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Hay fronteras que ignoramos como cotidianidades, sólo ocupándonos de los espacios a sus extremos. Fronteras que habitualmente no percibimos como tales y en la hiperliteralidad contemporánea, con su inmensa vocación por lo limitado y poco imaginativo, ni siquiera identificamos intelectualmente al no estar definidas por un elemento tangible. Desde esa hiperliteralidad, decir fronteras es hablar lo que está implícito en ellas: países, muros, territorios. Olvidamos que fronteras es toda aquella línea divisoria que también puede marcar el paso de una idea a otra. Barreras que, en ocasiones, impiden llegar más lejos de lo que a algunos les gustaría, pero también, barreras para establecer lo que hace daño: la mentira, el desprecio gratuito, la violencia y el delirio cuando se necesita la realidad. A estas divisiones de apariencia imaginaria, si acaso les prestamos atención en términos sociales, es una vez que contamos con la perspectiva histórica para comparar entre temporalidades.

Las líneas que dividen la vida privada de la vida pública son las que, en el universo de los grupos sociales, permiten entender la forma en que nos relacionamos con los otros. Pensar la vida privada sirve de plataforma para aproximarnos al resto de nuestros comportamientos. Quizá por la impostura que contiene su nombre, fuera de asuntos específicos, cada vez se acostumbra menos a discutirla en el momento de revisar entornos; esos que derivarán en nuevos comportamientos y marcarán el paso de épocas.

Ilustración: David e Izak Peón

Algunas notas positivas para esos asuntos específicos, no exentas de matices. Si bien es de aplaudir —sin regateo— cuando discutimos la violencia en ciertas vidas privadas, lo llegamos a hacer sin la entera conciencia de que la urgencia en el debate debe acompañarse de una labor pedagógica de supervivencia social: la violencia pública siempre es precedida de violencia privada. Así con el resto de los elementos que surgen de lo privado y tienen la capacidad de extenderse.

Con la embestida aséptica que inunda el mundo estructurado bajo el canon occidental, discutimos con dificultad y exceso simultáneo la vida privada en el marco de intimidades, ya sean sexuales, ideológicas o religiosas. Es el recurrente: hablemos de lo que antes no mencionábamos, pero cuidemos las formas de hacerlo porque el dueño de la vida privada es cada uno. Una contradicción no resuelta arrojó un limbo. Algo incompleto en esas discusiones ha permitido rescatar algunos de nuestros vicios sociales. Aquellos que habíamos contenido en el favorable artificio de la misma sociedad como concepto político, o en el Estado, o en la ley e incluso, en el constructo siempre elástico que llamamos respeto.

Una voraz reinterpretación del mundo en la segunda década del siglo XXI ha dado apuntes de un desajuste que dificulta su manejo. Habrá quien afirme que periodos de crisis excesiva demandan el exceso correspondiente, en el cruce de las líneas que señalan las maneras de hacer política, comunicarnos, definirnos, vivir. Si se usa como argumento lo supuestamente insostenible del estado de las cosas, valdría asomarse a una biblioteca y dedicarle un poco de tiempo a la comparación histórica que demostrará lo ventajosas de ciertas condiciones, con todo y las tragedias contemporáneas previas a la pandemia.

Hoy, atravesamos fronteras discursivas sin fijarnos en la implicación de hacerlo. Estábamos inmersos en el desprecio a nuestras propias conquistas, cuando una embestida de apariencia arcaica tocó la puerta. Nos enfermamos. En simultáneo. Todo el mundo. La pandemia llegó en un momento social con demasiado desorden para enfrentarnos a ella.

Nos extraviamos en una vieja paradoja, como si la conciencia y la relación entre el derecho privado con la obligación pública se diluyera al paso de los siglos. Como si lo que un día tuvimos claro ahora se va olvidando. Discutimos frívolamente la vida privada para referirnos a la invasión de espacios que ha provocado la enfermedad, simulando que anteriormente teníamos fronteras firmes para que lo personal al interior y lo personal al exterior, no se confundieran en la edad de las redes sociales y el pavoneo digital.

Dejamos de pensar y debatir la vida privada como un conjunto de procesos civilizatorios en donde las líneas imaginarias son contenedoras de dichos procesos. A veces más interesantes que los mismos espacios que delimitan, reflejan la reflexión y los costos de su ausencia: son la conciencia sobre nuestra capacidad de ignorarnos.

