En la víspera de Navidad, Linda Palazuelos consumó su venganza contra las Rubias. A ninguno de sus vecinos le tomó por sorpresa el desquite. De hecho, se podría decir que esperaban “el golpe” con la misma avidez que Linda, quien había pasado los últimos meses anticipándoles cuán memorable, cuán aparatoso y humillante resultaría lo que planeaba.

—Ya verás —le advertía Linda a la Sra. Torres, su vecina de al lado—: esas pinches Rubias se van a acordar de mí. —Entonces Linda se arrimaba a la ventana y corría la cortina para echarle un ojo al edificio de enfrente, frunciendo el ceño y relamiéndose los labios, como si saborease por anticipado la victoria.

El grupo lo conformaban Marisela, de 41 años; Felicia, de 38; Alicia, de 32; e Isela, de 29. En este orden riguroso y musical enlistaban sus nombres los varones del barrio cuando se les presentaba la ocasión de hablar de ellas, y parecía que imitaban la cadencia con que las veían desplazarse; trotando en el parque, abriéndose paso entre las percheras de las tiendas o cargando bolsas en el centro comercial al que asistían tres veces por semana, las Rubias caminaban con el contoneo lascivo de los mandriles. Eran altas, con senos sospechosamente firmes bajo sus blusas de licra, y con cabelleras de un largo y de un estilo ominosamente similares. La primera impresión que de ellas se llevaba el transeúnte ocasional, era que se había topado con un desfile de edecanes en la sección de cárnicos del supermercado.

Ilustración: Oldemar González

Vivían en el quinto piso del mismo edificio, cada una en su respectivo departamento con terraza que daba la calle. Ahí se les veía asomadas, todos los días a primera hora, envueltas en camisones vaporosos que ondulaban en la brisa matutina. Primero aparecía Isela, sujetando la regadera azul con que bañaba las violetas que tenía apoyadas en el pretil; luego, Alicia con una taza de café en la mano y un plumero con el que sacudía sus budas de cerámica; poco después, Felicia, abrazada a su rechoncho gato de angora y a un trapo húmedo que les pasaba a sus perritos de cristal; y, por último, Marisela, con tijeras para podar su triada de bonsáis y con las mejillas rojizas, como si hubiese despertado con el maquillaje puesto. Salían a los balcones siempre en aquel orden casi teatral: un grupo de actrices que aparecía en el escenario siguiendo una rutina bien ensayada. Y, observándolas desde la oscuridad de la última grada, Linda Palazuelos.

Esta fue la sensación que tuvo Linda desde el primer día que pasó en su nuevo departamento, ubicado en un cuarto piso: estaba relegada a ser una espectadora de segunda clase. De pie ante el ventanal de su alcoba, encogida bajo la piyama a cuadros de su exesposo y paseando su taza de té, había alzado los ojos y descubierto a las Rubias en el edificio de enfrente, consagradas al arreglo de sus respectivos balcones —inaccesibles en las alturas, como nubes—. Había caído en cuenta, también, de un detalle que le resultaba insultante: el sol pegaba de lleno en los departamentos de las Rubias, mientras que el suyo se encontraba muy por debajo, a la sombra de edificios más altos, mejor ubicados, más caros.

Por esas fechas Linda destinaba muchas horas a la contemplación de otras mujeres. Llevaba un recuento mental de los atributos ajenos que, a su entender, superaban a los propios. (Quizá, pensaba, porque el divorcio la había devuelto a las inseguridades de la adolescencia.) Así, Linda notó el coqueto lunar que despuntaba sobre los labios de la chica que atendía el minisúper de la cuadra, los muslos correosos de la repartidora de pizzas, la risa cristalina de la muchacha que regenteaba el puesto de los periódicos y, un mediodía, cuando apenas sacaba un pie fuera de su edificio, advirtió la gracia con que las Rubias se alejaban por la banqueta. Asaltada por un miedo que después iba a avergonzarla, Linda regresó a su departamento.

En los días que siguieron al hallazgo de las bellezas locales, Linda se descubría al amanecer embutida en un leotardo, ejercitando los glúteos, flexionando los tríceps y tonificando el abdomen. En su televisión sonaba la voz mística de Jane Fonda doblada al español: “¡Eso es! ¡Arriba, abajo, presiona!”. Instrucciones que Linda ejecutaba tan bien como su panza le permitía, decidida a derretir la grasa que le colgaba de los brazos, dispuesta a disolver la tierna papada en que se escondía el mentón que antes fuera uno de sus orgullos. Linda no hubiera reconocido que había puesto a tope el volumen de la tele y corrido la persiana y abierto el ventanal, subordinada a un vago anhelo: llamar la atención de las Rubias, allá arriba, abstraídas en el misterio de sus rituales. Tampoco admitiría el chasco que se llevaba cuando aquellas mujeres, habiendo culminado con sus tareas en el exterior, enfilaban de vuelta a casa —sus estancias deben oler a manzana, y sus baños, a coco, se imaginaba Linda—; sin haber advertido, al parecer, el espectáculo que Linda había montado solo para ellas.

Quien sí reparó en el escándalo fue la señora Torres, la vecina de junto. Pronto se encontró la septuagenaria señora Torres bien plantada en el umbral de Linda, pidiéndole que bajara “el volumen de la tele, caray, está muy alto, es domingo por la mañana, no la amuele”. Pero se lo dijo con una dulzura tal que Linda captó el mensaje cifrado en la queja de la señora Torres: “Invíteme a ver la tele, caray, estoy muy sola, es domingo por la mañana y no tengo nada que hacer”.

