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1. Despertaremos de la pandemia a un mundo nuevo. ¿Cómo despertará América Latina a ese nuevo mundo? ¿Otra década perdida?

América Latina, como muchas otras regiones, está despertando a un mundo nuevo que va a acentuar varias características del mundo de ayer, de antes de la pandemia. Todavía no sabemos exactamente cómo va a ser ese mundo, porque no sabemos cuánto tiempo va a durar la pandemia. Nadie sabe si, o cuándo, habrá una vacuna efectiva o tratamientos médicos para el virus. ¿O esperará el mundo a alcanzar la “inmunidad de rebaño” con un alto costo en vidas humanas? Nadie sabe realmente qué tan grande será el impacto económico ni qué tan veloz será la recuperación, dado que ésta depende en parte de consideraciones epidemiológicas y en parte en qué tanto se dañe al tejido empresarial y a la fuerza laboral.

Dicho lo anterior, a la luz de las circunstancias, el panorama de América Latina es particularmente oscuro. La región recibió la pandemia como un paciente con condiciones previas: seis años de estancamiento económico, aumento del descontento social y tensiones políticas. Las respuestas de los gobiernos a la pandemia han sido, en general, lamentables. Con 8 % de la población mundial, América Latina representa alrededor de la tercera parte del total de muertes por covid hasta la fecha. Esto nos muestra que los cierres y confinamientos impuestos por muchos gobiernos fueron inefectivos. Y, junto con la zona euro, enfrenta la peor pérdida de actividad económica: el Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé para este año una contracción de 8 % del PIB de la región. Por supuesto que hay razones estructurales detrás de este triste desenlace. El virus se propagó rápido porque América Latina es altamente urbanizada, con megaciudades densamente pobladas, y uno de cada dos miembros de su fuerza laboral trabaja en la informalidad, lo que dificulta compensarlos. Pero en muchos países la situación fue agravada por una pobre administración de las políticas de salud pública y de sistemas sanitarios deficientes. Como lo ha señalado Francis Fukuyama, más que el tipo de régimen, las variables detrás de las reacciones exitosas a la pandemia han sido la capacidad estatal, la confianza de la sociedad y el liderazgo. Vista en su conjunto, y salvo algunas excepciones, América Latina ha fracasado en las tres.

El revés económico y social que la región enfrenta es mayor que aquéllos causados por las crisis de deuda de la década de los ochenta o la quiebra de Wall Street en 1929. Probablemente, la región no recuperará el PIB que tenía en 2019 hasta 2023 —aunque a algunos países podría irles menos mal. Se prevé que la pobreza aumentará entre 35 y 45 millones de personas; hasta 37 % de la población total, en comparación con el mínimo de 28 % registrado en 2013. Sin embargo, hay algunas razones para esperar que este escenario sea demasiado pesimista. El comercio global de bienes está regresando a su nivel del año previo, y los precios de las materias primas han resistido relativamente bien, al igual que las remesas. Los gobiernos latinoamericanos han provisto apoyos a una escala jamás antes vista, aunque menores a las de Europa o Estados Unidos.

¿Enfrenta la región otra “década perdida”? Algunos argumentan que ya la sufrió, en los 2010 (o por lo menos a partir de 2014). Que los 2020 sean tan malos depende de dos cosas. La primera es la velocidad de la recuperación de la pandemia; la segunda es si las democracias de la región y sus líderes políticos pueden mejorar su desempeño, si pueden forjar un nuevo contrato social que ofrezca concordia a la vez que atienda las causas subyacentes del estancamiento económico, que yacen en la baja productividad. Es un reto formidable, mas no imposible.

2. ¿Qué despertar tendrá México: crecimiento, pobreza, tiempo de recuperación?

Es difícil ser optimista sobre México. Tiene un presidente fuerte, popular y con muchas habilidades políticas, que está conduciendo al país por una senda de retraso. La economía ya estaba en recesión antes de la pandemia, principalmente porque las acciones del presidente han minado la confianza del sector privado, al revertir la reforma energética y sobre todo azuzando confusión sobre el marco regulatorio básico de la economía. ¿Quién va a invertir si el presidente en cualquier momento convoca una “consulta popular” para tumbar proyectos ya ejecutados? Por otro lado, la austeridad ha socavado la capacidad del Estado. El rechazo del presidente a implementar medidas de apoyo económico frente a la pandemia tendrá como consecuencia unos diez millones de “nuevos pobres en México”. Es llamativo que Brasil, con un presidente de derecha dura, haya desplegado un programa tan amplio de ayuda (Renda Brasil) que la pobreza apenas va a crecer este año. “Primero los pobres” asume un significado macabro en estas circunstancias: el primer lugar en América Latina en su aumento.

