El encierro tiene efectos extraños sobre la memoria. En estas semanas he vuelto a escuchar algunas de las historias de mi infancia como si fuera la primera vez. Por ejemplo, un día estaba contando mi tía un cuento que oí por primera vez cuando tendría unos nueve años. Era la ocasión en la que llevó a mi abuela y a mi primo a ver un barco de concreto que un inglés, maestro suyo de la facultad, estaba construyendo en un terreno baldío de la colonia del Valle. Los fines de semana sus alumnos y él trabajaban en la construcción del navío. Mi abuela no creyó la especie y exigió verlo. Así que un sábado de 1971 los incrédulos se aparecieron en el improvisado astillero de la calle de Magdalena. Era todo cierto. Mi abuela quedó tan sorprendida que casi olvidó a mi primo. Decenas de veces había contado la misma anécdota. En esta ocasión, sin embargo, un dato me hizo poner atención: el capitán del barco se apellidaba White. Tal vez porque el nombre me remitió a Walter White, protagonista de la serie Breaking Bad, puse atención. Se trataba de Colin White (1932-2007), legendario y querido profesor de lenguas inglesas en la UNAM.

Ilustración: Belén García Monroy

Gracias a Antonio Saborit di con las elegías que algunos de sus alumnos publicaron a su muerte: Hernán Lara Zavala, Luz Aurora Pimentel y el propio Saborit.1 Esos textos permiten reconstruir la vida del otro Mr. White. Colin, profesor severo, genial e inspirador, marcó la vida de decenas de jóvenes estudiantes y de varios destacados escritores. Hoy, el premio a las mejores tesis de licenciatura en letras inglesas lleva su nombre. Nació en Croydon, un suburbio de Londres, en una familia de clase trabajadora. Su mérito le abrió paso a la Universidad de Cambridge. Sin embargo, White decidió enlistarse en el ejército, como antes lo había hecho su padre, para pelear en la guerra de Corea. Combatió con el King’s Own Scottish Borderers (vestiría siempre la corbata de su regimiento) hasta que fue herido y regresó a Inglaterra. Ahí retomó sus estudios de literatura e historia en Queen’s College bajo la tutela del polémico crítico F. R. Leavis. Después de graduarse, White se exilió por su rechazo a la posición británica en la crisis del canal de Suez en 1956. Así fue a dar a Canadá, donde se convirtió en minero. Poco después, y aparentemente debido a sus lecturas, Mr. White viajó a México. Llegó por mar, como los viajeros del siglo XIX, al puerto de Veracruz, donde conoció a una mujer con la que se casó. En Ciudad de México se empleó como profesor de inglés en el Instituto Anglomexicano de Cultura (entonces parte del Consejo Británico). Con el paso de los años se convirtió en profesor, primero de asignatura y luego titular de la carrera de Lenguas Inglesas en la UNAM, donde enseñó los más variados temas: Shakespeare, Dickens, literatura romántica y victoriana, etcétera.

La historia del capitán White es puro voluntarismo. Colin no sabía nada de barcos, pero se entusiasmó con la idea del ingeniero y arquitecto italiano Pier Luigi Nervi, quien entre otras ocurrencias inventó en los cuarenta un material llamado ferroconcreto; un tipo de cemento reforzado muy ligero que supuestamente servía para construir cascos de navíos. Él solo se enseñó el arte de construir heterodoxos barcos y de navegarlos. Invirtió sus fines de semana (y todo su dinero) en construir no uno, sino tres barcos. Convocaba a sus alumnos a colaborar en la magna tarea. Eliot y Woolf de lunes a viernes y calafateada sábado y domingo. Algo de Fiztcarraldo había en Colin White. Así el navío (al que bautizó Disdain, en honor a la picaza inglesa que lanzó el simbólico primer cañonazo en la épica batalla naval contra la Armada Española en 1588) fue tomando forma: los camarotes, el cuarto de máquinas y área de servicios. Como señala Lara Zavala: “Mandó a importar el motor y las velas, compró el mástil en Acapulco mientras continuaba con la cubierta y la erección de la parte superior del barco. Llegó el motor y lo instaló, colocó el mástil hasta que un buen día, y después de muchísimo trabajo, el barco quedó listo”.2

White estudió por su cuenta cosmografía, leyes marítimas, cartografía y presentó el examen para obtener el grado de capitán, el cual aprobó. Empero, la evaluación sólo podía ser presentada por ciudadanos mexicanos. En consideración a su larga labor docente, la Secretaría de Marina le concedió una dispensa. Ahora el capitán White podía navegar en aguas nacionales. Después de tres años el barco estuvo listo. Hizo una fiesta en el terreno baldío para festejarlo y pidió un año sabático para hacerse a la mar. Después, junto con sus estudiantes, lo transportó al río Tuxpan (hubo que desmontarle el mástil) donde lo botó y —contra la opinión de varios descreídos— no se hundió. Se hizo a la mar y pasó un año navegando. En una ocasión lo dieron por perdido, pues una tormenta llevó al Disdain a las Islas Caimán. El capitán White regresó de su travesía y construyó dos barcos más. También construyó la carrera de literatura inglesa en el Sistema de Universidad Abierta de la UNAM. Un aventurero de la ficción y de los mares. Lo mejor de Albión en Copilco. Eso sí, un mal día el Disdain se hundió en Cancún.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Le agradezco a Antonio Saborit y a Luis Miguel Aguilar su ayuda.

2 Lara Zavala, Hernán. “Colin White (1932-2007): legendario maestro”, Revista de la Universidad, febrero 2008. https://bit.ly/3hYFOM2.