A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

En julio de 2016 médicos de la Facultad de Medicina de Jundiaí (São Paulo, Brasil) reportaron el caso de una septuagenaria que fue a consulta porque ya no soportaba escuchar el himno brasileño. No era un problema de hipocondría ni se trataba de que la anciana viviera al lado de una escuela militar en la que entonaban el cántico patrio a todas horas y a volumen altísimo. Tampoco se relacionaba con una apreciación negativa de su letra o cualidades musicales. A lo largo de tres meses, lo estuvo escuchando en su cabeza a toda hora, todos los días. ¿Quién podría soportar esto?

De lo que más nos interesa hablar aquí (aunque no lo parezca) no es de las alucinaciones auditivas que, como en el caso de esta paciente, se experimentan de una forma tan vívida como si fueran ocasionadas por estímulos externos (sonidos, en lo que aquí compete). Lo insoportable para ella era la repetición continua del himno brasileño; basta escucharlo una vez para darnos cuenta de que, aunque no es una invitación a bailar lambada, tampoco está como para suicidarse. Esto último lleva a una pregunta: ¿existen himnos que, en vez de evocar en nuestra mente imágenes de guerra, extraños enemigos y deseos de inmolarnos por la patria, siembren en nosotros, más que tristes, lúgubres visiones y el deseo de morirnos, a secas?

Ilustración: Oldemar González

A finales del siglo pasado, el psiquiatra húngaro Zoltán Rihmer al estudiar las tasas de suicidio en Hungría, Austria, Polonia y Grecia y explorar la influencia que podrían tener los himnos en este fenómeno, notó que del cuarteto de gloriosas y glorificantes composiciones musicales, el de su propio país sobresalía por ser bastante sombrío. No sólo esto: Rihmer observó que a mayor número de notas bajas en la melodía de la primera estrofa de un himno correspondía una mayor tasa de suicido.

Una asociación estadística tan macabra quizás no sorprenda a los lectores húngaros, dado que durante la mayor parte del siglo XX su país tuvo la tasa más alta de suicidio en el mundo. Los de mayor edad deben recordar que la canción Gloomy Sunday, escrita por su paisano Rezso Seress en 1933, fue prohibida en la programación radiofónica por, supuestamente, incitar al suicidio. Leyenda urbana aparte, entre quienes, sin ser húngaros, prestaron oído y pusieron a prueba la conclusión de Rihmer, están los psicólogos David Lester y John F. Gunn III.

Lester y Gunn calcularon la proporción de notas bajas presentes en los himnos nacionales de dieciocho países europeos. Pidieron a treinta estudiantes estadunidenses que, tras escuchar la música de cada uno de ellos, evaluaran qué tan triste les parecía.1 Los psicólogos comprobaron una asociación directa —aunque débil— entre la proporción de notas bajas, el nivel de tristeza con que había sido calificado el himno y la tasa de suicido en las naciones estudiadas reportada en el año 2000 por la Organización Mundial de la Salud.

En 2016 psiquiatras y psicólogos sociales unieron fuerzas para ahondar en las razones de la posible e imprevista influencia negativa de los himnos nacionales.2 Estos científicos hicieron un análisis lingüístico y de contenido de seis países con tasas de suicido alta (Hungría, qué novedad), media (Estados Unidos, Canadá y Alemania) y baja (Inglaterra). Los himnos de Inglaterra y Canadá son los más positivos en cuanto a palabras, emociones, motivos personales y alabanzas (al estilo de “no hay en el mundo pasto más verde que el de mi país”); no incluyen palabras y emociones negativas y de implicaciones agresivas. De aquí en adelante, todo fue cada vez menos positivo: el himno alemán fue el más rebosante de alabanzas; el estadunidense, el más cargado de implicaciones agresivas. Los himnos polaco y húngaro son los que tienen el mayor número de palabras negativas y negaciones, y abundantes implicaciones agresivas.

Antes de seguir, puede que no sea ocioso comentar que los investigadores autores del estudio eran húngaros. En todos los himnos estudiados sus primeros versos hablan de lo glorioso que es X país, con excepción de (¿ya adivinaron?) Hungría. El himno húngaro es también el único del sexteto que hace mención a agresiones externas o autodestructivas; tampoco es que le falten referencias positivas —si bien son las menos—. Puesto que las altas tasas de suicido en este país se caracterizan por un igual alto número de desórdenes afectivos (trastorno bipolar incluido), los científicos consideran que este símbolo patrio —y, añado yo, canciones como la citada Gloomy Sunday— podría reflejar en cierta medida un rasgo conductual de una identidad social compartida en muy distinto grado por todos los húngaros, con lo que dicha identidad cambia su estatus de social a nacional.

