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En estos días comienza a circular Bitácora de mi pandemia (Debate), sobre este libro Francisco González Crussí dice: “He aquí un libro que merece toda nuestra atención. Entre el alud de voces disonantes, declaraciones vanidosas y expresiones frívolas, suena de repente la palabra justa, serena, y acertada de un médico que nos invita y nos conmina a la reflexión. En medio de los estragos de una pandemia, nada más oportuno que esta magnífica ‘bitácora’ del doctor Arnoldo Kraus, documento humano donde se consignan pensamientos que van más allá de los aspectos técnicos de la medicina y se elevan hasta servir de iluminación en el difícil quehacer de vivir. Es un libro que hay que leer y releer, como quien escancia un buen vino”.


Marzo 26

Durante la ocupación nazi, mi madre, sus padres y una hermana pervivieron casi dos años encerrados en un pequeño sótano en la casa de un ministro polaco. Gracias a él, salvaron sus vidas. Abandonaron el sótano pocas veces, muy pocas. El peligro para el casero y para ellos era inminente y continuo. El ministro les suministraba los alimentos. Rara vez intercambiaban palabras. Poco o nada sabía mi familia sobre los sucesos en Polonia y el mundo. Lo que sabían era suficiente: si los capturaban los nazis, la muerte era el destino. El miedo era una presencia pertinaz.

Dos podían recostarse y dos permanecían sentados. Una cubeta con agua les permitía asearse. Otra servía para depositar los desechos. Así subsistieron 18 meses. Aislados, encerrados, amedrentados. Cuando escuchaban pasos no conocidos, el terror se apoderaba de ellos. No sabían si eran vecinos, amigos de los caseros o miembros del ejército alemán.

Hablaban entre ellos en voz baja. Leían, era el único entretenimiento. Mi madre aprendió durante el encierro dos idiomas. La familia compartía todo. Sobre todo, el silencio y la angustia, la tremenda angustia de no saber nada, ni de los suyos ni de Polonia ni del mundo. Vivían aislados. Debe ser difícil no saber nada acerca de lo que se desea saber.

Pienso en mi madre muerta. Mi encierro es sui generis. Salgo en ocasiones en busca de alimento; cuando es necesario visito a algún enfermo. Lo mío, mis pesares, los de mi familia y los de mis conocidos son mínimos cuando revivo el recuento de mi madre acerca de su encierro en el sótano, en la Polonia ocupada. Conectarse con el mundo y con los seres queridos es muy sencillo. En un santiamén están, estoy, estamos. Hacerlo arropa.

La sociedad se ha organizado. Ha superado, como suele suceder, al menos en México, la anquilosis gubernamental. Los profesores dan clases durante la mañana, las maestras de ballet ofrecen lecciones, las maestras de yoga graban sesiones. Sobran cursos en la televisión y en la radio.

Se ha escrito mucho acerca de los probables beneficios de permanecer en casa. Quienes pueden hacerlo y tienen la fortuna de guarecerse, tendrán la oportunidad de urdir un poco en su ser y en los de sus seres queridos. Otros ocuparán su tiempo en libros abandonados, en cine, pláticas, jardinería. Para los pobres, permanecer en casa sin trabajar es imposible. Los gobiernos, todos, son los responsables de la pobreza.

Vale la pena, en medio del demonio que nos come y mata, abrir una veta optimista. Vale la pena y es necesario. Cuando el virus termine su labor, e incluso en medio de la pandemia, mientras muchos permanecemos en casa, la pobreza acabará con no pocos seres humanos. No me contradigo: el optimismo es necesario para atenuar el golpe futuro, para corregir la marcha de la humanidad e incluir a los pobres como una meta prioritaria. Si no es ahora, ¿cuándo?

Atrapado por el virus, sin agobios cercanos, pienso en mi madre. Sobrevivió al nazismo y viajó en busca de vida. Abrazó y fue abrazada por México. Nunca odió. Fue un ser humano dotado de resiliencia. No escribo con sesgo: Helen fue un ser resiliente.

No encuentro palabras para los miles de muertos por covid-19 ni para el dolor de sus familiares. Tras la pandemia, si algunos/muchos seres humanos se convierten en seres resilientes, quizá la humanidad logre enfrentar la enfermedad que desde hace tiempo nos asola y destruye, la enfermedad de la humanidad.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

20 comentarios en “Bitácora de mi pandemia

  1. tal vez haya libros que no pasen de la lectura en un café pero todo el placer de esta lectura ,da para muchos debates

    • Apreciable colega Roberto:
      Muchas gracias por tu tiempo y comentario. Pronto estará disponible en línea. Comentaremos. Mientras, un abrazo afectuoso,
      Arnoldo

    • Mil, mil gracias querida Olivia, aprecio tu comentario. La semana próxima estará disponible en línea. Veremos.
      Abrazo,
      Arnoldo

  2. Las historias sobre encierro nos sacuden, como sacudió al mundo el diario de Ana Frank; pero no se puede perder de vista que en èpocas normales también existen seres humanos encerrados por razones diversas. El encierro es contra natura para el animal bípedo dotado por principio de libre albedrío. Me preocupan los infantes presos en pequeños habitáculos para protección de sus mayores padres o abuelos, lo que me provoca un sentimiento de rebeldía, tal vez porque el único lujo de mi infancia fueron los momentos al aire libre, las nubes, las noches consteladas,los juegos con mis compañeros, sin olvidar a ese pequeño fauno que gustaba de perseguir a las niñas.

