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Las crisis pueden revelar o agravar órdenes existentes. Pueden, también, catalizar cambios y verificar diferentes opciones de futuro. En las crisis, los distintos actores sociales prueban el pulso y eficacia de sus poderes y capacidades —o la falta de ellas— para torcer o reafirmar programas en disputa y, en ese proceso, algunos asuntos surgen o se afirman como agendas urgentes.

La crisis global asociada al covid-19 está haciendo todo eso. Ha exhibido de forma más descarnada la insostenibilidad de los arreglos económicos, sociales y políticos-institucionales actuales para asegurar el bienestar colectivo. Ha mostrado la preexistencia de crisis abigarradas: ecológicas, reproductivas, de sistemas políticos. La intersección de diversas formas de explotación y dominación, y la precariedad de las mayorías han quedado de manifiesto. Se ha desmentido la ficción del mercado como garante de derechos y el principio del “esfuerzo individual” como sinónimo de virtud ciudadana. Esta crisis ha mostrado el peso que tienen las narrativas del miedo, la guerra o la negación como base para la gestión de los gobiernos y ha evidenciado, por otro lado, la potencia de las solidaridades y las agencias populares.

Durante esta crisis se han dimensionado las consecuencias negativas de privatizar y despolitizar tanto lo público como lo doméstico. Se ha tematizado como asunto de discusión pública la pregunta de cómo se sostiene la vida, y se ha instalado la idea de que es imposible vivir sin cuidados y que, en condiciones de desigualdad, la vida colectiva está en peligro.

 

Las discusiones sobre qué lugar ocupan y cómo se organizan los cuidados que permiten el sostenimiento de la vida ya estaban en la academia y las agrupaciones de mujeres y feministas. Los cuidados cubren las necesidades que permiten asegurar la vida física, emocional y social; garantizan el sostenimiento de la vida individual y colectiva, la reproducción biológica y de la fuerza de trabajo. Los cuidados son un derecho y, como tal, deben asegurarse universalmente.

A la vez, satisfacer las necesidades de cuidados entraña tiempo, supone costos, consume recursos materiales y subjetivos, y aporta valor a la sociedad (como promedio, el equivalente al 20 % del producto interno bruto de los países). Remunerado o no remunerado, el cuidado es un trabajo. Bajo esta consideración, las actividades de cuidados implican también los derechos laborales y la protección social de trabajadoras y trabajadores. Las sociedades que no reconocen el derecho a cuidados ni el trabajo de cuidados se desentienden de la vida.

En América Latina, las mujeres son sobre todo quienes garantizan los cuidados, al dedicar más del triple del tiempo a estas labores que los hombres, y generalmente lo hacen sin remuneración y en condiciones precarias. Cuando el trabajo de cuidados se remunera, son igualmente las mujeres quienes lo realizan en mayor medida: representan más del 90 % de los trabajadores domésticos remunerados en todos los países de la región y más del 70 % de quienes trabajan en el sector de la salud. Finalmente, el aseguramiento de los cuidados es desigual respecto a los distintos actores sociales: las familias y las comunidades son sus principales garantes mientras que el Estado y el mercado tienen responsabilidades marginales.

Ilustración: Kathia Recio

El trabajo que supone buscar y elaborar los alimentos, asistir si hay enfermedad, acompañar en los deberes escolares, limpiar, lavar, proveer el agua y educar, sobrecarga a quienes lo realizan y condiciona la cantidad y cualidad de su participación en los mercados de trabajo remunerado. Las responsabilidades de los cuidados no remunerados son causa importante de la brecha de participación laboral entre hombres y mujeres. Al ser las principales responsables de cuidar y sostener la vida dentro de los hogares, y en ausencia de otros actores que se corresponsabilicen con ello, las mujeres tienen más dificultades para asegurar su autonomía económica vía el trabajo asalariado, o bien lo hacen en peores circunstancias: trabajos flexibles y precarios que les permitan hacer ambas cosas. En caso de que realicen trabajo de cuidados remunerado dentro de los hogares de otras personas, las cuidadoras reciben ingresos precarios y carecen de derechos laborales. La consecuencia es que se reproduce una estructura diferencial de oportunidades que limita, por distintas vías, la autonomía y el bienestar de las mujeres. Esa situación, que es estructural, se agrava en condiciones de crisis. Por eso, las mujeres entran, permanecen y salen de ellas en peores condiciones.1

Apenas se empiezan a medir los cambios que ha generado esta crisis en el trabajo de cuidados en algunos países y ciudades de la región. Lo que sabemos hasta el momento, vía encuestas en Argentina, Chile, Colombia y Perú, es que se ha producido un aumento considerable del trabajo de cuidados no remunerado y una precarización acelerada del trabajo de cuidados remunerados feminizados. Los abusos y despidos a trabajadoras del hogar, la clausura de los sectores de alojamiento, restaurantes y educación, la sobreexigencia y ausencia de derechos en el sector de la salud son una muestra.

