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El siguiente relato explora la distancia entre el Acapulco del recuerdo, el de las vacaciones infantiles, y el del hoy, un presente mellado por la inseguridad y la violencia; el rostro de la costera avejentada por los síntomas del abandono. Es parte de Quisiera quedarme quieta (Dharma Books, 2020), libro en el que distintas narradoras se internan en un vasto mundo interior, como en hileras de espejos deformados, que acaban por desvelar una realidad absurda, llena de comicidad y melancolía.


Era domingo de puente, Marcela manejaba. Estábamos en silencio, pero una idea que tuvimos flotaba. El sueño es la vigilia. Una pared de montaña guerrerense, otra de cantera rebanada. La vigilia es el sueño. El paisaje no cambió durante mucho tiempo sino que nos tragó, se instaló con pequeñas variaciones, rodeándonos de un verde húmedo que daba tristeza. Pero mantenía el ensueño. El humo de los escapes, los espectaculares de la carretera, la respiración de Lluvia que dormía en el asiento de atrás, el calor, siempre el calor. Todo me parecía distinto, irreconocible. Aquellas horas bajo el sol de Acapulco, en su playa de agua tibia, nos habían mostrado el reverso de las cosas. Cómo volver a lo demás, burdamente y sin misterio, después de vivir el mismo sueño.

 

¿Sonaría mi teléfono? No lo escuché, procuré no escucharlo, porque entonces habitaba dentro del sueño y otras veces la llamada, en su amenaza, traía consigo una responsabilidad, una decisión o —quizá, era posible— una noticia fatal, que yo postergaba.

Desde hacía algún tiempo, Marcela y yo hablábamos de nuestros sueños. De lo que soñábamos, que es distinto de lo que esperábamos. Sabíamos medir los significados, a veces tan transparentes que preferíamos callarlos y mantenerlos secretos, como la noche antes de salir a Acapulco, cuando soñé que un bebé muy pequeño, rosado, de cabeza deforme, se me caía una y otra vez de los brazos.

Lluvia, la prima de Marcela, dormía a pierna suelta en una de las camas, a la que se había arrojado la noche anterior sin preguntar si nos molestaba compartir la sobrante. El calor no me dejó dormir. Media hora más tarde me levanté y me asomé por el balcón. La única virtud del ruinoso hotel al que llegamos era la vista a la playa de la Condesa. Se llamaba Panoramic, fue el más barato que encontramos. En su página de internet, obsoleta, se anunciaba como un clásico del Acapulco dorado, vestigio del glamour de los años cincuenta. Desde entonces no se había restaurado. Para llegar a él había que subir por unas calles empinadas y llenas de curvas, el pavimento reventado, los hoteles casi abandonados, las tienditas con las cortinas a medio cerrar.

Acapulco era bello, antes. Una claridad de sol y humedad bajaba desde el mar por la Costera, surcada de palmeras tropicales, y a ella no se le resistían los colores falsos: rosa pastel y amarillo y verde neón. El oleaje eterno, tan azul. En aquel puerto nadie dormía, las luces no se apagaban nunca, había una calma tensa, plateada, trabajada hasta la extenuación. El barrio de la Condesa, antiguo epicentro de la vida nocturna, estaba desértico a esa hora. Pero dentro de la discoteca con motivos bucaneros operaba, todavía, un bungeecon servicio hasta la madrugada. Los gritos de la gente al arrojarse no eran silenciosos, como los otros. Nos dijeron que no fuéramos a Acapulco, a Narcapulco. El saldo de aquel fin de semana, busqué la nota días después, fue de ocho personas ejecutadas: un taxista asesinado a tiros dentro de su unidad, cerca del mirador de Las Brisas; dos hombres levantados afuera del Baby’O, uno de ellos mutilado de brazos y rodillas; al segundo lo colgaron de un puente peatonal, pero la cuerda no soportó su peso y el cuerpo cayó sobre la cinta de asfalto. Una patrulla con cinco policías municipales acribillada con cuernos de chivo a la salida del puerto, en una de las carreteras que van a la Costa Chica. Una muchacha, de entre catorce y dieciocho años, violada, apuñalada nueve veces y degollada, su cuerpo abandonado a la intemperie en la colonia Mangos.

 

El mar era una pared negra. Las nubes corrían veloces, sin luna. Pero alcancé a distinguir, cerca de la orilla, la piedra o islote al que llaman El Morro, que sobresale del agua como una yema.