Así, a modo de disculpa, Linda le ofreció a la Sra. Torres que pasara a tomarse una tacita de té; unos días más tarde, la invitó a comer y, al cabo de un mes, selló la amistad en el centro comercial: asistiéndola en el probador del Sears —la señora Torres necesitaba calzones— y emborrachándola en el bar del Sanborns. Ahí, entre risitas, ambas confesaron las causas de sus respectivas soledades:

—Enviudé hace diez años —dijo la Sra. Torres—. Lo extraño, en especial los domingos.

—Me divorcié de él hace seis meses —dijo Linda—. No lo extraño. Pero me gusta pensar que él sí me extraña.

Se complementaban tanto como podían dos mujeres de distintas generaciones. Linda no tenía teléfono fijo; la señora Torres le permitía usar el suyo. La señora Torres no tenía computadora; Linda le prestaba la propia y la asistía en la redacción de los extensos mails que la otra enviaba a sus nietos en Estados Unidos. Linda no tenía parientes ni conocidos en la ciudad, de modo que la señora Torres organizaba reuniones para que Linda se familiarizara con el resto de los inquilinos del edificio. La señora Torres no tenía buena memoria; olvidaba constantemente sus citas con el geriatra, así que Linda se encargaba de recordárselas. Linda no tenía coche, por lo que la señora Torres, heredera de un vocho rojo de los noventa que había conducido su difunto esposo, se ofrecía para llevar a Linda a cualquier sitio.

Había, sin embargo, algo con lo que sí contaban ambas: la curiosidad que les despertaba la vida al otro lado de la calle; las entradas y salidas de las Rubias, sus carcajadas, el contenido de las bolsas multicolores con que llegaban del centro comercial.

—Nunca he visto a sus maridos —le soltó la señora Torres a Linda una noche, ambas contemplando los balcones tenuemente iluminados—, solo he visto sus coches. Salen muy temprano y regresan hasta la madrugada. Siempre llegan tardísimo.

Este último comentario entristeció a Linda, aunque no supo bien por qué. Y también, sin saber muy bien por qué, se imaginó a Marisela (o a Isela, o a Felicia, o a Alicia) tumbada en un diván, con el maquillaje corrido.

Esta imagen persistió en los sueños de Linda durante las semanas siguientes. Al despertar, su primer pensamiento era que debía asomarse a la ventana de inmediato, para cerciorarse de que los balcones continuaban suspendidos allá arriba, y solo conseguía postergar la urgencia diciéndose en voz alta:

—Calma. Estás bien. Ellas están bien. Todos estamos bien.

Solo que Linda no estaba bien, y empezó a sospecharlo tras el episodio que dio en llamar “el operativo”.

Ocurrió una mañana en que Linda volvía de su cita con el ginecólogo. La señora Torres le había prestado el vocho, poniendo como única condición que se lo devolviese con el tanque lleno, de modo que Linda tuvo que pasar a la gasolinera antes de dirigirse a casa. Se disponía a estacionar el vocho en una de las islas, cuando escuchó sus carcajadas: a unos metros, a bordo de una Suburban negra último modelo, iban las Rubias. Incluso en la penumbra de la cabina, distinguió los brazaletes que llevaba Alicia —oro blanco— y las arracadas de Felicia —incrustaciones de brillantes—. En el asiento del copiloto iba Marisela con el brazo colgando fuera de la ventanilla —su reloj destellaba—, y al volante se encontraba Isela, a quien Linda no pudo estudiar en forma porque, de un momento a otro, había puesto en marcha el motor de la Suburban y arrancado a toda velocidad.

Linda cedió a su instinto; retocándose el flequillo en el retrovisor, encontró una mirada decisiva en sus ojos: había que seguir a Las Rubias, desentrañar su secreto. Y detrás de la camioneta negra, fue el vocho rojo: una pantera perseguida por una catarina.

El recorrido no duró tanto como Linda esperaba. Pronto la Suburban se desvió en dirección al centro comercial y, luego de una breve pausa en la garita de acceso al estacionamiento, avanzó y fue a pararse frente a la entrada. Para no despertar suspicacias, Linda estacionó el vocho en un cajón de las últimas filas. Las Rubias descendieron de inmediato y se encaminaron hacia las escaleras eléctricas que conducían a la primera planta. Linda se bajó aprisa del vocho y corrió hasta situarse a una distancia adecuada para caminar detrás de ellas; pese a que iba varios metros a la zaga, podía percibir el efluvio empalagoso que desprendía el grupo: Chanel No. 5, jabón de durazno, barniz de uñas.

Linda no les quitó un ojo de encima; las vio emocionarse en el aparador de una joyería, esbozar un gesto enternecido cuando pasaron frente a la tienda de chocolates, pellizcarle las corvas a una inmensa jirafa de peluche que custodiaba la entrada de una juguetería. Son como niñas, se dijo Linda —no, se corrigió: como exconvictas, y creyó estar en lo correcto—. El despliegue de euforia contenida a que se entregaban las Rubias hacía pensar que acababan de liberarlas y que regresaban, por fin, al mundo del que provenían. Pronto, como arrancado del ensueño por el hambre, el grupo enfiló hacia el local que destacaba al fondo: Peggy’s.

