Este relato forma parte de la nueva edición de El boxeador polaco, en la que Libros del Asteroide reúne dos obras que hace una década Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) publicó por separado (El boxeador polaco y La pirueta)y que hoy el lector puede disfrutar como si se fueran variadas escenas de ventanilla de un largo y revelador viaje en tren.

La isla desnuda. Eso escribió Milan a modo de titular en la primera postal que recibí. Dos delfines acróbatas saltaban en el frente, invitándome a visitarlos en algún parque acuático de Florida. Había llenado Milan el dorso blanco de la inmensa postal (tamaño media carta) con microscópicas letras de molde, tan ínfimas y aglutinadas que el texto entero parecía redactado por una mano infantil. Experta, pero infantil.

El cantante gitano Šaban Bajramovic ́ nació en la ciudad yugoslava de Niš, en 1936. A los dieciocho años, por desertar del ejército de Tito, las autoridades comunistas lo enviaron a Goli Otok, que significa la isla desnuda: una roca gigantesca y desolada en la costa dálmata donde los prisioneros morían deshidratados por el sol y el olvido. Šaban Bajramovic ́ había desertado del ejército yugoslavo por una mujer. Soportó un año en Goli Otok ("Estoy escribiendo una carta y llorando / Me estoy muriendo en prisión / Los años pasan volando / Y no me están liberando"). Allí, sobre esa roca, aprendió a escribir. Los demás prisioneros le decían Pantera Negra. Los demás prisioneros le tajaron el rostro y por poco lo desentrañan: una gran cicatriz corre de su pecho a su pubis. Cuando finalmente lo liberaron en 1964, grabó sus primeras canciones y con el dinero se compró un traje blanco y un Mercedes blanco, los cuales perdió en una partida de dados esa misma noche ("Cuando tuve el dinero, se lo entregué a todos / Y ahora no tengo dinero / No tengo amigos / Por eso le suplico al pequeño caracol que me venda su casita"). La música de Šaban Bajramovic ́ no es de Šaban Bajramovic ́. Él jamás la ha protegido ni registrado. Nadie sabe dónde vive ni por dónde viaja. De pronto aparece en algún festival de música gitana en Sarajevo o en los cafés gitanos de Budapest. De pronto desaparece de nuevo. Así vive, mi querido Eduardito, uno de los mejores cantantes gitanos que ha habido. Como si aún fuese una pantera negra. Como si aún fuese el único habitante de aquella inhóspita isla desnuda. Errando solito por quién sabe dónde. Sin lazos ni responsabilidades ni límites de ningún tipo. Sin límites.

Clavé la postal en la pared de mi estudio, delfines hacia fuera, justo en medio de una fotografía de un supuesto y ya envejecido Thomas Pynchon caminando con su hijo por las calles de Nueva York y el único croquis de un orgasmo de Lía que no estaba en su cuaderno color almendra: un croquis del posible trayecto de algún río suramericano, con afluentes y tributarios, dibujado una fría tarde lluviosa después de haber hecho el amor (con plácida incomodidad, claro) metidos en la bañera.

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Su principal manía, me había advertido Milan en algún momento, eran las postales. Le gustaba enviar postales. No recibirlas. De hecho, jamás quiso darme su propia dirección. No tengo, dijo en broma o, pensándolo bien, quizás dijo en serio. Dijo: Vivo en el lungo drom, que en gitano significa el largo camino, sin rumbo fijo y sin vuelta atrás. Dijo: Viajo en una caravana de uno. Dijo: Sobre el camino, para mis amigos, voy dejando patrin, que en gitano significa hojas pero que también significa señales en el camino, como un tronco quebrado de cierta manera o un manojo de ramitas amarradas con una pañoleta celeste o un hueso de cabra ensartado en la tierra. Dijo: Las postales son mi patrin.

Lía me comentó que hacía tiempo había visto una película donde unas caravanas de gitanos se comunicaban entre sí dejando este tipo de marcadores en las rutas, marcadores que eran interpretados como brujerías y nigromancias por los habitantes de un pueblito anacrónico de España. Una noche, después de la repentina muerte de una niña española que esa tarde había estado jugando cerca de unos marcadores gitanos, los habitantes del pueblo se convirtieron de pronto en una turba enloquecida y salieron con antorchas y hoces a descuartizar a cuanto gitano encontraron durmiendo tranquilamente entre los árboles. Hombres, mujeres y niños. Lía no recordaba si ése era el final de la película, pero creía que sí.

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La siguiente postal no decía nada o al menos no decía nada por escrito. Sé que era de él por la letra minúscula con que estaba escrito mi nombre y mi dirección y, asimismo, porque quién más, en su sano juicio, aún envía postales. Según el matasellos, Milan la había mandado desde Washington D. C. Era una reproducción de un cuadro de Chagall, o acaso un fragmento de ese cuadro. Primero pensé que nada tenía que ver el cuadro de Chagall con Milan, luego pensé que tal vez sí y me pasé varios días tratando de descifrarlo, de encontrarle a la imagen algún significado que me remitiese a la vida del pianista serbio. No sería hasta mucho después, sin embargo, y quizás ya demasiado tarde, cuando entendería aquello que Milan, sin decirme nada, había dicho.

