Publicamos en estas páginas el ensayo que el jurado del Premio Carlos Pereyra, en su edición 2019, eligió como ganador por su tema singular, su narrativa cuidadosa y su manejo notable de fuentes y documentos.

Vaya a buscar a la policía”, dijo el asesino al maître d’hôtel mientras le entregaba con toda tranquilidad su Browning. Según una versión incluso fue a pedir a la orquesta del hall que tocara una marcha fúnebre, no sin antes confirmar con un mesero que al menos la principal de sus tres víctimas estaba bien muerta. Nunca pretendió huir. Se quedó allí, impávido —en algún momento prendió un cigarrillo—, al fondo de la sala, como hacían los terroristas rusos de antaño cuando disparaban a los funcionarios zaristas. Ciertamente algo había cambiado desde la Revolución: ahora le tocaba a él, un ruso burgués, “blanco”, disparar en la sien a un ruso proletario, “rojo”. Y esperar a que lo arrestaran, con la mirada puesta en la Historia. El mundo al revés.

El 10 de mayo de 1923 el excéntrico emigrado ruso Moritz Conradi mató así al diplomático soviético Vátslav Vorovski en el restaurante del Hôtel Cécil, en la ciudad suiza de Lausana. En el forcejeo algunas balas perdidas hirieron a los asistentes de Vorovski, el “periodista” (en realidad espía) Iván Ahrens y el joven asesor Maxim Divilkovski. Los diarios locales enfatizaron que Conradi ya se había bebido en la mañana dos medias botellas de Dézaley, un vino del cantón de Vaud fácil de hallar en las cavas locales. Por la noche, en el Hôtel Cécil, bebió más para tomar valor. Cuando sus víctimas se sentaron a la mesa en el centro de la sala, ya llevaba “varios vasos de coñac” pagados sobre la marcha (“au fur et à mesure”, registró la Gazette de Lausanne el 12 de mayo). Como si los asesinos no pudiesen tener clase. El acento que varias crónicas pusieron en el alcohol consumido aquel día sería una forma de diluir el crimen en la bebida, sobre todo cuando se supo que, aunque nacido en el Imperio ruso, el asesino era ciudadano suizo. Los ciudadanos suizos no hacían esas cosas.

Los motivos de Conradi eran, sin duda, personales. En su primera declaración a la policía, sentado todavía en el restaurante, dijo la verdad. El crimen era venganza pura: “Perseguido por los ‘perros rojos’, mi padre murió de hambre y mi tío Victor fue fusilado en 1918. Estoy contento, aun cuando no he restituido más que un pequeño favor a la comunidad. Que Dios venga en mi ayuda”.1 Durante el juicio, en noviembre de 1923, declaró básicamente lo mismo, convencido de una pronta condena. En efecto, las chocolaterías y las fábricas de dulces “M. Konradi”, fundadas a mediados del siglo XIX en San Petersburgo por el abuelo suizo del asesino, habían sido nacionalizadas en 1918 por decreto del gobierno bolchevique. El padre de Conradi fue arrestado y, según parece, murió de inanición en un hospital al año siguiente. El resto de la familia —salvo el tío Victor— pudo volver a Suiza.

La policía de Lausana no tardó en determinar que Conradi no había actuado solo. Su cómplice, Arkadi Polunin, secretario de la Cruz Roja zarista en Ginebra,2 había sido su compañero en el ejército blanco del sur durante la guerra civil rusa (1918-1921) y en el campo de concentración de Galípoli en 1921. Polunin, arrestado a los pocos días, había conseguido la pistola y el dinero para que Conradi se alojara en Lausana. Éste no conocía la ciudad, como atestiguó un mapa local encontrado en su maletín junto a una breve autobiografía titulada Mis confesiones. Aunque no era pobre —trabajaba en la compañía Escher-Wyss de Zúrich desde su exilio— y, quizás para no privar más a su esposa de recursos cuando lo arrestaran, Conradi pidió a Polunin 100 francos adicionales con los que se compró un traje. Había que vestirse para la ocasión, pero también aparentar decencia. Suizo a fin de cuentas.

Moritz Conradi y Arkadi Polunin fueron absueltos el 16 de noviembre de 1923, después de un juicio de once días que mantuvo en vilo a Lausana, a Suiza y a las dos Rusias: la soviética y la emigrada. Contra todo pronóstico y, pese al testimonio de decenas de testigos que presenciaron el asesinato, los autores material e intelectual del crimen quedaron libres. El porqué ha llevado a no pocos historiadores y periodistas a denominarlo “el juicio del siglo”. Lo que debió ser la condena por el asesinato de un hombre a manos de otro se convirtió, gracias a la estrategia de la defensa, en un proceso en contra del comunismo, construido a partir de “evidencias” muy diversas. Entre el crimen en mayo y el juicio en noviembre, el abogado suizo de Polunin, el ultraconservador Théodore Aubert, contó con tiempo y sobre todo con la asistencia recurrente, incondicional, de una pléyade de personajes de la emigración rusa que le proveyeron información (estadísticas, testimonios, cartas), evidencias (recortes de prensa, reportes soviéticos oficiales, certificados de defunción, análisis económicos) y apoyo financiero, intelectual, diplomático y político. Con base en estos y otros materiales, a Aubert le interesaba construir una imagen del bolchevismo como la antesala del infierno —en la que él creía firmemente—, desde la política económica o religiosa hasta la represión más cruda. El trabajo de seis meses se condensó en un discurso de nueve horas a cargo del abogado ginebrino, que mantuvo en absoluta perplejidad a la audiencia y al jurado en el último día del proceso. Éste fue, sin duda, la principal influencia en el veredicto.