Linda nunca había entrado ahí, y no porque no hubiese tenido la oportunidad, sino porque el nombre la repelía. Le evocaba grasientas tiras de tocino, huevos empapados en mantequilla, hot cakes que producían celulitis no bien tocaban el paladar. Le extrañó que las Rubias eligiesen precisamente aquel sitio, pero aun así las siguió al interior y se agenció un gabinete cercano, detrás de un seto de plantas sintéticas que la ocultaba del grupo. Desde ahí no era capaz de ver quién de ellas tomaba la palabra, aunque le daba lo mismo: a los ojos de Linda, las cuatro le parecían intercambiables entre sí. Escuchaba la conversación como si estuviera sentada en la misma mesa.

En el acto, las meseras se abalanzaron sobre las Rubias. Marisela (o Isela) ordenó waffles, y Felicia (o Alicia) pidió lo mismo pero con "dos huevitos encima". Club sándwich para Alicia (o Marisela), y para Isela (o Felicia), chilaquiles gratinados. Sintiéndose de otra dimensión —otra planta sintética del seto que la resguardaba—, Linda pidió un café, un vaso de agua mineral, media orden de papaya picada que no pensaba probar siquiera y una pluma que la mesera le trajo enseguida. Tomó una servilleta. Lo que se disponía a hacer, pensó, no era muy distinto a lo que hacía una médium: registrar las voces de quienes están más allá.

—Estoy muy preocupadaaa por Lichitaaa —dijo una. Linda anotó y luego subrayó “PREOCUPADA”.

—¿Sigue malita? —preguntó otra.

—Sí. La quimio no le está ayudando —Linda anotó “QUIMIO”—. Ay, si la vieraaas, te rompería el corazooón.

—Bueno, pero tú ya hiciste lo que podías —dijo una voz más grave—. No es poca cosa pagarle el oncólogo a tu muchacha—. Linda anotó “MUCHACHA”.

—Ya sé —respondió la aludida—, pero es que no me gusta verla limpiando la casa en ese estadooo. Es súuuper deprimente…—. Linda anotó “CULPA CLASEMEDIERA”.

Del cáncer, las Rubias pasaron a la infidelidad:

—¿Se enteraron de lo que le pasó a Conchi? —preguntó una.

—¿Que su marido le puso una de aquellas? —respondió otra.

—Sí, una buena zarandeada. Pero ¿saben por qué?

—¿Por qué? —preguntaron las demás al unísono.

—Resulta que, una tarde, el marido llegó temprano a la casa y se la encontró muy bien acompañada…

—¿En serio?

—En serio. Y lo peor de todo es que no se la encontró con un hombre…

—¡No te creo!

—Si no me crees, pregúntale a la señora que les ayuda.

—¿Ella vio la golpizaaa?

Ella estaba ahí… —la relatora hizo una pausa que invitaba a pensar mal. Linda anotó enseguida “LESBIANA” en su servilleta. El resto de las Rubias entendió algunos segundos más tarde.

—¡Qué horrooooor! —gritó una de ellas.

¿Cómo era el rostro de Conchi? ¿Se habría recuperado ya de la tunda? Linda se sentía afectada por las noticias del mundo de las Rubias, del mismo modo en que le afectaban las imágenes en los noticieros. La víctima de un asalto, el sobreviviente de un choque automovilístico, las luces giratorias de una ambulancia camino al hospital; tragedias que le ocurrían a otros en sitios distantes y que a Linda la hacían sentir, a un tiempo, minúscula y aliviada. El sentimiento se agudizó cuando las Rubias comenzaron con las confesiones: Marisela había encontrado una revista porno en la guantera del coche de su esposo —Linda anotó: INSATISFECHO—; Isela había descubierto que su madre debía diez mensualidades de la hipoteca —Linda anotó: BANCARROTA—; Felicia había recibido un anónimo en el que amenazaban a su gato, que era como un hijo para ella: el remitente estaba harto de que “el pinche animal” se orinara en sus orquídeas e iba a pegarle un tiro si volvía a encontrárselo en su jardín —Linda anotó: TIRO AL BLANCO, y se imaginó que brincaba el seto y hacía una confesión propia: “Extraño a mi exesposo —les decía a Las Rubias— y cumplí treintaitrés años ayer”. Pero un nuevo tema de conversación entre ellas la retrajo de sus fantasías:

—¿Han visto a la señora del edificio de enfrente?

—Ah, sí… ¿La que hace aerobics en su casa?

Una carcajada grupal.

—Esa mera. ¿No se da cuenta de que está haciendo mal los ejercicios?

—Parece que la están electrocutando.

—Chiquitaaa.

Linda anotó “CABRONAS”. Y un comentario adicional: “EL OPERATIVO FUE UN FRACASO”.

Deseosa por largarse cuanto antes, pidió la cuenta y la pagó, escabulléndose después entre las mesas con la cabeza gacha. Cuando iba saliendo, la gerente le cerró el paso y le dijo con júbilo excesivo:

—Esperamos que todo haya sido de su agrado. —Linda decidió que nunca más volvería a Peggy’s.

En el trayecto de vuelta a casa, Linda miraba una y otra vez por el espejo retrovisor, como si ahora la perseguida fuese ella misma. Se había partido en dos: había una Linda dentro del vocho rojo y otra a bordo de otro vocho rojo, pisándole los talones.

Se estacionó frente a su edificio, en el cajón que correspondía al departamento de la señora Torres. Esperó dentro del coche unos minutos, sin ánimos de subir a devolverle las llaves a su amiga. Podía encender el motor de nueva cuenta, conducir hasta cansarse, llegar incluso a otro estado y establecerse ahí; pasaría inadvertida, como acostumbraba. Y siguió acariciando esta fantasía mientras tocaba el timbre de la señora Torres, incluso cuando ella le abrió la puerta y la saludó:

—¿Cómo te fue, guapa?