Traer a colación lo de la identidad nacional al tocar el tema de los himnos puede parecer un poco (o un mucho) patriotero. En especial porque no abundan los estudios que demuestren si cantar y escuchar estas composiciones cada que, por ejemplo, pelea el Canelo en Las Vegas, en verdad cumple con su función de reforzar o crear vínculos de unión y lealtad entre los ciudadanos de un mismo país. Hay evidencia de que, por lo menos en los encuentros de futbol y entre los miembros del equipo de la selección de cada país, la pasión con la que los connacionales cantan su himno puede hacer la diferencia.

Diversos estudios muestran que cantar en grupo, como ocurre cuando uno entona el himno nacional, provoca sentimientos positivos de pertenencia y conectividad entre sus miembros. Esto ayuda a su vez a establecer una identidad social por la cual, por ejemplo, nos identificamos como “nosotros, los jugadores o los seguidores de los jugadores de la selección mexicana de futbol”, con respecto a “el resto del mundo”. Añadamos que, de acuerdo con la teoría de la autocategorización en psicología social, en la medida en que cada individuo se identifique socialmente con cierto grupo —es decir, se defina a sí mismo como parte del “nosotros” en, siguiendo con el mismo ejemplo, la selección mexicana o su porra—, verá al resto del mundo desde la perspectiva de ese grupo. Obtendremos, entonces, un equipo en el que, al menos en teoría, cada integrante dejará cuerpo y alma en la cancha antes que ser derrotado en ella por “los otros”.

El psicólogo del deporte Matthew J. Slater y sus colegas determinaron que un buen indicador de los niveles de identidad social y de autocategorización de los miembros de una selección nacional de futbol es qué tan apasionadamente cantan su himno nacional al inicio de un partido.3 En su estudio dos observadores independientes calificaron, a partir de indicadores verbales (cantar a todo pulmón) y no verbales (gesticulaciones y lenguaje corporal), la pasión con la que cantaron su himno los jugadores de los veinticuatro equipos nacionales participantes en la Liga de Campeones de la UEFA 2016. Concluyeron que los equipos más apasionados eran los que concedían menos goles en los partidos de eliminatorias. La relación entre goles anotados o partidos ganados y nivel de apasionamiento al cantar el himno significa que la pasión importa, pero tampoco es milagrosa.

Milagrosa sí debió parecerle la repentina aparición en su cabeza del himno a la paciente que dio inicio a este texto himnótico. En especial luego de que los doctores que la examinaron le informaran que su alucinación no era producto de problemas auditivos ni neurológicos (y, en este sentido, rara en extremo). Si durante el día la anciana ponía a todo volumen radio o televisión para evitar oír las estrofas del himno, durante la noche le era imposible ignorarlas lo suficiente para dormir más allá de cuatro horas.

El diagnóstico final fue que el problema de la casi octogenaria se debía a mero estrés psicológico. Tras ser tratada por medio año con un antipsicótico para calmarla y ayudarla a dormir, las alucinaciones desaparecieron para siempre. Suponemos que, si desde entonces la paciente ha vuelto a escuchar el himno brasileño, ha sido de manera por completo incidental. Y, si ha sido por su propia voluntad, tal vez sea porque se trata de una auténtica patriota.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Lester, D. y Gunn III, J. F. “National Anthems and Suicide Rates”, Psychological Reports, 108(1), 2011, pp. 43-44.

2 Voros, V.; Osvath, P.; Vincze, O.; Pusztay, K.; Fekete, S., y Rihmer, Z. “Word use and content analysis of the first verses of six national anthems: A transcultural aspect of suicidal behaviour”, Psychiatria Danubina, 28(1), 2016, pp. 82-85.

3 Slater, M. J.; Haslam, S. A., y Steffens, N. K. “Singing it for ‘us’: Team passion displayed during national anthems is associated with subsequent success”, European Journal of Sport Science, 18(4), 2018, pp. 541-549.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.