondo, aparte de las motivaciones personales, a la incapacidad para concebir que el nuevo liderazgo popular no surgiría de la corriente histórica que de ese objetivo había hecho la razón de su existencia.

Si el fenómeno del liderazgo cardenista se presta, como se dice, a múltiples lecturas, hay una que es inocultable, la del fracaso histórico del tópico específicamente socialista (con su carga de milenarismo, esto es, de abstracción histórica, como lo señaló mucho tiempo atrás Carlos Pereyra) y su pretensión de convertirse en origen y núcleo del nuevo bloque social. En este marco, la pretensión de mantener al socialismo como “fuerza organizada” al margen de la corriente principal-popular que ha surgido en estos meses quintaesenciados no tiene ninguna viabilidad. Y menos cuando el discurso cardenista no es antisocialista sino, en sus propios términos, convergente con los objetivos racionales y nacionalizados del socialismo democrático mexicano.

El comunismo mexicano, que a diferencia por ejemplo del español tuvo un curso más discreto -lejos de los reflectores protagónicos de un Santiago Carrillo, pero también a salvo del ridículo y la descomposición que signaron al PCE-, ahora se dispone, conscientemente, a apagar la débil flama de su existencia para, transfigurado en socialismo democrático, hacer su aporte a la constitución del Partido de la Revolución Democrática.

Los cuadros más influyentes y representativos de la corriente comunista (sin comillas), en sus diversos niveles y generaciones, han comprendido que la “herencia” no se salvaguarda con misas de difuntos, sino poniendo en juego aquello que, a pesar de todo, se constituyó como su aspecto más luminoso: la consecuencia y la perseverancia en la lucha democrática, la capacidad para poner por delante la política y el sentido común antes que la ideología.

Faltan, es cierto, ajustes de cuentas ideológicos y políticos sin los cuales la conversión será, en varios casos significativos, superficial, “táctica”; es necesaria la exhumación del “secreto” cuya preservación ahora no tiene sentido. Por ejemplo, ¿cuál es la historia real de la ruptura con el encinismo a principios de los sesenta, cuál el papel del Partido Comunista de la Unión Soviética en el caso? Si en la propia URSS la glasnost está develando llagas dolorosas de la etapa estalinista y de la era Brezhnev, no hay razón para seguir ocultando, aquí, la verdadera urdimbre de las relaciones PCM-PCUS.

A propósito: la disolución del PMS conlleva otro elemento singular: desaparece en México el “partido de Moscú”, no en el sentido vulgar -pero histórico- del partido “agente del comunismo internacional”, pues el PCM dejó de cumplir este papel, en general, desde la derrota del encinismo. Lo que desaparece es el partido con el cual el PCUS tiene la “relación privilegiada”, y no parece claro que el PPS o el grupo de Aguilar Talamantes puedan llenar ese hueco; tampoco que a alguien le interese que se llene. En sus estertores, el comunismo también contribuye a la modernización política.

 

Gustavo Hirales
Dirigente del Partido Mexicano Socialista y colaborador en Nexos.