Busqué la pipa, tiré la ceniza golpeándola contra la baranda, la rellené con la marihuana que llevábamos. Prendí un cerillo que me quemó los dedos, aspiré fuerte, hasta quedarme sin aire, me tragué el humo y, sin soltarlo, me senté sobre la toalla que se secaba en una silla.

Como el terreno de la ciudad está en desnivel, desde nuestra terraza eran visibles las azoteas y jardines interiores de los hoteles que descienden hasta el mar. La avenida Costera Miguel Alemán solía dividir el turismo que visitaba Acapulco: en la línea de playa se ubicaban los hoteles cinco estrellas todo incluido; y sobre la colina, los de mediana categoría que, conforme se alejaban del mar, se iban abaratando. La clase media que antes abarrotaba el puerto se había desplazado, en menor medida, hacia los edificios que antes eran incosteables. Solo la gente como nosotras —con sueldos miserables, sin miedo o prudencia, del D.F. y estados aledaños— poblaba la zona hotelera degradada.

En el hotel vecino había una alberca en forma de círculo perfecto, de un azul vivo. Me recordó algo, pero no supe qué. Estuve mirándola largo rato, pensando en esa imagen que se me representaba clara, por instantes, y luego pura bruma. Alguien se lanzó del bungee y el grito desesperado me sorprendió, llevó mi reflexión a otra parte. Me sentí triste, otra vez. El teléfono estaba apagado.

Lluvia roncaba, con ronquidos que eran los de alguien muy cansado y que duerme profundamente. Marcela estaba acostada con la cara hacia la pared. Entré de nuevo y me puse el traje de baño, todavía mojado. En el pasillo había unas personas sentadas en sillas de plástico afuera de su cuarto, bebiendo tequila con refresco de toronja en vasos desechables y conversando en voz baja. Al pasar junto a ellas vi, por la puerta entreabierta, a dos niños que dormían en una de las camas, las matas de pelo iluminadas por el resplandor de la televisión.

La alberca estaba vacía. Metí los pies poco a poco y a la altura de la rodilla me zambullí con un golpe de cloro en la nariz. Floté de muertito, mirando las estrellas. Estuve segundos o minutos, hasta que un chapuzón me hizo perder el equilibrio y me hundí tragando agua.

Era Marcela. Nos reímos soltando groserías.

Hicimos carreritas hasta lo hondo de la alberca, pero al llegar a la parte donde nuestros pies no tocaban el fondo, Marcela braceó torpemente hacia la orilla y se agarró del borde. Quise preguntarle si no sabía nadar, pero me quedé callada. Aparecieron dos señores, empleados del hotel, nos dijeron que acababan de echarle los químicos a la alberca, que ya era muy tarde y que nos saliéramos. Entre risas les dijimos que ahorita, que ya casi, que una vueltita más, hasta que se cansaron y se fueron, mentándonos la madre.

El elevador tenía pegada una hoja de cuaderno que decía “fuera de serbicio” con pluma azul. Subimos siete pisos de escaleras. Cada escalón era un dolor diferente, el esfuerzo nos empapó de sudor. Pasamos otra vez por la fiesta improvisada en medio del pasillo, dijimos con permiso y ellos levantaron los pies. Vi que eran dos parejas, tal vez primos o cuñados; escuché un pedazo de conversación que me pareció aburrido, deprimente, preferible ignorarlo.

Entramos al cuarto. Lluvia dormía y roncaba con la cabeza apuntando a la lámpara del buró. Me bañé y me puse ropa interior limpia. Al salir de la regadera vi a Marcela dormida sobre una toalla en la cama, el brazo colgándole por un lado como si tocara tierra. Me acomodé despacio, sin rozarla. El murmullo de las olas entraba por la ventana. Después una sirena de policía, música distante. Tardé mucho en dormirme. Soñé con el camino hacia Acapulco de madrugada, pisando el pedal hasta el fondo, tratando de alcanzar el amanecer frente al mar, sin conseguirlo: nos encontró en una gasolinera de Iguala, afuera de unos baños públicos.

