Cuando, a comienzos del siglo XX, los etnógrafos franceses descubrieron el Magreb, pronto se fijaron en los rituales y el folclore de las poblaciones autóctonas, sobre todo, los bereberes. Se interesaron por el tatuaje, para ellos la expresión de un lenguaje mágico-religioso entre las tribus más allá del espacio y del tiempo. En suma, un fichero clasificado, un carné de identidad prácticamente inviolable porque estaba inscrito sobre la misma piel. Algunos de estos etnógrafos, Verrier en África, Gobert en Túnez, Rivière y Faublée en Argelia, Chantre y Bertholon en el Magreb, se especializaron en él. Pero fue Herber quien, con relación a Marruecos, realizó el trabajo más completo sobre el tema. Aún hoy, todos los que escriben sobre el tatuaje en Francia le deben la mayoría de las informaciones.

Herber estudió el tatuaje facial, luego el tatuaje en los brazos y las piernas, en el cuerpo, el tatuaje de los judíos marroquíes, y luego la historia del tatuaje desde la Biblia, e incluso el gremio de los tatuadores. Finalmente, este Champollion del tatuaje clasificó por familias los signos geométricos, las líneas, los puntos, las curvas, los círculos, los rombos y las frases características, buscando en vano una explicación global. Uno de los aspectos del trabajo de Herber merece una atención especial. El etnógrafo llevó a cabo un registro meticuloso de todos los tatuajes sexuales y, para hacerlo, incluyó el medio dudoso de la prostitución urbana. Puso el acento en la localización de algunos tatuajes —los senos y el pubis femenino—, con un enfoque tan ingenuo y tan poco científico que actualmente no sólo nos produce asombro, sino que con mucha frecuencia provoca nuestra hilaridad. “Basta con ver la sonrisa de los indígenas —escribe Herber— cuando se les plantea esta pregunta [¿Cuál es la significación de los tatuajes del pubis?], para conocer su pensamiento”. Y luego añade: “Por lo demás, el nombre que le dan es significativo: toll ‘ala, ‘que está encima’; washma fugu, ‘lo que está tatuado encima’, hammaqat, ‘el tatuaje que vuelve loco’”. Cuando realizó su estudio, Herber, que no era un etnólogo propiamente dicho sino un simple cronista, retomó por su cuenta la noción muy reciente de ritos de paso para explicar lo que le perturbaba. No, los tatuajes de los senos y del pubis no eran eróticos, sino, de la misma manera que los amuletos, los cauris o los talismanes, un rito étnico. Una explicación que dice mucho sobre esos viajeros desde luego curiosos, pero incapaces de admirar una estética corporal liberadora completamente extraña a sus mentalidades. Prisioneros de sus esquemas culturales, era evidente que no podían apreciar esta “contracultura” (se podría decir también cultura undeground) que representaba entonces el tatuaje en relación con la cultura dominante, en concreto la del Corán, pero también la de la colonización. El islam, que no es favorable al tatuaje, asocia por lo demás a las tatuadoras con las brujas. El Profeta habría dicho: “Dios maldice a las que se tatúan […] porque ellas desnaturalizan la obra de Dios”.

Fuente: Malek Chebel, Diccionario del amante del islam. Traducción de Jordi Terré. Editorial Paidós, Barcelona, 2005.