—Bien —le respondió Linda a secas—, solo fue un chequeo de rutina.

A la semana, Linda resolvió que ya no le gustaban los aerobics. Sus necesidades eran más espirituales que físicas; probemos con el yoga, pensó. Cambió el leotardo por unos leggins, y el video de Jane Fonda por el de un yogui desconocido. Le hacía falta un tapete para practicar bien las posiciones, de modo que le pidió el vocho a su vecina y fue al centro comercial.

No le agradaban las tiendas deportivas. Los atletas que las frecuentaban, pensaba Linda, veían por encima del hombro a los clientes nuevos, como si les reprochasen su intrusión a un estilo de vida exclusivo para flacas y musculosos. Sin embargo, ahí estaba ella, preguntándole a la dependienta por los tapetes, tratando de no prestarle demasiada atención a una chica que, algunos metros más allá, discutía a gritos con su novio frente a una vitrina.

—¿Y tú para qué quieres un rifle de diábolos? —le preguntó la chica al novio.

—Está bonito —le respondió él, imitando la voz de un niño—. Mira, viene con sus balines.

—En lugar de que ahorres para las vacaciones… —se quejó la chica.

Linda estuvo de acuerdo con ella. Anotó mentalmente: “DIÁBOLOS. DIVORCIO”.

—Este es de los más vendidos —le dijo la dependienta mientras extendía un tapete rosa con estrías, aunque suave al tacto.

—¿No lo tiene en negro?

—Es de que se agotó, pero deje veo si tenemos de ese color en otro modelo.

Mientras la dependienta se abría paso entre los anaqueles, Linda comparaba los precios de las blusas de microfibra, hasta que se percató de una presencia al otro lado del rack: era Isela o Alicia, concentrada en las etiquetas rojas de descuento. De mil cien a quinientos, de quinientos a doscientos cincuenta. El pelo suelto. Las tetas rotundas. El enorme bolso de cuero morado.

—En negro tenemos este —le dijo a Linda la dependienta, quien ya había vuelto con el tapete sustituto.

—¿Y es igual de bueno que el rosa? —le preguntó Linda sin dejar de observar a la Rubia. La dependienta se puso a recitarle las ventajas de este otro tapete (que el agarre, que el tejido), pero Linda no le prestó atención: permanecía atenta a Isela o Alicia, cuyo celular había sonado y ella había atendido, sujetándolo con dificultad entre sus uñas largas.

—Nenaaaaa… — le decía a su interlocutora—. ¿Cómo estás?, ¿y los niños?, ¿y Rodo? Ay, muy bieeeen… No, sigo buscando muchacha… Ya sé, no es fácil… Sí, ayúdame con eso… Mil gracias. Sí. Si sabes de alguna, dime… Eres un soool. Acuérdate de que te tocó llevar el pastel a lo de Marichelis. Ándale, pues. Beso. Bye-bye.

“MARICHELIS”, anotó mentalmente Linda. Ese debía ser el apelativo cariñoso con que se refería el grupo a Marisela. ¿Qué se celebraría en su casa? ¿Un cumpleaños, un baby shower?

—¿Entonces? ¿Lo va a querer? —le preguntó la dependienta a Linda, agitando el tapete a la altura de sus ojos.

—Sí, me lo llevo —respondió Linda, y entonces advirtió que se le escapaba una oportunidad; es decir, que Isela o Alicia se alejaba en dirección a otro pasillo. Pegó un grito que atrajo las miradas de todos los que se encontraban en la tienda:

—¡Yo te puedo ayudar!

La Rubia se volvió, sobresaltada. Radiografió a Linda de pies a cabeza. Le sonrió.

—Perdóname el atrevimiento —le dijo Linda, titubeante, mientras se le aproximaba—, pero escuché que estás buscando una chica de la limpieza…

—¡Ay, eres un soool! —la interrumpió Isela o Alicia mientras se ajustaba el bolso en el hombro—. Mira: ahorita traigo prisa y tengo que salir corriendo. ¿Por qué no me echas un grito y platicamos? —y, acto seguido, le extendió una tarjeta.

—Seguro, te marco.

—Muchas gracias, nena. Soy Isela, por cierto. ¿Y tú?

—Linda.

—Pues ahora sí que qué linda, ¿no?

Linda se sonrojó. Leyó en la tarjeta, sujetándola con ambas manos:

Isela Ordorica
Home Decor Specialist

Le gustó su apellido y le sorprendió que Isela tuviese un trabajo; imaginaba que las Rubias se dedicaban solo a esculpir su tórax y a darse largos baños con sales exfoliantes. Debajo del nombre encontró dos teléfonos, fijo y celular, y notó que el último no se apreciaba bien. Alzó la vista para comentarle esto a Isela pero ella ya se había ido. Miró hacia uno y otro lado, buscándola como una niña extraviada, hasta que la vio a la salida de la tienda:

—¡Mil gracias! —chilló Isela a lo lejos— ¡Bye-bye!

—¡Bye-bye! —gritó, en respuesta, Linda; palabras que jamás había pronunciado y que la avergonzaban al tiempo que estallaban en su boca.

—La caja está allá —le dijo la dependienta a Linda, ya impaciente, a la par que señalaba con la mano.

—¿Sabe qué? —le respondió Linda con gesto compungido—. Me acabo de dar cuenta de que no traje dinero. Perdóneme, luego regreso por el tapete.

En el vocho, Linda sacó de la guantera una pluma y la servilleta con la lista de notas que había tomado durante “el operativo”. Anotó: “NENA”.