 

Acapulco no se parece al que conocí de niña. Si había dinero íbamos en las vacaciones de verano, a veces en las de diciembre. El día que salíamos nos levantaban a las cuatro de la mañana, nos daban de desayunar huevos tibios con limón y Chocomilk, y luego, envueltos en cobijas, nos acomodaban en la Wagon café. Tomábamos la salida a Cuernavaca todavía de noche y siempre, antes de Chilpancingo, yo despertaba y ya no lograba dormirme hasta que, después de varias montañas y puentes iguales, el mar aparecía detrás de una curva. Entonces bajaba el vidrio. La brisa me rasguñaba las orejas, traía olor a sal. Despertaba a gritos a Cristina y a Luis, que volvían del sueño como de un lugar remoto, y los dos brincoteaban, gritaban también; creo que éramos felices, que la felicidad estaba ahí, en la promesa.

Ahora todo se encuentra descolorido por el sol, avejentado. La humedad aniquiló las fachadas de los edificios, los anuncios de los restaurantes y bares extintos sobre la Costera son letra muerta. La primera noche que salimos, en una esquina frente a la Diana Cazadora, varias personas sentadas en mesas al aire libre bebían jarras de cerveza mientras miraban un partido de futbol en una pantalla gigante con altavoces. A un lado, una niña con la playera del Señor Frogs bailaba un reguetón que llegaba de la tienda al tiempo que repartía volantes. Los pocos que los aceptaban los tiraban de inmediato, sin verlos. Pero algunos hombres, desde las mesas, le chiflaban.

Por la mañana fuimos a la plaza Galerías porque a Lluvia se le había olvidado empacar su traje de baño. Caminé detrás de ellas un rato, aburrida y desganada, pues había juntado dinero para gastar en comida solamente. Merodeé sin rumbo por los pasillos y las tiendas semivacías, transitando de un aire acondicionado a otro, hasta que preferí salir al calor y al ruido de la calle.

Crucé la avenida a zancadas, esquivando los coches y camiones que obstaculizaban el paso de cebra. A un costado del hotel Emporio había un caminito de adoquín que conducía a la playa y desembocaba en un charco de aguas renegridas y aceitosas. Los señores del parachute y las motos de agua se paseaban entre las palapas en busca de clientes. Más de uno me ofreció descuentos, me dijo güerita, me persiguió durante un buen tramo. Con las sandalias en la mano caminé sobre la arena quemante, metí los pies en el agua, me detuve a mirar El Morro. Sentí deseos de nadar hasta él, pero el mar me daba miedo.

Dejamos de venir a Acapulco, creo, desde la vez que a mi papá le dio un calambre en la playa del Revolcadero.

 

Por la tarde fuimos al súper y compramos cervezas, manzanas, latas de atún y pan Bimbo. Luego caminamos sobre el pavimento ardiente con las bolsas encima, sudando bajo la sombra desigual de los hoteles de la Costera. Me pareció que el mar de la Condesa estaba picado. Las olas verdes se rompían con violencia al tocar la arena.

Rentamos unas sillas reclinables, una para cada una. Dejé las bolsas a un lado, sin abrirlas. Entonces Lluvia sacó la cajita.

—Les traje unos ajos, chavas.

Apareció su risa pendeja, entrecortada, como un hipo. Marcela aplaudió y luego me miró, otra vez la solicitud. Yo solo me reí, le dije que sí, saqué un cigarro y lo prendí, pero lo apagué cuando vi que la mano me temblaba.

Lluvia nos dio los pedacitos de papel. Nos dijo que dejáramos que se disolviera en nuestra lengua y que tardaría, máximo, unos cuarenta minutos. Me lo metí, me puse los audífonos, cerré los ojos y sentí, al instante, que no podía someterme a la espera. Recé para que se disolviera rápido. El papel y la angustiosa espera. Abrí mi libro, una novela de terror que no terminaba de imaginarme porque siempre la leía distraída con otra cosa. En la historia había un recién nacido hidrocefálico, vagamente maligno, muchas puertas y pasillos y miradas al ras del suelo, como de gatos que merodean. Aquello marcaba un contraste incómodo con la playa, con sus olores y humedades, con las voces que nos llegaban desde la arena y, apostados en algunos semáforos a lo largo de la avenida, escurriendo sudor por debajo de sus cascos antifragmento, con los soldados federales y sus armas largas.

Era fin de semana de puente, pero había pocas familias en el centro de Acapulco. Casi todas estaban en Punta Diamante, del otro lado de la autopista Escénica, en la bahía gemela que, detrás del cerro, quedaba oculta y un tanto inaccesible; la parte que todavía era segura, que no había sido tocada por la herrumbre, en la que aún se podía vacacionar sin peligro: según las estadísticas, según la creencia general, según la terquedad pero también la necesidad (de la playa, del sol, de la distancia) que inspiraba y todavía inspira Acapulco.

