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Presentamos un adelanto de Nueve disparos (Grijalbo, 2020), escalofriante crónica del periodista Javier Garza Ramos sobre un crimen que sacudió al país a inicios de este año: el 10 de enero, un niño de sexto de primaria ingresó a su escuela y abrió fuego contra compañeros y maestros. Nueve disparos es la reconstrucción de este desolador evento.


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La maestra y el alumno

Apenas llevaba un semestre dando clases y ya estaba encariñada con sus nuevos alumnos. El día que regresó de las vacaciones de Navidad, miércoles 8 de enero de 2020, la maestra de inglés María Assaf Medina empezó a repasar el desempeño de sus grupos de primaria en el plantel Bosque del Colegio Cervantes durante el primer semestre del ciclo escolar. Separó a los que habían batallado más y se propuso darles un seguimiento especial. Era la misma rutina que había seguido en otros colegios donde había trabajado la mitad de su vida. El jueves 9 entregó tarjetas a varios alumnos, para que las mostraran a sus papás. Eran sus datos de contacto para organizar clases en las tardes para los niños que buscaran regularizarse. Esperaba empezar a organizarlas el fin de semana.

Así había sido su vida: clases en la mañana, lecciones privadas en las tardes. En unos meses llegaría la primavera y el calor intenso de La Laguna para abrir la alberca de su casa a cursos de natación que había empezado unos años atrás.

Menos de dos semanas antes, el 30 de diciembre, María cumplió 53 años. Lo festejó con sus amigas, entre ellas Luly y Lilian Cerrato, sus cuñadas. O al menos ella les seguía diciendo cuñadas a las hermanas de su exesposo, pues el cariño que les tenía desde la preparatoria había resistido el desencuentro de su matrimonio. El 24 de diciembre hizo en su casa la cena de Navidad, la primera Navidad sin su madre, que había muerto a principios de 2019. Cenaron María y sus dos hijos, y los dos hermanos que le quedaban, Abel, todavía soltero, y Jorge, con su esposa y sus dos hijos.

En el Año Nuevo de 2020 María Assaf Medina parecía al borde de una nueva etapa en su vida después de unos años de turbulencia. La muerte de su madre, víctima de cáncer, era sólo el último eslabón en una cadena de pérdidas en su vida. Tres años antes había muerto su hermano Mario. Al año siguiente murió otro hermano, Antonio. Su padre había muerto cuando ella era una adolescente.

María Assaf Medina nació el 30 de diciembre de 1966, hija de Mario Abel Assaf Iza y María de la Cruz Medina. Su padre era comerciante de ascendencia palestina, como muchos otros comerciantes de la región lagunera. Era una familia de clase media alta, viviendo en la colonia residencial de Las Rosas en Gómez Palacio. Mario Abel Assaf era dueño de dos zapaterías en el centro de Torreón, negocio muy común entre laguneros de origen palestino. La India en la avenida Juárez y la calle Ramos Arizpe, y la Mario a dos cuadras de ahí en la calle Múzquiz. Ambas estaban en el sector de la Alianza, en esa época el lugar de más actividad comercial en la ciudad y sobre el corredor vial que entonces era el único que conectaba a Torreón con Gómez Palacio, donde vivía la familia Assaf Medina. Era una época de cambios en La Laguna, cuando el esplendor agrícola comenzaba a ceder paso a la actividad industrial y de servicios. Por las fechas en que nació María, cerca de las zapaterías de su padre la histórica Ferretería Lack, uno de los negocios más antiguos de la ciudad, fue demolida para construir el primer supermercado Soriana.

María era la mayor de sus hermanos, después de ella vendrían Antonio, los cuates Abel y Mario, quien nació con parálisis cerebral, y al final Jorge. Su condición de única hija construyó un vínculo poderoso con su padre, que la llamaba “reinita”. Ella lo llamaba “papito”. Los sobrenombres se hicieron tan comunes en su vida, que así terminó llamando a todos sus cercanos. A sus amigas les decía “reinita”; a sus hijos y a sus hermanos, “papito”.

María estudió la primaria y parte de la secundaria en el Colegio Americano de Torreón, una de las escuelas privadas más reconocidas. Luego se fue a estudiar al Alberta College en Edmonton, Canadá, donde perfeccionó el inglés y aprendió francés.

