Dedos y capuchas. Como las tías solteronas o los padrinos quedados que un día tuvieron su gran amor, todo mundo se ha entregado, al menos una vez, al Lugar Común. Una vez no se aguanto la tentación, una vez -o varias- se gozo con él hasta el paroxismo. No está de más apuntar que el Lugar Común es un tipo de idea que al principio fue nuevecita, casi original, pero que luego se volvió como los trajes brillosos de tanto uso, cosa que además de dar lamparazos evidencia que uno no tiene otro que ponerse. Esto, que en lo que toca al guardarropa no pasa de una mirada de comprensión y lástima en una boda elegante, en el terreno de las cosas culturales termina sencillamente en el peor de los tedios, algo parecido a las carreras de coches: uno sabe que siempre volverán a pasar enfrente. Porque su destino es dar vueltas con necedad.
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