Leí un rato, sin concentrarme. Levanté la mirada: el mar estaba igual, brillaba bajo el sol, iba y venía con el mismo ritmo. Nada me parecía diferente, al contrario, las cosas permanecían en un estado inalterado que me resultaba sumamente agobiante y que me hizo desear que el papel funcionara ya o que no funcionara nunca. ¿Qué encontraría allá, en la otra orilla?

Sentí la boca seca, abrí una cerveza y le di un trago hondo. Bebí hasta que el líquido espumoso me escurrió por la barbilla. Luego me dio una náusea parecida a un cólico y me incliné. Marcela y Lluvia se miraban y empezaban a reírse, esas risas como las primeras veces que fumamos marihuana, cuando íbamos a la escuela, frescas y sin la menor vergüenza. Empecé a reírme también, de nervios, y al instante me invadió una carcajada. La carcajada se volvió maniática, imparable. Me levanté mareada y sentí mucho calor, un calor insoportable, como nunca. Me quité la blusa y caminé hacia el mar. La única solución, al menos la más rápida, era el agua. Me mojé la cara, los brazos, las piernas, sin meterme demasiado. Pero no paraba de reír. La risa me deformaba la cara, me daba una sensación en el abdomen como de intestinos exprimidos. Metía la cabeza al agua y tragaba agua salada y la sal me picaba los ojos, pero no podía dejar de reír. La risa era una prisión.

Al volver encontré a Marcela sentada en la arena, con los pies dentro del agua. Tenía los ojos rojos, una sonrisa boba, una vaga expresión de bienestar. Le dije que no sabía si ya estaba y ella me dijo que esperara, con una tranquilidad que no le conocía.

Me senté en la silla reclinable y noté que de mis muslos manaba arena como una cascada. Cientos, miles de granos caían por la pendiente entre mi rodilla flexionada y el nacimiento del muslo, una cascada dorada que fluía con movimiento de agua que corre. Pero al tocarla, nada. Deduje que el sol producía un efecto cinético sobre la mezcla de agua y arena.

Miré el mar. Pero antes de él encontré otra superficie, un campo de visión más inmediato, como si lo que el ojo registrara estuviera dividido en capas superpuestas al igual que las filminas de un proyector. La fibra más cercana a mí estaba manchada de gusanitos de colores, parecidos a los que se forman sobre un vidrio húmedo atravesado por el sol. Creí entender el mecanismo. Se trataba, sencillamente, de un filtro sobre los ojos. Como el papel de celofán sobre los lentes de las cámaras. Un velo, es decir, un embuste. Para ver todo diferente sin que nada diferente ocurra.

Pero: la cascada de arena sobre mi muslo tenía vida auténtica. Era un derrame constante, un verter de arena infinita.

Quise comprobar el espejismo. Me puse de rodillas, tomé un puñado de arena y lo dejé escurrir entre mis dedos y entonces vi cada grano, reconocí cada grano y admiré sus dibujos y el mineral y la piedra original. Los cuarzos diminutos, particulares, únicos, palpitaban. Miré los edificios de la Costera y el contorno de la montaña que entra al mar y la isla de La Roqueta unida por un hilo rojizo a la bahía, y vi que la tierra, lo que estaba fijado a ella, oscilaba como un acordeón, una espiral, una bandera deformada por una ráfaga de viento. No podía ser un truco elaborado o una equivocación de la vista, sino una alteración más compleja y misteriosa, sujeta a reglas que iban más allá del mundo físico y a las que era mejor rendirse, y no intentar comprender.

La tela de la sombrilla clavada en la arena era de rayas verdes, rosas y azules pastel. Estaba raída en algunas partes y con manchas amarillentas de humedad. En las intersecciones entre los colores aparecieron figuras caleidoscópicas y ellas empezaron a desplazarse con autonomía. Las contemplé en silencio. Un gusanito perlado, de vidrio puro, me recorría entera desde la vulva hasta la punta de la nariz. El paisaje se tornaba un pasaje por el que yo caminaba hacia el sueño, y el sueño era lo verdadero.