Ilustraciones: David Peón

3. ¿Qué puede anticiparse para Brasil y Argentina, en ese mismo orden de cosas?

De acuerdo con el FMI, la economía de Brasil se contraerá 5.8 % este año (comparada con el 9 % de México) y recuperará la mitad del terreno perdido en 2021. La mayor limitante de Brasil, como siempre, es fiscal. El programa de asistencia gubernamental elevará la deuda pública a casi el 100 % del PIB. No queda claro si Brasil puede sostener este nivel de deuda, incluso en el nuevo mundo de bajas tasas de interés.

La pandemia ha generado un cambio de dirección política por parte de Bolsonaro, virando de la confrontación y la provocación sistemática hacia el pragmatismo. Tal cambio siguió a un periodo de gran tensión en Brasil, entre abril y mayo, cuando Bolsonaro, sintiendo el riesgo de un juicio político, estuvo cerca de ordenar un “golpe blando” contra el Tribunal Federal Supremo. Bolsonaro hizo las paces con el “centrão”, un bloque amplio de diputados conservadores clientelistas que ofrecen sus votos a cambio de puestos y recursos gubernamentales. El costo del acuerdo fue hacer a un lado las investigaciones anticorrupción (en cuya mira estaban los hijos del presidente), y perder a su ministro de Justicia, Sergio Moro, el juez que encarceló a Lula y que simboliza el caso Lava Jato. Bolsonaro enfrentó a Paulo Guedes, su ministro de Finanzas, quien se opuso a Renda Brasil, por cuestiones presupuestales. En otras palabras, en ciertos temas Bolsonaro ha pasado de representar la antipolítica a ser un ejemplo más de las políticas conservadoras. Renda Brasilha disparado su popularidad en el noreste del país, tradicionalmente un bastión de Lula. Bolsonaro es ahora un candidato competitivo para las elecciones de 2022, que se llevarán a cabo en un contexto de debilidad y fragmentación. Pero para que la economía brasileña crezca significativamente, se necesita una reforma radical.

En muchos aspectos, Argentina está en peor estado. Alberto Fernández, un peronista moderado, llegó a la presidencia sólo tres meses antes del inicio de la pandemia; forzado a cohabitar con Cristina Fernández de Kirchner, la vicepresidenta populista a quien le debe el puesto, enfrenta una recesión heredada, empeorada por la inflación y la posibilidad de caer en impago de deuda. Ha optado por el confinamiento más largo de la región, que acaso refleja su temor a la protesta social y un deseo de “congelamiento” político. Pero, en algún momento, Argentina enfrentará, junto con Perú, la recesión económica más pronunciada de la región junto con —no será la primera vez— una aguda escasez de dólares a pesar de la exitosa renegociación de deuda del gobierno. La dimensión del reto de Argentina es tal que da lugar a dudas sobre si el gobierno puede sobrevivir los próximos tres años —al menos, con su composición actual.

4. Un apunte sobre las suizas latinoamericanas: Costa Rica y Uruguay

Uruguay ha sido el país que mejor ha llevado la pandemia, sin confinamiento generalizado y con base en un buen sistema de salud y bastante confianza entre la población y el gobierno. Costa Rica comenzó bien; en semanas recientes ha registrado un aumento de casos, pero aun así su desempeño es mejor que el de sus vecinos. Un caso positivo menos esperado es Paraguay —que no es ninguna Suiza. Los tres son países pequeños, sin grandes ciudades.

De manera general, Uruguay sigue siendo una historia de éxito latinoamericano. Se recuperará rápidamente, aunque los bolsones de pobreza, resultado del colapso económico argentino de 2001-2002, podrían expandirse en este país por demás igualitario. Uruguay mantiene un alto nivel de cohesión política y moderación. El futuro es más difícil para Costa Rica, donde el sistema político se ha fragmentado y hay muchos actores con poder de veto. Costa Rica necesita más ingresos fiscales y reformar un Estado que opera más en beneficio de sus funcionarios que de sus ciudadanos. Ha tenido dificultades por años para lograrlo.