Linda no llamó a Isela de inmediato. No quería parecer demasiado obsecuente. Además, no estaba segura de que Isela le hubiera dado su teléfono por la ayuda que le había ofrecido. “Tal vez me lo dio solo para quedar bien”, pensó Linda, “o para deshacerse rápido de mí”. Por otro lado, Linda no conocía una sola muchacha que pudiera recomendarle a Isela. ¿Qué iba a decirle cuando la llamase? ¿Que había armado aquel alboroto nomás para llamar su atención?

Se propuso elaborar una lista de candidatas. Empezó por consultar a la señora Torres, quien sugirió a un par de chicas que le había ayudado años atrás. Luego visitó a sus vecinas del piso de abajo, quienes le proporcionaron los datos de su respectiva servidumbre. Por último, fue a ver al portero. El hombre resultó más útil de lo que Linda esperaba: conocía a quince muchachas que solían trabajar en el edificio, de las cuales al menos diez no habían sido despedidas por “rateras”.

Así, un lunes por la noche, Linda fue a tocarle a la señora Torres y le pidió el teléfono. Se echó al sofá junto a la mesita en que se apoyaba el aparato, dispuso sobre sus rodillas la servilleta con las notas, una pluma, la tarjeta, la lista de candidatas y llamó:

—¿Hola?

—Buenas noches. Habla Linda, la que se puso a gritar en la tienda el otro día.

—Ay, nenaaa, ¿cómo estáaas?

—Muy bien, Isela. Como quedamos, te llamo para lo de la muchacha…

—Súpeeer. Déjame te platico… Hay que sacudir, barrer y trapear tooodos los días; hay que cocinar el desayuno y dejar la comida y la cena preparadas; hay que hacer la despensa y organizarla en la alacena; hay que lavar la ropa y plancharla semanalmente. Es importante la puntualidad, claro, y el buen sazón. Pero, sobre todo, necesito que tengas tacto social.

Linda respingó.

—Mi marido y yo somos muuuy sociales —prosiguió Isela—. Nos visita gente importante todo el tiempo. Por eso, necesito que seas muuuy discreta y amable; aunque de eso no tengo dudas: eres un encantoooo.

Linda soltó un largo suspiro. Una vena rebelde comenzó a palpitar en su sien izquierda.

—Obvio, tengo que entrevistarte en persona. Pero, ¿sabes…? —Isela hizo una pausa dramática; Linda apretó la mandíbula—. Desde que te vi supe que eras una mujer confiable. Puedo pagarte mil a la semana. ¿Cuándo podrías empezar?

Linda estrujó en el puño la lista de candidatas. Tomó la pluma y anotó en la servilleta: HIJA DE PUTA.

—Puedo empezar cuando gustes —contestó Linda, sorprendida por su respuesta y por la serenidad que había adquirido de un segundo a otro.

—Entonces tengamos la entrevista mañana mismo, ¿saleeee? ¿Qué te parece a las diez? ¿Te paso mi dirección?

Linda anotó el domicilio, pese a conocerlo bien. Aprovechó para tomar la servilleta y enmendar una de sus notas:

“EL OPERATIVO FUE UN FRACASO”.       “EL OPERATIVO SIGUE”. 

—Ya estamos, nenaaa —remató Isela—. Bye-bye.

Bye-bye.

La Sra. Torres, sentada frente a Linda y al pendiente de su charla, le preguntó:

—¿Qué pasó?

—No me vas a creer —respondió Linda.

A la mañana siguiente, Linda tocó la puerta de Isela, incapaz de ocultar su entusiasmo. No había dormido la noche anterior porque se la había pasado fantaseando, tanteando posibilidades en la oscuridad: si Isela se decidía a contratarla, Linda tendría acceso a los secretos de una vida, a un clóset que imaginaba atiborrado de objetos dignos de estudiarse; a cajas ocultas debajo de una cama, en las que Isela guardaba la parte de sí misma que no salía al balcón. De modo que Linda sonreía mientras tocaba la puerta y, cuando abrió Isela, Linda la saludó con una efusividad de la que no se creía capaz.

—¡Holaaa!

—Hola, nenaaaa. Pásale.

La estancia era amplia pero estaba llena de jarrones, pedestales, macetones y lámparas de piso que dificultaban el desplazamiento. No había un diván y tampoco olía a manzana, lo cual decepcionó un poco a Linda, sentada ya en un banquito, frente a un muro del que colgaban tres crucifijos de distintos tamaños y manufacturas: uno pequeño esculpido en madera, uno mediano de cristal pintado y otro que parecía tallado en marfil, del tamaño de una llanta. A la derecha de Linda se apoyaba una mesita de centro y, encima de esta, una Virgen de Guadalupe junto a una tetera rosa con dos cuencos azules. A su izquierda se encontraba el ventanal corredizo por el que se podía salir al balcón. El sol inundaba la estancia. Isela se apresuró a servir el té.

—¿Quieres azúcaaaar?

—No, gracias —le respondió Linda.

—Bueno, entonces empecemos.

El cuestionario de Isela fue de lo más convencional. ¿Dónde naciste? En Guadalajara. ¿Tienes familia? Sí, una hermana mayor que vive en Dallas. Mis papás murieron hace diez años. ¿Te has desempeñado antes como trabajadora del hogar? Sí —mintió Linda—: en la casa de dos viejitos jaliscienses que, por desgracia, se encuentran ahora en un asilo, y en la casa de una viuda que se fue a vivir con su hijo a Argentina. ¿Puedes conseguir referencias? Sí —volvió a mentir, ya se las arreglaría para falsificarlas—. ¿Te gustan los niños? Mucho. Cuidé por un tiempo a la hija de mi hermana. ¿Te agradan las mascotas? Más los perros que los gatos pero, en general, me caen bien todos los animalitos. ¿Te consideras una disciplinada? Por supuesto: nunca salgo de mi casa sin hacer la cama. ¿Crees en Dios? Estoy bautizada e hice la primera comunión. Bueno, pero ¿de veras crees en Dios? Sí, claro.