El esfuerzo de Aubert y de los “rusos blancos” que colaboraron con él se convirtió en la primera condena sólida, de carácter seudocientífico y profundamente convincente que aglutinó todas las convenciones y prejuicios en torno al comunismo en sus primeros seis años de existencia. La versión estenográfica del discurso de Aubert, pieza fundamental del primer anticomunismo europeo, se tradujo a varios idiomas y se presentó como “evidencia” en otros juicios: en el del anarquista Ernesto Bonomini, que asesinó al famoso periodista fascista Nicola Bonservizi en París en 1924, o en los procesos judiciales que tuvieron lugar en esos años en Francia y Dinamarca entre la Iglesia ortodoxa rusa (exiliada) y la Unión Soviética para recuperar los terrenos de las parroquias. El documento también circuló en la campaña rumbo a la elección parlamentaria de Inglaterra en octubre de 1924, que dio el triunfo al Partido Conservador ante la debacle del primer gobierno laborista.3 No obstante, la mayor consecuencia del asesinato de Vorovski, del juicio de Conradi y Polunin y del discurso de Aubert fue la creación en Ginebra de la primera organización anticomunista mundial, la Entente Internationale Anticommuniste (1924-1950). Pero la historia es más divertida por partes.

Ilustraciones: David Peón

 

En 1920 Franz Werfel publicó su primera novela, traducida más tarde en español como El culpable no es el asesino sino la víctima.4 La idea surgió de una anécdota que le contó la compositora Alma Schindler, entonces amante de Werfel. En la novela el escritor bohemio describe la relación tensa de un oficial austriaco convertido al anarquismo con su estricto padre, a quien hacia el final amaga con matar sin atreverse a hacerlo. La amenaza, sin embargo, es suficiente para mandar al joven Karl Duschek a prisión. Al salir libre, en su camino hacia una nueva vida en Estados Unidos hace escala en una feria que visitó de niño. Allí se entera de que el hijo del dueño de un pabellón de tiro asesinó a su propio padre la noche anterior. Duschek vincula entonces su conflicto interno con el crimen del parricida y escribe en una carta al fiscal a cargo del caso: “¡Ah, no! ¡Yo no me absolvería! Yo, el asesino, y él, la víctima, ambos somos culpables. Pero él… él es un poco más culpable que yo”. Para rematar, Duschek evoca un proverbio albanés —aquél que Werfel conoció por boca de Alma—: “El culpable no es el asesino, sino la víctima”.5

El proceso de Conradi y Polunin tuvo lugar en la primera década sin imperios en Europa. La pérdida de certidumbres, la conmoción de la Gran Guerra y el surgimiento de los Estados-nación convergieron en una solución política que John Borneman llamó “matar al padre”,6 es decir, el Antiguo Régimen. En algunos casos, como en los experimentos de Lenin, Mustafá Kemal o Mussolini, el parricidio se consumó; en otros, los vástagos apenas si amagaron con llevarlo a cabo (la Hungría de Horthy, la España de Primo de Rivera, la Irlanda del Estado Libre). En la orfandad de la nueva Europa, aferrada al modelo del Estado-nación, era común que se invirtieran los papeles entre víctimas y victimarios en un proceso de asignación de culpas compartidas —en el que algunos eran “más culpables” que otros. Entre 1919 y 1923 el continente vivió un proceso que repartió culpabilidades de oeste a este, mediante tratados firmados sobre las ruinas de los Imperios alemán, austrohúngaro, otomano y ruso. El asesinato de Vorovski y el proceso legal resultante se enmarcan en el derrumbe de los dos últimos. El crimen constituyó la manifestación más dramática de la confluencia entre elementos a primera vista inconexos: la salida de más de un millón y medio de rusos de su país en cinco años (1918-1922), la pregunta de qué hacer con los restos del Imperio otomano y el surgimiento de los primeros fascismos. La Conferencia de Lausana (noviembre de 1922 a julio de 1923), en la que Vorovski representaba a la delegación soviética, buscaba poner fin al desgajamiento del Imperio otomano y a la violencia étnica entre griegos y turcos. La primera frase del Tratado de Lausana, concretado el 24 de julio de 1923, dice mucho acerca del punto de vista de los vencedores y del Zeitgeist de aquel año, el primero sin violencia internacional en Europa desde el estallido de la Primera Guerra Balcánica en 1912: “Unidos en el deseo de dar por terminado el estado de guerra que ha existido en el este desde 1914…”. De esa forma 1923 marcó una nueva era de paz, si bien no hacia dentro de cada Estado, sí entre ellos.

Sin embargo, toda paz produce sus descontentos. En Europa varias heridas seguirían abiertas hasta bien entrada la década de 1920. El juicio de Conradi y Polunin no fue ni por asomo el único ejemplo de la inversión de papeles entre víctimas y victimarios, entre más y menos culpables, en aquellos años de confusión posimperial. El 15 de marzo de 1921 el revolucionario armenio Soghomón Tehlirián asesinó en Berlín a Talat Pashá, ministro del Interior otomano (1913-1917), en venganza por el asesinato de su familia en el Genocidio Armenio. Tehlirián fue liberado tras un juicio de tan sólo dos días, pese a la imagen positiva de la que Talat y otros funcionarios otomanos —viejos aliados del extinto Reich— gozaban en la Alemania derrotada. Los abogados de Tehlirián habían recurrido a Armin Wegner y a Johannes Lepsius, máximas autoridades alemanas en la documentación del genocidio armenio, y los trajeron como testigos a su favor. La conmoción en la sala al conocerse las masacres de armenios en boca de ambos hombres no sólo produjo el efecto inmediato de justificar el asesinato de Talat, sino que legó a la posteridad la difusión del genocidio armenio como se conoce hoy. El Vorwärts, diario socialdemócrata alemán, señaló durante el juicio que: “En realidad era la sombra manchada de sangre de Talat Pashá la que estaba sentada en el banquillo de los acusados; y la verdadera acusación eran los abominables Horrores Armenios, no el asesinato [de Talat] por parte de una de las pocas víctimas aún con vida”.7 Algo similar ocurrió con Sholom Schwartzbard, arrestado en París por asesinar al líder nacionalista ucraniano Simon Petliura el 25 de mayo de 1926. En el juicio, año y medio más tarde, el irreverente abogado Henri Torrès logró convencer al jurado de que, al perpetrar el asesinato, Schwartzbard estaba vengando la muerte de miles de judíos en pogromos orquestados en 1919 y 1920 por el ejército nacionalista ucraniano de Petliura.8 Al igual que Tehlirián en 1921 y Conradi en 1923, Schwartzbard salió libre en octubre de 1927 después de ocho días de audiencia. En China, Shi Jianqiao asesinó al cacique Sun Chuanfang en noviembre de 1935 en venganza por la muerte de su padre. Shi incluso recibió una disculpa oficial del gobierno nacionalista chino ante la simpatía popular que generó su juicio en 1936.9

