Luis Sandoval y Zapata: Obras. Edición y estudio de José Pascual Buxó, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, 142 pp.

El segundo poeta nacido en México que gozó de fama hispánica, después de Francisco de Terrazas, fue Luis de Sandoval y Zapata -Ruiz de Alarcón logró prestigio como autor de comedias, jamás como poeta, rango que con acritud no exenta de justicia le negó Quevedo-. El prestigio de Sandoval y Zapata fue principalmente guadalupano: es el primer poeta culto que encumbra a la Virgen de Guadalupe; y también, pero esto subrepticiamente y sólo en el ámbito regional, por el rencor de descendiente de conquistador que, también emparentándolo con Terrazas, produjo una composición en honor de los hermanos Avila, que debió circular profusamente en copias manuscritas.

Luis de Sandoval y Zapata nació y murió en México (¿1620?-1671), descendía de conquistadores y pertenecía a la nobleza local; estudio en San Ildefonso y domino la cultura eclesiástica, sobre la que escribió sus principales obras, pero no fue clérigo, sino caballero casado, “cortesano lego”. Su afluencia y su prestigio le permitieron publicar algunas de sus obras, como sus Poesías varias a Nuestra Señora de Guadalupe, volumen del que no sobrevivieron ejemplares; ganó certámenes poéticos con composiciones sobre la Inmaculada Concepción y su veneración en el templo de Jesús Nazareno, en 1654 y 1665: lo que no significa mucho, todo mundo ganaba premios; escribió autos sacramentales y comedias, todos perdidos, alguno de los cuales se representó en el Corpus Christi de 1659 y llegó a imprimirse y otro fue prohibido por el Santo Oficio.

Ejerció la prosa barroca en varias obras desaparecidas (sobre temas filosóficos y literarios, alguna “apología de la novedad” y tratados sobre Orígenes y Tiberio, “Epicteto cristiano”, la magia, la vanidad, los gentiles y los herejes, etc.), lo que no es mucho de lamentar si se parecían a la que sobrevivió, Panegírico a la paciencia (publicada en 1645), a la que su laborioso y excelente editor moderno, José Pascual Buxó, compara desmedidamente -siguiendo a Reyes- con Quevedo, cuando a lo mas representa a un Gracián aún más abotagado e infatuado. Algunos poemas precedieron a un libro ajeno; Alfonso Méndez Plancarte descubrió, en un manuscrito variado, 29 sonetos suyos (ninguno “plenamente florecido”).

El rescate moderno de Sandoval y Zapata obedece, en parte, a un bienintencionado y acaso nacionalista deseo de contradecir a Menéndez y Pelayo, quien acertadamente redujo la poesía novohispana a números redondos: solo tiene: “un solo nombre que vale por muchos: el de sor Juana Inés de la Cruz”. Méndez Plancarte le enfrentó, sin fortuna, casi un centenar en sus Poetas novohispanos (1521-1721), en tres volúmenes, que confirman más que contradicen al severo crítico español. No: la poesía novohispana carece de nombres realmente grandes, como el de sor Juana, aunque no de momentos casi afortunados y de fragmentos curiosos, especialmente los villancicos, algunas exorbitancias métricas (como deshilachados bordados antiguos) y muchos pasajes con mayor importancia histórica que literaria.

Este es el caso de Sandoval y Zapata: importa por su énfasis guadalupano, mas que por su factura poética; y por la supervivencia en él del rencor de encomenderos -al que sería exagerado denominar “criollo”, pues muy pocos de estos eran nobleza encomendera- que ya aparecía, un siglo antes, en Suárez de Peralta y en Terrazas. También agrada en él que, a la manera del siglo anterior, sea un letrado laico, pues posteriormente sólo de milagro surgen literatos no conventuales. Su rescate enriquece el panorama novohispano, pero no ofrece obra comparable ya no a Góngora o a Quevedo, ni siquiera a Gracián, sino tampoco a sus paisanos Terrazas, en poesía, o al narrador Sigüenza, en prosa, para no mencionar a sor Juana, cuya fábula de que como galeón vencía a los 40 mayores eruditos de la Nueva España, que parecían chalupas frente a ella, se ha convertido en verdad: aquí, la historia imita a la fábula, como en Wilde la naturaleza imitaba al arte.