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Me llegó una postal de una montaña color horchata llena de pequeñísimos puntitos negros que supuse esquiadores o a lo mejor garrafales coníferas, de Denver, Colorado. Escribió Milan: Había una vez un rey que era dueño del abecedario gitano. Y como en esos tiempos no existían las estanterías para guardar los abecedarios, el rey envolvió el abecedario gitano en hojas de lechuga y se durmió junto a un manso riachuelo. Al rato se asomó un asno, bebió un poco de agua del riachuelo y se comió las hojas de lechuga. Por eso los gitanos no tenemos abecedario.

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Me llegó una postal de una bahía nocturna e iluminada de Boston. Escribió Milan: Los gitanos, Eduardito, poseemos tres grandes talentos. Hacer música. Contar cuentos. Y el tercero es un secreto.

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Muñeca, tituló en su liliputiense letra de molde la siguiente postal, de nuevo enorme y enviada desde el Distrito Federal mexicano. Al frente había un collage de mariachis y banderas tricolor y playas de arena blanca y justo en el centro, como sosteniéndolo todo o emanándolo todo desde su aura dorada, una rimbombante Virgen de Guadalupe. Escribió Milan: Su nombre verdadero era Bronisława Wajs, aunque todos la conocían por su nombre gitano, Papusza, que significa muñeca. Como la mayoría de gitanos polacos de principios de siglo, Papusza pertenecía a una familia de nómadas. Una familia de arpistas nómadas. Cuando cumplió quince años, Papusza se casó, por supuesto, con otro arpista nómada. Y en sus posteriores viajes, de alguna manera, quizás mientras la caravana se detenía en poblados durante un par de días o quizás mientras todos se atrincheraban en una aldea hasta que pasara el invierno, Papusza aprendió a leer y escribir. Aún hoy, viejo, tres de cuatro mujeres gitanas son analfabetas. Escribió ella largas baladas que sencillamente llamaba "Canciones de la cabeza de Papusza". En el verano de 1949, por pura casualidad, el poeta polaco Jerzy Ficowski la oyó cantar y de inmediato empezó a copiar y transcribir y traducir algunas de sus canciones, las cuales publicó en una revista llamada Problemy. Papusza tuvo que comparecer ante la autoridad máxima de gitanos en Polonia, que, tras breves deliberaciones, la juzgó mahrine, o contaminada, por haber colaborado con gadje, o no-gitanos. Su castigo fue la expulsión irreversible de la caravana. Al salir unos meses después de un hospital psiquiátrico, Papusza ("Nadie me comprende / Sólo el bosque y el río / De aquello de lo que hablo / Ha todo, todo pasado / Todo ha pasado con ello / Y aquellos años de juventud") vivió el resto de su vida en la más absoluta soledad y en el más absoluto silencio. Como una maravillosa muñeca de mierda que, olvidada y harapienta, termina pudriéndose en un cajón del ático. ¿No te parece increíble, Eduardito, que los gitanos siempre terminan cumpliendo sus apodos, como si éstos fuesen órdenes providenciales o mandatos divinos? ¿Cuál será mi apodo, viejo? ¿Cuál será mi mandato divino? Papusza murió en 1987.

Suave, con el temple de un acupunturista, clavé la postal en la pared de mi estudio.

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Había hecho varios intentos por localizar a Milan. Algunas llamadas. Algunos correos electrónicos. Pero siempre, claro, de manera tibia: sin realmente desear localizarlo. Quería hablarle y preguntarle cosas, pero también quería respetar su deseo de mantenerse ilocalizable, inalcanzable, medio perdido, peregrinando sin raíces ni arraigos. Había adoptado él, en la medida de lo posible, una vida de nómada, pero nómada moderno, nómada metafórico, nómada postal, nómada ululando por un mundo donde ya está prohibido ser un verdadero nómada.

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Me llegó una postal de un atardecer purpúreo en algún desierto de Arizona. Escribió Milan: Hace muchos siglos, un gitano viajaba con toda su familia metida en un carromato, un carromato viejo tirado por un rocín flaco y muy débil. Cuantos más hijos tenían el gitano y su esposa, más difícil se le hacía al pobre rocín, y todo el carromato se tambaleaba hacia un lado y hacia el otro, y tazas y sartenes se somataban, y de tanto en tanto alguno de los hijos del gitano salía volando descalzo hacia fuera. Y así se fueron dispersando los gitanos por el planeta entero. Por toda Europa y la India y Oriente Medio y África y América del Norte y América del Sur y Australia y Nueva Zelanda. Millones y millones de gitanos, Eduardito, todos hijos caídos de un solo y estropeado carromato.