El caso de Tehlirián, en particular, engendró una nueva concepción de la venganza que sería muy clara dos años después en las declaraciones y en el estilo de Conradi. El justiciero armenio reforzó el viejo adagio de que la venganza es “un plato que se sirve frío” en la calculada preparación del asesinato: la planificación como parte de la Operación Némesis, la renta de un apartamento cerca de la casa de Talat en el distrito berlinés de Charlottenburg, el estudio cotidiano de su objetivo. Robert C. Solomon ha descrito la venganza como un acto que contiene a menudo una “semilla de racionalidad”, especialmente si se emplea en nombre del bien común. Concebida de esta forma, la venganza se distingue de la mera retaliación, definida como la respuesta inmediata —y a veces desproporcionada— a un agravio.10 La venganza mesurada se vuelve un requisito para la inversión de papeles en un proceso legal. Es indispensable presentar la venganza como algo racional, alejarla de la retaliación, para que la interpretación de la culpabilidad del asesino se diluya en un mar de contingencias y detalles nimios en apariencia. Cuanto más fría y planificada la venganza en contra de un crimen mayor, tanto más se revela la asimetría de ambas culpabilidades. En los juicios de Tehlirián, Schwartzbard y Shi la duda no recae sobre la culpa de los asesinos, sino en su justificación. El asesino que pudo haber actuado impulsivamente prefirió esperar el momento oportuno y tener la cabeza fría pese a su enorme sufrimiento, lo que automáticamente genera empatía en un jurado y revierte el proceso de victimización. El caso de Conradi es similar, con una diferencia fundamental: él no mató a los asesinos de su padre o al último responsable de su muerte, sino a un burócrata que era culpable en tanto que representaba al Estado soviético y al ideal comunista. Y Conradi quedó satisfecho. ¿Qué es, pues, la culpa?

 

Los retratos de víctima y victimario se imprimieron pronto en la prensa suiza y en la mente de los curiosos que corrían a comprar el quotidien, el giornale o el Tageblatt en cada rincón del país de las montañas y los lagos. No pocos habrán pensado que los editores habían confundido las fotografías de ambos personajes. Sobre la leyenda “VOROWSKY” (sic) aparecía un hombre de pinta burguesa, barbado, de lentes, afable y elegante. La imagen típica de un abuelo joven que cuenta buenas historias. La Feuille d’Avis de Lausanne lo describió el día anterior a su muerte como un “profesor universitario” con pinta de “funcionario del Antiguo Régimen”. En efecto, ¿qué tenía este hombre de revolucionario? En la segunda imagen, “CONRADI” era un joven, muy joven, peinado a raya con gomina —la última moda europea—, corbata y mirada perdida en el horizonte. ¿Era este imberbe de 26 años el emigrado nostálgico de la Rusia irrecuperable de mansiones y estamentos? Al menos se procuró un bozo decente como los que se dejaban los hombres para aparentar madurez, aunque difícilmente habría sido un personaje en Mashenka —y eso que Nabokov era tres años menor que él.

Fue precisamente por una fotografía de Vátslav Vorovski, publicada en días previos en los diarios, que Moritz Conradi supo a quién disparar en el restaurante del Hôtel Cécil. El bolchevique que no parecía bolchevique ya era bien conocido entre los delegados de la Conferencia de Lausana, más por sus aspavientos en torno a los ignorados intereses soviéticos que por sus tácticas diplomáticas. La Rusia revolucionaria había sido invitada a la Conferencia desde noviembre de 1922 por insistencia de la República de Turquía, pero bajo la estricta condición de que debía ceñirse a opinar acerca de la situación de los Estrechos. Rusia tendría un estatus consultativo, sin ser propiamente una delegación oficial. Una vez que Turquía cedió a inicios de 1923 ante la exigencia británica —desmilitarización y paso de navíos internacionales por el Bósforo y los Dardanelos—, la posición soviética, que defendía el respeto a la soberanía turca, se volvió irrelevante. Cuando la Conferencia se reanudó en abril de 1923 tras un receso, ya nadie hacía caso al enviado de Lenin. Ni Francia ni Grecia ni el Reino Unido ni Rumanía ni Japón ni el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos reconocían entonces a la Unión Soviética. Sólo la Turquía kemalista y la Italia fascista mantenían relaciones de jure con Moscú, en una época en que el sufijo -ismo en la ideología de diversos regímenes aún hermanaba a los parias europeos. Mussolini incluso envió condolencias por la muerte de Vorovski, representante soviético en Roma, y propuso a París y Londres una declaración de “simpatía” entre los Aliados como respuesta al crimen. Lord Curzon y Raymond Poincaré rechazaron la moción.11 Las democracias no simpatizaban con los -ismos.

Ni siquiera la neutral Suiza reconocía a la URSS. La historia es curiosa porque había sido uno de los pocos países en entablar relaciones con el gobierno de Lenin a mediados de 1918. La guerra entonces aún no estaba decidida y las élites suizas se dividieron —sin admitirlo públicamente— entre partidarios de la Entente (generalmente francófonos) y de los poderes centrales (la Suiza alemana). Desde la Paz de Brest-Litovsk en marzo, cuando “bolchevique” y “germanófilo” se volvieron una misma cosa, hasta fines de octubre de 1918, la acumulación de diversos acontecimientos provocó una implosión de todos los sectores sociales en Suiza. A las presiones de la Entente —en particular de Francia— sobre Berna se sumó el reconocimiento tácito de la Rusia soviética en mayo y las supuestas actividades “secretas” de la legación rusa. Para colmo las tensiones aumentaron a principios de noviembre, cuando la Revolución alemana y el aniversario de la Revolución de Octubre tuvieron eco en la Huelga General de 250 000 trabajadores en toda Suiza, que estalló el día de la firma del armisticio (11 de noviembre). El gobierno helvético, abrumado por la crisis, reprimía la huelga al tiempo que ordenaba la expulsión de los “agentes” bolcheviques del país, convencidos de que éstos habían instigado los desórdenes.12 La relación bilateral entre Berna y Moscú sólo se retomaría hasta 1946.