 

Los sueños tienen una propiedad inasible. Son de la materia de la que imagino son las nubes: al tocarlas se deshacen. Muchas veces, Marcela y yo nos contamos nuestros sueños. Me habló de una película en la que se retrataban con fidelidad sus características: el cambio repentino de escenografías, la sensación de pérdida de gravedad, la trasposición de personas en cuerpos ajenos, la dificultad para enfocar detalles precisos, el escenario incompleto o achatado. La vez que por fin la vimos hablamos hasta la madrugada de los sueños que habíamos tenido. Los recuerdos de los míos se confundían con los verdaderos, las imágenes estaban talladas con el mismo cincel. Calles o barrios enteros que existían solo en mi mente. Un baño infinito, a veces limpio y otras sucio. El anhelo por personas que antes no me atraían, pero con las que había tenido sueños eróticos. Los orgasmos oníricos son más lentos. Diferentes. Una gota que cae sobre un pozo a una gran altura, que punza el agua con un círculo perfecto. Pero en el momento en que logras comprender que estás en un sueño, la materia se deshace. Ningún sueño lúcido dura demasiado, o eso creíamos.

 

Lluvia se había envuelto en la toalla del hotel, áspera de tantas lavadas, debajo de la cual su pequeño cuerpo, perforado aquí y allá, temblaba. Dijo que era por el frío, pero en su cara se dibujaba un temor infantil. Le puse la mano sobre el tatuaje que tenía en el hombro, un pez espada sobre las teclas de un piano, cuyo delineado había pasado del negro al verde cenizo. Al mirar la silueta deteriorada sentí que una cortina se descorría, y que muchas partes de Lluvia, tristes y alegres, se me revelaban. Quise consolarla. Con voz suave, despojada de la extranjería con la que nos tratábamos, que siempre nos separaba, le pregunté qué sentía.

—Es que ya me cansé —los dientes le castañeaban—. Ya.

—¿De qué te cansaste?

—¡De esto! —empezó a reírse, el labio inferior le temblaba—. ¡Ya!

—¿No lo habías probado?

—Una vez. Pero la mitad. Además no vi nada. O no esto, pues.

—¿Qué ves?

—¡Esto! —la mano pálida y temblorosa asomó de la toalla, apuntando al mar—. Ve cómo se mueve.

Giré la cabeza. No quería verlo. Lo vi rápido. No vi nada.

—¡¿Qué?!

—Mira cómo se ondula, ¡mira! ¡La mancha negra debajo!

Me arriesgué con una nueva mirada. Encontré el mar de antes, el del Acapulco de antes, una masa de agua infinita, los mismos trazos dejados por el viento y la marea, azul profundo que persigue otra raya azulada, roja, negra, no tiene color o los tiene todos, en el horizonte. Pensé que mientras el mar se mantuviera inalterable, con sus leyes y sus temblores, con su vastedad incomprensible, ninguna visión sería permanente.

Sobre la mesa, medio mojada por la brisa, había una cajetilla de cigarros mentolados, los que fumaba ella. El viento soplaba ya, cargado de sal y arena, y a cada intento de prender el encendedor, la llama se apagaba. Lluvia me hizo casita con las manos, su mirada fija en la gota de fuego. Qué vería ahí, pensé. Y qué concluiría de lo que vería, sin saber. Lluvia no se arriesga al viaje interior, me dije o me engañé, al contrario de Marcela y de mí, que imaginándolo así nos anestesiamos del cansancio y la ansiedad.

Le conté, para calmarla, lo que había leído en internet sobre el LSD, lo poco que recordaba. El famoso paseo en bicicleta de Hofmann, del laboratorio a su casa, tras sintetizar la sustancia por primera vez; la visita del doctor al poco rato, que no encontró nada raro en su cuerpo salvo las pupilas dilatadas. Pero: las distorsiones visuales, los colores que resbalaban de las paredes, las alucinaciones auditivas. Su convicción de estar volviéndose loco. Lo que sintió al despertar, una renovada lucidez. Le repetí que a su alrededor todo permanecía igual, que era lo mismo de siempre, que no entrañaba amenaza alguna. Si no lograba encontrar asideros dentro de su propia mente, ¿dónde, entonces?

Después de un rato Lluvia logró reírse y me preguntó cómo sabía tanto. Le respondí que yo, con algunas drogas y algunas experiencias, soy como un chavo virgen que ha visto demasiada pornografía. Pasó un señor ofreciendo masajes. Teníamos cien pesos entre todas y aceptó darnos un masaje en las manos. Estaba vestido de blanco, con pantalones y guayabera inmaculados, y se hincó sobre la arena como si esta no pudiera tocarlo. Dijo que era de la región de La Montaña, cerca de Tlapa, pero que no pensaba regresarse allá, que “teniendo el mar tan cerca, cómo”. Mientras me untaba aceite en la mano, un ave negra levantó el vuelo. Vi su trayectoria. Entendí que los objetos, al moverse, seguían una línea en la que se replicaban a sí mismos en distintos momentos del tiempo y el espacio.