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Me llegó una postal desde Nueva York titulada Yusef. Era una fotografía (perfecta, según Lía) en blanco y negro de cuatro jazzistas parados ante la fachada de Minton’s Playhouse, el famoso club de jazz de los años cincuenta: Teddy Hill, Roy Eldridge, Howard McGhee y por supuesto, como le decía su esposa, Melodious Thunk, pero un Melodious Thunk simbólico, si es que existen los símbolos, un Melodious Thunk metafórico, si es que las metáforas son algo más que hormiguitas furiosamente metidas entre los dedos de los pies. Escribió Milan: Lo llamaban Yusef. Nadie sabe si ése era realmente su nombre ni de qué país provenía. Cuentan los ancianos que escuchar el acordeón de Yusef era como escuchar el dulce canto de una sirena. Cuentan los ancianos que escuchar el acordeón de Yusef era como escuchar los gritos de Jesús crucificado. Cuentan los ancianos que Yusef logró sobrevivir cuatro años en el campo de exterminio nazi de Chełmno, en las orillas del río Ner, tocando todas las noches en las fiestas de los oficiales alemanes. Cuentan los ancianos que Yusef, durante las noches, tocaba una pieza por cada gitano muerto ese día en las cámaras de gas. Cuentan los ancianos que Yusef, en esos cuatro años, alcanzó a tocar treinta y cinco mil piezas. Más o menos veinticinco por noche. Cuentan los ancianos que, al ser liberado después de la guerra, Yusef se quitó el acordeón de encima y lo dejó tirado para siempre sobre el pasto verde de Chełmno.

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Me llegó una postal de una rubia en bikini, con tetas enormes y labios enormes y bien sentada sobre una Harley Davidson. Matasellos de Nueva Orleans. Escribió Milan: Mi padre dice que Yusef el acordeonista jamás existió.

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Me llegó una enorme postal desde Hawái, aunque la foto, por alguna razón, era de un paisaje aéreo y cosmopolita de la ciudad de Filadelfia. Come visit the city of brotherly love, decía un rótulo en grandes letras de neón amarillo que hasta parecían titilar. Escribió Milan: El origen ancestral de los gitanos, Eduardito, es eminentemente musical. Sucedió así: Alrededor del año 428, los gitanos llegaron a Persia porque Bahram Gur, el sah, queriendo complacer a sus súbditos, importó doce mil músicos de la India. Pero no. No sucedió así, Eduardito. Sucedió así: Un día, Dios colocó un violín sobre el hombro de san Pedro. Cuando la gente empezó a exigirle que les tocara alguna pieza, san Pedro se asustó y salió corriendo a buscar a Dios, y Dios lo calmó diciéndole que le había dado el violín para que su música alegrara a la gente y la mantuviera siempre de buen espíritu. Entonces san Pedro le reclamó a Dios que, si eso era cierto, deberían haber muchos más músicos en el mundo. Dios le preguntó quiénes y san Pedro, mientras tocaba una afable melodía, le respondió que los gitanos. Pero no, tampoco sucedió así, Eduardito. Sucedió así: Había una vez una muchacha muy hermosa que estaba enamorada de un campesino alto y fuerte y muy trabajador, pero que jamás se fijaba en ella. Una tarde, mientras la muchacha caminaba por el bosque sintiéndose triste y sola, se le apareció un hombre muy grande y de ojos purpúreos y vestido de rojo y con dos cuernitos en la cabeza y una pezuña en vez de un pie: el diablo, quien, acariciándole a ella los labios con una larga y afilada uña, le prometió conseguirle el amor del joven campesino si ella le entregaba a él, al diablo, su familia entera. La muchacha felizmente accedió. Le entregó a su padre, y el diablo lo convirtió en un violín. Le entregó a su madre, y el diablo la convirtió en un arco y de su cabellera gris hizo las cerdas del arco. Le entregó a sus cuatro hermanos, y el diablo los convirtió en las cuatro cuerdas. Luego el diablo le enseñó a la muchacha a tocar el violín y ella llegó a tocarlo tan dulce y tan tierno y tan bello que, cuando el joven campesino la escuchó, quedó inmediatamente enamorado. Y se casaron y vivieron juntos y contentos por muchos años. Pero un día, después de tocar y bailar en el bosque, ambos se fueron a buscar frambuesas y dejaron el violín olvidado sobre el forraje. Al regresar, ya no lo encontraron. El diablo bajó entonces de un cielo nublado en una carroza tirada por cuatro caballos negros y se llevó para siempre a la desdichada pareja. Durante mucho tiempo el violín permaneció en el bosque, escondido bajo hojas secas y musgo y más hojas secas. Una noche, gitanos acampando en el bosque mandaron a un niño a buscar leña para la fogata y, sin querer, mientras pateaba un montículo de hojas, el niño encontró el violín. Lo golpeó con una ramita y el violín produjo el sonido más perfecto que jamás se hubiese oído. El niño recogió el violín y el arco y se marchó de vuelta a su caravana. Así fue como los gitanos descubrieron la música.