    • Saúl,
      Entre líneas infiero, hablas, entre otras palabras, del encierro involuntario debido al COVID. Existen y emergerán más patologías anímicas conforme transcurra el tiempo. Somos seres sociales. A los viejos e infantes el virus les ha estropeado la vida -ni qué decir, ¡carajo!, de los pobres. ¿Emergerán formas desconocidas de resilencia? Lo deseo.
      Saludos afectuoso,
      Arnoldo

  3. Amigo querido cuando escribes tan desde lo profundo de tu madre judía, pienso en mi madre judía. Los que carecemos de media familia nos une ese hueco: de quién heredé de estos ojos? Quién tenía un cabello como el mío? Con que risa me río? Nos unen ausencias que nunca dejan de estar presentes. Un abrazo mi Kraus querido! Y felicidades por tu nueva publicación!

    • Mi querida Paulina:
      Mil gracias por tu sentido correo. En efecto, cualquier hijo de migrantes obligados crece tatuado. Ayer, hoy y siempre, misma historia, sinrazones universales te obligan a dejar las llaves de tu casa.. Los nuestros tuvieron la suerte de cobijarse en este maravilloso país.
      Abrazos muy afectuosos,
      Arnoldo

  4. Hay respuestas por supuesto de resiliencia, pero son personales o familiares como la que tú narras. No hice referencia a las condiciones de pobreza porque me pareció obvio que a menor escolaridad y menores recursos materiales menor resiliencia: como tú lo dices muy bien, no cualquiera aprende dos idiomas en cautiverio. Subrrayo la importancia de la educación y de la libertad en los niños sin importar la clase social, ellos son el futuro. Es una monstruosidad que los niños no puedan abrazar a sus abuelos.

  5. Estimado Arnoldo, tus palabras, tus letras, son una bofetada a mi conciencia. Yo me he quejado del encierro, he argumentado (ahora lo entiendo) estupideces, de frente a la narrativa de tu madre. De esa mujer ejemplar y sin duda alguna resiliente.

    Intentaré, (porque la mente es traicionera) no olvidar esta historia, intentaré ser resiliente.

    Tomaré prestada, -si me lo permites- la historia de tu familia, la tomaré prestada como un faro, como un guía, para transitar por esta pandemia y alumbrar mi futuro inmediato.

    Te mando como es costumbre, un abrazo, lleno de admiración y aprecio.

    Héctor

    • Mi querido Héctor:
      Mil, mil gracias por tu correo. me conmueve y emociona. Los escritos son propiedad de todos. Gracias por querer hacerlos tuyos.
      El mejor de mis abrazos,
      Arnoldo

  6. Anchul, siempre he disfrutado mucho tus reflexiones. El fragmento q acabo de leer ,revivió en mi una sensación de bienestar al recordar a Helen ,a quien le guardo un cariño especial por la Sonrisa que brindaba y lo acogedora que era, nunca olvidare las comidas a las q nos invitaba, me encantaba pasar esas comidas de fieta , que además de que era delicioso todo, hacía sentir muy cómodos… compartía su familia con nosotros.. Fue una fortuna haberla conocido!

    • Mi querida Rosa Adela:
      Me emociona y me conmueve enormidades -hasta el tuétano debo escribir- tu comentario.
      Lo guardaré con emoción.
      Abrazos muy grandes,
      Anchul

  7. Fex, muy conmovedor y cierto lo que escribes, he recordado mucha a nuestra querida Abi está pandemia ( y siempre), yo también he pensado que no tiene nada que ver nuestro encierro al que vivieron ellos y a pesar de eso, Abi, siempre positiva, cariñosa y sonriente. En su ausencia sigo aprendiendo mucho de ella y apreciándola más.

  8. Querido Arnoldo, me emocionan mucho lo que escribes. Son pocas las personas que dejan huella en esta vida, tu Mamá es una de ellas porque con su ejemplo y sacrificio nos da mucha fuerza para sobrevivir a esta pandemia y después de esto que nos compartes, desestresarnos de este relativo encierro.
    Te mando un fuerte abrazo amigo.

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