La pandemia no va a cambiar el deterioro que ya avanzaba, pero va a acelerar sus consecuencias. Por ello, las circunstancias han creado una disyuntiva que antes no parecía probable: avanzar decididamente hacia la democracia o retornar abruptamente al autoritarismo. Esta situación fue creada por la brutal recesión provocada por la pandemia y agravada por la forma en que el gobierno ha conducido los asuntos públicos. Justo en el momento en que el país demandaba un gran liderazgo, la oportunidad creada por esta crisis, la población se encontró con un presidente incapaz de alterar sus prejuicios y preconcepciones y, por lo tanto, sin timón.

Ilustración: Víctor Solís

Harold MacMillan, a la sazón primer ministro británico, afirmó en alguna ocasión que lo que más le preocupaba era “lo inesperado” porque eso marcaría su futuro. Esa preocupación sin duda la comparten los responsables de los gobiernos en todo el mundo porque son esos momentos transformadores que lo cambian todo: en algunos casos emergen grandes líderes, en otros se colapsan gobiernos y hasta imperios enteros. Baste ver el contraste en la forma de conducirse de la canciller alemana o el presidente coreano frente al presidente estadunidense o el brasileño para apreciar cómo se decantan los personajes y, también, cómo hace diferencia la fortaleza de las instituciones. La capacidad de acción del gobierno chino puede ser impactante, una vez que lo hace, pero más dramática fue su forma de (no) reaccionar a tiempo y de manera decisiva cuando (posiblemente) todavía era tiempo de contender la pandemia. La democracia tiene costos, pero sus virtudes son únicas.

La recesión en que ha caído México es ominosa por al menos dos razones: primero, porque el gobierno sigue una ruta fija que no admite alteración alguna. Las circunstancias o los cambios en el contexto resultan irrelevantes para el proyecto que anima al presidente, que es único, inflexible, definitivo y saturado de prejuicios, resentimientos y cálculos electorales. Segundo, porque el país ya se encontraba en recesión antes de que comenzara la pandemia y los factores que la produjeron no han cambiado. Por un lado, la inversión ha estado detenida desde la campaña de Trump en 2016 y la animosidad del presidente López Obrador ante el sector privado en la forma de sus decisiones como la del aeropuerto y la cervecera no constituyen invitaciones a que ésta se recupere. Por otro lado, en un mundo en el que virtualmente todas las naciones compiten por la misma inversión, el gobierno mexicano desmanteló las estructuras que existían para promoverla y la credibilidad de los organismos regulatorios que la hacen funcionar. La oportunidad china es al menos incierta.

La pregunta clave es cómo salir de la recesión. Lo único certero en este momento es que la economía seguirá cayendo y que, por el enorme desempleo que se ha generado, no habrá suficiente demanda para reactivarla incluso a su nivel previo. Los números más optimistas que he visto sugieren que la caída será de aproximadamente -7 % en 2020 y la recuperación sería de 2 % en 2021, es decir, un neto de -5 % en estos dos años. En ausencia de condiciones que hagan atractiva la inversión, la recuperación será lenta e insuficiente. Los personeros del gobierno afirman que no es necesario promover la inversión porque lo que en realidad está ocurriendo es un cambio de régimen y éste implica la subordinación de las decisiones privadas a las gubernamentales. Esta perspectiva, concebible en el siglo pasado, no hará sino posibilitar una depresión y ningún mexicano vivo sabe lo que eso implica en términos de escasez, desempleo y sufrimiento.

La tesitura acaba siendo muy simple: el gobierno impone sus preferencias y obliga a toda la población a seguir sus pautas, estilo chino, o la sociedad comienza a tomar control de su devenir. Lo primero podrá ser intentado, pero la capacidad de imponer es más bien limitada porque vivimos en la era de la ubicuidad de la información y la multiplicidad de opciones, lo que obliga a los gobiernos a explicar y convencer, es decir, a liderar, para lograr sus propósitos, anatema para el presidente López Obrador. Lo segundo, la liberación de la sociedad, es una posibilidad nada más: la era priista, por su diseño casi totalitario en el sentido de conquistar las mentes, constituyó un verdadero fardo al desarrollo de iniciativas y organización de la sociedad. Veinte años después de la primera derrota del PRI y medio siglo de una gradual liberación de ese régimen, es concebible, mas no certero, que surja ese gran clamor organizado que muchos han deseado, promovido o esperado, pero que nadie ha visto más que de manera marginal.

El momento es por demás propicio por la contraposición de posturas y demandas: desde los gobernadores hasta los desempleados, los empresarios y los presidentes municipales, las pymes y los sindicatos. El margen de maniobra para el gobierno es más bien limitado y más por navegar a ciegas como lo ha hecho con la pandemia. Nadie sabe cuál será el devenir, pero la oportunidad es única.

 

Luis Rubio
Presidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales, Comexi. Su libro más reciente es El problema del poder: México requiere un nuevo sistema de gobierno.