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Me llegó una postal de un atún volador en medio de un mercado de Seattle, Washington. Ellen la Negra, decía el título. Escribió Milan: En Gales vivió una gitana a la que nombraban Ellen la Negra. Era una experta en contar cuentos. Dicen que podía contar un solo cuento que durara toda la noche. Dicen que, de pronto, para poner a prueba a su público, Ellen la Negra se detenía a medio cuento y gritaba tshiocha, que significa botas en gitano, y si su público no gritaba de vuelta cholova, que significa calcetines en gitano, Ellen la Negra se levantaba del suelo y sacudía su falda y se marchaba sin jamás concluir el cuento.

Parece Sherezade, dijo Lía mientras, en calzón y sostén, esmaltaba de guinda las uñas de sus pies.

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Me llegó una postal de Cleveland. Era un retrato en blanco y negro de un guitarrista sentado con un cigarro en la boca y luciendo un fino bigotillo tipo Humphrey Bogart, aunque no, más tipo Fred Astaire. Escribió Milan: Django Reinhardt nació en Bélgica, pero igual pudo haber nacido en cualquier otro país de la ruta en que transitaba su caravana de gitanos manouche. Su padre era un músico y su madre una cantante. De niño, Django tuvo las siguientes destrezas: robar gallinas; encontrar y limpiar los cartuchos de las balas de la primera guerra mundial que su madre luego transformaba y vendía como joyas y chinchines de latón; pescar truchas metiendo la mano en el río y haciéndoles cosquillas con los dedos hasta que éstas, aleladas y contentas, se dejaban simplemente atrapar; y por último, claro, la guitarra. A los doce años, viviendo con su familia en un campamento gitano justo a las afueras de París, Django tocaba ya la guitarra banjo en todos los balmusette de la ciudad. A los dieciocho años, un fuego instigado accidentalmente por su esposa Bella le dejó la mano izquierda atrofiada, hecha casi un garfio, pero de alguna manera él cambió su técnica musical (usaría ya sólo dos dedos) y continuó tocando hasta convertirse en el guitarrista de jazz más grande del mundo. Pero siempre, en el fondo, un guitarrista gitano. Andrés Segovia lo escuchó tocar alguna vez y quedó tan impresionado que quiso ver la partitura, pero Django, riéndose, le dijo que no había, que era una simple improvisación. De Django dijo Jean Cocteau: "Él vive como uno sueña vivir, en una caravana. Y aun cuando ya no era una caravana, de algún modo todavía lo era". Aunque su nombre legal era Jean Reinhardt, desde niño lo apodaron Django. Django en gitano quiere decir despierto o más bien yo despierto. Es un verbo en primera persona. Yo despierto.

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Me llegó una postal del Golden Gate Bridge de San Francisco. Escribió Milan: Anoche, mientras tocaba en un grandioso auditorio, todo empezó a temblar. Algunos se pusieron de pie. Otros se salieron. Y yo seguí con Stravinsky como si nada importante estuviese ocurriendo. Nada importante estaba ocurriendo. En gitano, Eduardito, terremoto se dice I phuv kheldias, que significa la tierra bailó.

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Me llegaron, el mismo día, dos grandes postales de Orlando.