Regresó al Colegio Americano en 1982 para iniciar la preparatoria, junto con sus antiguos compañeros de la primaria, y esa generación se volvió un grupo tan unido, que 35 años después de su graduación todavía siguen organizando reuniones anuales a las que va la mayoría. La última fue en octubre de 2019 y María había estado presente, como lo había estado en todas las anteriores, con los “papitos” y las “reinitas” que coincidían en que María hacía sentir queridos a todos.

El anuario de su primer año la muestra con los ojos grandes y el pelo largo al final del ciclo escolar 1982-1983. Había cumplido 15 años y una foto en El Siglo de Torreón daba cuenta de la fiesta que le habían organizado sus padres.

En septiembre comenzó su último año de preparatoria y poco después también llegó la tragedia. Pero la forma en que llegó no revelaría su significado completo hasta 36 años, tres meses y cuatro días después.

Las zapaterías de Mario Abel Assaf habían sido asaltadas en varias ocasiones ese verano, por lo que su dueño decidió guardar una pistola en la oficina que tenía en una de ellas. El 2 de octubre, cuando limpiaba el arma, la proverbial bala en la recámara, la que siempre se dispara en un accidente, se incrustó en el ojo derecho de Mario Abel.

La similitud es tan pasmosa que Jorge Assaf Medina no encuentra palabras para contarla. Es difícil creer que la diferencia entre los balazos que mataron a padre e hija es que el de María fue en el ojo izquierdo.

Mario no murió inmediatamente, fue llevado a un hospital, pero los médicos no pudieron salvarlo. Falleció en la madrugada del 6 de octubre de 1983, a los 45 años.

María de la Cruz Medina tuvo que hacerse cargo de las zapaterías, mientras que María comenzó a tomar el papel de segunda madre para sus hermanos menores. Terminó la preparatoria y ya no cursó la universidad, dedicada como estaba a ayudar con las zapaterías lo más que pudiera. Pero al paso de los años el negocio declinó y terminaron cerrando. Un tiempo María dio clases de aeróbicos en su casa y a finales de los ochenta se fue a Tijuana a trabajar con un tío que tenía una maquila textil. Regresó con una máquina de coser Kenmore, y como ella sabía coser, se le ocurrió poner un taller. Compró tablas para hacer mesas de corte y confección y ella misma elaboraba algunos diseños. El negocio le duró unos cinco años. Por esas fechas se casó con Gerardo Cerrato, con quien tuvo dos hijos, Giovanni y Carlo.

Fue entonces que empezó a dar clases de inglés en escuelas privadas, primero en el colegio Las Rosas, un jardín de niños bilingüe cerca de su casa, después en el Eliseo, en Torreón, y durante más de 20 años en el Greenhills de Gómez Palacio, cerca de su casa, la casa familiar en la colonia Las Rosas, donde había vivido la mayor parte de su vida y adonde regresó con Giovanni y Carlo, después de su divorcio. Vivía con su madre y su hermano. Jorge se había ido a vivir a Torreón, donde es socio de un despacho de abogados y se especializa en derecho civil y mercantil.

Los últimos años habían estado llenos de incertidumbre. María perdió su trabajo en el Greenhills, después de dos décadas con la suerte de trabajar a unas cuadras de su casa, por lo que ni siquiera tenía que manejar. Era una persona de rutinas, bastante terca. Quizá por eso María le pidió a su hermano que le ayudara a preparar una demanda contra el Greenhills y persistió hasta que llegaron a un arreglo. La tabla de salvación le llegó del Colegio Lincoln, también en Gómez Palacio, y luego de un grupo que buscaba abrir una primaria en la ciudad, se iba a llamar el Colegio San Gabriel, pero el proyecto no prosperó y fue cancelado en 2019.

La incertidumbre laboral no la dejaba. Dos años antes se había ido a pasar Navidad a Texas con una amiga de sus tiempos de la escuela en Canadá. Ya para 2019, al menos María había visto a sus hijos salir al mundo y volverse independientes. Giovanni, de 24 años, empezó a trabajar en empresas de franquicias. Carlo, de 22 años, como vendedor en la agencia de automóviles BMW de Torreón. María presumía que hacía poco Carlo había recibido su certificado como vendedor de Mini Cooper y no permitía que los problemas le empañaran las celebraciones familiares. Aunque anduviera corta de dinero se las arreglaba para hacerles fiestas de cumpleaños a sus hijos.

María no era muy religiosa, a pesar de que su madre había llenado la casa de figuras y estampas de vírgenes y santos. Tenía un dije del monje libanés san Charbel y sus hijos estaban bautizados y confirmados como católicos, aunque ella tenía años sin ir a misa. Pero en el verano de ese 2019 María comenzó a acercarse a la iglesia metodista de San Pablo en Torreón, pues un par de años antes su hijo Carlo se hizo novio de una joven de esa congregación y comenzó a involucrarse en las actividades del templo.