La Huelga General de noviembre de 1918 en Suiza se convirtió en un trauma para la élite liberal-conservadora, pero también en un recurso útil en la memoria histórica que estructuró la cultura política del país en la primera mitad del siglo XX. Aunque fue producto menos de la magra agitación desde la embajada rusa en Berna que de las condiciones de trabajo de los obreros, de la efervescencia revolucionaria alemana, de la tradición socialista suiza y de la conmoción tras el armisticio, la huelga fue crucial para que personajes como Théodore Aubert dieran rienda suelta a su anticomunismo. Como muchos otros miembros de la élite conservadora, Aubert contribuyó a la creación de “uniones cívicas” contrarrevolucionarias en aquel noviembre. Organizadas políticamente, desembocaron en la Federación Patriótica Suiza en 1919 y más tarde en partidos abiertamente fascistas.13 La Entente Internationale Anticommuniste de Aubert brotó de ese semillero: el miedo al Otro, su presencia entre Nosotros, la necesidad de organizarse ante la aparente invencibilidad del enemigo y, no menos importante, la manifestación local de una lucha global —un punto que la emigración rusa entendía muy bien.

 

El BernerTagwacht, diario socialista, puso el tono sin quererlo el 12 de mayo de 1923, unas treinta horas después del asesinato de Vorovski: “El terror de los burgueses es la respuesta al terror ruso”. Fieles a la moderación del Partido Socialista suizo —que los distinguía de los comunistas—, los editores del principal periódico de izquierdas de la capital compensaron la frase con una condena al “monstruoso” crimen y una acusación al gobierno por no proteger a la delegación soviética en la Conferencia de Lausana. Lo que para la izquierda moderada era un atisbo de explicación (“respuesta al terror ruso”) se convirtió en una justificación disfrazada entre la prensa conservadora. El gobierno suizo se limitó a declarar que había sido un “acto de venganza personal” y ofreció sus condolencias a la viuda de Vorovski, pero no a Moscú: las heridas de la Huelga General y la fantasía de la “intervención rusa” seguían abiertas un lustro más tarde.

La defensa tuvo seis meses para prepararse con base en la estrategia del “terror ruso”. En sus memorias Yuri Lodyzhenski, cabeza de la vieja Cruz Roja zarista en Ginebra y superior de Polunin, presume que él reclutó a Aubert para defender a su empleado (a Conradi oficialmente lo defendió el valdense Sidney Schopfer). Las credenciales anticomunistas de Aubert estaban más que probadas. El abogado aceptó sin recibir un solo franco, ansioso de ponerse a trabajar, como reveló al decir que “este no va a ser el proceso de Conradi y Polunin, sino el proceso del bolchevismo, y el bolchevismo debe someterse a un juicio acusatorio”.14 A los recortes de la prensa anticomunista, que leía convencido desde 1917, Aubert sumó todo el material que Lodyzhenski le proveyó. Éste amasó sus “evidencias” a partir de dos fuentes: por un lado, los reportes de la Cruz Roja durante la guerra civil rusa y la hambruna de 1921; por otro, la información que le entregaron a su vez otros emigrados rusos prominentes que vivieron, atestiguaron o imaginaron la represión bolchevique en los primeros años del experimento soviético.

La participación de los exiliados rusos en la construcción de la defensa de Conradi y Polunin tuvo dos vertientes. La mayoría de las figuras que se entrevistaron con Aubert y Lodyzhenski lo hicieron tras bambalinas, en restaurantes, cafés y apartamentos. Mediante su participación cada actor deseaba no tanto contribuir a la causa “blanca” en el exilio como reivindicar su propia posición dentro de ella, cosa que evidenció su total desarticulación. Aleksándr Guchkov, exministro de Guerra del Gobierno Provisional de 1917, intentó quedar bien con la emigración militar desperdigada en los Balcanes, que constituía un potencial ejército para cuando llegara el momento de retomar la patria. Según Lodyzhenski, él y Guchkov discutieron “a detalle todo el plan de la defensa, desde la recolección del material, la selección de testigos y la organización de la propaganda hasta la parte financiera del asunto”.15 Vasili Maklakov, quien aún fungía como embajador oficial en París de una Rusia que ya no existía, trataba de refrendar algo de autoridad diplomática entre sus pares. Aleksándr Kérenski, el primer ministro destronado por los bolcheviques, buscaba resucitar políticamente. Temiendo sus “erupciones verbales”, Lodyzhenski le pidió limitarse a mandar una carta con su testimonio. La emigración cultural también participó en la preparación de la defensa: Iván Bunin, Dmitri Merezhkovski, Aleksándr Kuprín y, sobre todo, Iván Shmeliov. En una carta que causó gran impresión en el juicio, Shmeliov relató la muerte de su hijo en Crimea en combate contra el Ejército Rojo en 1920, además de denunciar las muchas “masacres” bolcheviques que, según él, los números “oficiales” no reflejaban.16 Los testimonios de estas y otras figuras de la emigración rusa quedaron registrados por boca de Aubert en su largo discurso.