5.¿Qué dirías de los países andinos: Perú, Chile, Bolivia, Colombia, Ecuador?

En términos económicos fueron los países latinoamericanos más exitosos de la década pasada. Pero han sido severamente golpeados por la pandemia, tanto en casos como en muertes. Lo anterior refleja altos niveles de informalidad (con la excepción parcial de Chile) y servicios sanitarios débiles (de nuevo, con la excepción parcial de Chile y, en este caso, también de Colombia). En los países andinos el gran tema es la estabilidad política. Todos registraron protestas masivas en la segunda mitad de 2019, con la excepción de Perú. Todos, salvo Colombia, tendrán elecciones entre este año y el siguiente. En Bolivia, la victoria de Luis Arce y el Movimiento al Socialismo en elecciones limpias ofrece la oportunidad de concluir un periodo de turbulencia política. Mucho depende de si Arce buscará la reconciliación o la venganza con quienes apoyaron el gobierno interino y represivo de Jeanine Áñez, y si tomará sus propias acciones o será un títere de Evo Morales. En cualquier caso, Bolivia enfrenta tiempos difíciles, económicamente hablando.

Las elecciones de Ecuador en febrero y las de Perú en abril podrían culminar en victorias populistas. En Ecuador, Guillermo Lasso, un banquero conservador, podría enfrentar en una segunda vuelta a Andrés Arauz, el candidato de Rafael Correa, el expresidente populista de 2007 a 2017. En Perú, el país con el sistema político más fragmentado de la región, el resultado de las elecciones es incierto. La gran amenaza es Daniel Urresti, un general retirado del ejército que ofrece mano dura y populismo económico. Desde antes de la pandemia, el dinamismo económico de Perú se había desacelerado; recuperarlo requerirá reformas del Estado y mantener a raya las tendencias populistas.

Chile se embarca hacia una nueva constitución. Tal escenario representa riesgos, pero ofrece una oportunidad para un nuevo rumbo social demócrata del país. Las protestas continuarán, pero con menos fuerza. Colombia enfrenta un panorama difícil: la recuperación económica es más lenta que la peruana o la chilena, el gobierno es débil, el descontento es generalizado y la seguridad se deteriora.

6. ¿Y del eje Venezuela, Cuba, Nicaragua?

Quien resulte triunfador en las elecciones de Estados Unidos deberá, tarde o temprano, entablar una negociación seria con el régimen de Nicolás Maduro en lugar de plantearle ultimátums. Maduro también tiene incentivos para eso: ha demostrado que puede mantenerse en el poder a pesar de las tremendas sanciones estadunidenses, pero no puede revertir el drástico declive de Venezuela.

Un gobierno encabezado por Biden regresaría, con cautela, a una política de acercamiento a Cuba. Tanto las sanciones de Trump como la pandemia han impedido el turismo en Cuba, por lo que el régimen comunista parece aceptar, por fin, una reforma monetaria y el levantamiento de ciertas restricciones a la aún incipiente iniciativa privada. Es probable que esto vaya acompañado por un atrincheramiento político. Está previsto que Raúl Castro deje la posición de primer secretario del Partido Comunista en abril. ¿Afianzará su poder Miguel Díaz-Canel —su reemplazo como presidente del Estado—al adjudicarse ese rol también? ¿O será un miembro de la vieja guardia el que lidere al partido? Como siempre en Cuba, la procesión va por dentro.

En cuanto a Nicaragua, el fracaso de Estados Unidos para ejercer presión suficiente para terminar con la dictadura de Daniel Ortega sorprende más que su fracaso en Venezuela. Ortega enfrentará una elección en noviembre; es probable que Rosario Murillo, su excéntrica esposa, lo reemplace. La elección será fraudulenta y la represión ya se recrudece.

Asignaturas pendientes

7. ¿Cuál es el panorama de la violencia en el subcontinente?