Sandoval y Zapata es un importante perfil histórico en la cultura novohispana, y sus Obras (1986), editadas por José Pascual Buxó modifican un tanto el panorama desértico que ofrecía la primera mitad del siglo XVII novohispano. Destaca, en principio, la gran cantidad de conocimientos y la habilidad del “lego cortesano” criollo, que sin duda estaba al corriente de las modas, los vuelcos y los tópicos castellanos de su tiempo; pero a la vez -rasgo criollo, y posteriormente mexicano- una ostentación y un sobrecargamiento provincianos de quien se esfuerza demasiado para estar a la altura de los ingenios metropolitanos.

En el Panegírico a la paciencia no hay de Quevedo sino la idea de unir el estoicismo con el cristianismo -una ascesis intelectual pagana que a su modo se empalma con las Sagradas Escrituras y la teología-, lo que por lo demás era una inquietud generalizada en toda Europa. Pero así como no toda imagen exorbitante y enmarañada debe ser esgrimida en contra de Góngora, no todo concetto -frase epigramática y paradójica que se pasa de lista- es culpa de Quevedo, quien las mas de las veces supo disciplinar la gimnasia del ingenio con su estricta dosis de buen sentido. Es maltratar mucho a Quevedo señalarle como progenie “conceptos” de Sandoval y Zapata tan sentimentales como “grande púlpito es la congoja”, o tan pésimamente imaginados como:

Quien ve a un pájaro advertidamente con el timón en la cola, con la proa en el pico, con las velas en las alas, dice plumada nave es ese pájaro para los piélagos del aire que, haciendo verde ribera en los árboles, echa las áncoras de las uñas al puerto eminente de las ramas.

No siempre Sandoval y Zapata es tan mal discípulo de la prosa intelectual española, aunque nunca arriesga un motivo propio: recuerda a Job, comentado por fray Luis: “Siempre nos quiere Dios buenos y por eso nos quiere tener peligrados”; dice sobre un recién nacido “hombre destinado para la pena madrugas; bien que si las lágrimas declaran la pena, son el aprendiz del alivio”, “siempre tuvieron a la pena por el material del mérito”, “grande mal es el de las aventuras, pues siendo iluminados peligros y tropiezos hermosos, enamoran con el halago para matar con la posesión”;

Sandoval y Zapata no es tan estoico como pretende: basta comparar la versión de Quevedo de Epicteto o sus glosas de Séneca con el Panegírico a la paciencia, para advertir que Quevedo veía en el estoicismo algo mas que el previo y permanente estado de desengaño ante el mundo: veía militar arrojo, veía la arrogante aristocracia romana de hombres tan dueños del mundo que pueden darse el lujo de perderlo; veía la ironía intelectual ante los asombros y riquezas mundanos que, sin necesidad de ascesis alguna, eran boberías en si mismos.

Sandoval y Zapata se limita a una prosa ceremonial y ceremoniosa sobre un estado de alerta contra la desgracia, y echa diez vistazos a su devocionario por cada sílaba que pudiera ocurrírsele de Séneca o de Epicteto; frecuentemente es ramplón: “Más fácil es desdeñar lo que consigues que alcanzar lo que deseas”, lo que es estoicismo vulgar, del que tanto exasperaba a Swift cuando dijo que un estoico era aquél que para no necesitar zapatos mejor se cortaba los pies.

Se trata de un texto sin continuidad: una concatenación de frases que se quieren brillantes, a veces lo son, y no superan la ocurrencia de que la vida es un valle de lágrimas, poco “conceptista” imagen a la que no decayeron ni los estoicos ni Quevedo. Pero el Panegírico a la paciencia no debe considerarse un escrito filosófico, como los magníficos de Quevedo, sino una prosa ceremonial en clave. No ofrece reflexiones sino frases cultas y contrahechas que sólo los iniciados en la “cultura” de la época podían comprender; es prosa de etiqueta, predicación diplomática, en la que debe acentuarse -en su favor- una gran preocupación musical. Sandoval y Zapata le busca a la prosa armonías de verso, y no pocas de sus caídas se deben, probablemente, a que perseguía consecuencias más sonoras que mentales.

Los sonetos son mucho mejores. La máquina del reloj le asombra y la encuentra homicida del tiempo: “invisibles cadáveres del viento/ son los instantes en que vas volando”; de la fiesta de Corpus en México celebra que termine: “Todos cansados y apagado todo,/ fue fúnebre reliquia de la fiesta/ el arrepentimiento y la ceniza”; una “hermosa difunta” esplende en su muerte: “íAh, cuantos desengaños reverbera!”, la muerte usa anuncios exquisitos, como una calavera de cristal; retoma el célebre retruecano de las actrices muertas, la “cómica” que acaso estaba difunta cuando garbosamente en escena representaba la vida, o bien, seguía viviendo en el momento de “representar” la muerte en el lecho; los pájaros simbolizan la realidad feliz que se remonta a su caída: que la garza se quede en el firmamento (“quédate estrella, ya no bajes pluma”), y el pajarillo:

En tu fuga tus plumas no desveles,

porque cuando las bates vas soplando

en la hoguera, la muerte y el

estruendo.

