No tengo respuesta. Los virus no dialogan. Los grandes conocedores, virólogos, epidemiólogos, matemáticos desconocen cuándo finalizará la pandemia. El virus no nos desprecia. Es un virus. Por momentos sentimos optimismo: menos contagios, menos muertes en los países europeos ahora llamados epicentro de la pandemia. Días, o incluso horas después, COVID-19 sepulta las buenas noticias: las muertes repuntan, regresan, acaban con la esperanza. Sepultar ilusiones y optimismo incrementa, sobre todo en tiempos grises, el agobio, el desasosiego. La preocupación regresa. Regresa con más fuerza. Una suerte de progresión geométrica entierra un suspiro esperanzador.

El virus no dialoga. Es sordo. Cumple con lo que es: un virus. Su trabajo noes matar seres humanos. Convivía en paz en las entrañas de murciélagos y pangolines. De ahí saltaron a nuestra especie no por motu proprio. Abandonaron su hábitat natural por ciertas actividades humanas, muchas de ellas costumbres milenarias: comer la carne del pangolín y usar sus escamas como fuente medicinal es costumbre asiática. Las costumbres forman parte del modus vivendi. Algunas son actividades nocivas. Las costumbres son parte de la vida y de la historia de la mayoría de las naciones con historia: ¿qué hacer?

Ilustración: Sergio Bordón

En los cuerpos de pangolines y murciélagos los virus no generan enfermedades. No dañan. De ellos sólo sabían virólogos avezados. Nuestro COVID-19 y otros coronavirus forman parte de los libros de texto. Ahí pernoctan, no hacen daño, son palabras y citas bibliográficas. Forman parte del interés académico de biólogos, virólogos, zoólogos y de toda una pléyade de académicos cuyo leitmotiv es el conocimiento.

Conocimiento: palabra humana útil e inútil. En el caso de la epidemia que ahora mata a diestra y siniestra, que persigue a europeos, chinos, mexicanos, estadunidenses y al mundo casi en su totalidad, el conocimiento académico acerca de COVID-19 debe salir del papel y aplicarse a la realidad. En el futuro, la jauría humana, la que decide cuándo sí y cuándo no, sin importar ni el hambre ni las muertes a destiempo de los sintecho, sinpatria, sinaguapotable, sinalimento, deberá comprender la necesidad de distribuir “un poco” mejor el conocimiento. De no ser así, el COVID-19, nuestro coronavirus, seguirá ejerciendo sus reglas hasta que termine su labor: ¿cómo se denominará el nuevo coronavirus?

Los virus son sordos. Los dueños del mundo no lo son. Escuchan y saben. De no ser así, ¿cómo explicar el G20? De no ser así, ¿cómo entender que los presidentes de diversos países, cuyos idiomas e historia difieren, se entiendan cuando les conviene, por ejemplo, acerca del precio del petróleo? De no ser así, ¿cómo interpretar que unos rechacen a dirigentes asesinos de sus connacionales y otros los apoyen? De no ser así, ¿cómo explicar cerrar fronteras en contra de la lógica de la compasión con tal de obedecer a otro, a otros? De no ser así, ¿cómo declarar primero guerras económicas y después recular y dialogar de nuevo? Los dueños del mundo no son sordos: padecen sordera y ceguera selectiva. Extraño síndrome propio de la nauseabunda familia política.

No tengo respuesta. No me he explicado. Lo hago ahora. Ignoro, mientras escribo e intento responder a mis pacientes amigos. La pregunta y la falta de respuesta, después de tanta tinta, se limita a diez palabras, enmarcadas, como debe ser, por signos de interrogación: ¿estamos al principio del final o al final del principio? Aunque será buena noticia avistar el final del túnel —el principio del final— los bretes continuarán. Al salir del túnel la nueva realidad económica explotará y nos explotará. Si seguimos instalados al final del principio, las esperanzas serán, seguirán siendo, proveer información adecuada, incremento en la inmunidad poblacional debido a la infección del COVID-19, generación de medicamentos eficaces y el desarrollo de la tan anhelada vacuna. Es poco probable que el virus se extinga.

Los virus son sordos. Desconozco lo que sucederá mañana, en junio, en julio. Hoy es suficiente.

Ignoro si estamos al principio del final o al final del principio.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

4 comentarios en “Coronavirus: no tengo respuesta

  1. Muy estimado Dr. A. Kraus.
    Ética, ésta, con la que usted explica la Historia de los virus que la Humanidad de repente descubre, claro, con gran empeño y con harto tesón. A fuerza de la impecable disciplina de la codicia y la inconsciencia. Sin restar, desde luego, el mérito casi heroico de los sucios intereses políticos por desarmar a la Ciencia, la única, que puede echarnos la mano tan necesitada. Lo felicito y gracias. Con todo respeto. BH.

  2. Beatriz H:
    Gracias por compartir tus ideas, las aprecio. El meollo, como bien dices, es la sucia política, todo ensucia, todo corrompe. Son tan parecidos los sátrapas e incompetentes que “dirigen” el mundo que, en realidad, parecen, independientemente de su ideología, si acaso la tienen, que son el/los mismo (s),
    Aprecio mucho su tiempo.
    Saludos afectuoso,
    Arnoldo

  3. Dr. Kraus, ¿es ya una verdad científica que el covid-19 provino de los pangolines y los murciélagos?

    • Buenas Noche JM,
      Gracias por el comentario. No, no se ha comprobado que covid-19 proviene de pangolines y/o murciélagos. Sigue siendo una hipótesis.
      Saludos,
      Arnoldo Kraus