La segunda forma de participación en el proceso fue directa, desde el banquillo de los testigos. Lo curioso es que hubo más emigrados en persona por la parte acusatoria —seleccionados meticulosamente desde Moscú— que por la defensa. Ésta sólo contó con el testimonio presencial de Lodyzhenski. Por el contrario, los demandantes, que encarnaban el prestigio soviético en el juicio, trajeron a tres emigrados que testificaron a favor de la viuda y la hija de Vorovski y de sus asesores heridos en el atentado, Ahrens y Divilkovski. Los nombres de aquellos testigos no dicen mucho: Serguéi Dobrovolski, Yevgueni Dostoválov, Yuri Kliúchnikov. No obstante, estos personajes habían sido actores relevantes de la causa blanca en la Guerra Civil. Los dos primeros tuvieron altos rangos en los ejércitos de los generales Denikin y Vránguel en el sur; Kliúchnikov había sido canciller del almirante Kolchak en Siberia. ¿Qué hacían ahora, en 1923, del lado del enemigo rojo? La respuesta es tan simple como compleja. Los tres eran parte de esa primera grieta en la emigración rusa que desde 1921 vio, tanto en la victoria bolchevique como en el relajamiento de la Nueva Política Económica, un renacimiento nacional de Rusia al mando de Lenin. Eran smenovéjovtsy, la tendencia de los “cambios de referencias”, que pretendía hacer la paz con el marxismo-leninismo al tiempo que vislumbraba la posibilidad de transformar a Rusia desde dentro en el largo plazo.

A diferencia de los smenovéjovtsy, la participación de otros testigos por la parte acusatoria como Fabrizio Maffi, Henri Barbusse o Charles Rappoport —destacados socialistas— resulta menos escandalosa. Incluso la de George Montandon quien, dos décadas antes de ser uno de los médicos que determinaban si tal o cual prisionero era “judío” o no previa inspección facial en la Francia de Vichy, se decía comunista. Montandon también era el médico de guardia que atendió las heridas de Ahrens y Divilkovski y, casualmente, acababa de publicar dos trabajos acerca de su experiencia en la guerra civil rusa como voluntario de la Cruz Roja. Pero quizá el testigo más interesante de todos en la lista original a favor de la parte demandante fuese Giovanni Antonio Colonna, duque de Cesarò, a quien la Tribune de Lausanne describió como un “testigo fascista”. En efecto, la embajada soviética en Roma —con el visto bueno de Moscú— había solicitado incorporar al duque, ministro de Correos del gobierno de Mussolini, como testigo. Sin embargo, en la víspera del juicio los abogados de Ahrens, Divilkovski y la familia de Vorovski desecharon su intervención porque tendría simplemente el carácter de un “testimonio moral”.17 El duque se limitó a enviar una carta en la que describía a Vorovski como un hombre “serio”.18 No sorprende que el nombre de Cesarò sonara en diciembre como posible embajador “fascista” en Moscú,19 lo cual nunca se concretó. Estas muestras de pragmatismo tan sólo evidencian en qué medida el proceso de Lausana trastocó los lugares comunes acerca de la supuesta división tajante entre rusos “blancos” y “rojos”, pero también entre comunismo y anticomunismo en términos más generales. En pocas palabras, el pragmatismo soviético temprano, reflejado en la selección de testigos y abogados, era un elemento a considerar seis años después de la Revolución de Octubre. En ese momento la URSS exploraba el terreno hacia dentro con la Nueva Política Económica y hacia fuera con una diplomacia que esperaba abrirse camino en el concierto de naciones. El leninismo, precisamente porque era un experimento, era constantemente errático.

 

El 1.° de noviembre de 1923 la Tribune de Lausanne anunció que, durante los diez días programados para la cobertura del juicio, la suscripción al diario costaría sólo un franco. Días después, aprovechando la presencia de “varias personalidades rusas” en la ciudad, la Gazette de Lausanne recomendó asistir a MichelStrogoffen la Kursaal para “revivir las tradiciones y costumbres del antiguo imperio de los zares”.20 Estas promociones evidenciaban la fascinación que suscitaba el proceso legal. El Tribunal Criminal del Cantón de Vaud no se quedó atrás. Desde el 25 de octubre el magistrado presidente decidió trasladar la sede del juicio a la grande salle del Casino de Montbenon para acoger a un público mayor, algo inaudito a juzgar por la reacción de la prensa conservadora. La Gazette describió el casino como un “edificio más propio de representaciones teatrales que de un proceso criminal” y criticó el cambio al decir que se trataba de “procedimientos que no están en nuestras costumbres [qui ne sont pas dans nos mœurs]”.21 La Tribune imprimió un plano de la sala que ocupa casi media página en la edición del 5 de noviembre, primer día del juicio. La nueva sede no era ajena a los atentos. El 21 de noviembre de 1922 Lord Curzon había inaugurado allí mismo la Conferencia de Lausana. Había sido un año agitado en la ciudad.

Las gacetas de derechas no podían saberlo, pero el cambio de auditorio, amparado en la teatralidad anticipada, fue uno de los factores que influyeron en la eventual absolución de Conradi y Polunin. El cobijo de los “Ooooh” y los “Aaaah” entre la audiencia sería el tegumento de la oratoria y los testimonios. Aubert, escrupuloso hasta el final, buscaba precisamente eso. Había que impresionar y conmover al jurado; mientras más crudo el relato, mejor. No es descabellado pensar que la decisión de cambiar la sede, que el presidente del Tribunal atribuyó a la presión del procurador y del síndico, haya provenido de la oficina del influyente abogado ginebrino. En los días previos al juicio de Vera Zasúlich (31 de marzo de 1878), quien disparó al gobernador de San Petersburgo dos meses antes, el presidente del Tribunal, Anatoli Fiódorovich Koni —uno de los juristas más liberales del zarismo tardío—, repartió “boletos” entre la clase letrada de la capital para que el público, aunque limitado, ejerciera presión sobre el jurado. Después de tan sólo seis horas de juicio, la “terrorista” Zasúlich quedó absuelta, un caso sin precedentes en el Imperio ruso.22

El dramatismo tampoco faltó en ningún momento en el juicio de Lausana. Desde el primer día los abogados de la defensa, Schopfer y Aubert, trataron de salirse por la tangente con diatribas y gesticulaciones —como si hablaran desde un balcón. Schopfer cuestionó, por ejemplo, si la viuda y la hija de Vorovski eran en realidad quienes decían ser, insinuación que el juez rechazó. Las intervenciones airadas de ambos tenían mucho sentido. Había que distraer al jurado a la menor oportunidad con aparentes nimiedades porque el caso estaba perdido desde un inicio: Conradi confesó su crimen, Polunin declaró su complicidad; ambos eran culpables de asesinato y había decenas de testigos. Dos de los demandantes, Ahrens y Divilkovski, habían sido heridos con la misma arma del crimen. Ante este escenario, la única estrategia de la defensa era llamar la atención sobre otras cosas. Había que apelar a los motivos del homicidio y la única forma posible era justificarlo. Por esta razón Schopfer y Aubert trajeron como testigos al gerente, los meseros y el conserje del Hôtel Cécil. Todos testificaron haber visto a Conradi disparar a Vorovski. Cinismo aparte, no había que dejar duda de que el crimen en efecto había ocurrido así. Lo que seguía era explicar por qué.