El metodismo, una denominación cristiana surgida del protestantismo inglés del siglo XVIII, se basa en una doctrina evangélica que enfatiza una vida de santidad y amor al prójimo, pero también la libertad del creyente de responder al llamado de Dios para su salvación. Carlo era asiduo a los servicios y jornadas de oración en San Pablo.

Un día Carlo pidió oraciones por su madre, para que pudiera conseguir un trabajo. Había comenzado a creer que Dios contesta las plegarias y veía en la congregación una forma más personal de acercarse a lo divino. Juan Carlos Rubio, el pastor de la iglesia, empezó a notar un cambio, pues conocía la situación familiar de Carlo, la muerte de su abuela, la pérdida de trabajo de su madre.

Poco después, Carlo anunció a la congregación que Dios había contestado las oraciones y su madre ya había obtenido trabajo. Irene Castellanos, la coordinadora de inglés del Colegio Cervantes y antigua compañera de María en el Colegio Americano, la invitó a dar clases en el colegio, empezando en agosto de 2019. María podría regresar a su vocación con la posibilidad de mantener las lecciones privadas en la tarde.

Así reanudó la rutina. Clases en la mañana, luego la comida con sus hijos a mediodía, de vez en cuando con su hermano Jorge. Pero apenas terminando de comer limpiaba la mesa. “¿Sabes qué, papito? Ahorita va a llegar un niño”, decía. Levantaba los platos y escondía los cigarros Benson & Hedges mentolados que fumaba con gusto.

Su hermano Jorge atribuye a la terquedad el que su hermana no haya dejado de fumar después de que su madre fue diagnosticada con cáncer y la oncóloga les advirtiera que ellos también traían la enfermedad en los genes. Saliendo del consultorio, confirmado el diagnóstico terrible, lo primero que hizo María fue prender un cigarro.

Pero no fumaba frente a los niños. Limpiaba los ceniceros cuando cada tarde atendía a dos o tres alumnos en lecciones de regularización de inglés.

Alrededor de la época en que obtuvo trabajo en el Cervantes, María comenzó a acercarse al templo de San Pablo, donde Carlo ya participaba activamente. El templo es uno de los más antiguos de Torreón, construido en 1907 en la avenida Morelos, y con su cantera café y sus vitrales es una de las construcciones más reconocidas del centro de la ciudad. Sus 350 fieles son más de la mitad de toda la congregación metodista de La Laguna, una iglesia más bien pequeña, de unos 600 miembros en total repartidos en 10 iglesias.

El pastor Juan Carlos la vio integrarse poco a poco en lo que describe como un proceso de conversión. Aunque en La Laguna todavía quedan resquicios del conservadurismo católico que desconfía de los protestantes, María vio natural el cambio en Carlo, como una consecuencia de su noviazgo. Por eso aceptó acompañar a su hijo a la clausura de unos cursos de verano en San Pablo y fue su primer contacto con el templo. Después comenzó a asistir a algunos servicios. El pastor Juan Carlos no percibía una particular necesidad espiritual, pero sí la veía en un periodo de transición en su vida.

El 31 de diciembre la idea de asistir a San Pablo al servicio de fin de año fue de ella. Asistieron a las ocho de la noche y fue la última vez que la congregación la vio.

Estaba contenta, en paz. Tenía 10 años de no ir al gimnasio a hacer ejercicio y ahora se había inscrito en uno cerca del Cervantes, a donde acudían también algunas madres de alumnos. Estaba planeando regresar a Texas a visitar a su amiga con quien había pasado Navidad dos años antes. Estaba plena, dice su hermano Jorge. Y repite varias veces la palabra.

Al tiempo que empezaba su nuevo trabajo, María también buscaba enderezar ciertas cosas. Se acercó a Gerardo, su exesposo, para disculparse por su comportamiento durante la dolorosa época del divorcio. Aunque eso había sido siete años antes, María le comentó a uno de sus hijos que había sentido la necesidad de pedir perdón por la forma en que había reaccionado a ciertas cosas.

Ese acercamiento con Gerardo tomaría un significado completamente distinto unos meses después. Para su hermano Jorge, era como si ella no quisiera dejar cabos sueltos.