Liszt I, se titulaba la primera, un dibujo del Pato Donald disfrazado de bombero. Escribió Milan: Vos me preguntaste en aquel extraño comedor de Antigua por qué sentía yo tanta atracción por la música de Liszt. ¿Lo recordás? Y yo te contesté algunas tonteras sobre la improvisación, lo cual supongo que es cierto. Pero para todo siempre existe más de una verdad. Hay, pues, una película basada en esa otra verdad tan compleja de la vida y la música de Franz Liszt. No recuerdo ahora cómo se llama y tampoco es muy buena, pero ilustra lo que quiero contarte. Espero entendás. Es el año 1840, más o menos. Franz Liszt y el conde Teleky llegan a un carnaval de gitanos en Pest, Hungría. Mientras caminan por la plaza central, Liszt le está hablando a su amigo del dilema entre ser un mero intérprete y ser un auténtico compositor. De pronto, la atención de Liszt se centra en un niño gitano tocando el violín con una virtuosidad que de inmediato le recuerda a Paganini. Josy, se llama el niño, y les dice a los dos que por unas cuantas monedas les hará un truco de magia. El conde Teleky le da el dinero y Josy entonces desaparece corriendo. Se ponen ellos a buscarlo por las callejuelas del pueblo, pero sólo encuentran a su hermano mayor y a su abuela, una viejita muy sabia y muy simpática que después de discutir un poco termina leyéndole el futuro a Liszt. No recuerdo qué le dice, pero él, asustado, se escabulle entre la muchedumbre. Esa noche, Liszt se encuentra frente a su piano tratando de recordar la melodía que tocó Josy. No puede. Se frustra. Sale a buscarlo y finalmente lo encuentra en el campamento de los gitanos, tocando el violín. Liszt intenta convencer a la familia de que un talento así necesita enseñanza y tutelaje y refinamiento y cultura, pero Josy ama demasiado su libertad y no acepta. Liszt insiste. Quiere salvarlo del salvajismo. Quiere europeizarlo. Cuando la abuela se entera de que el señor no sólo le enseñará gratis, sino que además pagará toda su manutención, le dice que está bien, pero que ella debe acompañar a su nieto. Más tarde, llegan los tres en carruaje a la residencia de Liszt. Las sirvientas lavan y visten a Josy, pero éste come con las manos, corre por todas partes, pintarrajea un busto de Beethoven. Mientras tanto, el conde Teleky le apuesta a Liszt que no tendrá preparado al niño gitano antes de la competencia musical que se celebra todos los años. Liszt acepta el reto y empieza la instrucción. Josy desconfía de partituras. Cree en la improvisación. Se niega a aprender solfeo y continúa tocando de oído. Liszt comienza a desesperarse. Con un poco de ayuda de la abuela, Josy accede a por lo menos intentar esta nueva manera de hacer música y él y Liszt comienzan a tocar juntos. Y a ambos les gusta. La pasan bien. Una noche, Josy escucha un recital de su maestro y queda encantado. Después del recital, en un tipo de cena o recepción de gala, no recuerdo muy bien, Josy acepta tocar una pieza para los invitados. Pero de pronto una señora grita que le han robado su pulsera de oro, y todos empiezan a sospechar del niño gitano. Humillado, Josy se va corriendo. La pulsera, por supuesto, aparece metida entre unos cojines o tirada sobre una alfombra o algo así. Al llegar de noche a su casa, Liszt encuentra a Josy metido en la bañera, raspándose y sobándose fuerte con una barra de jabón. Quiere, le dice el niño entre sollozos, quitarse el color de gitano. Siempre que veo esta escena me dan ganas de vomitar.

Lía ojeó la postal, dijo que su favorito siempre fue Goofy y luego, como si nada, me preguntó con voz de caramelo si Franz Liszt no había sido un antisemita.

La segunda postal de Orlando se titulaba Liszt II. Era siempre un dibujo del Pato Donald, pero ahora disfrazado de pintor o de albañil, no quedaba muy claro. Escribió Milan: Es el día de la competencia. Josy está listo. Cuando por fin llega su turno, empieza a tocar estupendamente bien, un virtuoso, un niño prodigio, hasta que de pronto, sin ninguna razón aparente, se pone a improvisar. Los jueces, claro, lo descalifican. Josy está encolerizado y triste y sale huyendo. De vuelta en su casa, Liszt se sienta frente al piano y, aún impresionado por la música del niño gitano, compone una pieza, una de sus Rapsodias húngaras, creo, sin darse cuenta de la influencia que la música de Josy ha ejercido sobre él. El conde Teleky se lo hace notar, pero Liszt resiente la noción de que él necesite de las influencias gitanas para convertirse finalmente en un auténtico compositor. Liszt acepta que, por supuesto, ha perdido la apuesta. Josy entra de un brinco. Había estado espiándolos desde el jardín, a través de la ventana. Le reprocha a Liszt que éste solamente lo usó para ganar una apuesta, y por más que Liszt trata de hacerle entender que él tiene una habilidad mágica para capturar el verdadero espíritu de la música, Josy le dice que vienen de mundos distintos que jamás se encontrarán. La película, en mi opinión, debería terminar ahí. O tal vez no. No sé. La cosa es que Liszt se va rápido al campamento gitano y trae de regreso a todos los familiares y amigos de Josy. Quieren que el niño toque su propia música, con su propia gente, para los invitados de Liszt. Josy está arriba. No quiere descender. Despacio, empieza la música gitana. Todos gritan y cantan y bailan. Josy no puede resistir su naturaleza y baja las gradas, recoge su viejo violín del suelo y se une al jolgorio gitano. Todos aplauden. Bravo. Liszt ha aceptado a los gitanos y también ha aceptado el espíritu de la música gitana y todos están felices y el mundo es tan perfecto como un puto melocotón y fin. ¿Entendiste?

