A pesar de vivir bajo su atmósfera, es natural que evitemos profundizar cotidianamente alrededor de la experiencia del miedo. Sobre todo, si al observarlo desde nuestra ventana nos arriesgamos a convertirla en un espejo conteniendo lo que es más sencillo controlar sin reflejos. Como ocurre con las grandes crisis, ya sean guerras o la actual pandemia, somos capaces de hablar todo alrededor de ellas; de saturar hasta el último segundo de las conversaciones con cada elemento de envergadura pública, mientras excluimos, discretamente —quizá sin intención—, los de dimensiones privadas. Frente a la pandemia de nuestros tiempos, la presencia del miedo es un peso tan constante como diseminado e íntimo. No sólo es esencia de nuestra condición en el sentido de supervivencia simple, el miedo es el gran sujeto de la enfermedad.

Cualquiera, sin importar la edad, ha experimentado la emoción más primigenia de nuestra conciencia. Lo hemos hecho en distintas medidas. El niño podrá tener miedo de la distancia espacial cuando sus padres se alejan y los pierde de vista, el adolescente teme al vacío en el instante de las rupturas amorosas, los padres descubren una nueva manera de miedo a través de sus hijos y, en proporciones disímbolas dependiendo del caso, ante la muerte, el miedo se va convirtiendo en un acompañante.

Ilustración: Alberto Caudillo

Hay otros tipos de miedos de apariencia menos naturales: los provocados por acciones humanas, externas a la rutina de la vida. En la jerarquía de esta emoción se podrá colocar el miedo de quien sufre un asalto o se ve involucrado en un accidente de tránsito. En ambos casos, el miedo lo sentimos por nuestra seguridad elemental: la de nuestro cuerpo y hacia eso que entendemos como la sustancia que lo acciona, la vida. Su vida, que es la nuestra, en el aspecto más individual. Otros miedos serán los que, en eventualidades similares, se tienen por la supervivencia de los afectos. El miedo a que en un asalto le ocurra algo a nuestra pareja puede sobrepasar el miedo que tenemos por nuestra misma seguridad. Una vez más, ese miedo es de características individuales: tememos por quien está con nosotros, a raíz de lo que nos significa.

Descubrí las capas exteriores al miedo individual con la guerra en Siria. Los miedos distantes se acercaron, los individuales se hicieron compartidos en el espíritu de una emoción generalizada. El miedo de los que permanecen en el país. El miedo de los que estamos fuera de él, por los que aún permanecían. Entendí las versiones políticas del miedo, su sincronía con la interpretación personal.

El miedo tiene un tinte de preludio, es una palabra que condensa conceptos. Se tiene miedo al sentir la posibilidad del fin, y los finales son subjetivos a lo que nos importa a cada uno de nosotros. Por ello terminan siendo peligrosamente incuestionables. Durante los años que lleva la guerra, escuché, leí y vi los rostros del miedo hacia el fin de la vida, la propia y la ajena; vi el miedo por la pérdida —una interpretación más de lo final— del patrimonio, de los recuerdos, de la educación y de la posibilidad de herencia. Hay herencias más grandes que las de los capitales. El miedo a no tener nada que dejar a los hijos no era el miedo por el derrumbe de las casas, sino el temor por la imposibilidad de legado histórico y semilla fundacional. Sin posibilidad de dejar una semilla todo se acaba. En estos mismos años he visto el miedo que quiere justificar el salvajismo. El que hace aceptar la barbarie porque, cuando el miedo se apodera de las sociedades no hay límite en lo que éstas se atreven a cometer sobre sus semejantes.

Como muchos que hemos querido entender la sinrazón, intenté intelectualizar el miedo que el fundamentalismo le tiene a quien no comparte o está dispuesto a compartir y sumergirse en sus dogmas. El miedo al otro no por ser otro, sino por no ser como ellos.

Por mi relación medio oriental, he tratado de entender el miedo que impone lo religioso: el juego que tiene la fe con la anulación de la esperanza y su inclinación a prometerla a través de la instrumentación política de ese mismo miedo. Promotoras del miedo y salvadoras de él, las religiones han estructurado sus mitos desde la traducción del miedo y, con emociones reales, construyen los espacios de la irrealidad donde el miedo se desvanece temporalmente. Al menos para quien esté dispuesto a hacerse de ellos. Entendí que, en un principio, casi todo contenedor del miedo es un esfuerzo civilizatorio y que hay civilizaciones fallidas y crueles.

El miedo puro proviene de la violencia, eso que afecta al capital vivo de las sociedades o bien lo daña. Para limitar ese daño adecuamos los vehículos de su contención. La política, la ley, los instrumentos de aceptación de la posibilidad de lo nocivo con los que hemos tratado de salir librados de sus consecuencias.