No salió de vacaciones. Festejó su cumpleaños y luego fin de año. El 31 de diciembre envió un mensaje a los 65 compañeros de generación del Colegio Americano que tienen un grupo de WhatsApp:

“Te deseo 12 meses de prosperidad. 52 semanas de salud.
365 días de suerte”.

Fue la última vez que supieron algo de María, hasta 10 días después.

Se dedicó la primera semana del año a preparar el regreso a clases y a revisar el desempeño de sus alumnos para saber a quién podría ofrecerle clases después del colegio. El miércoles 8 de enero, al regresar a las aulas, entregó a varios alumnos tarjetas con sus datos para que las dieran a sus padres en caso de que buscaran clases de inglés por las tardes.

Como todos los días, en el patio de las escuelas conviven historias distintas sin que nadie se dé cuenta. Fue así en el Colegio Cervantes. Una maestra recién llegada, un profesor de educación física que por las tardes trabaja como entrenador en un gimnasio, niños con diferentes aficiones, unos al deporte, otros a la robótica, otros a los videojuegos. Vienen de hogares distintos, pero con ciertos patrones, clase media, padres profesionistas. Está el ingeniero que lleva internet por microondas a áreas rurales; los técnicos en la metalúrgica Peñoles, la industria más grande de la ciudad; empleados de la Presidencia Municipal o del gobierno estatal; está el padre de familia que maneja las redes sociales de una estación de radio.

Ese viernes 10 de enero de 2020, 25 niños de tercero de primaria, hijos de estas biografías tan distintas, compartían en el patio la clase de educación física. Estaban Mario, Luciana, María, Luis, Carlos, el profesor Aldo, los nombres de cualquier lista de asistencia. Iniciaban las actividades del día, la rutina. En ese día a día se hacen amistades y también se forman las rivalidades propias de los niños, que nunca duran mucho. Se conocen y muchos de sus papás se conocen.

Pero no es inusual encontrar a algún alumno con una historia desconocida, que evade las explicaciones. Un niño que no invita a nadie a su casa y no va de invitado a las de otros. Un niño cuyos padres no van a las reuniones o los eventos de la escuela.

Un niño que fácilmente es señalado como psicópata, pero que, en realidad, en el fondo también puede ser descrito como una víctima.

Como su maestra de inglés, José Ángel Ramos Betts también había terminado 2019 con la esperanza de un cambio. Su padre se había reintegrado a su vida después de más de tres años de no verse.

La niñez de José Ángel estuvo marcada por la pérdida. Nació el 8 de abril de 2008 en Torreón, hijo de José Ángel Ramos Jiménez y de Yezmín Betts Llanes.

Ramos Jiménez no tenía una profesión clara. Había estudiado cuatro años de la licenciatura en Derecho en la Universidad Autónoma de Coahuila, de 2002 a 2006, y le faltaba un año para titularse cuando abandonó la facultad. La preparatoria la estudió en la Venustiano Carranza, el bachillerato de la universidad estatal, pero tampoco ahí terminó pues se tituló en el sistema abierto. Hay algo en sus notas que indica que no era por falta de inteligencia, pues podía superar obstáculos si tan sólo se aplicaba. Reprobaba casi todas las materias, pero en los exámenes extraordinarios lograba buenas calificaciones. Sus mejores notas en la universidad las obtuvo en Derecho Civil y Penal.

El año en que abandonó la Facultad de Derecho se casó con Fabiola Gutiérrez, una joven de Torreón. No hay ningún registro de divorcio, por lo que José Ángel seguía casado con Fabiola cuando tuvo a su hijo con Yezmín. Ella había perdido a su padre a los tres años y vivía en la casa de su familia en la colonia Villa Jardín de Ciudad Lerdo con su medio hermano y su madre, María Isabel. No tenía una actividad o negocio conocido, pero alrededor de la época en que nació su nieto José Ángel, María Isabel patrocinaba un equipo de futbol rápido y se relacionaba en ese ambiente: jugadores, entrenadores y dueños de las canchas la veían llegar con uniformes o equipo.