Ilustración: Belén García Monroy

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Me llegó una postal que debería haber llegado mucho antes, extraviada durante un tiempo en los vericuetos del subconsciente de Milan o acaso en los vericuetos de un poco eficaz laberinto de correos. O ambos. El matasellos decía Savanah, Georgia. Era una foto color sepia de dos ancianos negros, como curtiéndose en un gran frasco lleno de aire abochornado. Estaban en el pórtico de alguna casucha sureña, descansando en mecedoras de mimbre y madera mientras tomaban limonada o quizás té frío. En el suelo había un gato pardo y una bacinica de porcelana, probablemente para los escupitajos de tabaco. Uno de los viejitos lucía media pierna de palo. Escribió Milan: Ciganin, me decían en la escuela. Quiere decir gitano, en serbio. Así me decían. Ciganin. O cigo, a veces. Cigo, y luego me insultaban o me tiraban piedras o me pateaban el culo. Para los serbios siempre he sido un gitano de mierda, un gitano sucio que no vale nada. Y para los gitanos siempre he sido un gadje de mierda, un no-gitano de mierda. La familia de mi madre siempre nos rechazó. La familia de mi padre siempre nos rechazó. Soy un gitano que no puede ser un gitano y también soy un serbio que no puede ser un serbio. ¿Qué hace un niño, Eduardito, que es excluido por unos y excluido por otros y odiado por unos y otros? Se aísla, eso hace. Se recluye en sí mismo. Y ése, sin duda, es mi mayor talento. No la música, sino la habilidad de encerrarme en mí mismo, de ignorar a la gente y, aún más, de lograr que la gente me ignore a mí. No es que me torne invisible, porque el efecto de la invisibilidad todavía implica estar presente, asistir, ser un testigo de los acontecimientos, aunque fuese un testigo lejano y desinteresado. Yo puedo ausentarme por completo. Eliminarme por completo. No como un muerto, sino como alguien que jamás ha existido. Un mundo sin mí.

Tal vez por la foto de los dos ancianos negros, tal vez por el tono mismo de la confesión de Milan, ésta era la postal favorita de Lía. Llegaba a mi estudio y, encendiendo un cigarro obligatorio, la contemplaba largo rato como si estuviese contemplando algo sagrado y misterioso, algo que en realidad era otra cosa o parecía ser otra cosa.

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Gyorgy, decía el título de la siguiente postal, una postal muy grande con el logo del Underground de Londres. En letras minúsculas, escribió Milan: El año pasado, el cadáver de un trompetista gitano llamado Gyorgy Krompachy apareció flotando en el río de Cops ̧a Mica ̆, en Rumania. Nadie sabe por qué. Yo lo había conocido en un festival de música gitana en Lucerna que duró siete días. Aunque era de mi edad, parecía mucho mayor. Fumaba una mezcla de tabaco y hachís y tomaba vodka de una cantimplora oxidada. Me dijo que el vodka era bueno para los ritmos en siete octavos, que el whisky era bueno para los ritmos en seis octavos, que el ajenjo era bueno para los ritmos en nueve octavos. Creo que tenía razón. Aunque había nacido en Bulgaria, no se consideraba búlgaro. Brincaba de bandas serbias a bandas macedonias a bandas rumanas a bandas turcas sin ningún titubeo, como si éstas fuesen versiones modernas de las kumpanias o caravanas de sus antepasados. Pero lo que más le gustaba tocar, me dijo, eran los kolos serbios, unos bailes circulares, muy rápidos y muy intensos que le daban la sensación, decía, de tener una fiebre altísima. Similares a los bailes judíos. Con demasiado orgullo, me dijo Gyorgy que él salía brevemente en las escenas del búnker de la película Underground, de Emir Kusturica (cuando compré esta postal hace algunas semanas, Eduardito, me acordé de él). No le creí, claro, aunque mucho después comprobé que era cierto, que allí estaba Gyorgy Krompachy risueño y campante y tocando su trompeta en el pastel giratorio cuando la novia volaba por encima de todos. La última noche del festival, tras tocar un par de cˇocˇeks con la banda Kocˇani Orkestar, de Macedonia, Gyorgy me pidió que lo acompañara a hacer una diligencia en las afueras de la ciudad. Estaba él vestido de negro, con un chaleco verde brillante y brillantes zapatillas blancas. Primero fuimos a un bar, donde Gyorgy se tomó un vodka y luego otro vodka y luego, al recibir unos billetes, dejó su trompeta empeñada. Recuerdo que, antes de entregarlo, me mostró cómo el interior de su estuche negro estaba tapizado de mujeres desnudas, todas orientales. Después fuimos a una casita de barro y chapas. En medio de la nada. Una gitana de tal vez cuarenta o cincuenta años nos abrió la puerta. Tenía dientes de oro. Olía mal. Gyorgy le dio el dinero y la gitana, sonriendo con maldad, volvió a cerrar la puerta. Eso fue todo. Caminamos de vuelta a las carpas del festival mientras Gyorgy fumó tabaco y hachís y me habló todo el tiempo de la inmensidad de las vaginas tailandesas. Al día siguiente, cuando desperté, ya se había marchado.