Tras el desfile de testigos y las batallas verbales de los abogados, el juicio de un hombre por el asesinato de otro se transformó en un debate inagotable sobre todo tipo de cosas: el comunismo, los límites de la diplomacia, la “civilización”, la Revolución rusa, la derrota blanca en la Guerra Civil, la utilidad de la estadística, el ateísmo, la ley, la mortandad, la propaganda política, la Cheká, el uso de la violencia para el bien común, la pena de muerte, la disolución del Imperio otomano, la Gran Guerra, la legitimidad de los Aliados, el nacionalismo, la historia de Suiza —no podía faltar Guillermo Tell, quien mató al tirano Gessler para beneficio de todos los suizos y a cuya estatua Aubert apuntó por la ventana del Casino—, el terrorismo, el martirio, la corrupción (moral y financiera), la fisionomía de los bolcheviques, la política soviética de nacionalidades, el judaísmo e incluso el fascismo temprano. En esencia, fue un momento histórico en el cual, en una misma sala, se forjaron muchos de los lugares comunes acerca del comunismo y el anticomunismo.

El discurso de Aubert fue el depositario de todo ese contenido. Abro la versión estenográfica al azar, página 52: “Había académicos, hombres de letras, músicos y pintores en Rusia que eran un honor para ese gran país. Toda esta élite, aquéllos que han sobrevivido las masacres y la hambruna, no pueden siquiera hallar la soledad; está prohibido, y es imposible vivir excepto en esclavitud, porque si uno no acepta ser un esclavo uno no puede comer”.23 Otra página, la 103: “Los sótanos de estos lugares hieden a cadáveres, las paredes están cubiertas y el suelo húmedo de sangre. Quedan pedazos de cerebro, piel, cabello, fragmentos de cráneos, pedazos de huesos. Había 127 cadáveres desnudos, negros e hinchados, de la última carnicería en el jardín, los rostros completamente desfigurados. En una fosa pública había ochenta cadáveres con los intestinos abiertos, los miembros cortados en trozos, cabezas sin lenguas ni narices, bocas llenas de tierra hasta los órganos respiratorios. En otros lados han disparado a sus víctimas acostadas bocabajo en albercas de sangre”.24 La descripción de Trotski en la página 14 pasa por su origen judío: “Trotsky-Bronstein, el gran Comandante del Ejército Rojo, vivió en Suiza, luego en Estados Unidos. Es delgado, del tipo semítico, con frente amplia coronada por cabello negro y grueso. [Posee] una fisionomía tozuda, astuta y violenta, pero también conoce el miedo”.25 No es difícil imaginar la impresión que causaron estas imágenes —por mencionar sólo algunas—, adornadas durante nueve horas con la brillante oratoria de Aubert, en un jurado compuesto por un cerrajero, dos carteros, un carnicero, un vendedor de gasolina, un naviero, un conserje, un artesano y un tasador, habitantes de diversos pueblos de la Suiza francófona.

La decisión del jurado el 16 de noviembre fue de cinco votos por la culpabilidad de Conradi y Polunin y cuatro por su inocencia. Sin embargo, según la ley del cantón de Vaud, se trataba de un caso de minorité de faveur: dado que había sólo un voto de diferencia, los acusados obtuvieron su libertad sujeta al pago de algunos gastos. El DroitduPeuple, diario socialista, registró: “La audiencia se levantó en medio de aplausos, rápidamente reprimidos, de un público que no tiene nada de democrático”.26 Por esos días Hitler era arrestado en Múnich tras su fallido golpe de Estado en el Bürgerbräukeller. En el intento murió su cofrade, otro oriundo del Imperio ruso: el germano-báltico Max Erwin von Scheubner-Richter, quien había testificado a favor de Tehlirián y la causa armenia en el juicio de Berlín. El mundo al revés; qué duda cabe.

 

Siete meses después de su victoria Théodore Aubert fundó la Entente Internationale Anticommuniste. En el afán de traducir su discurso en activismo, se mantuvo al frente de ella hasta su clausura en 1950. Gracias a su impronta ultraconservadora, la organización abarcó un espacio considerable en la agitación anticomunista mundial antes de la Guerra Fría, legado que ha sido sorprendentemente ignorado por los historiadores hasta la fecha. En su obsesión por emular —en sentido inverso— la tarea de la Tercera Internacional o Comintern, la Entente se dividió en secciones nacionales y temáticas. A cargo de la sección rusa, conformada desde luego por emigrados, quedó Lodyzhenski, quien trasladó a ella la estructura de la Cruz Roja zarista. Es interesante que, en el intento por imitar los tentáculos reales e imaginarios de la Comintern, la Entente fundó una sección para mujeres, elemento curioso para una institución ultraconservadora. De igual forma, como la Comintern era oficialmente atea, la Entente creó su propia comisión “Pro Deo”.27