El niño nació dentro de la historia del narcotráfico en La Laguna. Alrededor de 2008 su abuelo paterno, José Ángel Ramos Saucedo, se había involucrado en el tráfico de precursores químicos para elaborar metanfetaminas. Había tenido farmacias, que le dieron entrada al negocio de los químicos, y luego estableció varias relaciones económicas para montar lo que autoridades federales describirían después como un entramado de lavado de dinero, actividad que disfrazó con un salón de fiestas, el cual declaraba como principal fuente de ingreso suya y de su esposa Rebeca, con quien vivía en una casa de la avenida Guerrero entre la calzada Cuauhtémoc y la calle Mártires de Río Blanco, cerca del centro de Torreón. Es una vivienda de fachada modesta pero que había crecido hacia adentro, con cuatro recámaras, amplias salas y una cochera donde guardaba autos último modelo como BMW y Jeep Cherokee, algo incongruentes en un sector de viviendas de clase media en una zona de la ciudad venida a menos.

Por el lado materno también había una historia que se entrelazaba con el crimen organizado en la región. Después de que murió el padre de Yezmín, María Isabel Llanes tuvo una relación con un agente de la Policía Federal, de la que nació un hijo en 1996. Pero años después María Isabel comenzó otra relación sentimental, en esta ocasión con quien era en esa época el jefe criminal más poderoso de La Laguna. A finales de los noventa y a la vuelta del siglo, Arturo Hernández González, alias El Chaky, manejaba los intereses y negocios de los cárteles de Juárez y Sinaloa en la región. Expolicía judicial, en 1996 empezó a trabajar para Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, que lo hizo su jefe de seguridad, y a la muerte del capo de Ciudad Juárez pasó a trabajar para Ismael El Mayo Zambada.

La madrugada del 4 de abril de 2003 El Chaky fue detenido en un aparatoso operativo del Ejército en la casa que habitaba en la colonia Campestre de Gómez Palacio, muy cerca de la casa donde vivía María Assaf Medina. Fue uno de varios operativos simultáneos montados por la Procuraduría General de la República (PGR) en siete estados del país esa madrugada. Con El Chaky fueron detenidas otras ocho personas. Siete eran hombres, incluyendo un agente de la delegación de la PGR en Coahuila. La octava era una mujer, María Isabel Llanes.

María Isabel fue enviada al penal de Santa Martha Acatitla, en la Ciudad de México, y dejó atrás a su hija Yezmín, que un mes antes acababa de cumplir 16 años, y a su hijo entonces de siete años. Se reencontró con ellos en mayo de 2005 al ser liberada, cuando la PGR no le pudo probar las acusaciones de delincuencia organizada y narcotráfico, pues no tenían elementos más allá de su relación sentimental con Hernández. El Chaky fue liberado en 2013 antes de cumplir su condena completa de 20 años.

De modo que, al nacer, José Ángel ya tenía su biografía vinculada a la historia del narcotráfico en La Laguna, y aunque eso no tendría que ser determinante en su genética o en su destino, sí lo fue en su crianza, porque algunas de las pérdidas que tuvo en su vida están directamente relacionadas con la vida del crimen. Son los golpes emocionales que lo formaron.

El viernes 2 de julio de 2010 su abuela María Isabel fue asesinada y su cuerpo tirado en el parque Raymundo, un paraje del río Nazas en Ciudad Lerdo, donde vivía. Como era costumbre en esos años en que los homicidios por rivalidad delincuencial eran hechos diarios en La Laguna y las policías estaban infiltradas por el crimen organizado, el caso no fue investigado. Fue uno entre más de 700 homicidios ocurridos ese año en la región lagunera.

Yezmín vivía en la casa materna con su hijo José Ángel, pero el padre del niño era una presencia esporádica, pues pasaba temporadas fuera de la ciudad. Varios años después, en junio de 2014, cuando su hijo estaba por entrar a la primaria, Yezmín se sometió a una cirugía de manga gástrica  para bajar de peso. Pero su condición diabética resultó ser una trampa mortal. Murió a causa de una cetoacidosis metabólica, un padecimiento en el que el cuerpo produce ácido en exceso y que puede ser provocado por falta de insulina o por una infección descontrolada, por lo cual la causa de muerte resulta consistente con la complicación de una cirugía en una persona con diabetes.

Sin nadie por el lado materno para hacerse responsable de él, José Ángel Ramos Betts pasó a la custodia de su padre, pero debido a sus frecuentes viajes en realidad pasó al cuidado de sus abuelos paternos, José Ángel y Rebeca, que se lo llevaron a vivir a la casa de la avenida Guerrero y lo inscribieron en el Colegio Cervantes, a ocho cuadras de ahí.

En el Colegio Cervantes sabían que su nuevo alumno había perdido a su madre, pero sabían poco más de la situación familiar. Padres de compañeros de José Ángel recuerdan haber visto a Ramos Jiménez sólo en un par de reuniones o eventos del colegio, y nadie puede dar cuenta de haber visto a los abuelos. Las maestras del niño apenas los conocían.