América Latina sigue siendo, fuera de las zonas de guerra, la región más violenta del planeta. Con 8 % de la población, representa cerca de un tercio de todos los homicidios. La tasa de homicidios se ha mantenido relativamente constante durante tres décadas. Como siempre, hay grandes variaciones: el cono sur y el sur de la región andina padecen mucho menos violencia que Centroamérica, Venezuela, Brasil y México. Las causas son bien conocidas: el crimen organizado que surgió del tráfico de drogas ilegales, una gran cantidad de armas, una amplia cohorte de hombres jóvenes, y sistemas de seguridad pública y procuración de justicia deficientes que combinan la brutalidad con la impunidad. Hay acciones que pueden llevarse a cabo. Los acuerdos de paz y la reducción de las pandillas organizadas han contribuido al descenso de la tasa de homicidios en Colombia durante los últimos 25 años —aunque ha aumentado en los últimos dos. Algunas ciudades han utilizado la georreferenciación para mejorar sus capacidades policiales. Pero la combinación de crimen organizado y Estados débiles continúa castigando a la región.

8. ¿Cuál es el panorama en materia de lucha contra la corrupción y Estado de derecho?

Mezclado. La democracia ha traído mucho progreso a América Latina en la protección de los derechos humanos y la apertura en la información gubernamental. Pero los sistemas de justicia de la región siguen con muchas deficiencias. Como siempre, generalizar implica combinar realidades muy diversas. De nueva cuenta, Uruguay, Chile y Costa Rica responden bien a las evaluaciones; otros no tanto. La última década ha visto avances en la lucha anticorrupción, ilustrada en la investigación Lava Jato. Este progreso es resultado de una nueva generación de fiscales y jueces preparados, y de nuevas herramientas jurídicas: investigaciones especializadas en el combate a la corrupción, acuerdos internacionales sobre información financiera (particularmente importante ha sido el viraje de Suiza del secreto a la apertura), los acuerdos de delación premiada y la prisión preventiva. Particularmente, en Perú y Brasil los poderosos han sido castigados. Pero también ha habido un abuso de la prisión preventiva sin cargos, y de la politización de las investigaciones anticorrupción —es el caso actual de México. Quizás por la publicidad generada por Lava Jato, y por la dimensión del desfalco de recursos durante el auge de las materias primas, el latinoamericano promedio cree que la región es más corrupta que nunca, así lo muestran encuestas de Transparencia Internacional.

9. ¿Qué problemas de gobernabilidad están en el horizonte? Erosión de las democracias, de la representación política, tentaciones populistas, erosión institucional.

Temo que la democracia en América Latina camina hacia una crisis de gobernabilidad. Hubo mucho pesimismo sobre la democracia en la región en los noventa; un rápido crecimiento económico, la caída de la pobreza y una disminución en la desigualdad de los ingresos hicieron mucho para revertirlo. Los presidentes fueron muy populares y, para bien o para mal, tendieron a ser fuertes. Incluso antes de la pandemia, las caídas en la pobreza y la desigualdad habían disminuido y los ciclos políticos se habían acortado. Los gobiernos han fracasado en implementar las reformas estructurales necesarias para restablecer el crecimiento económico, o para mejorar los servicios públicos que una población que se entiende como clase media —aun cuando muchos no lo sean— reclama.

Este pobre desempeño, aunado a la percepción de la corrupción y el debilitamiento de los partidos políticos —su desconexión de la población y la caja de resonancia que son las redes sociales— se han combinado para incrementar el descontento político. Lo anterior se ha reflejado en tres maneras: la elección de presidentes populistas en México y Brasil; la victoria de la oposición en muchas otras elecciones, y en las protestas masivas de 2019. Restaurar la credibilidad de la democracia en tiempos aciagos es una tarea que requiere repensar la política en general y los partidos en particular. Requiere estrechar sus vínculos con la ciudadanía pero también un liderazgo extraordinario. El riesgo del populismo es una constante en América Latina: está anclado en la desigualdad en países que son ricos en recursos naturales, pero donde el populismo es el statu quo la regla no necesariamente aplica.