Detrás de la nuca, sin embargo, tenía la sensación clara de estar en Acapulco. El olor a gas de los automóviles en la Costera, las tanquetas militares, el velado estado de sitio. El señor de los masajes dijo que ya no estaba tan mal, que sobre todo ahí, en la Condesa, casi nunca pasaba nada o si pasaba pocos se enteraban. Pero que mejor, por si las moscas, no saliéramos de madrugada ni tomáramos ningún taxi aunque fuera de sitio.

—No estés pensando en eso —dijo Marcela, dando por clausurado el tema.

A pocos metros de nosotras estaba una señora con un traje de baño de óvalos irregulares, anaranjado y verde sobre blanco, que metía y sacaba un pie del agua. Cuando la espuma le lamía los dedos, brincaba y daba grititos. Marcela me la señaló con la mirada: los óvalos formaban espirales, salían de su cuerpo para multiplicarse, fijaban su huella sobre los surcos de la arena. Aquel momento traía consigo algo de recordado, como un déjà vu. Nos reímos y el señor de los masajes también se rio, tal vez porque pensó que nos reíamos de la señora, de su manera de estar o incluso de su cuerpo. Pero nos reíamos porque no necesitábamos decirnos, con palabras, lo que comprendíamos mejor en silencio: que estábamos soñando, que habíamos logrado el continuum, que nos encontrábamos en el mismo sueño al mismo tiempo.

Antes del atardecer volví a entrar al mar. El agua estaba templada y del color verde esmeralda que en mi niñez imaginaba benigno y que sin embargo, me advertían, significaba que la playa de la Condesa arrastraba las corrientes abiertas del Pacífico. Me dejé llevar por las olas hasta la parte donde no pude tocar más el piso de arena. Nadé con abandono, con imprudencia, igual que cuando no temía ahogarme ni alejarme tanto que no pudiera regresar. Desde las sillas reclinables, Marcela y Lluvia me llamaban, me decían que ya nos fuéramos. Yo les pedía cinco minutos, cinco minutos más, como antes, en el otro Acapulco, el de luces doradas y colores brillantes. Apenas rompía el atardecer, mi mamá nos llamaba desde la orilla y los tres, Cristina, Luis y yo, nos negábamos, implorábamos cinco minutos más, cinco nada más, y nos sumergíamos otra vez, dejando que las olas nos llevaran a su antojo, en un intento desesperado, durante los últimos instantes en el agua, de asir la experiencia, aprovecharla en toda su potencia.

Creo que yo sabía, cuando era niña, algo que olvidé. Reconocía el lenguaje secreto de las olas. Ahora ellas me llevaban otra vez, abrazaban mi cuerpo sin amenaza, lo hacían flotar y, por eso, volar. Volar a voluntad, no lejos de la tierra, como sucede en algunos sueños.

 

El sol bajaba, despacio y sanguinolento sobre el agua, cuando volvimos al hotel. Cruzamos la avenida ya sin bolsas que cargar, livianas y ágiles, con pies que apenas tocaban el piso. Pero si el ruido ensordecedor de un claxon o un volantazo interrumpía la ligereza, la como ingravidez de la caminata, tenía que abstraerme de nuevo, contraer la mirada, fijarla en el horizonte más próximo: en los balcones de los edificios, en las palmeras de la Costera, en alguna porción de cielo azul. Había que invocar la ilusión que devolviera la belleza perdida y trajera el Acapulco bello, el de las promesas. El atardecer era el mismo, el mar era el mismo, venía de muy lejos y no perdía su resplandor y su temperamento pero la amenaza que encarnaba se había transformado, le había cedido su horror a otro horror. Aunque también nosotras tocábamos unas notas en aquella monstruosa sinfonía.

Subimos por la calle empinada para llegar al Panoramic. En las plantas de los pies sentía el calor que emanaba del pavimento, pero éste era agradable. Hasta las piedritas desprendidas del asfalto, que se me metían entre los dedos, me daban cosquillas. Mi cuerpo se sentía ligero y reparado: los nudos en la espalda y el persistente dolor de cabeza habían desaparecido. Marcela y Lluvia subían detrás de mí, con mayor dificultad.