El padre de José Ángel no vivía con él, sino en otra casa. Mantenía una presencia en la vida de su hijo, pero no de manera constante. Como había hecho años antes, cuando tuvo una relación sentimental con Yezmín mientras estaba casado con otra mujer, años después llegó a tener dos novias a la vez. Pasaba temporadas fuera de la ciudad, viajando al extranjero, aunque no se le conocía un negocio en particular. Una investigación de la Unidad de Inteligencia Financiera encontró viajes a varias ciudades de Estados Unidos, como Los Ángeles, San Antonio y Dallas, y también a Panamá, las Bahamas y hasta Japón.

Cuando estaba en Torreón, José Ángel Ramos Jiménez era presencia constante en un gimnasio en donde entrenaba con frecuencia. Quienes lo conocieron ahí cuentan que llegaba en autos lujosos vestido de manera impecable y con prendas caras. Pero no hacían preguntas, pues el hecho de  que no se le conociera negocio despertaba sospechas y lo veían como una persona de cuidado a la que mejor valía la pena no molestar.

Pero los Ramos Jiménez parecían tener una vida social activa, y al menos en un par de ocasiones se aseguraron de que eventos familiares, como fiestas de cumpleaños, fueran publicados en las páginas de sociales de El Siglo de Torreón y Milenio, los principales diarios de la ciudad. En otra ocasión, Ramos Jiménez apareció fotografiado en el aeropuerto en compañía de su padre tras regresar de un viaje a Miami.

Un día de mayo de 2016, cuando José Ángel estaba terminando segundo de primaria, su padre realizó uno más de sus viajes al extranjero, sólo que esta vez desapareció de la escena.

El niño contaba a sus compañeros que su papá se había ido a trabajar a Estados Unidos y ésa era la versión que tenían también sus maestros. Es probable que ésa fuera la historia que le habían contado sus abuelos al niño, porque en varias ocasiones platicaba a sus amigos que su papá estaba a punto de regresar a visitarlo, pero siempre resultaba que no había podido ir. Sus amigos le preguntaban si lo había visto y José Ángel sólo respondía que no, que no había llegado. Una frustración tras otra se acumulaba en su ánimo porque la ausencia de su padre se prolongaba.

La historia real era que Ramos Jiménez había cruzado a Laredo, Texas, el 23 de mayo de 2016 en una camioneta Jeep Cherokee con placas de Durango, que ya había hecho varios cruces en esa frontera en los meses anteriores. Ramos Jiménez iba acompañado de un hombre llamado Félix Alejandro Favela. Pretendían viajar mil kilómetros hasta la ciudad de Oklahoma para recoger 25 kilogramos de metanfetaminas, pero oficiales de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) estaban enterados de lo que planeaban y les seguían el rastro.

El 26 de mayo el agente de la DEA Colby Cason recibió un pitazo: que  un hombre hispano iba a recibir un cargamento de metanfetaminas en Oklahoma el 1º de junio. La información incluía un número de teléfono con clave 702 para el cual Cason pidió una orden judicial de localización. La clave 702 corresponde a la ciudad de Las Vegas, pero era el celular de Ramos Jiménez.

Ese primer día de junio el celular fue ubicado sobre la autopista interestatal 35, ya en el estado de Oklahoma. Cason y su grupo de agentes detectaron la señal en un restaurante IHOP de Midwest City y montaron vigilancia en el estacionamiento. Llamaron al número que tenían y por una de las ventanas vieron a Ramos Jiménez contestar el teléfono y colgar. Lo vieron salir del restaurante junto con Favela, subirse a la Cherokee blanca y enfilar rumbo al norte. Al entrar a la ciudad de Oklahoma la camioneta se detuvo en el estacionamiento de otro restaurante junto a un tráiler. Ramos Jiménez bajó del auto y caminó al tráiler, donde recibió una maleta negra grande, que subió a la Cherokee. Minutos más tarde él y Favela fueron detenidos y en la bolsa negra los agentes encontraron 25 kilos de metanfetaminas.

