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Luego de supervisar la ocupación de Japón en la posguerra, el general Douglas MacArthur hizo una evaluación terminante del estado cultural y emocional del pueblo que había sufrido la derrota. “Si el anglosajón tenía, digamos, 45 años de edad en su desarrollo, en las ciencias, las artes, la cultura, los alemanes tenían la misma madurez”, dijo el comandante supremo de las fuerzas aliadas. “Los japoneses, sin embargo, a pesar de su antigüedad medida por el tiempo, serían como un niño de doce años”. La mente popular recuerda ahora a MacArthur como alguien que describió al Japón como “una nación de doceañeros”, y muchas de las exportaciones japonesas de alto perfil —videojuegos vertiginosos, piezas con caricaturas de animales, cómics y animaciones de producción barata repletos de sexo y violencia— al parecer y de modo reatroactivo subrayarían lo que percibió el general.

En los informes occidentales sobre Japón, el dictamen de MacArthur tiene precedentes. Uno de los primeros fue el diplomático inglés Rutherford Alcock, quien en 1863 dijo que Japón era “un paraíso de bebés”. Y mayor sorpresa era mirar cómo estos bebés al hacerse adultos seguían gozando imperturbables los placeres de la infancia. Una historia de Japón puede hacerse también mediante la historia de sus juguetes, hasta la fecha.

Fuente: TLS, noviembre 26, 2020.

 

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