Un virus nuevo nos devolvió a un instante caricaturesco del medioevo. Sin herramientas para hacerle frente, aquello que teníamos pareció inservible. Ni medicina ni retórica dispuestas para actuar de inmediato. La gran ventaja, en este instante del mundo, como en ningún otro, se cuenta con las herramientas para salir de la enfermedad antes de lo que hubiéramos hecho en cualquier otra época. Solo que la ciencia no busca que se encomienden a ella, sino que la cuestionen, para así poder responderse. Funciona en este caso como la invención moderna y republicana de la política. El miedo avanza ante la precaución científica de la duda. En este mismo instante, las implicaciones de la tragedia son más grandes por el tamaño del mundo que logramos construir. Entonces el miedo se amplifica. La pérdida tiene nociones infinitamente más amplias.

Ya no es sólo el miedo a la posible muerte, sino a sus formas, completamente disociadas de lo que para estas alturas considerábamos mínimo. Morir en soledad, morir en un acto anticipado al saber que en ciertas geografías el ser intubado arroja malas estadísticas. Enfermar y por eso arriesgarse a transmitir la enfermedad a los cercanos. Obligarse a la soledad para no hacer daño, perder el contacto físico entre hijos y padres mayores a los que la fragilidad les pesa. Convivimos ahora con la contradicción al triunfo sobre la expectativa de vida de la que nos hemos vanagloriado durante décadas. Miedo a la desesperanza en el halo de la soledad. Miedo a la condición que hace del familiar, de una madre o un hermano, un otro en la versión más pobre del identitarismo.

En términos políticos y civilizatorios, el miedo ha sido el motor engrasado del mundo. Supimos a qué ponerle límites, en respuesta al miedo a la violencia y a los saldos del odio. Para anular ese miedo creamos condiciones favorables, aunque sea en el terreno sinuoso e imperfecto de los proyectos políticos. En un mundo en el que la precariedad política de los últimos años pervirtió esas condiciones, no tardamos en pervertir también al miedo. Su exaltación y manipulación resurgieron en los lastres de nuestro comportamiento primitivo.

La pandemia nos devolvió a algunos miedos que creímos superados, a pesar de compartir los impulsos en su tenor político. La pandemia nos ha restregado nuestra cara incivilizada. La inevitable por la novedad del virus y la que se encuentra entre las deudas sociales.

No es la primera vez que ante una enfermedad los humanos exhibimos nuestro lado menos promisorio. Los linchamientos medievales a los supuestos enfermos de peste —supuestos por señalamientos sin rigor y mucha mala leche— y los convencimientos de presencias demoniacas en ese entonces, son muy parecidos a los actos violentos contra personal sanitario en India y en México, por mencionar los más notables en estos meses.

No vivimos el mismo miedo que se relaciona con el odio. No porque sea distinto el sentimiento, como por las diferencias de su instrumentación.

Con el nativismo y la mentalidad medieval del siglo, se manifestó el temor al otro por su filiación; ya sea entendida por procedencia, cultura, ascendencia, pertenencia religiosa, etcétera. Con el virus se le teme al otro sin las nociones de superioridad, aunque sin el entorno que las cultivó en años recientes me resultan difíciles de suponer las expresiones violentas de nuestro nuevo temor.

El miedo a la enfermedad lo hicimos uno con el miedo a sus efectos. La confusión no es irrelevante. La simplificación permite digerir las consecuencias, pero también abre la puerta al reduccionismo en sus expresiones más agresivas; las que transforman al miedo en la disculpa que admite el triunfo del instinto sobre la razón. Quien tose ya no tose, es portador de la plaga. Un dolor de cabeza ha dejado de ser pasajero para asumirse como síntoma de la pandemia. El agotamiento por una noche de insomnio es precaución familiar y da la bienvenida a la hipocondría. Un golpe de calor evoluciona del temor al pavor en pocas horas. El enfermero ya no representa salud ante la masa dominada por el instinto, gracias a la idiotez es visto como símbolo de la enfermedad. Algún día, espero pronto, les pediremos disculpas verdaderas a las profesiones sanitarias por lo que les hemos hecho.

El miedo que previene acercando las fatalidades se tergiversa en el deterioro de las cualidades con las que debíamos exorcizar la fantasía, en beneficio de la racionalidad del comportamiento político y no violento.

Con la pandemia, recuperamos el miedo generalizado no político, acrecentado con la ineficiencia de lo que teníamos más presente: la decepción del siglo XXI, la mala política.

 


Maruan Soto Antaki

Escritor. Ha publicado FatimahCasa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

Un comentario en “Las formas del miedo

  1. Excelente ensayo reflexionando sobre esta emocion primigenia. Sin ningun afan de menospreciarle, Sr.Soto Antaki, usted encarna perfectamente ese popular refran: “Hijo de tigre…”