Ramos Jiménez estaba a cargo de la operación, pero no era quien la planeó. Había recibido la instrucción, por parte de una persona desconocida, de recoger el cargamento y entregarlo en una casa de la misma ciudad de Oklahoma. Según su testimonio, tuvo que pagarle a Favela para que lo ayudara. Favela alegó ignorancia y dijo que sólo iba de acompañante. Antes de ser consignados, los agentes instruyeron a Ramos Jiménez a llevarlos al lugar donde entregaría la droga como una trampa para detener a la persona que la recibiera. En una casa en la misma ciudad, una mujer identificada como Guadalupe Ortiz Rodríguez recibió la maleta negra y le entregó a Ramos Jiménez una bolsa con 70 mil dólares. Cuando la transacción se hizo, ella también fue arrestada. La casa era rentada y estaba vacía, era sólo un punto de encuentro fijado por una persona cuya identidad nunca se estableció.

Ramos Jiménez, Favela y Ortiz fueron acusados de posesión con intento de distribuir metanfetaminas y de conspiración para distribuir la droga. El 2 de junio fueron presentados ante un juez y Ramos Jiménez recibió la notificación de asistencia consular, que al parecer declinó porque fue el tribunal, y no el consulado, el que le nombró un defensor de oficio y también designó una traductora para el procedimiento judicial. Paul Lacy y Teresa Brown, de la Oficina de Defensoría Pública, fueron designados para representar a Ramos Jiménez, quien, en la primera audiencia el día 6, se declaró no culpable, una maniobra legal común que permite al acusado negociar con los fiscales. El juez Bernard Jones le dictó prisión preventiva.

Su hijo José Ángel estaba a punto de salir a las vacaciones de verano para pasar a tercero de primaria.

Lacy lo vio como un caso de rutina y no recuerda nada extraordinario. Los procesos relacionados con droga son el pan de cada día de los defensores públicos. De todas formas, no tuvo tiempo para adentrarse en el caso, pues el 29 de junio Ramos Jiménez cambió de abogado y contrató a uno privado. Acudió al despacho de Nicholas DePento, un abogado de San Diego, California, que unos años antes, en 2012, había tenido un momento bajo los reflectores cuando fue contratado por Benjamín Arellano Félix después de que el cabecilla del Cártel de Tijuana despidió a su abogado por negociar un acuerdo con la FGE que no le gustó. Aunque DePento no pudo evitar la sentencia de 25 años contra Arellano Félix, en el proceso ganó notoriedad. Pero DePento no llevó personalmente el caso de Ramos Jiménez en Oklahoma, sino que su despacho contactó a David McKenzie, uno de los defensores criminales más reconocidos del estado.

En octubre Ramos Jiménez llegó a un acuerdo con la fiscalía federal que llevaba su caso para obtener una sentencia reducida. Cualquier información que les dio a los fiscales sobre la identidad de quienes organizaron la entrega de las metanfetaminas quedó bajo secreto judicial y nunca se conoció para quién trabajaba. El 6 de octubre acudió al tribunal para declararse culpable y abreviar el proceso. Permaneció detenido en la ciudad de Oklahoma esperando su sentencia hasta el 7 de julio de 2017, cuando el juez Timothy DiGiusti lo condenó a cuatro años de cárcel.

Dos días antes había cumplido 33 años. En Torreón, su hijo José Ángel estaba terminando cursos para salir a vacaciones de verano y pasar a cuarto de primaria.

Ramos Jiménez fue enviado a la prisión federal de Big Spring, Texas, en medio de la nada, a mitad de camino entre El Paso y Dallas, pero a 500 kilómetros de cada ciudad. Ahí pasó dos años y cuatro meses mientras su hijo avanzaba en la primaria con excelentes calificaciones y se preguntaba por qué le decían que su papá ya iba a regresar, pero nunca llegaba.

El perfil psicológico inicial sobre José Ángel Ramos Betts, elaborado por peritos de la FGE, señala que las diferentes pérdidas que sufrió en su infancia lo dejaron “sin estructura familiar” y que sus abuelos maternos, si bien le proveían “los cuidados básicos de alimentación, educación, casa o vestido”, no le daban el soporte emocional que necesitaba.

Para José Ángel Ramos Saucedo y Rebeca Jiménez, abuelos del niño, su responsabilidad era darle esa atención básica, que complementaban con la compra de juguetes y aparatos electrónicos que fuera pidiendo. Compañeros de su salón relataron a sus padres que José Ángel siempre traía el aparato más moderno. “Papá, José Ángel tiene un dron.” “Papá, José Ángel tiene un iPhone”, contaban sus compañeros.

“Todo le compran”, pensaba la trabajadora doméstica de la casa de avenida Guerrero. Pero veía en José Ángel a un niño aplicado, que no daba problema, que llevaba buena relación con sus abuelos.