En La historia de la vida privada, esa especie de enciclopedia que dirigieron Georges Buby con Philippe Ariès y se volvió un clásico del ensayo, una frase del último volumen recuerda la elasticidad en las formas de nuestra convivencia y, sobre todo, que éstas no dependen de sí como de su división:

No hay una vida privada cuyos límites se encuentren definidos de una vez por todas, sino una distribución cambiante de la actividad humana entre la esfera privada y pública. La vida privada sólo tiene sentido en relación a la vida pública…

En el largo invierno que ha sido este año son demasiadas las deudas que le dejamos a la decencia, nuestra gran perdedora. La inmensa mayoría, a causa de desestimar la importancia y utilidad común de cuidar esa distribución cambiante. En el descuido se ha diluido el espacio y los permisos en lo público, hasta admitir que éste se comporte según los límites de lo privado. Es decir, perdimos el contenedor que evitaba el daño de lo nocivo en casa para hacerlo nocivo fuera de ella. La mentira que en una pareja causa daño, ahora es el daño que no molesta en exceso cuando sale de la voz de un gobernante. La violencia que recriminábamos en casas donde la intimidad se atrevía a justificar la barbarie, ahora se justifica en la vida pública usando la misma retórica: es su estilo, es diferente a los demás, lo votamos o votaron, lo elegimos.

Este invierno de varios meses conocimos nuevas caras de la mezquindad en quienes no dudaron en usar la enfermedad para defender posturas, más tribales que políticas, aunque disfrazadas de las segundas. Tribal es privado y no público. Se ha defendido la casa sin importar lo que se encuentre fuera de ella. Siempre a costa de la empatía mínima que merece la tragedia. Decidimos incorporar a la normalidad las peores escenas de la desesperación. Conforme han pasado los meses hemos hablado menos de la soledad en esas muertes negadas al último espacio de comunión que son los funerales. Siguiendo la tradición que avergüenza en conflictos bélicos, los conteos de víctimas perdieron relación con las vidas. Si en un inicio nos escandalizamos por ellas al cruzar ciertos horizontes numéricos, desaparecimos identidades conforme las víctimas se han ido sumando de diez mil en diez mil, cien mil a cien mil.

Este año logramos nuevos niveles de imbecilidad al perpetuar la discusión sobre el uso de un cubrebocas. La discusión que pertenecía a la recámara de un adolescente rebelde, es la de presidentes y gabinetes. Qué falta de perspectiva futura admite que, en unas generaciones, habrá que explicar cómo se desestimó el uso de la protección que el consenso médico probó funcional durante la pandemia.

En el extravío absoluto, fuimos incapaces de entender que el individuo puede ser responsable para sí mismo en conjunto con la sociedad. El conjunto ya no es el conjunto sino individuos privados sin relación con su entorno. La corresponsabilidad malentendida ocultó que un gobierno debe saber conducir incluso la insensatez de sus gobernados. Su responsabilidad nunca será equivalente.

Cuánto desprecio sufrió Bertolt Brecht en 2020: volvieron a ser tiempos en los hay que defender lo obvio. Si la hipocresía tiende a ser habitual en la política, el cinismo es imperdonable. Su jerarquía en el universo sin expiación depende de la magnitud de las crisis donde se desarrolla y no hay mayor crisis en tiempos recientes que la del 2020. Fue un año donde el cinismo fue tan abundante que lo vimos replicar desde las máximas tribunas y no hicimos de él un escándalo. A través de la ausencia de principios, aprendimos de nosotros mismos lo peor que tenemos. Refrendamos cómo podemos ser en realidad: capaces de insultar y aplastar la dignidad si lo pide la defensa del grupo en turno. Lo privado. Qué mayor mezquindad que la de un gobierno dispuesto a hablar de sí antes de que hacerlo de los muertos. En México, entre miles de víctimas y sus familiares permanece una pregunta trágica que ha sido ignorada por las autoridades políticas y sanitarias: ¿qué faltó hacer para evitar la muerte de tantos? Esa preocupación la hicimos privada cuando debe ser de todos.

He dedicado buena parte de mi vida a entender los procesos de violencia y conflicto. En los testimonios de cada guerra he visto como la solidaridad se hace presente bajo la premisa de que víctimas son también quienes pueden convertirse en ellas. La solidaridad es una virtud pública. En la enfermedad me he cansado de ver cómo se ha hecho de la solidaridad una ausencia. Marchas por el derecho a contagio, mentira sobre el estado de la dispersión del virus, uso de cubrebocas con válvulas de escape. Sobran los ejemplos.

Una extraña conciencia privada ha rondado esta época. Muchos de quienes en el resguardo o la irresponsabilidad encontraron una forma de inmunidad a la preocupación extrema y la angustia, se hicieron a la idea de que, si su esfera privada funcionaba así debía ser la norma del comportamiento. He escuchado y leído a tantos decir: nosotros lo hacemos bien. Extendieron su burbuja de ficción fuera de la frontera individual, como si ésta no existiera. Los demás, es una noción que se redefinió de mala forma.

Como si se trataran de casas, vimos a gobiernos cuyas políticas dependen de su absoluta falta de consciencia sobre nuestras vulnerabilidades. Democracia, economía, solidaridad, compasión, empatía y gobernanza trasformadas en apreciaciones privadas que no ven su fragilidad futura. Pública.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.