Existe, también, el riesgo de una vuelta al autoritarismo. El orden y la seguridad serán demandas populares de cara a la desarticulación social causada por la pandemia (y el aumento del crimen que es previsible que genere). Durkheim puede ser más relevante que Marx. En su trabajo sobre el suicidio, Durkheim señaló que durante las crisis económicas los efectos netamente económicos eran menos significativos que la disrupción del orden social —la sensación de deriva generada por la pérdida de los referentes que sostienen la vida cotidiana. Ya hemos visto a varios gobiernos de la región, entre los que destacan Brasil y México, que recurren a las Fuerzas Armadas de maneras que habrían sido impensables hace dos décadas. No me parece, en la mayoría de los países, que las Fuerzas Armadas tengan la intención de tomar el poder. Pero sí existe, entre algunos políticos y ciertos sectores de la sociedad, una demanda por sus servicios que debería preocupar a los demócratas. Las últimas dos depresiones económicas en América Latina fueron sucedidas por cambios de régimen: entre 1930 y 1933 las Fuerzas Armadas depusieron los gobiernos civiles de ocho países latinoamericanos; en los años ochenta sucedió lo opuesto: las dictaduras cedieron en los ocho casos. La historia jamás se repite exactamente, pero hay un claro potencial de riesgo para la democracia.

10. Modernidad tecnológica: América Latina frente al mundo 5G

Hay un largo tramo antes de que América Latina pueda aprovechar el potencial del mundo 5G, incluso el mundo digital en general. El uso de internet en la región ha incrementado rápidamente en la última década; en 2018, 68 % de la población era usuaria regular. En contraste, los miembros de la OCDE registran 84 %. La digitalización de las empresas sigue siendo baja, en parte debido al peso que tienen los negocios pequeños o informales en la economía. Esta es una de las razones por las que no aumenta la productividad de la región; también es una de las tantas desigualdades que afligen a América Latina. La pandemia ha revelado algunos de los costos de la ausencia de desarrollo digital: los niños más pobres no han podido recibir educación a distancia, el trabajo remoto es limitado y la ausencia de bancarización electrónica ha entorpecido las transferencias de efectivo.

Algunos países, como Brasil, Colombia y Uruguay, han establecido estrategias nacionales de inteligencia artificial y robótica —la mayoría no lo ha hecho. Aumentar dramáticamente la inversión para la formación de habilidades e infraestructura digital debería volverse una prioridad de la región.

11. ¿Qué país latinoamericano te parece que está en mejores condiciones para salir de la pandemia y de la crisis económica, hacia un futuro? ¿Cuál el peor?

Como lo mencioné, me parece que Uruguay es el mejor posicionado —lástima que sea tan pequeño. Venezuela claramente es el peor. La economía se ha contraído a un nivel de subsistencia: se prevé que el PIB se contraiga 15 % este año, y será 72 % menor que lo que era en 2013. Una encuesta realizada por tres universidades del país estima que el 79 % de la población vive en pobreza extrema y 30 % de los menores de cinco años padecen desnutrición crónica o atrofia del crecimiento. El régimen venezolano es, en muchos sentidos, culpable de crímenes de lesa humanidad.

12. ¿Crees que América Latina será el escenario de una lucha por influencia de China y Estados Unidos? ¿Cómo se expresan en América Latina la emergencia de China y la tradicional hegemonía estadunidense?

América Latina es ya uno de los frentes diplomáticos en la batalla global por influencia entre China y Estados Unidos. Lo hemos visto, por ejemplo, en los intentos de China para construir poder blando en la región con apoyos y préstamos por la pandemia y en los intentos de Estados Unidos para impedir que Brasil recurra a Huawei para construir su red 5G. Afortunadamente, la región dista mucho de ser el escenario más activo del conflicto. Es del interés de América Latina continuar el desarrollo de vínculos económicos con ambos bandos y no ser forzada a elegir por uno u otro. Hay riesgos: si las tensiones entre las dos superpotencias se intensifican, no es imposible pensar en que China exija apoyo diplomático bajo la amenaza de reducir sus importaciones o préstamos, o que Estados Unidos amenace con represalias si ese apoyo es dado. En esas circunstancias, los intereses de América Latina son más cercanos a los de Estados Unidos, aunque Donald Trump ha hecho su mejor esfuerzo para ofuscarlos. Hay investigaciones que muestran que las exportaciones de la región a Estados Unidos, que son bienes de un valor más alto, tienen un mayor impacto económico que aquéllas de China, que prácticamente son granos de soya, minerales y petróleo. Además, imperfecto como es Estados Unidos, Latinoamérica comparte más valores con éste que con China.

América Latina sigue siendo, en palabras de Alain Rouquié, el “lejano occidente”.

 

Michael Reid
Escribe la columna “Bello” sobre América Latina en The Economist. Es autor del libro El Continente Olvidado: una Historia de la Nueva América Latina (Ediciones Crítica).