—¡Me estás cayendo muy bien! —le dijo Isela.

En ese momento sonó el timbre.

—Han de ser las chicas. Dame un segundo.

Las chicas. Esa tarde iba a conocerlas a todas, pensó Linda; el plan funcionaba. Las Rubias entrarían al departamento y la anfitriona las pasaría a la sala para presentarles a "alguien muy especial". Linda les daría la mano, un apretón firme, con la mirada en alto y el estómago sumido, y ellas, más tarde, felicitarían a Isela por su nueva adquisición: "Qué muchacha taaaan linda te conseguiste". Ellas irían descubriendo que tenían gustos en común con Linda y, pasados unos meses, se habría ganado la confianza del grupo; le contarían sus sueños, le confesarían sus problemas, llorarían en su hombro… El plan funcionaba.

Isela condujo a las Rubias a la sala y Linda se puso de pie, lista para repartir saludos. Su rostro se iluminó; sin mover un músculo, volcaba su presencia en ellas, ansiosa por tocarlas. Podía percibir su propio anhelo en el aire, denso como una bocanada de perfume caro. Solo que ninguna de las presentes reaccionó a él; observaban a Linda con distante curiosidad, como si la encontrasen inverosímil pero se resignaran a tolerar su existencia.

—Pásenle a la cocina —les dijo Isela a las Rubias—, ya casi termino.

Mientras ellas hacían lo propio, Linda se iba desguanzando. Se dejó caer en el taburete, floja como una muñeca aventada al bote de la basura.

—¿En qué nos quedamos? —le preguntó Isela—. Ah, sí: ¿te gusta ir a misa?

Linda aseguró —mentía otra vez— que le encantaba ir a la iglesia. No obstante, las respuestas ya no le salían con el mismo aplomo. La idea de que las Rubias se encontrasen tan cerca la aturdía y excitaba a un tiempo. Se sentía dispersa: por un lado, tenía que prestarle atención a Isela, y por otro, no podía desentenderse de los cuchicheos en la cocina.

—¿Tienes novio?

—No —respondió Linda. (¿Se reían las Rubias?, ¿qué les resultaba tan gracioso?)— Ya estoy cansada de los hombres.

—No me digas: te rompieron el corazón —aventuró Isela.

—Ni tanto —contestó Linda. (Reconocía algunas palabras, atenuadas por la distancia que la separaba de ellas: “HAMBRE”, “TONTA”, “TERAPIA”).

—No te preocupes, nenaaa —le dijo Isela mientras le sobaba una rodilla—. Ya conocerás al bueno.

—Ya lo conocí —repuso Linda en automático—. Hasta me casé con él y lo dejé.

Isela retiró la mano de la rodilla de Linda.

—¿Eres divorciada?

La cocina quedó en silencio. Isela se puso seria.

—Sí —contestó Linda. Aunque le parecía que Isela esperaba una explicación o una disculpa, Linda solo pudo articular otro “sí”, breve y quedo, como reafirmándolo para ella misma.

—¿Desde cuándo?

—Voy para nueve meses.

—¿Y por qué no funcionó?

—Queríamos cosas diferentes —Linda se sintió estúpida. Esta respuesta le parecía el subterfugio común de todos los divorciados.

—¿Te da una pensión?, ¿alguna ayuda?

—Me paga el departamento en el que vivo.

—¿Y te quedaste con los niños?

—No tuvimos. Yo no quería.

—¿No querías hijos? —El tono en que Isela formuló esta pregunta sugería más sorpresa que curiosidad.

—No. No creo que tenga madera de madre.

Ooookaaay —le dijo Isela—, es tu vida personal. Yo respeto. —Aunque si había algo que se había escurrido de la mirada de Isela, además del respeto, era la calidez.

—Creo que ya terminamos —le anunció Isela, esforzándose por parecer ecuánime—. No te voy a mentir, Linda: eres la tercera chica que veo y aún me faltan cuatro por entrevistar. Tienes muuuucho potencial pero quiero tomarme mi tiempo para escoger a la mejor. Yo te aviso en unos días, ¿saleee?

Linda se puso de pie.

—Claro. Yo entiendo —le dijo a Isela mientras le extendía la mano para despedirse—. Antes de irme, ¿puedo usar su baño?

—Clarooo —le respondió Isela en tanto que le señalaba la ubicación—. Por ahí, al fondo.

Linda enfiló por un corredor extenso, sorteando las macetas que encontraba a su paso. Pasó de largo las puertas entornadas de lo que, supuso, eran el estudio, la alcoba, el cuarto de servicio y el de las visitas. Abrió la puerta que le había indicado Isela y entró. Se trataba de un baño femenino, pensó Linda, con una jabonera de porcelana y una pila de suaves toallas sobre una repisa y un estante repleto de frascos de perfume. Pero no olía a coco —de hecho, no olía a nada.

De vuelta en la estancia, Linda se encontró a las Rubias en pleno, tumbadas en los sillones, hieráticas como gatos.

—Muchas gracias por todo —le dijo Isela a Linda, poniéndose de pie para darle la mano y acompañarla a la salida.