—Sigue todavía, ¿verdad? —dije.

Marcela sonrió satisfecha, pero enseguida deformó el gesto, como si algún pensamiento desagradable le hubiera cruzado la mente. Pasamos delante de un restaurante de mariscos clausurado, La Ola Verde. En el zaguán estaba dibujada una ola con chipote y cara sonriente, a brochazo limpio. De pronto sentí la escisión, el corte vivo, del recuerdo involuntario. Algo, adentro, perdió su ancla y empezó a desprenderse, con trabajosa lentitud, desde una distancia que parecía la de una profundidad marina. Arrastrarlo hasta la superficie requirió una concentración diferente, la lengua que tantea la palabra que no aparece, la cara que no logra dibujarse en la memoria, el sentido que lucha por restituirse. Me sumergí en ese abismo acuoso con la mirada hacia adentro, dejándome caer en territorios que hacía tiempo no exploraba y que develaban, gradual y cenagosamente, imágenes y sensaciones que había creído perdidas para siempre.

Pero retornó. Una mañana desayunamos ahí. Yo pedí, tras un largo berrinche, una orden de hot-cakes y un coctel grande de camarón. Dejé la mitad de los dos platos. Mi mamá me regañó antes de que trajeran la cuenta. Viajábamos con los gastos medidos, apretados y a la mala, con tal de ir; yo lo sabía pero en ese momento no me importó. Terminada la humillación fuimos al hotel para cambiarnos de ropa y bajar a la playa. Sentí rabia el resto de la mañana, de viajar de esa forma, de comer en lugares feos e improvisados, de conformarme con poco y tener los deseos medidos y atravesar la avenida con nuestras bolsas encima para llegar a la playa, en lugar de disfrutarla tan solo bajando un elevador, como en los hoteles todo incluido que mirábamos, por las mañanas, desde la ventana de nuestro cuarto.

Sin embargo, una vez en el agua, que me envolvía y aceptaba, no hubo más rencor, no volví ni una vez al regaño; olvidé y perdoné pronto y me entregué, sin reservas, a la felicidad de la infancia, esa felicidad tonta y redonda para la que no existe el pasado pues todo es futuro.

Esa tarde volvimos a nuestro hotel —se llamaba Vista Alegre— y mi mamá nos dejó entrar enseguida a la alberca, que por la mañana estaba helada pero que a esa hora se había entibiado por el sol. Los hoteles baratos no instalaban caldera en las albercas: ésta, sin ser la excepción, era diferente por su forma de círculo perfecto y porque en la noche sus aguas se coloreaban, gracias a focos de halógeno en las orillas, de un intenso azul eléctrico. Cuando yo flotaba con la cara hacia el cielo, en las esquinas de mi visión aparecían, oblicuos, los hoteles situados más arriba sobre la barranca: las persianas de las habitaciones, aunque iluminadas por dentro, se encontraban cerradas siempre. Era imposible percibir silueta alguna, pero yo intuía que alguien, desde el otro lado, me miraba. Uno de estos hoteles —ahora reconozco los arcos interminables de su fachada, como olas, y las letras azules, triunfales, de su nombre— era el Panoramic.

Entramos por el estacionamiento de empleados, subimos por unas escaleras de caracol, atravesamos un patio con un chapoteadero abandonado y finalmente encontramos una entrada a la alberca. A esa hora había varias personas nadando, cervezas en lata, una grabadora con cumbias, risas y gritos de niños.

El agua de esta piscina se había calentado también, de manera natural, bajo el rayo del sol. Dejamos las bolsas en la única silla desocupada, nos quitamos las blusas y los shorts, y brincamos al agua sin demorarnos ni pensarlo. Ésta me pareció limpia, olía a cloro, no tenía sal ni se movía, y su tibieza abrazaba como un abrigo.

Cuando era niña me ovillaba sobre la cama, me sepultaba bajo las cobijas y jugaba, dentro de ellas, a estar en el agua. Nadaba entre las sábanas. Cuando nos prometían llevarnos a nadar o, mejor, cuando la posibilidad de Acapulco brillaba en el horizonte, me prometía que esta vez iba a tener en cuenta el privilegio, y que iba a disfrutar y agradecer, mientras la vivía, la felicidad extraordinaria de nadar en agua verdadera. Pero, alcanzado el sueño, a medida que perdía el entusiasmo y empezaba a cansarme, a tener hambre y a sentir deseos de salir del agua, me recriminaba por desaprovechar aquello que había anhelado, que se me otorgaba, y que yo hacía a un lado.