Cálculos del PNUD señalan que, como ha sucedido en otras crisis, la brecha de género en la tasa de ocupación está aumentando en la región y las mujeres, sobre todo de sectores populares, están siendo las más afectadas.2 Al mismo tiempo, el trabajo de cuidados necesario para sostener la vida se ha intensificado; eso también ha sucedido en otras crisis por la reducción de las funciones sociales de los Estados y el aumento de la escasez. Las crisis pueden transformar, suspender o limitar la economía monetaria, pero no hacen lo mismo con la economía no monetaria. Esto sucedió, por ejemplo, en la crisis de los 1990 y ello no implicó, sin embargo, ninguna modificación notable en la organización familiar ni social de los cuidados: las mujeres siguieron siendo las principales cuidadoras y las familias y comunidades las principales responsables de la vida.3 Entonces, comunidades, familias y especialmente las mujeres terminan funcionando como variable de ajuste.

 

Hoy se habla de los cuidados con más sistematicidad y audiencias que en crisis anteriores. Ese debate se entrelaza con otros: lo público, la necesidad de una renta básica para la ciudadanía, las transformaciones en el mundo del trabajo, la salud mental, la incólume división sexual del trabajo dentro y fuera de los hogares.

Que la discusión sea más audible se debe a distintas razones. En primer lugar, existe un acumulado en el debate, en el cual el feminismo y algunas organizaciones internacionales han tenido un rol principal. El acervo analítico y político es robusto y eso es fundamental. La segunda razón está relacionada con el carácter epidemiológico de esta crisis y las consecuentes medidas de restricción de la movilidad que han exigido más a la economía no monetaria y producido mayor congelamiento de la economía monetaria que en crisis anteriores. En los hogares se concentran actividades que antes se realizaban en instituciones escolares, centros de trabajo, negocios y espacios comunales. Todas las necesidades biológicas, afectivas, de vínculos sociales han pasado a satisfacerse en las casas y eso ha visibilizado su importancia y el trabajo que implica garantizarlas.

A lo anterior se suma el aumento de los hogares monomarentales en la región: más mujeres solas a cargo de su familia; mujeres proveedoras y cuidadoras no remuneradas, ahora sin ingresos, con ingresos insuficientes o saturadas con teletrabajo. Ese panorama tensiona aún más la gestión de la crisis y verifica la dificultad, muchas veces ficcional, de conciliar trabajo y familia sin la responsabilidad compartida con otros actores.

El conjunto de estos elementos ha llevado a que discutamos las necesidades de cuidados, el trabajo de cuidados, la organización de los cuidados y la fragilidad de las políticas de cuidados en América Latina. Hoy, ese debate desborda a los actores habituales y plantea desafíos.

Si tomamos a la historia como guía, la consolidación de este tema afrontará distintos retos. Una vez que pase la emergencia sanitaria el debate podría diluirse frente a los programas gubernamentales y mercantiles de “rescate de la economía”. A la par, podrían producirse retrocesos en las normas y políticas de cuidados que existen, así como en las que promueven la igualdad de género en general —como ha sucedido en otras crisis tras las cuales los Estados recortan sus gastos y políticas sociales. Entonces, este debate corre el riesgo de no traducirse en cambios institucionales, que son imprescindibles para reconocer el derecho al cuidado y expandir sus garantías: producir normas integrales sobre los cuidados en el campo laboral y de política social, ampliar los servicios públicos de cuidados, asegurar derechos laborales para las cuidadoras remuneradas y no remuneradas, y producir estadísticas sobre el trabajo de cuidados.

Por lo anterior, es imprescindible instalar la idea de que los cuidados son tanto un derecho como un trabajo y, en lo inmediato, pujar por un programa, no de rescate de la economía monetaria, sino de la vida. Hay que asegurar que los cambios sobre los cuidados tengan un cariz feminista —eso es, que se reconozcan, redistribuyan y reduzcan esos trabajos dentro y fuera de los hogares— y con consecuencias en la política institucional. Finalmente, aprovechar las ventanas de oportunidad que se han abierto en algunos países para discutir sobre los cuidados de forma integral y no con enfoques asistencialistas y maternalistas. Es indispensable politizar las transformaciones en los mundos del trabajo pensando en cómo se sostiene la vida. Ha llegado la hora de los cuidados.

 

Ailynn Torres Santana
Investigadora posdoctoral de la Fundación Rosa Luxemburgo, investigadora asociada de FLACSO-Ecuador e integrante de los proyectos «El futuro es feminista» y «Visiones feministas del futuro del trabajo» de la Fundación Friedrich Ebert.


1 Torres, A. “Lentes para analizar las crisis: feminismos, economía y política” en Gutiérrez, G. y Kaltmeier, O. (coords.) ¡Aquí los jóvenes! Frente a las crisis, Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Iberoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales (CALAS)/Editorial Universidad de Guadalajara, Jalisco, 2019.

2 Gutiérrez, D.; Martin, G., y Ñopo, H. “El Coronavirus y los retos para el trabajo de las mujeres en América Latina”, PNUD LAC C19 PDS No. 18, 2020.

3 Martínez Franzoni, J. “Pensar los cuidados en medio de la gran pandemia”, entrevista de Ailynn Torres Santana, Nueva Sociedad, 2020.

 

2 comentarios en “La carga de los cuidados

  1. Hola Ailynn, coincido contigo en lo que refieres. Agregaría tres Rs más: Remuneración digna, Representación y Relaciones afectivas.

  2. Sin lugar a dudas el reto es que el tema siga en la discusión pública una vez que la emergencia sanitaria permita retomar la mayoría de las actividades que hasta hoy se llevan a cabo en casa.

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