íAh desdichado pájaro, no vueles,

que son peligros que te van quemando

las mismas alas con que vas huyendo!

A veces el desengaño se enrevesa y se vuelve esperanza: tiene unos optimistas versos en consuelo de un “imposible amor grande”: “y aunque hoy expira el sol, mañana nace”. Pudo ser, quizás lo fue, un poeta amoroso a la manera de Terrazas: al atardecer ve en un balcón a una dama solar: “el último periodo de mi día luna era que mi vida madrugaba”; y cuando Clori, dormida, parece muerta junto a un arroyo, Sandoval y Zapata no olvida, entre sus desengaños, celebrar la belleza de sus pies; el poeta, entre tanta muerte, y tantas cenizas y prontos desengaños, encuentra el modo de hechizarse de la vida:

No retire tu espíritu cobarde

el vuelo de la luz donde te ardías,

abrásate en el riesgo que buscabas.

Dichosamente entre sus lumbres

arde,

porque al dejar de ser lo que vivías

te empezaste a volver en lo que amabas.

En general, los sonetos (y otros poemas religiosos o de celebración cortesana o amistosa) manifiestan una pericia continua y la monotonía del tema de que la vida muere y la muerte vive; algunos, sobre la vana pompa de una flor, anuncian la rosa de sor Juana. Pero no llamemos “grande” a un poeta mexicano que no lo sea en el contexto hispánico. No por “mexicanos” exageremos a autores menores.

Sin embargo, dos poemas fijan históricamente el nombre de Luis Sandoval y Zapata en la poesía de su siglo. Uno, el guadalupano, ha sido celebrado especialmente por su metáfora final, de que las rosas cortadas renacen como Ave Fénix en la tilma de Juan Diego y se “transubstancian” -como la eucaristía- en la imagen de la Virgen de Guadalupe:

El astro de los pájaros expira,

aquella alada eternidad del viento

y entre la exhalación del momumento

víctima arde olorosa de la pira.

En grande hoy metamorfosis se

admira

mortaja a cada flor, mas lucimiento

vive en el lienzo racional aliento

el ámbar vegetable que respira.

Retratan a María sus colores;

corre, cuando la luz del sol las hiere,

de aquestas sombras envidioso el día.

Más dichosas que el Fénix morís,

flores;

que él, para nacer pluma, polvo muere,

pero vosotras para ser María.

estos, sino involuntaria denuncia de su pobreza de recursos. Un estudio tan esforzado merecía mejor asunto, o más leve y breve tratamiento. Buxó peca de entusiasmo. Agradezco lo que enseña del barroco, no su exaltación de Sandoval y Zapata.

El otro poema, “Relación fúnebre de la infeliz, trágica muerte de dos caballeros de lo más ilustre desta Nueva España, Alonso de Avila y Alvaro Gil González de Avila, su hermano, degollados en la nobilísima Ciudad de México el 3 de agosto de 1566”, muestra la continuidad del resentimiento entre los descendientes de los conquistadores contra la política española de reducir o abolir sus primitivos privilegios -no derechos; la conquista fue asunto de hechos, no de derechos-. Este rencor es algo menos que una protesta criolla: muy pocos criollos pertenecían a la casta acaudalada y de “nombre de conquistador”. Los conquistadores y sus descendientes -lo dicen Bernal y Villagrá- terminaron, casi todos ellos, muy mal o apenas mediocremente.

