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Para seguir con un breve muestrario de lo que publican editoriales independientes en cuanto a literatura mexicana joven, ofrecemos el siguiente cuento, incluido en Instrucciones para la catástrofe (Ediciones Periféricas, 2020). Como apunta Adán Medellín, “los cuentos de Guillermo Fajardo se enriquecen con una prosa cerebral e irónica de amplios registros y exploran distintas estrategias narrativas”, y abrevan de un amplio registro de la literatura detectivesca y noir.


I

Una mariposa entró por la ventana: esto ya lo había soñado. También la oscilación del árbol afuera de mi ventana y el cuchillo que se clava en sus costillas, galopando entre su vientre, galvanizando mi mano. Me desperté con la impostergable sensación de sed después de una noche de pesadillas. Me dolía la espalda y el cogote. De alguna forma sabía que yo lo había hecho, aunque no supiera ni dónde ni cuándo: tenía la profecía en la punta de la lengua.

Fue en esos días cuando una terrible sacudida que pesaba como plomo me orilló —otra vez— a esa depresión que años atrás había dejado gracias a los excelentes consejos de mi psiquiatra, el Doctor Devil. Me había dicho, por ejemplo, que todo lo innombrable intentara soñarlo, no solo para predisponer mis ánimos hacia ese deseo, sino para fantasear de noche lo que la caprichosa ley humana no me permitía hacer de día. Que la oscuridad fuera mi refugio y mi caparazón. También mi secreto. Fue así como llegué a concluir que un crimen, cometido por mis propias manos, saciaría, más bien, una añeja curiosidad intelectual y no tanto el diseño de una horrida posibilidad humana. Hay una distancia inconmensurable entre los que quitan una vida y aquellos que solo imaginan con hacerlo. ¿Sería posible eliminar esa distancia? Durante años intenté, en vano, buscar una respuesta para esta pregunta.

El consejo del Doctor Devil lo seguí a pies juntillas durante un tiempo. Y hace tres noches tuve esta terrible pesadilla que se solaza en mi colchón con la certeza de un clavo en la espalda. El tumulto es demasiado durante el sueño, quizá por eso siempre despierto sudando. Aparezco en mi casa, en medio de una reunión de compinches que hace tiempo no veía, y que había convocado hacía una semana. Ahí estaba ella. ¿Quién era? Sus ojos cuentan con el abismo de las tuberías. Su espalda, la de un militar en posición de firmes, contrasta con la suavidad de esa cadera confianzuda. Al despertar, me da la impresión de que se trata de una mujer que ya he visto y que he olvidado. Ella, sin embargo, vuelve a mí con la circularidad de las promesas que nos hacemos.

Al tercer día de esa recurrencia supe que tenía que hacerlo o de otro modo ese sueño, que para mí era ahora una profecía, acabaría por volverse una maldición y me consumiría. Ahí estaba yo otra vez: la sangre que invadía mi mano como oropel corrompido, su cara orlada de espanto, su cabeza arqueada hacia atrás con los ojos cerrados y un espanto ingrato en sus labios. No podía detenerme demasiado a examinar la escena, pues cada vez que hacía memoria la longevidad del recuerdo se extendía y se hacía cada vez más real. No quería confrontar aquellos ojos.

Hay algo de inservible en el miedo pues nos predispone a la estupidez. Eso yo no lo sabía, y por eso acudí invariablemente a la estación de policía más cercana a confesar mi aparente crimen. El Doctor Devil me había asegurado que soñar nuestros más íntimos deseos era la mejor forma de conjurarlos, pero este sueño era tan real que no podía permitirme la posibilidad de volverlo a contemplar entre mis sábanas. Alguien me había dicho que la incomodidad esencial del ser humano proviene del inconsciente. Hasta ahora entiendo esa sentencia.

Llovía y decidí llevarme un abrigo que me cubriera todo. En la cocina miré para afuera y no reconocí la ciudad que veía: algo había cambiado, no solamente en las calles y en el sopor inaudito de los habitantes, sino también dentro de mí mismo. Volví a recordar a aquella mujer y el cuchillo que la atravesaba. Busqué frenéticamente en la cocina al culpable y lo encontré: era aquel cuchillo que el Doctor Devil me había dado hace unos años en su consultorio. Me había dicho que era un regalo de su padre y que ahora me lo daba a mí, su mejor paciente.

Con cautela, agarré unos guantes de plástico y lo tomé. Lo envolví en papel aluminio. De pronto, una luz atravesó mis ojos: estaba yo frente a la mujer y ahora la asfixiaba con una bolsa transparente. La cara de mi víctima se debatía entre el azul y el morado, la muerte arramblándolo todo. Por un momento la odié, pues intuí que sería mi ruina. Vi en mi mente la marca de la bolsa: León. Me di la vuelta y la encontré arrumbada en un cajón de la cocina. Hice el mismo procedimiento­—tomarla con cuidado, acariciarla como descubrimiento—y me enfilé a la estación de policía más cercana. Ahí estaría seguro de no hacer lo que iba a hacer. Entregar aquel cuchillo sería la mejor forma de evitar cualquier posibilidad del crimen. Ese sueño era tan real que no podía ser otra cosa que premonitorio. Las profecías más audaces son las que bullen de improviso. Quizá sea cierto eso que escribió J.H. Lawrence respecto a que la magia en los pueblos antiguos —antes de que descubrieran el Estado— era una fruslería de no ser porque creían en ella. Igual que estos sueños que me derrumban y me orillan. Igual que el cuchillo que entra esporádico y sale victorioso de la carne añosa de la mujer y regresa a mí con un bamboleo de guante blanco, con la suavidad inquebrantable de las cosas bien hechas. 