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Me llegó una postal de las calles de Nueva York. En Central Park, una pareja perfecta de modelos bronceados y perfectos y casi desnudos patinaba hacia un perfecto atardecer. Escribió Milan: Tiempo atrás, pasó por aquí Félix Lajkó, el violinista gitano más famoso de Novi Sad. Tocó en Madison Square Garden. Después del concierto, varios artistas serbios que vivimos en Manhattan decidimos sacarlo a cenar. Escritores, pintores, una cineasta. Yo no dije nada durante toda la velada. Estuve sentado dos horas al lado de uno de mis ídolos en absoluto silencio, como petrificado. Cuando por fin sirvieron el café, Lajkó se volvió hacia mí y me dijo que él conocía a un acordeonista de apellido Rakic ́ que también era de Belgrado, y que quizás era familiar mío. Sin alzar la mirada de mi espresso, le susurré que no tenía ningún familiar acordeonista en Belgrado. Y no hablamos más.

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Me llegó una postal de un vaquero montado a caballo, desde San Antonio, Texas. Escribió Milan: Hace mucho tiempo, los gitanos construyeron una iglesia de piedras y los serbios construyeron una iglesia de queso. Cuando ambas iglesias estaban ya terminadas, decidieron hacer un trueque. Los gitanos les darían a los serbios la iglesia de piedras y los serbios les darían a los gitanos la iglesia de queso más cinco centavos. Pero como los serbios no tenían dinero, quedaron debiéndoles a los gitanos los cinco centavos. De inmediato, los gitanos empezaron a comerse su iglesia de queso, hasta que poco a poco se la fueron terminando. Y se quedaron sin iglesia. Los serbios aún les deben los cinco centavos a los gitanos, y los gitanos todos los días se los están reclamando. Creo que ya es hora, Eduardito, de saldar conmigo mismo esa deuda de cinco centavos. Tshiocha, grito, al igual que aquella hermosa negra de Gales.

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Y siguió un largo silencio epistolar. Como si a Milan lo hubiese penetrado el calor y entonces que te vaya bien y de clavado a la parte más honda y fría del planeta. Pensé que quizás algo había sucedido con el sistema nacional de correos, algún fallo o trastorno de índole corresponsal, pero rápido deseché esta posibilidad debido a todos los cobros y avisos que regularmente continuaba recibiendo. Pensé que algo le había sucedido a Milan. Alguna enfermedad o tal vez peor. Sus postales habían llegado con demasiada puntualidad, una por semana, a veces dos o tres por semana, y yo me había habituado a ellas como uno, casi sin darse cuenta, se podría habituar a somníferos o a una mala telenovela o al Cinzano con mucho hielo de las seis de la tarde. Lía se burlaba de mí, y es que cómo se preocupa mi Dudú, viéndome ordenar y reordenar y otra vez desordenar todas las postales en la pared de mi estudio: primero cronológicamente, luego geográficamente, luego temáticamente, luego fotográficamente. Estaba preocupado, claro, pero también entendía, aunque fuese sólo a un nivel teórico, que parte del juego de Milan era alejarse del camino, ausentarse, desaparecer por un rato sin dejar rastros de sí mismo ni señales de ningún tipo. Era una manera más de romper con límites y fronteras: límites y fronteras de una rutina o de una ruta sistemática y preestablecida. Era, sospecho, una manera más de tocar siempre la pieza menos esperada.

Aprovechando un par de semanas de vacaciones en el sistema universitario —Lía, de sus últimos cursos de anatomía, y yo, de impartir un seminario de un año sobre cuentos llevados al cine—, empaqué toda la música gitana que recién había conseguido y, durante una semana, nos escapamos a una helada y recluida cabaña en la aldea de Albores, en la Sierra de las Minas: área protegida de bosque nuboso a casi tres mil metros sobre el nivel del mar.

Pasamos los días persiguiendo serpientes venenosas (chetas y manos de piedra), recios saraguates, lechuzas, pavos de cacho, chipes rosados y, prósperamente, una cohorte de quetzales que resplandecían verdirrojos perchados en las ramas de los inmensos aguacatillos y que luego echaban a volar con el mismo y rítmico vaivén de un barrilete. Sobre el lodo de los senderos abundaban las huellas de coche de monte y, de vez en cuando, las de algún felino grande. Jaguares, nos decía el guardaparques con galantería. Todas las mañanas, mientras tomábamos el primer café, una turba de urracas azules desayunaba con nosotros en el balcón de la cabaña, recogiendo del suelo y de la mesa y a veces de nuestra propia mano cualquier migaja de comida.

Pasamos las noches haciendo el amor (no hay nada como hacer el amor en un área protegida) y escuchando el violín y la cítara mágica de Félix Lajkó; y la música de los cafés húngaros llamada olah, de Kek Lang y Kalyi Jag; y los sufridos cánticos de Rajastán; y el daduk de Darko Macura; y los clarinetes turcos; y los tambores egipcios; y el cymbalom de Kálmán Balogh; y las recias y rápidas trompetas de Boban Markovic ́ y de Jova Stojiljkovic ́; y las imparables guitarras de los gitanos manouche de Francia; y los cantos de la macedonia Esma Redžepova; y tanto flamenco español. La música sonaba y nosotros hacíamos el amor de una manera casi primitiva, casi prehistórica, como si los gritos y los tambores y el dolor y la luna y las nubes y el chirrido de tantos murciélagos también estuviese todo allí metido entre las sábanas con nosotros, participando.