¿Sonaría entonces mi teléfono? Lo que temo es lo irreversible. En mis sueños están Cristina, Luis, mis papás. Aparecen de otras formas. Pero no los llamo, hace mucho tiempo que dejé de llamarlos. “No quiero una hija desviada”, dijo mi mamá, tajante y sin aspavientos, la noche que me descubrió unos mensajes en el celular. Entonces me fui de casa, ruina sobre ruina me plegué y me transformé en otra. Extrañada, descastada, una hija de nadie.

Marcela no sabía nadar. Lo dijo como quien se desprende de un secreto, aliviada. Procuré no expresar sorpresa. Entre Lluvia y yo le sostuvimos las piernas y los hombros para que aprendiera a flotar. Le decíamos “aligera el cuerpo, no pongas tensos los brazos”. Ella se reía y el agua se le metía en la boca y antes de perder el control volvía a ponerse de pie con facilidad, pues es mucho más alta que nosotras. Después intentaba flotar una vez más. Me hacía muchas preguntas, como si aquello se tratara de una cuestión teórica. Yo no sabía qué responder, le daba consejos, ahuyentaba su miedo con seguridades y consuelos. Le repetía que nadar es flotar y flotar, dejarse caer. Durante años me convencí de que había aprendido a nadar sola. Que nací con el don. Pero es una mentira, como otras. Nos enseñó mi papá, años atrás, en una de tantas idas a Acapulco.

A oscuras, sentadas en el asiento de la alberca, Marcela nos dijo que el suyo nunca le enseñó a nadar, o a andar en bicicleta. “Así es la cosa, me tocó un padre ausente”, concluyó ella misma, con ese lenguaje clínico. Ni siquiera le dolía. Daba por hecho que era un hombre inútil. Tal vez así sería más fácil, pensé. Odiarlos.

(El teléfono apagado que cancela toda posibilidad de aviso me libera de la tragedia que temo y espero, y me separa de ellos. El teléfono apagado que es un puente con un extremo caído).

Marcela comentó que en la subida hacia el hotel creyó ver una mancha de sangre o de aceite, no sabía bien. Le pregunté de qué color era y ella dijo que mejor habláramos de otra cosa. Entonces, para cambiar de tema, volvimos a los sueños, a su aspecto desagradable. Por ejemplo, cuando se vuelven reiterativos y, desde adentro, es posible conservar los hilos de los acontecimientos porque el sueño se vuelve un comentario de sí mismo. La imagen primera, que apenas se conjura, se diluye. Los obstáculos para completar una acción, la vaga conciencia de un objetivo y un fin. Algunas veces una forma de vergüenza. Le dije que dormía tan poco, últimamente, que me sentía expulsada de mis sueños. Se habían vuelto muy residuales, ansiosos, poco placenteros. No los escribía más. Escribirlos —la operación de traducirlos, con toda clase de imprecisiones— era un modo de capturarlos aunque también de degradarlos. Pero ahora, en el estado de ensueño, sabía que éste no se me iba a olvidar. Las imágenes, en Marcela y en mí, habían sido fijadas dos veces.

El cielo estaba abombado. La bóveda celeste, qué idea tan hermosa, nos dijimos. Esa belleza se acabaría pronto, sería reemplazada por el cielo natoso y gris de la ciudad. Al día siguiente abandonaríamos Acapulco, el sueño vivido con la conciencia de la vigilia.

Lluvia se había alejado: ahora nadaba en la parte honda y jugaba levantando la pierna izquierda, luego la derecha, como ensayando una coreografía imaginaria.

—¿Ves por qué siempre la traigo? –dijo Marcela–. Vela. Es una niña.

Lluvia era el ancla de su recuerdo, viva, sonriente, tempranamente destruida. Yo perdí mi ancla y se lo dije. Nos quedamos flotando en silencio. Se hizo de noche. Nos quedamos en el agua hasta que los señores del mantenimiento llegaron a sacarnos.

 

• Lilián López Camberos, Quisiera quedarme quieta, México, Dharma Books, 2020, 138 p. (El libro es una de las tres obras ganadoras de la Convocatoria 2018 para Narradoras de Habla Hispana.)

 

Lilián López Camberos
Periodista, editora y docente. Cursó la maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Buenos Aires.