El primer paso que di en la comandancia de la policía auguraba peores derroteros: me tropecé. Un oficial se acercó a ayudarme y me preguntó si me encontraba bien. El otro comenzó a murmurar cuando señaló algo en el piso: era el cuchillo que se me había escapado de entre las manos. Lo agarré inmediatamente y lo puse frente a sus ojos. Esto me permitió entrar de lleno en el asunto. Les expliqué, inmediatamente, que venía a confesar un delito que no había cometido. Que era necesario que me apresaran, pues de lo contrario mataría a una mujer de aproximadamente cuarenta años y de carne añosa, en unos días. Que cometería ese funesto crimen durante una reunión de amigos que no veía desde hacía tiempo. Que esa reunión sería dentro de dos días. Que no sabía porque lo cometería. Que me apresaran, de favor. Recuerdo la incredulidad de los policías y sus caras de pergamino viejo. Las abolladuras que se formaron en sus expresiones me permitieron admirar sus ángulos y sus extremos. De un momento a otro los vi como fantasmas y ellos a mí como un espectro desvencijado al que no le quedaban muchos años de vida. Les mostré el cuchillo y les dije que ese sería el arma asesina. Señalé la bolsa y dije que con esa asfixiaría a esa mujer o que intentaría hacerlo, aunque no supiera si estaba muerta o viva después de apuñalarla. Me dijeron que esperara un momento. Me sentí solo. 

Tenía que cancelar la reunión con esos amigos que no veía desde hacía tiempo y, mientras esperaba, les hablé. Todos se mostraron confundidos y uno se enojó conmigo. Qué importaba. Si aquella reunión no se daba tampoco conocería a aquella mujer. Había que salvarla a toda costa pues yo, sin duda, la iba a asesinar. Una media hora después vino el que —suponía yo— era el jefe. Le expliqué mi problema y me dijo que para chifladuras me fuera al manicomio. El hombre tenía la cara de una esponja y era esquemáticamente cadavérico. Le dije que no quería y que si no me apresaban en ese momento ellos tendrían sangre en sus manos. El esqueleto siguió en su postura. Uno de los policías me tomó de la mano para acompañarme a la salida. Entonces lo golpeé con todas mis fuerzas. Cayó al suelo. Yo también: le lanzaba patadas y golpes en la cara y en todos lados. Entonces el esqueleto gritó, ya basta, es suficiente, si querías estar un tiempo en la cárcel ya lo conseguiste. Lo último que recuerdo fue la culata de la pistola contra mi frente.

II

Amanecí al día siguiente en mi casa con una terrible certeza: según la ley humana, yo había matado a la mujer. Los sueños no mienten, sus diseños son imperturbables. Esto se lo dije al Doctor Devil mediante un mensaje de texto. Pensé que ciertas cosas tienen que suceder, aunque a veces los culpables no lo sean y aparezcan así ante la ley. Los sueños son alertas y alientos, pero también miopías y obstáculos. Lo entendí todo. Esperé pacientemente en la salita de mi casa hasta que la policía se presentara con el cuchillo ensangrentado y mis huellas digitales en él. Después del culatazo en la frente, pensé, seguramente me habían dejado en mi casa mientras ellos perpetraban ese horrible crimen con mis huellas digitales. Entonces también entendí que la ambigüedad de los sueños es un arma de doble filo, que depende de la interpretación de los astros o las manos nudosas de esos expertos que nos leen el futuro. Pensé en el Doctor Devil y en su sonrisa astrosa. Alguien tocó la puerta y abrí enseguida. Ahí estaba el esqueleto, los dos policías y un cúmulo de perros, miembros de equipos especiales, y un detective.

—Siéntese— me dijo alguien. 

Ya sabía lo que iba a decir, así que adelanté mis manos para que me pusieran las esposas que, silenciosas, abrazaron mis muñecas. Era la compraventa del siglo. 

—Gracias —me susurró al oído uno de los policías que había visto en la comandancia. Odiaba a mi mujer.

Me enseñó, diría que triunfalmente, el cuchillo que seguramente él había usado para atravesar la carne añosa de su esposa. Sus dos compañeros hicieron muecas que me supieron a complicidad. Puedo estar equivocado. Yo les reclamé con la mirada, aunque todo esto ya lo sabía. Lo soñé hace muchas noches en un encuentro con el futuro. El error había sido mío, apenas un amateur. Había confundido, en mi sueño, a esa mujer como una compañera de mis amigos. Había mezclado profecías. Pensé que cumplir veinte años de cárcel por una premonición equivocada no era de ninguna manera una tragedia, pues contravenir las leyes del universo al contarle al mundo el don que había adquirido —el de predecir las muertes, el de conocer de antemano el futuro— sería una forma estúpida de torpedear mis futuras victorias. Tendría mucho tiempo, allí adentro, para afinar mi recién descubierto sentido. Me acomodé en el asiento y fui dejando atrás la mariposa que entraba por la ventana y el movimiento pendular en la copa del árbol. Me examiné los bolsillos. Había olvidado mi cartera. ¿Sería este imperdonable error una falla de mi sentido premonitorio o apenas un error implícito en cualquier sistema recién descubierto? Cuando me subieron a la patrulla, me di cuenta que frente a mí estaba el cuchillo en la bolsa de plástico, en medio de los dos policías, libre para que yo lo agarrara.

Esto no lo había soñado.

 

• Guillermo Fajardo, Instrucciones para la catástrofe, México, Ediciones Periféricas, 2020.

 

Guillermo Fajardo
Doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota-Twin Cities. Autor de Los discursos presidenciales, De Otro Tipo, 2017.