—No, gracias a usted —enunció Linda, mesurando la fuerza de su apretón—. Estamos en contacto.

—¡Bye-bye! —chilló Isela.

—Adiós —respondió Linda.

La puerta se había cerrado sin más; no así las bocas de aquellas mujeres, ahora ocultas a los ojos de Linda pero, por alguna razón, más visibles a través de sus palabras:

—¿Qué onda con esa?

—Pobrecita.

—Se me hace conocida. ¿De dónde la sacaste?

Linda se apoyó en el marco de la puerta. Aguzó el oído.

—Se ve triste, ¿verdad?

—Triste es poco.

—Pobre… Su marido la dejó hace unos meses —Linda reconoció la voz de Isela.

—Con esa cara, no me sorprende.

—Oigan, ¿ya vieron que acaban de abrir un Starbucks a unas cuadras?

—Ay, qué padreee.

Linda anotó mentalmente: “TRISTE”. Pero su estado de ánimo era otro. Con el rímel corrido se dirigió a su edificio, subió los cuatro tramos de escaleras y fue adonde la señora Torres.

—¿Qué te pasó, guapa? —le preguntó ella desde el umbral.

—Esas pinches Rubias… —le respondió Linda— Se van a acordar de mí.

Linda abandonó el yoga y, en su lugar, adoptó el jogging. Despertaba de madrugada, se ponía un conjunto de pants y sudadera de nylon, y salía del edificio con las primeras luces. No calentaba los músculos, no aumentaba gradualmente la velocidad; despegaba con todas sus fuerzas desde el primer instante, como si no quisiera perder un solo segundo.

Le gustaba correr frente a los edificios a oscuras, verlos saltar por el efecto de su trote; sentir las gotas de sudor que recorrían su entrepierna; repetir las palabras de las Rubias e imaginar que le servían de combustible. Sugestionada acaso por el recuerdo, Linda corría siempre en dirección al centro comercial, en cuyo estacionamiento daba por terminada su carrera diaria. Para esa hora, ya habían abierto los primeros locales —restaurantes, gimnasios, supermercados—, y no se veía una sola alma en las tiendas, de modo que Linda podía recorrerlo sin sentirse observada y pensar en su venganza sin distracciones.

Al pasar frente a la entrada del supermercado, Linda pensaba inevitablemente en comprar un costal de carbón: esperaría a que las Rubias pasaran frente a su edificio y les arrojaría brasas candentes desde su ventana. Lluvia de fuego. Castigo bíblico. “COMPLICADO”. Más complicado, sin embargo, sería envenenarlas con cloro, se decía Linda al pasar junto a la nevería. ¿Cómo haría para enviarles un bote de nieve adulterada y asegurarse de que se la comieran? “ESTÚPIDO”. Con todo, ¿no parecía menos estúpido conseguirse un trabajo en la cocina del restaurante que frecuentaban Las Rubias?, se preguntaba Linda al acordarse de Peggy’s. ¿Qué tal un pastelito con purgante, cortesía de la casa? Habría que esperar a que Peggy’s contratara personal, y entonces… “TARDADO”.

Así se iban descartando los planes y enfriándose los días. Linda descubrió que el centro comercial amanecía emperifollado con nochebuenas, piñatas y luces multicolores. Venía la Navidad y Linda tenía que consumar su venganza antes de las fiestas; no sabía por qué, pero sospechaba que guardaba relación con el villancico: “Es un día / de alegría / y felicidad”. Las Rubias no merecían uno de esos.

Linda no discutía sus ideas con la señora Torres, en cuyo departamento pasaba muchas horas: ayudándola a hacer el arroz, enseñándole estiramientos, viendo la tele. Confiaba en ella, por supuesto, pero tenía la superstición de que, si le revelaba sus planes, ninguno se llevaría a cabo.

Cuando la señora Torres sorprendía a Linda en la ventana, absorta en la contemplación de los balcones, le aconsejaba:

—Ya, guapa. Olvídate de ellas.

A lo que Linda respondía invariablemente:

—Esas pinches Rubias se van a acordar de mí.

Lo mismo le decía al resto de sus vecinos. Todos, incluso el portero, conocían ya la afrenta de que Linda había sido objeto. Pero, a diferencia de la señora Torres, ellos la animaban:

—Usted enséñeles. Que paguen.

Solo en una ocasión pensó Linda en acatar el consejo de la señora Torres: la noche en que la vio montando las esferas en el arbolito de plástico, mientras canturreaba “Noche de paz”. Paz que acompañó a Linda a la cama y la ayudó a dormir sin soñar, despertando revigorizada al día siguiente.

La mañana en cuestión, la del 23 de diciembre, Linda se levantó tarde. Decidió que no saldría a correr y puso la tetera en la estufa. Le entró la nostalgia por las navidades de la infancia, al grado de que encendió la computadora para poner el único cedé con villancicos que tenía. Sonaba uno cuando Linda escuchó el tañido sintético que acompañaba a la recepción de un nuevo mail. Revisó la bandeja de entrada: su exesposo pedía perdón.

Hacía nueve meses que Linda se había mudado al departamento que él pagaba, y diez de que él y ella hubiesen firmado los papeles del divorcio. No se habían escrito desde entonces; él se restringía a enviarle a Linda los comprobantes de pago de la renta, sin añadir siquiera un “Buenos días” o “Buenas tardes” al correo en que iban adjuntos. ¿Qué otro motivo si no la culpa —se preguntó Linda— llevaría a su ex a dirigirle un mail que empezaba diciendo “Perdóname”?