La ambición de Aubert, inversamente proporcional a la modestia de la oficina central de la Entente en Ginebra, concibió tres estrategias para fomentar su activismo: el cabildeo personal con actores políticos y económicos, la diseminación de panfletos anticomunistas en la prensa de distintos países y la creación de una red informal de contactos para recabar información acerca de las actividades del comunismo internacional, con el objetivo de frenarlas en la medida de lo posible. Aunque su influencia real es complicada de asir, la Entente era bien conocida entre la derecha europea. Aubert se entrevistó con Mussolini (1925) y Pétain (1927) y colaboró, aunque de forma cauta y distante, con Hitler desde 1933.28 Francisco Franco mencionó a Brian Crozier que entre 1928 y 1936 había sido un suscriptor entusiasta de los boletines de la Entente, lo que consolidó su anticomunismo.29 La escasez de estudios acerca de esta organización es inaudita si se toma en cuenta la amplitud y accesibilidad de su archivo en la Biblioteca Pública de Ginebra y los avances historiográficos de las últimas dos décadas, en especial el trabajo de Michel Caillat. La Entente se disolvió en noviembre de 1950. La justificación recayó en que, en plena Guerra Fría, “una entente directa entre los gobiernos de Occidente” se había apropiado ya del discurso anticomunista con mayor ahínco y más recursos.30 Lodyzhenski, el número dos de la institución, se convirtió en secretario personal del heredero al trono imperial ruso, el gran duque Vladímir Kiríllovich Romanov, exiliado en la España franquista. En 1952 Lodyzhenski se mudó a Brasil y murió en Río de Janeiro en 1977.

El gobierno soviético convirtió a Vátslav Vorovski en un mártir. Se le dio un funeral de Estado y fue enterrado en el Kremlin con honores. Varias calles en la Federación Rusa hasta la fecha llevan su nombre. Aún persiste una estatua suya detrás del edificio del FSB en Lubianka, en el centro de Moscú, levantada el 10 de mayo de 1924 en el aniversario de su asesinato. Vladímir Maiakovski coronó la hipérbole apoteósica en su breve poema Vorovski (1923), de la misma manera en que el poeta emigrado Konstantín Balmont elogió a Conradi en ocho líneas tituladas La letra k (1928).31 La viuda de Vorovski, Yulia Tolochko, muy trastornada por la pérdida de su marido, falleció diez días después de conocer el veredicto del juicio, mientras estaba internada en una clínica en Sankt Blasien, al sur de Alemania.32

Entre 1937 y 1945 hubo sólo dos formas de morir en la Unión Soviética para todo bolchevique fiel. La primera correspondió a Iván Ahrens, el “periodista” que los servicios de seguridad soviéticos habían puesto a disposición de Vorovski. Nacido como Isaak Izráilevich Alter, Ahrens fue cesado de su gestión como cónsul en Nueva York (1935-1937) y ejecutado por “espionaje” el 11 de enero de 1938 a las afueras de Moscú tras un juicio sumario. Al conocer la sentencia expedita, ¿habrá pasado por su mente aquella noche en el Hôtel Cécil? ¿Habrá pensado que entonces sí valía la pena morir por la Revolución? Maxim Divilkovski, en cambio, hizo carrera como físico-matemático después del episodio suizo. Llegó a trabajar en el Instituto de Física Lébedev en Moscú, donde le esperaba el futuro soñado de un apartamento propio, vales para tiendas exclusivas y, por qué no, algún busto en la Academia de Ciencias. Sin embargo, durante la Gran Guerra Patriótica fue voluntario en el frente y cayó combatiendo al ejército alemán en el crudo invierno de 1942.33

Al no ser ciudadano suizo, Arkadi Polunin se vio obligado a salir de la Confederación Helvética después del juicio. Con ayuda de Lodyzhenski se trasladó a París y durante diez años fue un agente activo de la causa emigrada rusa. Polunin murió el 23 de febrero de 1933 en un hospital de Dreux después de “sentirse mal” en un tren. Según Lodyzhenski su empleado dejó el mundo en “circunstancias extrañas”,34 es decir, envenenado por agentes soviéticos. De esta teoría hizo eco el siempre paranoico Arkadi Vaksberg, quien llegó tan lejos como para aducir que Polunin había sido un agente de la policía bolchevique desde el momento en que consiguió el arma que mató a Vorovski.35 La acusación no se ha comprobado a la fecha.

Moritz Conradi murió varias veces. Después del juicio se mudó a París en 1925. Como buen militar en reserva se inscribió en la Legión Extranjera. En 1931 se anunció su suicidio en Mequínez, Marruecos. Un mes después la prensa aclaró que se trataba de su hermano.36 Su segunda muerte ocurrió en 1944 como miembro de la Résistance a manos del ejército alemán.37 La tercera vino en octubre de 1946 en algún lugar de Suiza, según un historiador que ni siquiera menciona la causa.38 La cuarta —y, al parecer, definitiva— muerte de Conradi tuvo lugar el 7 de febrero de 1947 en su casa en Chur, cantón de Graubünden, de donde su familia había emigrado al Imperio ruso un siglo atrás. Los registros locales muestran que “murió en soledad” y, a decir de Alfred Senn, el alcohol tuvo mucho que ver.39 El año anterior la URSS y Suiza habían establecido oficialmente relaciones diplomáticas. Quizá su corazón de 50 años no resistió esa combinación.

 

Rainer Matos Franco
Estudió una maestría en Estudios de Rusia y Eurasia en la Universidad Europea de San Petersburgo y otra en Historia Aplicada e Interdisciplinaria. Es autor de Historia mínima de Rusia y de Limbos rojizos. La nostalgia por el socialismo en Rusia y el mundo poscomunista.

Este texto es parte de una investigación actual en el programa conjunto de doctorado “Global History of Empires” de la Higher School of Economics de San Petersburgo y la Universidad de Turín.


1 Tribune de Lausanne, 5 de noviembre de 1923, p. 1.

2 Heredera de la Cruz Roja rusa imperial, con sede en Ginebra y que para entonces contaba con un puñado de empleados. A la par había una Cruz Roja soviética, con una oficina también en Ginebra y cuya cabeza, Serguéi Bagotski, fungía como embajador soviético de facto en Suiza tras la expulsión de la legación soviética en noviembre de 1918.

3 Aubert, M. Th. Bolshevism’s Terrible Record. An Indictment, Small, Maynard & Co., Boston, 1925.

4 Nicht der Mörder, der Ermordete ist schuldig, Kurt Wolff, Leipzig, 1920.

5 Wagener, H. Understanding Franz Werfel, University of South Carolina Press, Columbia, 1993, pp. 73-77.

6 Borneman, J. (ed.), Death of the Father. An Anthropology of the End in Political Authority, Berghahn, Nueva York, 2004.