Pero, como señala Buxó, Sandoval y Zapata acentúa la brutalidad y la arbitrariedad de la justicia española, lo que si compartían seguramente todos los sectores y castas de la Nueva España; abundaban jueces y autoridades salvajes o al menos despóticos: hay una denuncia criolla del engreimiento y de la prepotencia de toda autoridad peninsular, simbolizada en los verdugos de los Avila. El poema es poco brillante, pero dice mucho: encomia a los conquistadores y señala su injusto y alevoso fin, así como el de sus descendientes, tema de muchos autores del siglo anterior; no oculta el desmesurado fasto de esos instantáneos y sangrientos potentados, que llegaron a poseer en unos cuantos años mas de lo que los mayores nobles peninsulares tenían en España después de siglos -piénsese en el Marquesado del Valle-, y quizás hasta añoran la “pompa excelsa” de los amigos de Martín Cortes (diamantes, clarín, caballerías, convites perlas, etc.); insiste en la brutalidad, insolencia y plebeyez de los burócratas españoles: “a la pasión que gobierna,/ a la envida que os acusa,/ a lo ciego que os procesa”. La descripción de la ejecución es deliberadamente macabra; los jueces se ven denunciados por sus nombres y al pedir la justicia divina y la inmortalidad de su memoria -a cuyo fin se escribe el poema- quizás Sandoval y Zapata este pensando en algo más contemporáneo, el rencor contra la administración peninsular que estallará en el motín de 1692 y que incluirá a criollos y aún a españoles.

José Pascual Buxó es un encumbrado experto en letras novohispanas, aunque la manía de la universidad de volver fantasma cuanto publica nos lo vuelva tan clandestino como a los autores de la Colonia. No es mucho rescatar autores antiguos a través de la UNAM; afortunadamente, las Obras de Sandoval y Zapata aparecen en el FCE; Van precedidas por un largo estudio de Buxó, muy encomiable como ensayo literario y retórico, pero un tanto calamitoso como prólogo: es tan largo que en él cabrían, a renglón seguido, diez veces todos los poemas del autor que presenta y cae en dos falacias de las que, al parecer, ningún erudito se salva: primera, defiende la literatura barroca, la explica y desmenuza, pero su autor no está a la medida de tal defensa: la erudición actúa como búmerang y el estudio demuestra y aun enfatiza sin quererlo la pequeñez de Sandoval y Zapata, que en prosa no es emblema sino flagrante vituperio de un barroco tan exaltado; y en poesía apenas roza algunos de los motivos menores del erudito barroco del prólogo; segunda falacia: el minucioso análisis retórico de los poemas no es prueba de la riqueza de estos, sino involuntaria denuncia de su pobreza de recursos. Un estudio tan esforzado merecía mejor asunto, o mas leve y breve tratamiento. Buxó peca de entusiasmo. Agradezco lo que enseña del barroco, no su exaltación de Sandoval y Zapata.

El que los liberales y positivistas hayan desdeñado el barroco mexicano no es motivo suficiente para sobrestimarlo ahora. Tenían razón en gran parte: la poesía novohispana se caracteriza por su enfadosa pobreza y banalidad de asuntos y su desastrosa abundancia de encajes clericales y cortesanos. La excepción de sor Juana magnifica todo lo que sí se podía hacer y no se hizo. Los poetas novohispanos no eran tontos ni ignorantes: eran cobardes. Y no fueron los malquerientes positivistas o contemporáneos quienes hablaron de los poetas novohispanos como “estercolero”, sino González de Eslava. Ciertamente, Sandoval y Zapata se salva de la catástrofe general, pero por un pelito.

Lo que echo de menos, tanto en Buxó como en Reyes, en Paz y en Méndez Plancarte, que exaltan también el poema guadalupano, es que se explique por qué la metáfora de las flores Fénix es tan memorable. Yo no le veo mayor chiste: esta bonita y ya. Y la benevolencia -la prodigalidad- del erudito con su tema, lo lleva a encontrar demasiados asombros y aciertos en fragmentos al menos dudosos: así, el que los hermanos Avila, degollados, se vuelvan flores cortadas, “rosas emblemáticas de su inocencia”, no es sino un lugar común de toda hagiografía, que hallará realización, esa sí poética, en los villancicos de sor Juana a Santa Catarina (en los que acaso la monja alude a su propia persecución por la Carta Atenagórica). Sandoval y Zapata no es un creador, sino un buen ejecutante.

La fama de Sandoval y Zapata nunca murió del todo: la disfrutó en vida, la heredaron sus descendientes, pasó por Amsterdam, fue documentada por los bibliógrafos coloniales, y se sostuvo en el invencible prestigio guadalupano. A mediados de este siglo se inició el rumor de que era un “gran poeta con toda la boca” (Méndez Plancarte) y “uno de los mayores” (Reyes). Paz también lo ha destacado. Acaso estas Obras lo reduzcan a su justa modestia: autor, como muchos otros, y en menor grado que varios, de momentos significativos en el copioso y humilde resto de poesía novohispana que no escribió en el convento de San Jerónimo.