José Ángel y Rebeca habían llevado a vivir a su casa a otro nieto, Gabriel (seudónimo para proteger la identidad del niño), hijo de Nuria Ramos Jiménez, su hija. Lo hicieron para que el pequeño José Ángel tuviera compañía en la casa, algo que mitigara la soledad. Pero los psicólogos que estudiaron las relaciones familiares de José Ángel concluyeron que fue una medida tomada por los abuelos pensando que con esto solucionarían el abandono emocional de José Ángel, pero que en realidad nunca se preocuparon por el estado emocional del niño. Cuando se le preguntó a Rebeca si su nieto había recibido algún tipo de terapia psicológica tras la muerte de su madre o por la ausencia de su padre, respondió que no.

De cualquier forma, la compañía de Gabriel, de nueve años, no necesariamente aliviaba la soledad de José Ángel, porque su presencia era un recordatorio del abandono. Gabriel era visitado todos los días por su madre, quien los llevaba a la escuela. A José Ángel no lo visitaba nadie.

Ni siquiera sus compañeros. Fuera de la escuela, José Ángel tenía una existencia más solitaria. Tenía buenas relaciones con los otros alumnos del salón de 6º B, con los que ya había compartido casi seis años de la primaria, y también de otros salones —en el último semestre había empezado a juntarse con los alumnos de 6º C—, pero no convivía con ninguno acabadas las clases. No iba a casas de sus amigos ni los invitaba a la suya. Cuando se trataba de hacer trabajos en equipo, José Ángel se llevaba su parte, mientras sus compañeros sí se juntaban. Pero a nadie se le hacía extraño, simplemente así era él. A pesar de comportamientos solitarios, nunca nadie le hizo bullying ni bromas pesadas.

En las tardes, sin la supervisión de sus abuelos, se refugiaba en juegos bélicos, tanto virtuales como reales. Minecraft, Fortnite y Call of Duty estaban entre sus videojuegos predilectos, y también tenía no menos de 30 armas de juguete. La mayoría eran rifles de plástico, de los que lanzan bolas o dardos de hule espuma, tipo Nerf, pero tenía cuatro pistolas de diábolos marca Airsoft con las que practicaba tiro al blanco en el jardín de su casa, disparando a botellas de agua. El común denominador de todas las armas, las de fantasía y las de postas, eran los mangos y las cachas. Todas eran negras tipo escuadra. El dato tomó un matiz de horror después del tiroteo en el colegio, pues todos los mangos eran idénticos al de la pistola Glock que José Ángel disparó en el patio. Gracias a ellos desarrolló una memoria muscular que le permitió manejar las armas de verdad.

A su primo Gabriel no le interesaban las armas, aunque de vez en cuando jugaba al tiro al blanco con su primo, y se aburría con las conversaciones entre José Ángel y su abuelo porque platicaban de armas, cuando él quería hablar de futbol.

Además de videojuegos y tiro al blanco, José Ángel pasaba los ratos libres viendo videos en internet, especialmente sobre armas de fuego y automóviles. El perfil psicológico del niño concluye que los abuelos normalizaron el aislamiento de tantas horas en el cuarto con los videojuegos o el internet o en los juegos solitarios con sus armas de juguete.

Nada de esto explica por qué José Ángel pasó de los disparos de fantasía a los reales, pero a finales de 2019 empezó a dar señales que pasaron desapercibidas. Unos días antes de Navidad le dijo a su primo Gabriel que había encontrado una pistola de verdad en la casa y la había llevado a su cuarto. Era gris. Gabriel le preguntó si estaba cargada, pero José Ángel no le contestó. Gabriel se quedó pensando si su primo no habría aprendido a usarlas viendo videos en YouTube.

Por esas fechas, José Ángel empezó a intercambiar mensajes en WhatsApp con Alberto, un compañero de su salón (seudónimo para proteger la identidad del niño). En esas conversaciones está una de las claves para entender lo que pasó el 10 de enero, pero sobre todo era una alarma que lo pudo haber evitado si tan sólo un adulto hubiera revisado los teléfonos de cualquier niño.

José Ángel y Alberto empezaron a platicar de armas, de escopetas recortadas y de una subametralladora Tec-9. Poco antes de Navidad, Alberto bajó de internet fotos de esas armas y las mandó en un mensaje a su amigo.

No eran sólo armas. Eran el símbolo de una tragedia que ocurrió una década antes de que ambos nacieran pero que los dos amigos tenían muy presente.

 

Javier Garza Ramos

 

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