Lía, como lo haría un médico o un científico o más bien un afanoso feligrés de la física cuántica, paró asociando los diferentes tipos de música gitana con las diferentes posiciones sexuales. Automáticamente. Sin ella notarlo, por supuesto. Yo empecé a sospechar ciertos patrones a partir de la tercera o cuarta noche, pero no lo confirmé hasta la quinta. Kolos: ella encima. Sambas: yo encima. Olahs: ambos sentados, de frente, piernas enlazadas. Flamencos: ella encima, ambos boca arriba. Rumbas: ambos de costado y de frente. Cˇocˇeks: yo encima, ella acostada boca abajo. Ciftetelis: la posición que ella llamaba cero gravedad porque al parecer eso sentía, cero gravedad, pero cuya postura corporal me resulta casi imposible de describir. Cambiaba la música y Lía, igual de rápido, me rotaba o me empujaba o me brincaba encima con la impulsiva agilidad de una joven gacela. Y entre más tambores, claro está, más gritaba ella. La última noche le expliqué todo y Lía se rió y me dijo estás loco, Dudú, y luego me hizo apagar la música antes de poder desnudarla.

Acaso debido a esa misma música, acaso debido a la altura y al frío de las montañas, acaso debido a que estábamos tan solos y cuando dos personas están tan solas sus espíritus buscan expresarse de una manera aún más exquisita, hasta los orgasmos de Lía se habían transformado. Siete dibujos hechos por alguien más, trazados por otra mano. Siete páginas de su cuaderno color almendra que no tenían ninguna relación con todas las páginas anteriores y que tampoco tendrían relación con todas las páginas que vinieron después. Un paréntesis de siete orgasmos, podría decirse, aunque esa figura literaria no me convence del todo. Las líneas eran ahora más curvas que rectas, mucho más tenues e inseguras, como si hubiesen sido esbozadas con miedo o tal vez con sueño. Los espacios vacíos cobraron de pronto mayor importancia, dándole a los dibujos un aire desértico o frívolo donde la carencia parecía llenarse exclusivamente de más carencia y donde el silencio era lo único que se escuchaba y lo único que en realidad valía la pena escuchar. Los distintos símbolos y signos también sufrieron una profunda metamorfosis: chorros y nubes y cráteres y espasmos seguían allí, pero casi irreconocibles. Esa última noche, la séptima, con sólo la música de tantos murciélagos papaloteando en las ranuras del techo, Lía se sentó en la cama, encendió una pequeña linterna y, toda ella erizada por el frío o tal vez por algo mucho más esotérico, cerró aquel pequeño paréntesis con un ligero esbozo de una telaraña en proceso.

Volvimos a la ciudad agotados. El sol rosáceo estaba cayendo, despacio, como si fuese el telón falso de una magnánima escena final. Nos duchamos juntos y luego Lía preparó dos tazones de café. Con pereza, echados en la cama, nos fumamos un par de cigarros y nos acariciamos los pies y tal vez nos quedamos medio dormidos. No sé por qué tardé tanto en revisar mi buzón de correo. Probablemente porque era domingo. O probablemente porque, muy adentro, ya sabía lo que allí me esperaba y, aún más adentro, también sabía lo que yo irremediablemente tendría que hacer.

Una postal.

Desde lo alto, el Danubio parecía una lombriz muerta o a punto de morir entre tanto escombro gris. Un amplio puente blanco la atravesaba como un anzuelo. Casitas pequeñas flotaban en una ribera y en la otra, rodeado por una notable área verde, había una especie de almodóvar o fortín o castillo medieval. Kalemegdan, se leía en la parte inferior derecha de la foto. Beograd, Srbija, decía de una manera tajante el matasellos.

Una vez, querido Eduardito, había un niño mitad serbio y mitad gitano que quería ser un músico gitano y viajar en una caravana de músicos gitanos, pero el miedo o tal vez otra cosa se lo impedía. Caminando una mañana entre los bosques húmedos de Belgrado, de pronto se le apareció un hombre muy grande y de ojos purpúreos y vestido de rojo y con dos cuernitos en la cabeza y una pezuña en vez de un pie, y le dijo al niño, mientras lo acariciaba con una larga y afilada uña, que él podía convertirlo en un músico gitano, en un gran músico gitano, pero con una condición. Una sola. Siempre hay una condición, ¿verdad, Eduardito? Siempre hay un sacrificio. Ésa es la ley del universo. El niño, entonces, feliz y triste, se despidió para siempre de su padre y se despidió para siempre de su madre y, llorando en los bosques de Belgrado que ahora serían su hogar, hizo una sola pirueta.

 

Eduardo Halfon