7 Ihrig, S. Justifying Genocide. Germany and the Armenians from Bismarck to Hitler, Harvard University Press, Cambridge, 2016, p. 235.

8 La culpabilidad de Petliura todavía se debate. Véase Kelly Johnson, “Scholem Schwartzbard: Biography of a Jewish Assassin”, tesis doctoral, Universidad de Harvard, 2012.

9 Lean, E. Public Passions. The Trial of Shi Jianqiao and the Rise of Popular Sympathy in Republican China, University of California Press, Berkeley, 2007.

10 Solomon, R. C. “Justice v. Vengeance. On Law and the Satisfaction of Emotion” en Susan Bandes (ed.), The Passions of Law, New York University Press, Nueva York, 1999, pp. 121-148.

11 Cassels, A. Mussolini’s Early Diplomacy, Princeton University Press, Princeton, 1970, p. 186.

12 Senn, A. E. Diplomacy and Revolution. The Soviet Mission to Switzerland, 1918, University of Notre Dame Press, Notre Dame, 1974.

13 Caillat, Michel, et al. “Une source inédite de l’histoire de l’anticommunisme: les archives de l’Entente Internationale Anticommuniste (EIA) de Théodore Aubert (1924-1950)”, Matériaux pour l’histoire de notre temps, 73, 2004, p. 27.

14 Lodyzhenski, Y. I. Ot Krasnogo Kresta k bor’be s Kominternom, Airis-Press, Moscú, 2007, p. 242.

15 Ibid., pp. 243-244.

16 Ibid., pp. 248-249.

17 “Le procès Conradi”, Tribune de Lausanne, 5 de noviembre de 1923, p. 2.

18 “Conradi devant ses juges: Audience de samedi après-midi”, Gazette de Lausanne, 11 de noviembre de 1923, p. 2.

19 “L’Italie, les Soviets, et la S.d.N.: Accord avec les soviets”, Gazette de Lausanne, 23 de diciembre de 1923, p. 6.

20Michel Strogoff au Kursaal”, Gazette de Lausanne, 6 de noviembre de 1923, p. 2. Por la redacción del aviso se entiende que se trata de la película muda Michael Strogoff (1914) de Lloyd B. Carleton, basada en la novela (1876) de Verne. Sin embargo, es probable que se refiriera a la obra teatral de 1880, adaptada por el propio Verne y Adolphe D’Ennery. La Kursaal de Lausana era teatro, cine y sala de conciertos a la vez.

21 “Le procès Conradi”, Gazette de Lausanne, 2 de noviembre de 1923, p. 3.

22 Borisova, T. “Public Meaning of the Zasulich Trial, 1878”, Russian History, 43, núms. 3-4, 2016, pp. 221-244.

23 Aubert, M. Th. ob. cit., p. 52.

24 Ibid., p. 103.

25 Ibid., p. 14.

26 “Le procès Conradi”, Le Droit du Peuple, 17 de noviembre de 1923, p. 2.

27 Roullin, S. Un Credo anticommuniste. La commission Pro Deo de l’Entente Internationale Anticommuniste ou la dimension religieuse d’un combat politique, 1924-1950, Antipodes, Lausana, 2010.

28 Caillat, M. “Théodore Aubert and the Entente Internationale Anticommuniste: An Unofficial Anti-Marxist International”, Twentieth Century Communism, 6, 2014, pp. 82-104.

29 Crozier, B. Franco: A Biographical History, Eyre and Spottiswoode, Londres, 1967, pp. 92-93. Así lo confirma Paul Preston en Franco. A Biography, Harper Collins, Londres, 1993, p. 61, y sobre todo Herbert R. Southworth en Conspiracy and the Spanish Civil War. The Brainwashing of Francisco Franco, Routledge, Londres, 2001, pp. 129-191.

30 Caillat, M. L’Entente Internationale Anticommuniste de Théodore Aubert. Organisation interne, réseaux et actions d’une internationale antimarxiste, 1924-1950, Société de l’Histoire de la Suisse Romande, Lausana, 2016, p. 686. Ver Caillat, M. “ L’Entente Internationale Anticommuniste de Théodore Aubert et ses archives”, Traverse. Zeitschrift für Geschichte/Revue d’Histoire, 13, 2006, pp. 12-18.

31 El poema de Balmont alaba a varios personajes cuyos apellidos inician con k y que dispararon a bolcheviques prominentes: Fanni Kaplán, quien hirió a Lenin en agosto de 1918; Leonid Kannegiser, asesino de Moiseí Uritski en el mismo mes; Conradi (que en ruso se escribe con k) y Borís Koverdá, quien mató a Piotr Vóikov, embajador soviético en Varsovia, en junio de 1927.

32 “Mort de Mme Vorowski”, Le Droit du Peuple, 28 de noviembre de 1923, p. 4.

33 Grezin, I. “Ubiistvo Vorovskogo i protsess Konradi: zhertvy, palachi i geroi”, Nasha Gazeta, 18 de enero de 2012: https://nashagazeta.ch/news/12653.

34 Lodyzhenskii, Yuri, ob. cit., p. 258.

35 Vaksberg, A. Toxic Politics. The Secret History of the Kremlin’s Poison Laboratory—From the Special Cabinet to the Death of Litvinenko, trad. de Paul McGregor, Praeger, Santa Barbara, 2011, p. 24.

36 “Conradi n’est pas mort”, Gazette de Lausanne, 25 de abril de 1931, p. 4.

37 “Sud’ba Kapitana Konradi”, Chasovoi, núm. 336, noviembre de 1953, p. 17.

38 Tuliakov, S. P. “Pochemu byl opravdan sudom ubiitsa Vorovskogo”, Nezavisimoe, 29 de septiembre de 2006: http://nvo.ng.ru/spforces/2006-09-29/7_killer.html.

39 Senn, A. E. Assassination in Switzerland. The Murder of Vatslav Vorovsky, University of Wisconsin Press, Madison, 1981, p. 193. Así lo confirma “Conradi est mort”, Gazette de Lausanne, 11 de febrero de 1947, p. 6.

 

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