Lo leyó tres veces. No menos, porque el ex redactaba como un niño de cinco años y no lo entendió a la primera ni a la segunda. No más, porque estaba furiosa cuando pudo entenderlo. Se trataba de una disculpa; no por las molestias pasadas, sino por las que vendrían: ya no le era posible costear un departamento tan caro —decía él—, iba a casarse en unos meses y necesitaba ahorrar para la boda; tendrían que renegociar los términos de la pensión; por último, deseaba que Linda tuviese “felices fiestas”.

El agua silbaba en la tetera. Un villancico prometía el arribo de Nuestro Señor. Linda se situó en el ventanal para correr la persiana. Esta vez no dirigió su mirada a las alturas; se concentró en la calle desierta, sembrada de hojas secas. En la fila de coches estacionados frente a su edificio, el vocho rojo se había rebajado a una tonalidad rosa; una espesa capa de polvo lo cubría. Linda decidió que no era un buen día para ir a correr, pero sí para dar un paseo.

Salió a la calle en piyama. Al mismo tiempo, una Suburban negra traspuso el portón eléctrico de enfrente, ejecutando una difícil maniobra de viraje para librar los coches al otro lado, aunque sin conseguirlo. Con un chirrido, la salpicadera de la Suburban rajó la puerta del vocho.

—¡Oye! —gritó Linda a la camioneta—. ¡OYE! —volvió a gritar, notando que se echaba en reversa, lista para emprender la fuga.

Bajaron la ventanilla.

—¿Luisaaa? ¿Y tú qué haces aquí? —Se trataba de Isela, desmaquillada, envuelta en una chamarra mofletuda.

—¡Le pegaste al coche de mi amiga! —Linda señaló el departamento de la señora Torres, en el cuarto piso.

—¿Vives aquí? —le preguntó Isela—. ¿Desde cuándo?

—No te hagas pendeja. ¡Bájate! —le ordenó Linda.

—Ay, ni le pasó nada —Isela volteó los ojos.

—¡Que te bajes!

—Mira, estúpida —le soltó Isela, sacando la cabeza por la ventanilla—: mi esposo trabaja en la Delegación. Ni te me pongas al brinco…

Linda quedó embotada y, para cuando volvió en sí, Isela ya se había ido; se bajó de la banqueta y rodeó el vocho hasta ubicarse frente a la puerta lastimada. Acarició la rajadura, como si consolase a un niño. "Hoy será el día", pensó.

Regresó al departamento para buscar su cartera, ponerse el abrigo y rescatar sus notas; la servilleta se había deteriorado al punto de desbaratarse entre los dedos, así que la guardó en su bolsillo con suma precaución. Luego fue adonde la señora Torres para pedirle el vocho; necesitaba hacer unas "compras de último minuto", le dijo a su amiga, y ella le entregó las llaves sin cuestionarla.

Una vez en el vocho y con las manos al volante, Linda se percató de dos cosas. La primera, que necesitaba conseguirse un trabajo. Y la segunda, que había perdido el tiempo maquinando absurdos. El Plan se le había revelado meses atrás de manera fortuita, como suelen presentarse las revelaciones que valen la pena.

Puso en marcha el motor, repasó sus notas y condujo al centro comercial.

De madrugada, entre lavaderos y tinacos, Linda se preguntó por qué nunca había subido a la azotea de su edificio. Se estaba muy a gusto ahí, con el aroma a detergente que desprendía la ropa ondeando en los tendederos y la corriente de aire que se colaba entre los cuartos de servicio. En otras circunstancias, la vista le habría parecido mala pero, en ese momento, la juzgó insuperable: bastaba con asomarse al borde poniente para ver, al otro lado de la calle y unos metros debajo, los balcones.

Pecho tierra, Linda se camuflaba entre las antenas de tele por cable. Tenía apoyado un rifle en el piso, además de una Coca-Cola y un paquete de chicles de menta; sacó uno y se lo zampó, antes de darle un generoso trago a la botella. La calle, en plena “noche de paz”, emitía un zumbido expectante.

Del bolsillo de su chamarra, Linda extrajo un cartucho, cuya ranura permitía apreciar los balines en su interior. Empotró el cartucho en el rifle con un chasquido súbito que reverberó entre los tinacos, apretó la bomba y ajustó la mira.

Descubrió que su puntería dejaba mucho que desear; el tiro destinado a las violetas erró y fue a romper al ventanal corredizo en el fondo. Pum. De nuevo, las violetas libraban el disparo, no así la lámpara que pendía sobre el balcón. Quizás las flores eran inmunes, pensó Linda mientras buscaba otro objetivo. Pum. Un buda perdió la cabeza y un bonsái cayó al vacío.

Linda notaba que, al fijar su atención en un solo objeto, el resto del mundo desaparecía y solo dejaba tras de sí unos ruidos que no significaban nada. Se corría un cerrojo. Explotaba un cristal. Bufaba un gato. Se reía una mujer. "¡Jesús Bendito! ¡Policíaaaaa! ¡Policíaaaaa! ¡Hijos de la chingada!". Gritos que Linda anotó mentalmente, antes de bajar al cuarto piso, tocarle a la señora Torres y pedirle que llamara cuanto antes a una patrulla.

 

Alberto H. Tizcareño
Narrador. Autor de la novela inédita Casas caídas.

 

3 comentarios en “Una mujer confiable

  1. Hoy creía que continuaba la historia, buenísima. Y que cierto es que las mujeres, no somos solidarias entre nosotros, por lo menos esas mujeres.